Archivos para 28 febrero 2014

Los tributos del mar

“Delicia de los ojos, playa de San Lorenzo, de este a oeste, extendido su manto de canela”, dejó escrito el poeta Gerardo Diego. Me gusta pasear por el paseo del muro de San Lorenzo en las tardes de los domingos invernales, cuando la ciudad sestea, perezosa y confiada. Me gusta salir al encuentro del Cantábrico, acodarme en la blanca barandilla, por la que en esta época del año resbalan lágrimas de nazareno,  chorretones cobrizos que se afanan en su trabajo corrosivo. Como los toros en la plaza, busco la querencia de las tablas para sentir en las mejillas el pellizco del aliento del mar. Pasear atento a todo y a nada; a los niños que corretean por la arena seca detrás de una pelota, a los sufridos reumáticos que caminan descalzos por la orilla a pesar de que la temperatura del agua no debe sobrepasar los 14 o 15 grados, a los aguerridos caballeros de las olas que no temen al frío ni a las tempestades, enfundados en sus elegantes trajes de neopreno y siempre atentos a la dirección del viento. Caminar pensando o pensar caminando, con la vista puesta en el horizonte, en lo poco que nos queda tras la ampliación del puerto, o entretenido en libar en las conversaciones ajenas como un insecto voraz, jugando a situar geográficamente a los paseantes por el tono de su voz.DSC_0004

El paseo del muro de San Lorenzo es, sin duda, el más democrático de los espacios públicos de la ciudad. Es como un carrusel multicolor en el que todo gijonés se sube de vez en cuando para sentir que sigue vivo, que por sus venas sigue latiendo la pulsión de la ciudad. Una pasarela pétrea que cabalga sobre la espuma del mar, por la que desfilan, a un tiempo, egregias gijonesas enfundadas en largos abrigos de pieles, esforzados deportistas vestidos con relucientes indumentarias deportivas, señores y señoras de cierta edad, vestidos de calle, que caminan a paso rápido siguiendo los consejos de su médico, y que parece que han olvidado la prescripción esencial de respirar mientras se camina. Padres y madres con niños pequeños cargados con todo tipo de artefactos móviles, (sillas, patinetes, monopatines, patines, etcétera). También hay paseantes meditadores, lectores fugaces, cuadrillas de jubilados, enamorados, y hasta asistentes personales que, aturdidos por ruido que expelen sus auriculares, se olvidan del anciano al que han puesto la silla de ruedas con la proa al mar, no se sabe si para que se reconforte con la visión del agua o simplemente para no verle la cara.

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Me gusta pasear por el muro las tardes invernales de los domingos, detenerme en el mayán de Tierra, en la proximidad de la modernidad de “Sombras de Luz”, la escultura de Fernando Alba, y esperar a que el sol de la tarde se retire y convierta la fealdad de los edificios del muro en un contraluz de postal, en una imagen hermosa que conviene grabar en la memoria para curar los males de la nostalgia, o capturar con el móvil para subirla a la red, y mostrar a los amigos como el Cantábrico se duerme en la playa enfundado en sábanas de plata. El Cantábrico, ese mar mercurial del que hablaba el poeta, es un ser caprichoso, que tan pronto acaricia la dorada espalda de la playa con la dulzura de un amante, como la desnuda, dejando a la vista de todos sus más reservados secretos. Sí, el Cantábrico, ese mar familiar, doméstico, el perro fiel que siempre cumple con el rito de devolver a la playa el palo que lanzamos a la raya del horizonte, de vez en cuando, se olvida del palo, y pugna por recuperar su espacio natural. Espoleado por la voz de la galerna, se anima a sobrepasar los límites, los parapetos que los hombres levantaron para domeñarlo, para confinarlo en su usurero afán de ganar terreno al mar para edificar. Y lo hace de forma impetuosa, violenta, sin atender a normas de urbanidad, con la impunidad de quien se siente, al menos por unas horas, libre de ataduras, de formalismos, entregado a dar satisfacción a la restauración de las cuentas pendientes. El resultado siempre es el mismo, un paisaje violado, la imagen misma de la desolación: farolas arrancadas como árboles de raíz, barandillas depositadas en mitad del paseo o sobre el arenal, socavones en el parapeto del muro, botaolas convertidos en juguetes inconsistentes que son lanzados al aire como livianas cometas. Al final, el mar, ese mar de todos los veranos, siempre termina por cobrar sus tributos.

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