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Tarde de lluvia y jazz

La tarde del domingo va tocando a su fin. Abanta y perezosa, la luz grisácea del día va dejando su sitio a una noche negra y profunda como boca de lobo. En la calle, un viento áspero y bronco del nordeste desnuda los árboles de su dorado traje otoñal y lanza las manos húmedas de la lluvia contra los cristales de mi ventana, que dibujan en su desesperación formas caprichosas y hermosamente fugaces. La voz rasgada y sensual de Sarah Vaughan se alza como de puntillas sobre una voz infantil que repite metódicamente la fórmula matemática que permite calcular el mínimo común múltiplo de un número: se toman los factores comunes y no comunes con el mayor exponente. Letanía escolar que suena a música conocida. Pienso en un amigo matemático que ve y siente los números con ojos de poeta. Llueve en la calle y llueve en el corazón. Busco cobijo de la lluvia que empapa mi alma bajo el paraguas de un libro, pero la lluvia arrecia y no encuentro el sosiego que necesito. Dejo el libro sobre mi regazo y, sin darme apenas cuenta, acaricio su lomo como si acariciase la espalda de un gato. Acurrucado en mi regazo protesta y reclama mi atención. Mis manos espigan entre sus hojas dejando que el azar me guíe en una búsqueda que no tiene objeto. Encuentro una marquesina y me refugio en el ella durante un rato. ¿Para qué escribimos?, me pregunto allí cobijado. ¿Escribimos para dar consuelo a los otros?. ¿Escribimos para restañar nuestras propias heridas con el hilo sanador de las palabras?. En la calle sigue lloviendo como si nunca lo hubiera hecho. El rumor de las matemáticas ya se ha desvanecido. La voz de Sarah Vaughan se apagó como se apagó la tarde de domingo. Quizás mañana salga el sol…

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Lágrimas de San Lorenzo

Para no engañar al lector, quizás sea conveniente aclarar que no es éste un texto relacionado con la astronomía, ciencia en la que uno no está en absoluto versado, sino con los sentimientos, con la capacidad que tenemos las personas de emocionarnos, de navegar en el mar de los recuerdos guiados por el sonido del mar, por la suave brisa agosteña que acuna el sueño de las hojas de los árboles que alindan ese camino, largo y tumultuoso, que es el paso del tiempo. De cómo los ciclos de la vida, sin explicación aparente, terminan por repetirse con la misma cadencia con la que las hojas de los árboles sucumben ante la llamada del otoño.Dibujo_Juan (19-9-2013)

Mediaba el mes de agosto, y el verano parecía una promesa de felicidad eterna. En un merendero de las afueras de Gijón, uno de esos espacios entregados al ocio popular en el que la ciudad parece olvidarse de sí misma para reencontrarse con su origen rural, entre risas, tortillas y unas botellas de sidra, la tarde, que había sido cálida y algo ventosa, se fue consumiendo como el cabo de una vela. Sin advertirlo, la noche se nos echó encima, regalándonos un cielo estrellado maravilloso. En la inmensidad del negro lienzo, cientos de luces titilantes, como si fueran escolares, leían a coro el abecedario de la noche. Mi hijo, acostumbrado al cielo opaco de la ciudad, permanecía embelesado mirando al cielo, como atrapado en un pozo insondable. Asomado al balcón de sus ojos profundos como la noche, refulgentes como los barquitos encendidos que parecían navegar por el cielo, vi a otro niño que en una noche estrellada de agosto soñaba con el futuro, tendido junto a su padre al pie de un viejo castaño. Aferrado a aquella mano áspera y rugosa como la corteza del castaño, el niño asustadizo y miedoso no tenía miedo. No le inquietaba escuchar el misterioso canto de la curuxa, ni la risa maliciosa de los nogales que orillaban la carretera, ni que oscuridad de la noche se hubiese tragado la casa de su abuela y el resto de las casas de la aldea que, como las cuentas de un rosario, se disponían a tramos regulares a lo largo de la serpenteante carretera. Allí sentado no cabía el miedo, la puerta de la soledad de la noche estaba entreabierta. El padre le pidió al niño que mirase con atención al firmamento. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro. ¡Mira cómo relucen las monedas que guarda!, le dijo. El niño permaneció un rato en silencio, repasando con el dedo los infinitos caminos que se dibujaban en la encendida bóveda celeste. De repente, los ojos del niño se encendieron como los faros de un coche al contemplar una estrella encendida que atravesaba el cielo como una flecha. El padre le explicó que acababan de ver una estrella fugaz, una lágrima de San Lorenzo. Pide un deseo y seguro que se cumple, le dijo el hombre, al tiempo que, cariñosamente, le estrechaba contra si para darle un beso. El niño cerró los ojos y pensó en sus miedos, en esa pesada mochila con la que se metía en la cama cada noche. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro, le digo yo a mi hijo en el desierto aparcamiento del merendero. Si ves una estrella fugaz acuérdate de pedir un deseo…

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Elogio de la sencillez

Hace unos días un amigo me encargó que le recogiese en una librería del barrio el último libro de Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua. Siendo el escritor leonés uno de mis narradores preferidos, no pude resistir la tentación y comencé a picotear entre sus páginas como pájaro en campo de sembradío. Sin apenas darme cuenta, estaba acomodado en uno de los sillones del salón y había devorado los dos primeros capítulos del libro, seducido por el planteamiento argumental y por la brillantez de la prosa, casi poética, de Llamazares. ¡Cómo me gustaría escribir como Julio Llamazares!, con esa aparente sencillez que hace fácil lo difícil y que sólo los grandes narradores llegan a conseguir. Ser capaz de dar forma a unos personajes totalmente creíbles, que cobran vida en un espacio físico, en un entorno geográfico (en este caso el de la montaña leonesa y el páramo castellano), que deja de ser el telón de fondo de la acción para hacerse real y adquirir un protagonismo creciente que lo convierte en un personaje más de la novela. Resulta fascinante la capacidad de evocación de los textos de Llamazares, la delicadeza y concisión con la que describe y trata el paisaje, ya sea sobre la base de un territorio real o inventado; un paisaje que no es neutro sino el trasunto de una cultura, la del mundo rural ya casi desaparecido. El profesor Martínez de Pisón señalaba que en Baroja, el paisaje no era un ambiente pasivo, sino que intervenía, creaba sensaciones, emociones y se hacía partícipe de la acción. Esto mismo sucede, a mi modo de ver, en la obra de Llamazares.

En Distintas formas de mirar el agua, Llamazares recrea la vida de una familia que sufrió el desarraigo al verse forzada a abandonar su aldea, la arcadia rural que sirvió de soporte vital a la familia durante generaciones, por la construcción de un pantano. Como una diestra costurera, el autor pespunta los personajes, que, en la despedida de Domingo, el anciano patriarca cuyas cenizas van a ser esparcidas sobre las aguas del pantano que anegó su vida, reflexionan sobre su trayectoria vital, la relación que mantenían con él y con el resto de los miembros de la familia, siempre sobre el trasfondo del mundo rural perdido, del cual Domingo nunca más había vuelto a hablar pero al que quería regresar una vez muerto.

Como todos las buenas lecturas, la última obra de Julio Llamazares permite al lector tender puentes a la experiencia propia, a ese territorio a medio explorar que siempre constituye los recuerdos familiares. A medida que avanzaba en la lectura, no deAnia 2jaba de identificar al protagonista con mi propio abuelo, al tiempo que pensaba en las distintas formas que hay de desarraigo y en la huella indeleble que éste puede dejar en una familia. A mi mente acudía la imagen de mis abuelos maternos, también humildes campesinos, y también forzados a dejar los verdes de su aldea para ganarse el futuro en la grisura de una villa industrial de la cuenca minera asturiana. A diferencia de Domingo, el protagonista del libro, mi abuelo regresó en vida a su pueblo (que no había sido tragado por ningún mar artificial sólo ligeramente transformado por la marea de la modernidad que llevó la luz eléctrica y puso carreteras donde antes había caminos) y pudo establecerse en mejores condiciones de cuando partió, pero el paso por aquel desangelado y turbio arrabal industrial marcó su vida y su carácter para siempre.

 

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El impostor

Sé que puede parecer un poco estúpido pero siempre he preferido leer mis libros antes que leer de prestado. Hay libros que te ilusionan, que te calientan cuando tienes frío, que te acompañan cuando detestas estar solo; hay libros que te gustaría haber escrito o imaginado, hay libros que deben estar en tu biblioteca porque forman parte de ti. Cuando leo libros ajenos me resulta difícil relacionarme con ellos porque sé que, como las hojas de los árboles cuando llega el otoño, más pronto que tarde terminan por desvincularse de mí, y, aunque lo pretenda, nunca llegarán a formar parte de mi pequeño hogar literario. Es triste sentir la cercanía a un libro y no poder disfrutarlo cuando quieras o lo necesites porque no está a tu alcance. Dicho esto, tengo que confesar que, como mi poder pecuniario es cada vez más limitado, de un tiempo a esta parte visito con frecuencia la biblioteca pública de mi barrio (y la de alguno de mis amigos), que dicho sea de paso, tiene a su cargo un personal muy competente y de trato exquisito.DSC_0009

En mi postrera visita, el azar puso en mis manos la última novela Javier Cercas, El impostor. Atraído por la rotundidad del título, me asomo a la reseña de la portada trasera y descubro que el sujeto de la narración, el personaje sobre el que se levanta este artificio literario en el que la crónica periodística, el ensayo y la biografía van de la mano, es Enric Marco, un anciano barcelonés que alcanzó bastante popularidad a finales de los años noventa del pasado siglo XX haciéndose pasar por un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenbür. He de confesar que me sumergí en el libro ilusionado pero con cierta prevención, como el bañista que inicia la temporada de baños en las frescas aguas del Cantábrico. El otoño, que se había presentado sin avisar, alteró mi ánimo como alborotó los cabellos de los árboles de mi calle, y no terminé de soltarme en el mar de la novela. Como sin querer, entré en el juego tramposo que proponía Cercas, y la lectura me llevó a pensar en mi propia impostura, porque ¿quién no es un poco farsante?, ¿quién no se viste para los demás con un traje que sabe que es prestado y le queda holgado?, ¿quién no le ha dado vueltas al calcetín de su vida para acomodarla a su interés o al gusto de los demás?. Yo creo que todos, aunque hay personas a las que su elevada cuota de autoengaño les sirve de parapeto contra cualquier viento que sople de cara.

Metido en estas veredas estaba cuando encontré un párrafo del libro subrayado: “el pensamiento y el arte intentan explorar lo que somos, revelando nuestra infinita variedad, cartografiando nuestra naturaleza”. Sin detenerme a analizar el significado de lo señalado, mi primera reacción fue de indignación por lo que entendía como una apropiación indebida. Después de pensar en los motivos que pueden llevar a alguien a subrayar unas líneas en un libro que abandonará en unos días, pensé que quizás el anterior lector me estaba invitando a participar en un juego, en una suerte de yincana que me permitiría desvelar su identidad. Espoleado por este pensamiento descabellado, avancé en la lectura dejando a un lado la trama propuesta por Cercas para centrarme en los mensajes que aquel o aquella desconocida había dejado para mí, porque ¿para quién iban a ser sino?; “comprender el mal no significa justificarlo, sino darle los medios para impedir su regreso”. Después de varios días de intensa lectura, cierro el libro y las piezas no me encajan, no fue capaz  de ponerle rostro ni de entender el proceder de mi interlocutor, pero aun así le estoy agradecido por haber dado alimento a los pájaros de mi imaginación, presos como estaban en la jaula de lo cotidiano.

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Pasajero en Galicia

Daba a su término el mes de julio como quien apura con gusto una copa de vino del país, cuando el viajero llegó a Mondoñedo, la reposada villa natal de su admirado Álvaro Cunqueiro. El día se había despertado con pereza, y ofrecía al viajero una cara triste, pizarrosa, como los tejados que cubren las casas de la villa. El viajero sabe, porque lo ha leído al maestro Cunqueiro que, Mondoñedo, por su posición geográfica en el fondo de un valle avenado por varios cursos de agua (en la cunca que diría don Álvaro) es propenso a que la niebla se haga partícipe del paisaje, tal y como sucedía en aquella mañana estival en la que las fachadas de las casas y los tejados de lajas con sus característicos picos parecían mejillas surcadas por lágrimas de niebla. Estimulados por la belleza silente de aquellas calles desiertas y apretadas, el viajero y su joven acompañante se entregaron al placer de pasearlas con calma, pues no había otro objeto en aquel viaje que el de sentirse simplemente pasajeros en Galicia. Al recorrer aquellas rúas que se retorcían y corrían pDSC_0001ara desembocar en la plaza de la catedral, al admirar la sencilla belleza de aquellas arquitecturas (siempre conformes al estilo propio del país) que ponían digno coto a las rúas, comprendió las palabras del gran geógrafo gallego Otero Pedrayo cuando afirmaba que Mondoñedo, la vieja sede episcopal Dumiense, se franqueaba sin pompa de calles asoportaladas ni vastos espacios de plazas, rúas que terminaban por convertirse, más allá del núcleo urbano, en carreteras y caminos sin lujos de fachadas labradas.

Después de callejear sin otro rumbo que el que marcaba la brújula del sentimiento, el viajero se sintió feliz de volver a admirar la fonte Vella, la fachada barroca del monasterio de la Concepción, la irregular plaza de la Catedral, dispuesta en dos alturas, la propia de la plaza que sirve de pórtico al edificio basilical, con sus dos sobrias torres y su hermoso rosetón, y los Cantones, hermoseados con sus típicos soportales levantados sobre algunas de las casas más nobles y destacadas de la villa. A un costado de la plaza, protegido por un pequeño jardín, estaba Álvaro Cunqueiro en su asiento de piedra, como siempre atento a la vida de la plaza que, en aquella mañana desapacible de julio, acogía un pequeño mercado sin apenas movimiento mercantil, quizás por lo temprano de la hora, quizás porque la niebla se había convertido en una fina y continua cortina de agua que disipaba cualquier inquietud comercial. El viajero, siguiendo con la tradición de anteriores visitas a Mondoñedo, se hizo una foto con Álvaro Cunqueiro e instó a su joven acompañante a ingresar en el club de los devotos al maestro de las letras gallegas. El niño, inmerso en un viaje iniciático propio, en un camino de peregrinación que ha de llevarle de la infancia a la adolescencia, no entendió la broma pero se mostró conforme con la foto.

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En los Cantones, entraron en una taberna donde se sintieron reconfortados por el café y atraídos por el dulce canto de la lengua gallega, al que sus oídos todavía no estaban habituados. Al salir del local, repleto de peregrinos y de feriantes que buscaban el calor que la plaza de la Catedral les negaba, se encaminaron por la rúa del Progreso en dirección a la Alameda y campo de Los Remedios, dejando a un lado la recoleta plaza del Concello, presidida por el edificio consistorial. El viajero, quedó sorprendido por la belleza recogida de aquel paseo que parecía tendido como una alfombra a los pies de la fábrica barroca de Los Remedios, y cuya traza, a decir de los estudiosos locales, se remonta al siglo XVI. El viajero comenta con el niño que es una pena que la visita no coincidiese con la otoñal feria de San Lucas, que en este campo acoge un antiquísimo mercado de ganado montaraz, principalmente caballar. Sin tiempo para más, el viajero y su acompañante dejan atrás las páginas de la sosegada Mondoñedo (con cierto pesar por no haber hollado el antiguo arrabal de Los Molinos), pero mantienen abiertas las del Pasajero en Galicia, el libro de Cunqueiro que ilumina como un candil cualquier viaje por los siempre gozosos caminos de Galicia.

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Elogio de la lectura

 

¿Leemos para estar vivos o estamos vivos porque leemos?. No sabría qué decir, le respondió su interlocutor, ese otro yo con el que confrontaba sus pensamientos más íntimos. Yo no soy como tú, que crees ciegamente en el poder de las palabras, en el valor de la letra impresa. A mí, ese ejército de letras desfilando por el papel, ni me conmueve ni me encandila. Acudo a los libros por divertimento, sin esperar que me aporten nada, simplemente que me ayuden a pasar el rato. Voy a la biblioteca del salón como quien va al supermercado. Ojeo los productos, y meto en la cesta sólo aquello que me apetece, lo necesario para preparar una cena sin pretensiones. Sé que mis palabras te molestan, pero soy del parecer que las palabras por sí mismas no valen nada, son como las estrellas en el firmamento, un mero trampantojo, una añagaza para los sentidos, un recurso estético. Recuerda lo que siempre decía tu padre: no es lo mismo predicar que dar trigo. Te revuelves incómodo en el asiento. La conversación comienza a tomar un derrotero que no te gusta, sientes que el barco vira como gobernado por la mano de un patrón incapaz o negligente. No soporto tu supuesta practicidad, le replicas. No acabo de tragarme esa pose cínica; eres sólo un impostor, dices eso sólo para molestar, porque sabes que sólo la lectura puede redimirnos. No entiendo qué tiene de liberador querer vivir la vida de los otros, te responde. No se trata de pretender vivir otras vidas, sino de sacar de ellas lo que tienen de lección, aquellos argumentos que pueden arrojar luz a la oscuridad de los pensamientos. ¿Ahora me dirás que pretendes encontrar sentido a la vida a través de las páginas de los libros?, te espetó como una puñalada cruel.

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Te olvidas de tu otro yo y tratas de concentrarte en el libro que tienes entre las manos. No acaba de gustarte, pero eres incapaz de abandonarlo. Sientes que dejar un libro empezado es una suerte de traición, como un pequeño acto de desamor. Cerca de tu oído escuchas la carcajada sorda de tu otro yo, pero decides no entrar de nuevo en confrontación. Piensas en la razón que te anima a seguir leyendo una historia que, de momento, no termina de interesarte. Continúas el camino de la letra impresa con desgana, como si te pesasen los pies, hasta que en un recodo aparece un adjetivo que reclama tu atención, como quien encuentra un antiguo mojón con los que se marcaban los puntos kilométricos de los itinerarios. Unas páginas adelante, de nuevo aparece aquel hito miliario, esa palabra hermosa que aún paladeabas. De nuevo interrumpes la lectura y comienzas a pensar en el autor del libro, en si el adjetivo inserto, ese que te ha deslumbrado, sería fruto de una decisión consciente, de una acción volitiva, o simplemente un desliz, una repetición involuntaria. Quizás el autor, como el maestro orfebre, marcaba sus joyas con un sello distintivo. Sientes que la historia va acompañada de una música de fondo, como la sombra que proyectan las farolas acompaña los pasos del caminante. Esa música que ahora percibes, y que antes te pasaba inadvertida era la voz de la palabra escrita, la sutileza del lenguaje, ese ropaje que acompañaba a los personajes y hasta ahora, no terminabas de apreciar. Entiendes ahora cuál era el asidero que permitía que te aferrases al libro. Eras presa, sin percatarte, de esa sutil e invisible malla con la que el autor había envuelto su historia, una historia que trasciende de lo narrado, que te ha hecho sentir que, verdaderamente, leemos para estar vivos.

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La fábrica de los sueños

Leo al poeta Hilario Barrero y me estremezco: hay libros que mueren pronto, aunque no mueran, o viven mucho, aunque no vivan. Hay libros que cuando terminas de leerlos son tuyos para siempre aunque los pierdas. Al subrayar estas frases en el libro que tengo entre las manos acudieron a mi mente las palabras de un viejo profesor al que abordé, siendo aún un estudiante, para que me dedicase un libro suyo, una monumental y maravillosa obra sobre las ciudades españolas en el siglo XIX. Con la voz gastada y la ácida ironía de quien está de vuelta de casi todo, el catedrático ensombreció la mueca de felicidad que colgaba de mi cara estudiantil con la misma eficacia con la que el mar borra las huellas que dejamos sobre la arena, al preguntarme: ¿para qué quiere usted que le firme el libro si cuando usted se muera lo primero que harán sus deudos es arrancar la página firmada y malvenderlo en alguna librería de viejo?. La broma, y la firma del querido y respetado profesor, hicieron que siempre tuviera en mucha estima aquel libro, que desde entonces ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. Las palabras del maestro no se convirtieron en cenizas de una hoguera extinguida, y en muchas ocasiones me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté. ¿Alguien se interesará por ellos o serán carne de librería de lance?. Detrás de cada libro hay una historia más allá de la que se narra en sus páginas. Cuando abrimos un libro, nos trae el recuerdo del amigo querido que lo puso en nuestras manos, de aquella voz casi olvidada que nos leyó por primera vez, de la felicidad o el desasosiego que sentimos al leerlo, de aquella oscura librería de la que lo rescatamos, de aquel viaje en el que nos acompañó como el más diligente y experimentado de los guías. ¿Mantendrá alguien el aliento de estas historias, de estos recuerdos, o serán materia muerta de venta al peso?. Me gusta pensar que otras manos cariñosas los acogerán y que las historias que esconden se entrelazarán con otras, como se mezcla la lana en los telares para tejer prendas nuevas.DSC_0052

Me cuesta entender que haya personas que abandonan sus libros, que se desprenden de ellos sin el menor remordimiento. Un libro es como un hijo al que no se puede condenar deliberadamente a la orfandad. A veces me acerco a mis libros por el puro placer de tocarlos, de olerlos, de sentir su latido entre mis dedos. Me reconforta ver la letra impresa desfilando por la página como un ejército disciplinado, silente, pero en continuo movimiento. Algunos han envejecido mal y muestran en sus fachadas de papel el paso inclemente del tiempo que los ha pintado con los colores del otoño. En otros aparece una firma con una letra dubitativa e infantil que me cuesta trabajo reconocer, o una sentida dedicatoria, que le da un plus de afecto. Algunos hay que están a la espera de ser leídos y otros, como flores calcinadas por el sol del estío, están ajados de tanto leerlos. Hay libros repudiados y otros deseados como el cuerpo amado, libros que te queman por dentro y otros que te dejan desnudo para siempre, como escribía el poeta Barrero. Unos y otros son la fábrica que alimenta los sueños, la marquesina en la que nos refugiamos cuando llueve sobre nuestra alma, el espejo en el que se refleja nuestra felicidad y nuestras ilusiones.

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La irrefrenable pulsión de lo desconocido.

A pesar de mi condición de geógrafo, nunca he sido un gran viajero, ni mucho menos una persona que guste de perderse por los caminos del mundo movido por un incontenible ansia de aventura. Quizás por ello, mis viajes siempre han estado muy mediatizados por los libros, o para ser más preciso, muchos de mis viajes han sido más literarios que reales, hasta el punto que podría afirmar que soy algo así como el perfecto viajero sedentario. Subido a lomos de los libros he recorrido territorios ignotos e inhóspitos sólo al alcance de unos pocos afortunados, he  ascendido cumbres cuya belleza hacía enmudecer, he perdido el sentido del tiempo entre las ruinas de antiguas civilizaciones, he disfrutado callejeando por viejas y nuevas ciudades, acaso más reales que las que físicamente me aguardan. La literatura de viajes es una puerta abierta a la imaginación, un tobogán por el que la ilusión se desliza movida por la avidez de conocer y comprender lo que nos rodea. Una invitación a la aventura para todos aquellos melindrosos que, como yo, no tenemos arrestos suficientes para recoger los pertrechos y echarnos a la calle. Esto mismo, hacer las maletas y poner rumbo a lo desconocido, fue lo que hizo Miguel Gutiérrez Garitano, un joven periodista e historiador vitoriano que partió para Guinea Ecuatorial siguiendo los pasos del afamado explorador vitoriano Manuel de Iradier, a quien unía, no sólo el solar de procedencia, sino una fascinación irrefrenable por la aventura y por África. Fruto de su experiencia ecuatorial es el libro La aventura del Muni, un relato fascinante de unos territorios poco conocidos y olvidados, que durante varias décadas estuvieron bajo soberanía española, gracias entre otros, al citado explorador Manuel Iradier. La calidad del libro le valió el premio de Literatura de Viajes Camino del Cid 2011.

Como señala en las páginas que sirven de prefacio a la publicación otro gran viajero que sabe como nadie llevar al papel las peripecias de sus viajes, el escritor Javier Reverte, el libro de Miguel Gutiérrez Garitano se estructura en tres planos que se van imbricando a medida que se desarrolla la trama, las vivencias personales del autor que realiza un viaje iniciático y de conocimiento “viajar es empaparse con la savia de las naciones, llegar a sus rincones más recónditos”, la historia y la etnografía del país, y la epopeya de Iradier, quien, a finales del siglo XIX, consiguió que los territorios de la actual Guinea Ecuatorial pasasen a formar parte de la única colonia española en el África tropical. Sin pretender ser un libro geográfico, las páginas de La aventura del Muni destilan buena literatura geográfica. Las descripciones de los paisajes selváticos, de los poblados indígenas, de las ciudades, de las gentes que habitan el país, son sumamente interesantes, propias de un observador atento y que conoce las claves que le ayudan a entender que lo ve y describe. Hablando de los edificios de Malabo, la malsana capital del país, “la vieja dama mulata”, apunta el autor: los edificios, construidos en madera al viejo estilo colonial, con sus dos alturas y sus tejados de chapa dispuestos a dos aguas, reclaman en sus paredes descamadas y polvorientas la realidad de una pasada belleza. Cabo San Juan, al noroeste del estuario del río Muni, la describe  como una suerte de cementerio espectral sobre el que brotan, como hongos selváticos, un puñado de cabañas dispersas.

El libro resulta también de especial interés para el lector por la ingente cantidad de información y documentación complementaria (en forma de notas aclaratorias a pie de página) que aporta, tanto de la etapa histórica como de la actual, lo cual es especialmente interesante, pues como señala Javier Reverte, cubre un vacío importante, por la escasez de textos históricos sobre Guinea. Pero además, la lectura de las más de 460 páginas del libro resulta muy amena. Por momentos parece que el lector tiene en sus manos una reedición de la gran novela de aventuras del África Negra, ya que por sus páginas desfilan exploradores, grandes cazadores (blancos y negros), piratas, negreros, feroces indígenas, pero las peripecias que relata el autor (los problemas con la corrupta policía, el peso de las creencias ancestrales en la vida cotidiana, las pésimas condiciones de vida de buena parte de los habitantes del país) son tan reales como el régimen dictatorial que con mano de hierro dirige el destino de los guineanos.

Como todo buen libro, la lectura de La aventura del Muni, anima al lector a tomar partido, a sentirse partícipe de la aventura, a asociar lo leído con otras lecturas, con otras vivencias. En mi caso, al adentrarme en el texto no podía dejar de recordar las historias que había oído hace años a un puñado de españoles que vivieron la experiencia guineana en la década de 1960, antes de la independencia del país. Su papel de colonos blancos en un mundo de negros (por más que se tratase de simple campesinos de una aldea perdida del suroccidente de Asturias), la difícil aclimatación al trópico, la quinina diaria, el trabajo en la plantación de cacao o en la factoría maderera, las ilusiones desvanecidas por el apresurado regreso a la patria.

Dicen que todo viaje empieza en los libros, quizás sea éste un buen punto de partida.

La Aventura del Muni, de Miguel Gutiérrez Garitano fue editado en 2011 por IKUSAGER EDICIONES.

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Recuperando a Julio Camba

Las noches agosteñas, cálidas y húmedas, son muy propicias para adentrarse en la vigilia reparadora de la lectura, dejando el sueño de lado para penetrar en el bosque de las páginas escogidas, para aferrarse a esos autores predilectos que, como salvavidas, nos libran del ahogo de la mediocridad y del tedio. En esas largas noches estivales en las que mudamos el sueño reparador por el sueño de la letra impresa, encontramos el asidero preciso para afrontar con garantías lo que pueda llegar con la luz del día. Apartarse de la lista de los más vendidos, de esos ejemplares que buscan un tránsito cómodo entre el escaparate de la librería y la mesilla de noche, para redescubrir un libro olvidado, un autor aparcado en un rincón de la biblioteca propia, se convierte un acto de onanismo intelectual de lo más gratificante para esta época estival.

Julio Camba, el pontevedrés universal, el irreverente columnista que deambuló por medio mundo afilando su prosa con la aparente desgana con la que el avezado segador afila su guadaña antes del tajo, puede ser una buena elección. Deambular por las páginas de Casi todo, picoteando de aquí y allá, nos permite descubrir un escritor mordaz, ingenioso, escéptico y con un punto de cinismo que en más de una ocasión nos dejará en los labios el agradable amargor de la ironía. Su pluma, afilada como una punta de flecha de silex, disecciona la sociedad de su tiempo sin la más mínima compasión y sin prejuicio alguno: “cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa”. Respecto de la mendicidad patria, a la que califica como una de las pocas profesiones liberales que todavía quedaban en España (afirmación que fácilmente se podría suscribir hoy), el cáustico gallego señalaba lo mucho que la separaba de la mendicidad foránea, apoyada siempre en el auxilio de las artes, “solo el mendigo español llega al público sin el concurso de otras musas, en otros países el mendigo no podría vivir sin ayudarse, por ejemplo de la pintura. Aquí, en cambio, no es raro que el pintor tenga que ayudarse de la mendicidad”.

Julio Camba, además de un bien pagado fabricante de artículos (para los que encontró un escaparate perfecto en el diario ABC): “el articulista no puede gozar de nada, porque todo en su organismo se vuelve literatura, somos fábricas de artículos”, fue un amante sincero de la buena mesa. La sutil combinación de su pasión por la cocina, su innegable talento literario y su criterio gastronómico, le permitió dar forma a La casa de Lúculo o el arte de comer, un libro que todavía es un referente en la materia. En el mismo, además de dar un repaso como solo Julio Camba podía hacer por los distintos tipos de alimentos, las teorías culinarias y las más afamadas cocinas nacionales e internacionales, relaciona la gastronomía con el placer de viajar, y vincula, con la claridad propia de un observador atento a lo que sucede a su alrededor, la cocina con el paisaje, con el entorno en el que se producen las materias primas que alimentan los pucheros. Con su acerado sentido del humor, el arosano señaló al ferrocarril como el culpable de la muerte de los mesones, ventas y fondas que acogían a los viajeros en los antiguos caminos, y anticipaba el papel del vehículo particular en el renacer de la cocina regional. Camba fue un adelantado a su tiempo en muchos sentidos, también en lo que hoy se conoce como turismo gastronómico. Su visión de futuro le llevó igualmente a aventurar los nocivos efectos que las autopistas automovilísticas tendrían sobre los viajes, en un momento en el que la red viaria española todavía era muy precaria en consonancia con el volumen del parque automovilístico del país. Abandonar el placer de descubrir restaurantes, figones y casas de comidas, insertas lo largo de las carreteras de segundo orden como cuentas de un rosario, por la comodidad y la rapidez de los desplazamientos, supone renunciar a una parte esencial del placer inherente a cualquier viaje. Para Julio Camba, las autopistas (que a buen seguro conoció en sus estancias en los Estados Unidos) no depararían sino comidas uniformes y paisajes anuncio.

Releer o descubrir a Julio Camba, al caballero von vivant de las letras españolas, al idealista interesado que apostató de todas las causas políticas para enarbolar la bandera de su patria personal, esa que le llevó a exiliarse en sus últimos años de vida en el hotel Palace de Madrid, es un placer comparable al que siente el gastrónomo ante su plato favorito.

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Supra Terram Granaria

Bajo este sugerente pórtico presenta Javier Fernández-Catuxo su contribución al estudio y conocimiento de los hórreos, cabazos y otros graneros emplazados en el límite de Asturias y Galicia. Más de una década recorriendo todos y cada uno de los pueblos de los 24 municipios (19 asturianos y 5 gallegos) que conforman el territorio objeto de estudio, pertrechado con planos, cámara de fotos, cinta métrica, brújula y grandes dosis de entusiasmo y paciencia, han dado para mucho. Para elaborar un método científico propio con el que dar respuesta a los interrogantes que le suscitaban unas construcciones tan arraigadas al modo de vida tradicional campesino y a la propia tierra astur- galaica como los árboles, los ríos o las piedras que alindan los caminos; para elaborar un censo que nos permite conocer cuántos graneros (y de qué tipo) quedan hoy en la zona; en definitiva, para aportar una visión nueva y científica sobre estos referentes simbólicos del paisaje asturiano y gallego, forjada en el conocimiento directo de cada uno de los graneros que pueblan o poblaron el occidente asturiano y las vecinas tierras gallegas.

 Apartándose de los estudios clásicos sobre hórreos y cabazos, centrados en aspectos etnográficos, históricos y arquitectónicos, que intentaban resumir la complejidad de las relaciones de estas construcciones tradicionales con el medio en el que cobraban vida y con su propia funcionalidad, reduciéndolas a meras clasificaciones descriptivas, generalmente basadas en los modos de construcción y en los materiales empleados, Fernández Catuxo opta por ampliar la perspectiva, poniendo en relación la distribución geográfica, el modo de construcción y las funciones para las que están destinados. Desde ese análisis que pone el acento en los aspectos funcionales de estas longevas construcciones que el califica de “muy inteligentes”, el autor clasifica los graneros en dos grandes grupos: los que han sido diseñados y se utilizan para el secado del grano (cabazos), y los destinados al almacenamiento y conservación de los productos agrícolas (hórreos y paneras). Como señala el autor, en la zona de estudio son muy abundantes también los graneros de uso mixto, que presentan partes destinadas al secado y partes para el almacenamiento. 

Para cada uno de los grandes tipos de graneros, Fernández Catuxo, analiza y cuantifica parámetros como las dimensiones, la ubicación, la disposición, los materiales de construcción, la morfología, la relación con el resto de elementos de la explotación, la distribución geográfica, etc. Así, por ejemplo, refiriéndose a los cabazos, describe el método que utiliza para realizar las mediciones de orientación, que le permiten obtener, para cada conjunto de cabazos, una orientación media y un valor que indica la intensidad de esa orientación, que se expresa en porcentajes y que le permiten elaborar gráficos explicativos.

 

 Supra Terram Granaria es un publicación magnífica, resultado es un trabajo científico encomiable, que se acompaña de un repertorio fotográfico que alivia las fatigas de una lectura que requiere mucha atención para no perderse. Un libro muy recomendable para los amantes de la arquitectura tradicional que deseen transitar por nuevas vías para el conocimiento de un patrimonio en peligro inminente de extinción, que sólo se podrá salvar con el aprecio, conocimiento y uso de las generaciones presentes y venideras.

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