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Días de fútbol

A menudo añoro mis días de fútbol. Nunca fui una estrella, pero desde siempre el fútbol ha sido mi deporte preferido. Como todo aquello que tiene un marcado componente irracional, pasional, me resulta difícil explicar el por qué de este sentimiento. Lo cierto es que veo a mi hijo jugando al balón en el pasillo de casa y, aunque le regaño adoptando la impostura de padre responsable y le recuerdo que en casa no se juega al balón, en realidad, la mayoría de las veces lo que me pide el cuerpo es sumarme al imaginario partido, y llegado el caso, celebrar como si se fuese a acabar el mundo los supuestos goles. Como decía, el fútbol es una pasión, un sentimiento, pero también una escuela, un escenario ideal para la socialización de los niños que, lo queramos o no, siempre deja huella en el carácter. La primera vez que me sentí futbolista debía tener 7 u 8 años. Recuerdo que me presenté a una prueba que hacían en el colegio para seleccionar jugadores con los que conformar los equipos escolares. Ataviado con una vieja y descolorida indumentaria del Sporting de Gijón y unas botas negras con franjas rojas de tacos de goma (para subrayar mi inocencia infantil debo señalar que la prueba era para el equipo de fútbol sala, con lo cual, lo pertinente era ir con playeros), tan vetustas como la camiseta y propiedad de mi hermano, lo mismo que el resto del atuendo, me presenté en la pista del colegio. No sé si fue por lo estrambótico de la vestimenta, más propia de una vieja gloria del futbol playero que de un niño de 8 años, o por mi falta de pericia con el balón en los pies, el caso es que, incomprensiblemente, no fui seleccionado. Tuvieron que pasar varios años, y muchas tardes de fútbol en el barrio para que pudiera lucir con orgullo la elástica azul celeste combinada con pantalón blanco y medias azules de mi colegio, el Julián Gómez Elisburu de Pumarín. Como todos los niños de mi barrio, y a diferencia de los de ahora que pueden empezar a jugar a fútbol reglado antes de los seis años en instalaciones estupendas, los rudimentos de este deporte lo aprendimos jugando en la calle.

En mi barrio, que a finales de los setenta era un paisaje incierto, una suerte de fábrica de sueños en la que confluían viviendas en construcción, calles sin asfaltar y solares baldíos a la espera de constructor, había, por así decirlo, dos terrenos de juego: el de La Paca, que en realidad era un lugar de tránsito, de traza irregular y en pendiente, y situado a la espalda de varios bloques de viviendas que se alineaban al viario principal, y el de El Llocu, un rectángulo hormigonado de reducidas dimensiones, situado también en la trasera de dos edificios alejados del prestigio de las calles principales. Ambos terrenos de juego, aparte de socavones, aceras interrumpidas, altos bordillos y coches aparcados, tenían en común que su titular, la persona que les daba DSC_0013nombre (El Llocu y La Paca), tenía por costumbre interrumpir los partidos lanzando amenazas, profiriendo toda clase de improperios (mi barrio, como todos los de aluvión, era por entonces muy cosmopolita) y en ocasiones calderos y vasos de agua, incluido el recipiente. Se ve que a estos egregios convecinos, de los que en más de una ocasión tuvimos que huir por piernas, no les gustaba mucho el deporte o tenían la absurda idea de que el descanso vespertino de un individuo era más importante que el recreo de muchos. Con todo, en mi barrio se forjaron buenos futbolistas que más tarde lucieron en las filas de destacados equipos gijoneses, aunque ninguno alcanzase la gloria de la profesionalidad. Jugadores que pulieron su técnica individual sorteando charcos, coches de vecinos  y señoras con las bolsas de la compra que no encontraban otro lugar mejor para pegar la hebra que en mitad del campo de juego. Allí, debajo de casa, haciendo fintas imaginarias a la luz triste y mortecina de las viejas luminarias, inmune al cansancio y al desánimo, golpeando infames pelotas de goma contra aquellas porterías pintadas con tiza en la pared de los edificios, pasé algunos de los momentos más felices de mi infancia. Allí, en aquellos partidos tumultuosos y multitudinarios en los que niños mayores y más pequeños compartíamos la pasión por el fútbol, me contagié de este virus que todavía se reactiva cuando veo un balón rodar y siento un deseo irrefrenable de patearlo.

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Los origenes del fútbol en Gijón

Con las primeras luces del siglo XX llegó a Gijón el foot-ball, deporte, como es sabido, importando de Gran Bretaña, donde se practicaba con gran aceptación popular desde el último tercio del siglo XIX. Fueron los pies ocios de un ramillete de entusiastas jóvenes integrantes de la burguesía local, quienes comenzaron a practicar este nuevo sport en Gijón, juego con el que habían tenido contacto durante sus estancias formativas en el extranjero. Un somero repaso a los integrantes de los primeros clubes formados en la ciudad basta para identificar ilustres apellidos de la burguesía gijonesa como Adaro, Belaunde, Alvargonzález, Villaverde o Felgueroso, entre otros. Nació así el fútbol en Gijón como un deporte practicado por una minoría elitista y entusiasta (la única que disponían de tiempo de ocio en un momento en el que las jornadas laborales eran largas y agotadoras y sin apenas tiempo de asueto), que, con su afición por el ejercicio físico en general, y por el balompié en particular, consiguieron que pronto prendiese la chispa entre las clases populares y el fútbol se transformara en un auténtico fenómeno de masas seguido y practicado con auténtico entusiasmo por la juventud gijonesa y asturiana. La relativa sencillez de las reglas, el hecho de que solo de necesitase un balón para su práctica y la abundancia de espacios abiertos donde jugar, fueron argumentos de mucho peso a favor del arraigo del fútbol como deporte de práctica generalizada en la ciudad.

El inicial carácter burgués del nuevo juego quedó reflejado en las crónicas periodísticas de la época en las que se calificaba al fútbol como un “culto sport” de creciente aceptación social. También recogió la prensa gijonesa el interés que despertaba el balompié en la sociedad local, convirtiéndose los primeros encuentros en verdaderos actos sociales que eran frecuentados por los estratos más acomodados del Gijón de la época, trasladando alrededor de los terrenos de juego las prácticas sociales de los cafés y salones privados “numeroso público presenció el match, las tribunas y sillas estaban concurridísimas, entre la concurrencia bellas mujeres”, recogía una crónica de 1905.

Parece que el arenal de San Lorenzo fue el primer escenario donde los jóvenes atletas gijoneses comenzaron a poner en práctica lo aprendido del nuevo deporte más allá de las fronteras locales, y donde lucieron, con fulgor de estrellas, indumentarias y rudos balones de cuero importados del extranjero. Con el Cantábrico como de telón de fondo, la avanzadilla futbolística pronto creó afición y ésta se materializó en la formación de los primeros clubes, que tuvieron como seña de identidad el fomento del ejercicio físico y de la cultura del deporte, en un ideario muy próximo al higienismo finisecular. A la temprana fecha de 1903 apareció la sociedad deportiva Gijón Sport Club, presidida por José Suárez, y que contaba entre sus filas a dos jovencísimos Luis Adaro Porcel y Romualdo Alvargonzález Lanquine, como rutilantes estrellas. Durante ese verano y en años sucesivos el Gijón Sport Club, entre otros actos culturales y lúdicos, organizó festivales deportivos en los que los partidos de fútbol eran la atracción principal. En 1904 nació otra nueva entidad deportiva en la ciudad, la Juventud Sportiva Gijonesa, y al año siguiente, vio la luz el club Sporting Gijonés, precedente del actual Real Sporting de Gijón, agrupación formada por un grupo de jóvenes voluntariosos asiduos practicantes del fútbol playero, presididos por Anselmo López, que también fue jugador del mismo. Su aparición contribuyó a animar el panorama futbolístico en la villa y la popularidad del nuevo sport, que, aunque veía limitada la celebración de encuentros a la época estival (y en escaso número), comenzaba a despertar pasiones. Otro semillero de futbolistas y de entusiastas de este neonato deporte fue el colegio de la Inmaculada, donde los modernos padres jesuitas pronto alentaron la creación de equipos escolares, tal y como recogieron las páginas de la revista del centro y la prensa gijonesa.

Aguerrido futbolista local en el campo de La Electra del Llano.

Aguerrido futbolista local en el campo de La Electra del Llano.

Muchos de estos partidos de fútbol tuvieron un fin benéfico, hecho que estimuló la asistencia de público a los mismos y contribuyó a su difusión. Este es el caso del encuentro disputado en el campo o “explanada” de El Bibio en junio de 1906 entre Gijón Sport Club y el Sport Club Avilesino, cuya recaudación se destinó a la Asociación Cultura e Higiene.

Una vez superada la fase embrionaria del fútbol gijonés, la playa de San Lorenzo en su condición de escenario futbolístico quedó relegada a los aficionados amateur, y los principales equipos de la ciudad buscaron un acomodo más acorde con su categoría. Aparte del citado campo de El Bibio, los primeros encuentros en los que se cobró entrada tuvieron lugar en el denominado “Prau Redondo”, situado en las proximidades de la primigenia iglesia de San José, en el Humedal. A este siguieron el viejo Molinón, que pasó a ser utilizado de forma regular para la práctica del fútbol desde 1910 (aunque la primera mención en la prensa es de 1908), y La Matona, en La Guía.

 

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