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Un lugar en el mundo

Cuando por fin se detuvo aquel vetusto coche de línea, sintió un profundo alivio. Las idas y venidas del vehículo por aquella atormentada carretera, el calor sofocante y el olor penetrante y nauseabundo que desprendían aquellos desgastados asientos de escay, que un día fueron marrones y ahora presentaban un color indefinido, la estaban mareando. Tras ver la espalda del vehículo desparecer en un recodo de la carretera, tomó aire y echó una fugaz mirada en su derredor para comprobar algo que ya sabía; que estaba sola en aquella encrucijada de caminos, que nadie de la aldea se había acercado a recogerla. No podía ser de otra manera ya que no había anunciado su llegada. Por un momento se sintió desnuda, desamparada como el huérfano que acaba de conocer el alcance de su desgracia. Pero fue sólo un instante, pese a su juventud, era una mujer decidida y había elegido ser protagonista de su propio destino. Su fortaleza manaba de su amor por la enseñanza, el magisterio era el sustrato que la mantenía en pie, recia como los enhiestos cipreses de los cementerios, esos árboles melancólicos cuyo destino es perdurar, mientras perfuman el ambiente con el dulce olor que se desprende de su corteza.

No se percató que llevaba un calzado inadecuado hasta que encaró el sinuoso y empinado camino de tierra que conducía a la aldea. Cargada con dos maletas de cartón, jaulas en las que anidaban un montón de libros y el imprescindible y parco vestuario de una joven que nunca había prestado demasiada atención a su indumentaria, pronto sintió que sus bonitos zapatos de breve tacón no resultaban nada prácticos en aquel rincón del mundo. Los había comprado apenas un par de meses antes en una renombrada zapatería del Oviedo antiguo para celebrar que había ganado su oposición al Cuerpo de Maestros. Tras veinte minutos de caminata, que le parecieron toda una eternidad, la Cuesta de San Sebastián desembocaba en una pequeña explanada en la que se advertían las ruinas de lo que un día debió ser una hermosa capilla, cuyo titular, a buen seguro, también dio nombre al empinado camino de acceso. Añosos robles, clareados por las sacas de madera, terminaban por dibujar un cuadro de lo más hermoso y bucólico que ella, una chica de ciudad, había visto. Desde allí se divisaban las primeras casas del pueblo dispuestas como las cuentas de un rosario que se enhebrasen a lo largo del camino. Más a lo lejos, una muchedumbre de tejados rojizos se apretaban unos contra los otros como buscando compañía.

A pesar de que era la primera vez que estaba allí, no le hizo falta preguntar dónde estaba la escuela; en cuanto vio aquel sobrio y apartado caserón, envarado como un almiar, supo que aquel sería su hogar, su rincón en el mundo.

Villar, 15 de marzo de 1936. Por fin encontré mi lugar en el mundo, así comenzaba el cuaderno de tapas azules que se encontró entre los restos calcinados del material escolar que doña Pilar empleaba para hacer más entretenidas sus clases: láminas con dibujos, mapas, cartillas de lectura. Aquella aciaga mañana en la que la Guardia Civil se la llevó, una mano incendiaria pretendió borrar su recuerdo entregando al fuego purificador todo cuanto había en el aula. Sobre las cenizas de aquel siniestro aquelarre, unas mentes cerriles y dogmáticas pretendieron levantar una escuela nueva.

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Mercaderes de las golosinas del alma

Leo en la prensa que un profesor de geografía con quien tuve escasa relación cuando estudiaba había pronunciado su lección jubilar. Reconozco que me interesó más el rito universitario, aquello de que el catedrático se despidiese simbólicamente de sus alumnos con una última lección magistral, que el hecho del retiro de la docencia de un profesor al que nunca estuve en mucha estima, ni por sus métodos didácticos, ni por su forma particular de entender y abordar la disciplina, ni por el trato, un tanto displicente, con que despachaba a sus alumnos. Este profesor, que se parapetaba detrás de una máscara de excentricidad un tanto rebuscada, era, sin duda, un profundo conocedor de la materia que impartía, y en cada clase derrochaba entusiasmo, pero nunca llegó a empatizar con sus alumnos, y nunca llegó a crear escuela, al menos, yo no conozco a nadie que se sintiera atraído por la geografía por su intermediación.

Margarite Yourcenar, en su famosa novela Las memorias de Adriano, escribió que el más grande seductor no era el hermoso general Alcibiades sino Sócrates. No le faltaba razón; no hay en este mundo mayor encantamiento que el producido por la voz del maestro que nos enseña algo que desconocíamos, de aquel que nos ayuda a pensar, a ver el mundo que nos rodea con otra mirada, con la mirada inquieta de quien busca sin todavía tener la certeza de adónde mirar. El verdadero maestro es aquel que, sin proponérselo, hace de nosotros alguien que no éramos, y aquí radica ese poder de seducción al que aludía Yourcenar, ese que nos mueve a compartir un camino, un itinerario que haremos también nuestro. A convertirnos en epígonos de una causa de la que más adelante enarbolaremos sus estandartes.

Creo que hay muchos profesores, algunos muy buenos, pero muy pocos maestros. Es más, uno puede pasarse toda la vida estudiando y no toparse con ninguno. A lo largo de mi periplo estudiantil, yo tuve la suerte de conocer a tres, de los que siempre guardaré recuerdo. En la Escuela de Magisterio tuve la fortuna de asistir a las clases de geografía de Mari Carmen Fernández, una mujer rocosa, exigente y entregada a la enseñanza de la geografía. La pasión que ponía en sus clases y su arrebatadora personalidad fueron la añagaza perfecta para despertar mi interés por la disciplina y plantearme ser geógrafo. Sobre esos cimientos,  y también en la Normal, la catedrática Charo Piñeiro comenzó a levantar los muros de un edificio que se apuntalará tiempo después. Charo era una maestra de las de la antigua escuela; culta, exigente, trabajadora incansable, y muy preocupada porque sus alumnos asimilaran los conceptos básicos, algo que solía conseguir a través del entusiasmo que ponía en todo aquello que abordaba. Pertrechada con unas gafas oscuras que ocultaban unos ojos dulces e inquietos, la recuerdo feliz, con la cara iluminada  como una niña que estrena vestido nuevo, repasando la sucesión de las rías gallegas, mientras se veía a sí misma caminando sobre las graníticas arenas de la playa de La Lanzada. Cierro los ojos y la veo encaramada a la tarima, braceando como un náufrago en trance de ahogarse, explicando el desplome del frente polar y su incidencia en el clima asturiano o recitando, con voz cadenciosa y un poco atropellada, poemas de Machado vestidos con la dulce melodía del geógrafo: grises alcores, cárdenos roquedos…Sin saberlo, y supongo que sin pretenderlo, con su magisterio, Charo Piñeiro me abrió de par en par las puertas de la geografía.

Citar a Francisco Quirós Linares, el tercer gran maestro con el que tuve la fortuna de toparme ya en la Facultad de Geografía e Historia, da cierto pudor. El profesor Quirós Linares, es una figura esencial en el devenir de la geografía española contemporánea. Maestro directo de renombrados geógrafos, con su labor paciente y abnegada, no sólo renovó la metodología en el quehacer geográfico, sino que ensanchó considerablemente los horizontes de la propia disciplina. Su irónico sentido del humor, que en ocasiones le llevaba a lancear a sus alumnos como si fuesen muñecos de trapo para espolear su ingenio, su voz desgastada y carrasposa, la hondura de sus pensamientos y la claridad de sus palabras, hacían de sus clases algo mágico, especialmente cuando se apartaba del guión establecido para adentrase en los avatares del siglo XIX, periodo que conocía tan bien como su extensa y variada biblioteca. Lamento no haber podido disfrutar más de su magisterio  (compartir salidas al campo, trabajar bajo su dirección), aunque siempre me quedará el refugio de sus escritos, que no dejan de ser una prolongación de su pensamiento y de su buen hacer científico.

Desde siempre, los maestros, esos mercaderes de las golosinas del alma, consciente o inconscientemente, han marcado el rumbo de muchos destinos, han sido candelas con las que se alumbraron caminos que se hallaban envueltos en esa extraña luz que precede al amanecer…

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Retrato de una maestra

En muchas ocasiones me he sentado delante del papel a intentar dibujar con palabras su retrato, confiando en que el poder evocador de la palabras obrara el milagro y la memoria no jugase conmigo a ese juego tramposo de reinventar el pasado. Asumiendo que la memoria es siempre invención, el torrente de recuerdos y de emociones encontradas era tan potente que resultaba imposible darle cauce. No había forma de enhebrar los recuerdos para que su acúmulo no entorpeciera el trazo y  se emborronara el dibujo. Sólo el tiempo, como la fina lluvia que empapa el campo sin llegar a encharcarlo, terminó por hacerlo posible.

La conocí siendo un joven estudiante de Magisterio que traspasaba con ilusión un umbral sin saber muy bien qué era lo que me esperaba tras la puerta. En las primeras sesiones, nada hacía presagiar que la Universidad no fuera sino una anodina continuación de los estudios de bachiller. Hasta que un día acudí a una de sus clases de geografía. La atmósfera era distinta a la del resto, quizás por el humo torrencial de sus Chesterfield sin boquilla que animaban la sesión como los rótulos de neón de los prostíbulos de las carreteras secundarias, o, quizás, simplemente, por su arrolladora presencia. Su larga y trasnochada melena, herencia de una juventud rebelde y contestataria, no lograba esconder un rostro enjuto, de mirada severa y escrutadora, en el que el peso de los años y de una vida apurada hasta el extremo, se abría paso entre una máscara de maquillaje que parecía más una fachada protectora que un aditamento de belleza. Su corta estatura y su extrema delgadez la hacía parecer una mujer frágil, como erosionada por una larga exposición a la intemperie, pero su voz, rocosa y firme, hablaba de una mujer granítica y difícilmente maleable.  Sus manos eran menudas, escuetas, pero muy vivaces, y tan pronto apagaban contrariadas un cigarro como dibujaban en el aire notas musicales con las que acompañar una explicación.

Mujer de amplia cultura, su fina ironía de maestra de escuela, que acompañaba siempre por un atisbo de sonrisa, era tan lacerante como su mal genio, que la hacía escupir improperios con el virtuosismo de un músico profesional. Beligerante y dogmática, estaba tan acostumbrada a tomar partido que para ella no existían los tonos grises ni las medias tintas, lo cual no dejaba de ser una novedad en el insulso mundo de la  Normal.

Ella era diferente y sus clases también. Recuerdo vivamente la primera  a la que asistí, que dedicó a filosofar acerca del sentido de la vida sin hacer alusión alguna a la asignatura que impartía, tomando como hilo conductor un artículo publicado en el diario El País, su periódico de cabecera. Se trataba de toda una declaración de intenciones o, al menos, así lo percibí en aquel momento. Detrás de su caricatura de Nefertiti se escondía una mujer inteligente, sensible y entregada a la enseñanza de la geografía, disciplina que amaba y respetaba profundamente. Sus métodos pedagógicos eran tan persuasivos como su propia persona: exigencia, disciplina y trabajo. Para estar a su altura era preciso estudiar, estudiar de verdad. Sus clases de geografía pasaron a convertirse en auténticos retos de superación personal. Con todo, a muchos de sus alumnos, la pasión con la que enseñó geografía nos situó en un camino de no retorno. Con su particular magisterio nos mostró que había otras maneras de ver y entender el mundo y que era mejor tomar partido que ser un espectador privilegiado.

A estas alturas, cada vez estoy más convencido de que la vida no es más que un largo camino en el que a trechos se asoman otros caminos, otras vidas que en un momento dado se juntan con la nuestra para compartir parte del viaje. El tramo que recorrí con mi maestra lo recuerdo como uno de las más intensos y gratificantes de mi vida estudiantil.

Mari Carmen Fernández falleció en Oviedo en agosto de 2001 tras una larga enfermedad que la fue carcomiendo sin piedad. No dejó la docencia hasta que las fuerzas la abandonaron por completo. Este texto pretende ser el adiós que no pude darle.

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