Archivos para 21 mayo 2016

Náufrago en tierra

Deambulaba por las calles del viejo barrio de aquella ciudad sin nombre como un madero a la deriva arrastrado por la corriente. Aquella trama callejera, tortuosa y empinada, le atraía. Le gustaba escuchar el sonido metálico que hacían sus zapatos al impactar sobre las losas mojadas del suelo. Por un momento se sintió una persona especial, como si fuera el único superviviente de un naufragio que el mar hubiese arrojado a la costa. Sus ojos, hambrientos de luz, reparaban en objetos que parecían únicos: la tapa rota de una alcantarilla, el pomo gastado de una puerta, una vieja y roída rejería, el hilo de vida que se escapaba de una boca de riego que el opeDSC_0047rario de limpieza había dejado abierta, los geranios sedientos que pintaban de carmín aquella la fachada sucia y oscura, triste como su alma de náufrago. Al enfilar la costanilla que trepaba
a lo alto del barrio reparó en la masa boscosa que culminaba los tejados de las casas, herrumbrosas lanzas que parecían acuchillar el cielo gris que envolvía la mañana. En su humildad, aquellas antiguas viviendas que se apretaban al parcelario como los cordones de una zapatilla, le parecieron hermosas, heroicas vencedoras en su desafío contra la ley de la gravedad. Alabeadas, arracimadas unas contra otras, parecían esos compañeros de fiesta que tras una larga noche entrelazan los brazos para mantenerse en pie.

Caminaba despacio, con la desgana de quien no tiene prisa ni objeto en su caminar, por aquel dédalo de sueños urbanísticos malogrados, por aquel cementerio de historias sepultadas bajo los escombros del tiempo que era el casco antiguo de aquella ciudad sin nombre. El azar y la suave brisa del nordeste que se colaba por las travesías que miraban al puerto, eran su única brújula. EDSC_0046n una recoleta plazoleta iluminada por la sonrisa apagada de cuatro esqueléticas encinas, un grupo de colegiales jugaban al balón. Los niños, ajenos al mundo que les rodeaba, habían delimitado las porterías con los jerséis azules de su uniforme escolar. Sus gritos rebotaban contra el pavimento como balas de fusil. El viajero se sintió niño y siguiendo los movimientos del balón, hizo un fugaz balance de su vida. De nuevo sintió la zozobra del náufrago. Tomó la calle lateral que delimitaba la plaza y encaminó sus pasos a la bahía, buscando en la risa del mar consuelo para su ánimo. Antes de llegar, el  blasón que lucía un viejo caserón con pretensiones palaciegas, carcomido por el abrazo salobre del viento de la bahía, le recordó que toda pretensión de perdurar en este mundo acaba resultando un esfuerzo vano, como vano le resulta sacudirse el polvo de su desdicha. Piensa el viajero que, quizás, lo único que perdure sean las risas de los niños que juegan despreocupados al balón, que como un eco, repiten a coro las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

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