Archivos para 26 abril 2013

El viejo que amaba el fútbol

Llevaba tantos años acudiendo al estadio, que ya no recordaba cuando fue la primera vez, aunque estaba seguro que había sido acompañando a su padre, que era un incondicional del equipo de la ciudad, en cuyas categorías inferiores había militado en su juventud. De su padre había adquirido la pasión por unos colores y el respeto por un deporte que desde siempre había sido de caballeros. Así lo entendió ya de muy niño, cuando vio por primera vez sobre la espalda mojada de la playa, la dignidad con la que un grupo de jóvenes pateaba un pesado balón de cuero enfundados en unos uniformes que a él, en aquel momento, le parecieron confeccionados con polvo de estrellas: camisola blanca atravesada por gruesas fr1153 (AMG c Suárez)anjas rojas verticales y largo calzón azul que precedía a una medias del mismo color. En los pies, unos rudos botines que cubrían los tobillos, rematados con una áspera suela de tacos. Y también años después en el patio del colegio, donde el moderno padre López, con la sotana remangada, reclamaba fair-play al tiempo que tomaba partido por uno de los equipos en liza. Nunca fue muy dotado para la práctica del balompié, pero desde aquellos días colegiales, el virus del fútbol se había inoculado en su cuerpo con la misma eficacia  con la que las fiebres infantiles le hacían crecer. El fútbol era su pasión, más incluso que la lectura, a la que se entregaba a escondidas por las noches en su cuarto, en un improvisado colmado bajo las sábanas que iluminaba con una pequeña linterna, una vez que su madre le había apagado la luz. Se sabía de memoria las alineaciones de los principales equipos de la liga, y el periódico y la radio le tenían al tanto de los resultados y de la clasificación, que anotaba minuciosamente en la parte trasera de una vieja libreta de tapas de cartón duro. Se sentía seducido por la plasticidad, por la elegancia de este deporte, en el que era tan importante el juego individual como el colectivo. El paso del tiempo había atemperado su fervor infantil, pero la ilusión y el placer de contemplar los partidos de su equipo no había decaído un ápice. El fútbol tenía para él una capacidad paliativa que atenuaba las amarguras y los sinsabores de la rutina diaria. Acudir al estadio cada quince días se había convertido, desde que acompañaba a su padre, en un hábito liberador y tan reconfortante como el primer café de la mañana.

De su progenitor había heredado la costumbre de apearse del tranvía unas paradas antes a la inmediata al campo para dar un largo paseo por la alameda que moría a los pies de la vieja tribuna de preferencia. Le gustaba caminar con paso demorado bajo el verde paraguas de los longevos álamos, arropado por la ruidosa multitud de aficionados que llevaban su misma dirección. Raramente se detenía a hablar con alguien o se dejaba acompañar por algún conocido que también se dirigía al estadio, y no es que fuera una persona huraña, sino que el paseo formaba parte de una liturgia personal que cobraba todo su sentido una vez instalado en el graderío del fondo norte, que era donde siempre había visto los partidos. A menudo, mientras caminaba por la alameda recordaba lo mucho que habían cambiado las cosas desde que había comenzado a asistir al estadio, por aquel entonces, un descampado desabrido al que se accedía por improvisados caminos sin asfaltar, los mismos que hoy lucen un lustroso solado y a los que se asoman modernos y lujosos edificios. También recordaba las incómodas gradas de madera, la primera tribuna cubierta, y la gran reforma de los años cincuenta, que coincidió con el retorno del equipo a primera división, y que transformó el recinto en un estadio moderno, con graderíos de fábrica de hormigón y capacidad para más de 30.000 espectadores. Después se sucederían otras reformas con las que acomodar las trazas del estadio a los nuevos requerimientos, ropas nuevas para un viejo tan enamorado del fútbol como él. Tribuna preferencia años 40 (MOPA)

En el estadio, solo en mitad de la multitud, pensaba también a menudo en lo mucho que había cambiado el deporte del balompié desde que él era joven. No sólo en el aspecto táctico y técnico (antes era un deporte más físico, quizás menos exquisito en el trato del balón, pero también menos sujeto a la tiranía de las tácticas dibujadas sobre una pizarra), sino también en el aspecto emocional. Se mantenía la pasión, el deseo ferviente de que su equipo saliese victorioso, pero la forma de animar ya no era igual, ahora primaba el griMolinón 1981 (R. Tolín)terío sin criterio, los insultos proferidos contra todo en una exaltación estúpida de la grosería juvenil. Hasta él, un hombre tranquilo y discreto, había veces que se entregaba con tal pasión a los lances del juego, que por momentos dejaba de ser él mismo para formar parte de la masa vociferante que increpaba al árbitro o a determinados jugadores del equipo contrario. Ese aspecto gregario, que convertía al aficionado en un hincha, se había acentuado cuando comenzaron a vallarse los campos para evitar los desplazamientos por los aficionados por los graderíos y sobre todo, las invasiones del terreno de juego. No le gustaba sentirse enjaulado como una fiera cuando el fútbol había sido siempre para él un horizonte de libertad, un claro en un cielo gris asediado por las nubes. Con todo, seguía acudiendo al fútbol (por más que éste hábito se hubiese convertido en un recuento periódico de ausencias), con el paso cada vez más inseguro y añorando no tener un niño al que acompañar y al que abrir su corazón y sus recuerdos, viejos y apasionados como el propio estadio.

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Lugares comunes

Una de las cualidades principales de los zonas verdes públicas, ya sean plazas ajardinadas, parques, jardines o paseos arbolados, además de su papel en la mejora del ornato y la calidad de los espacios urbanos y de su contribución a la regulación medioambiental (mitigando la polución y el ruido), es su condición de espacios para la vida. Son lugares en los que las personas hablan, juegan, sueñan, lloran o ríen, según el momento. En el frío reservado de los bancos, al abrigo de las primeras sombras de la tarde, ¿quién no sintió el fuego de aquel beso adolescente, fresco y furtivo?. ¿Quién no recuerda  el sudor de aquellas manos que se apretaban contra las nuestras cuando creíamos, ingenuamente, que nadie reparaba en nosotros?. Entramos en los parques con el paso corto e inseguro, llevados de la mano por nuestros padres, y cuando nos damos cuenta, estamos empujando un columpio en el que se mece un pequeño que nos recuerda aquel que por primera vez franqueaba el umbral del paraíso del barrio. Al ver cómo crecen los árboles, como cambia el mobiliario e incluso el diseño del propio parque, que periódicamente se viste a la moda, nos damos cuenta de que el tiempo no se detiene, que somos nosotros los que necesitamos una mano para abandonar el parque, porque ahora nuestro paso es lento y torpe, y porque este abandono del paraíso cercano no es sino el preludio de otro abandono que ya será definitivo. Los parques y jardines públicos, al ser espacios vividos con tanta intensidad, forman parte de nuestra propia identidad, de nuestra educación social, cultural e incluso afectiva. Es por esto que nos resistimos a los cambios que afectan a la esencia, al fundamento de los mismos. No se trata de ser pacatos o inmovilitas (acaso sólo un poco egoístas), sino de pretender preservar una pequeña fracción de nuestra memoria, de las emociones contenidas en una porción de espacio que la propia vida ha ido acotando.Plaza S Miguel. AMG c Patac

Decía el poeta Hilario Barrero que volver adonde se ha sido feliz y adonde se ha regresado con frecuencia es como volver a la casa donde uno nació: por un lado un lugar seguro por otro un lugar donde nada es igual. Esta sensación contradictoria es la que produce la última intervención en la plaza de San Miguel, donde el delicioso kiosco de prensa y golosinas proyectado en 1946 por Manuel García Rodríguez (autor junto con Joaquín Ortiz de ese maravilloso y espigado cuerpo racionalista que se levanta entre las calles Capua y Menéndez Valdés) ha devenido en establecimiento hostelero y cuya terraza ocupa parte del paseo que comunica la plaza con la calle Cura Sama.

La plaza de Evaristo San Miguel (cuya efigie en bronce vigila desde 1922 el paso de los viandantes desde su marmóreo asiento), o La Plazuela como la conocen los gijoneses, es uno de los espacios más hermosos y emblemáticos de la ciudad histórica. Como es sabido, fue trazada en 1868 sobre la punta de estrella más oriental de la muralla que limitó la ciudad tradicional desde la guerra carlista, aunque las primeras edificaciones que ciñeron su hermoso perfil elíptico (entre ellas las dos que promovió el acaudalado indiano Celestino Junquera, notable especulador que consiguió menguar la extensión de la plaza para preservar sus solares en una benemérita acción que fue correspondida por la ciudad poniendo su nombre a una de las calles Plaza S Miguel (h 1946)AMGque desembocan en la plazuela) fueron algo posteriores. No así su acompañamiento vegetal, pues en 1869 la Comisión de Arbolado señalaba la conveniencia de dotarla de arbolado (y de jardines), que fue reforzado en 1885 con la plantación de olmos campestres en las márgenes de la calle central, por aquel entonces, abierto al tránsito de vehículos y personas. Desde que en 1909 se trasladó la circulación rodada al exterior de la plaza y hasta 1946, año en el que se acometió una reforma completa, el espacio apenas si varió su morfología. Con las obras de urbanización se renovaron los pavimentos, se sustituyó el viejo arbolado, del que se conservó solo la doble alineación de castaños de indias del eje menor de la elipse y dos palmeras canarias (hoy desaparecidas), se introdujeron la doble hilera de tilos que hoy señalan el eje principal y se diseñaron vistosos jardines de trazado geométrico. La reforma se completó con la instalación de nuevo mobiliario, el kiosco aludido, y un reloj ornamental cuyPlaza S Miguel (2007)a vistosa columna (fechada en 1899) está hoy en el parque de Isabel la Católica. Lo limitado de las intervenciones desde entonces y el destacado patrimonio arquitectónico que la arropa, hacen de la plaza de San Miguel un lugar privilegiado, que por desgracia, ya no volverá a ser el mismo. El encanto de sentarse en los bancos de La Plazuela a degustar la agonía de una tarde de verano tras un largo paseo por la playa o por el centro mientras el pensamiento resbala por las fachadas que Manuel del Busto proyectó para ponerle una sonrisa déco a la plaza, se ha desvanecido; el uso hostelero (con su sola presencia) impide cualquier ensoñación que tome como morada la plaza.Plaza S Miguel (2013) Es sabido que los hosteleros atraviesan un mal momento por la prolongación sine die de la crisis (en realidad lo mismo que el resto de los ciudadanos), pero uno considera que hay ciertos espacios que por su singularidad, por su historia, por su carácter simbólico, en definitiva, por lo que significan para la ciudad deberían ser objeto de una protección integral que asegurase la salvaguarda de los valores (arquitectónicos, paisajísticos, sociales) que los hacen diferentes del resto. Lugares como la plaza de San Miguel trascienden de su condición de espacios públicos para convertirse en lugares de la memoria, y, por tanto, deberían quedar exentos del ánimo de lucro de unos pocos.

 

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