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Los bordes de la ciudad

Siempre me han atraído los bordes de la ciudad. Esos espacios fronterizos donde todo es posible, en los que la ciudad desdibuja sus formas para dejar paso a otras realidades más complejas, y, sin duda, más atractivas. Cartografías imprecisas en las que la ciudad consolidada, ese relieve de acumulación sedimentaria labrado por los vientos de la historia, se transforma en la antesala de un futuro que se presenta ocupado interinamente. En efecto, la espalda de la ciudad está señalada por la eventualidad de elementos, formas y personajes dispares, que dan vida a un paisaje irracional, promiscuo, y, en ocasiones, hermosamente onírico.

En Gijón, basta con darse un paseo por el barrio de Contrueces (topónimo de raigambre medieval que evoca un terreno dividido, “despedazado” en parcelas) o por La Nozaleda y La Braña, en Roces, para advertir la realidad de estos espacios fronterizos y ratificar, con sólo abrir los ojos, la rotundidad con la que la ciudad-madre extiende sus hilos de Ariadna. En la zona de La Nozaleda han quedado fosilizadas modestas viviendas de características rurales y algunas destacadas quintas decimonónicas como la denominada “Parque Celeste” o “La Flor de Lis” (antigua posesión del marqués de Vista Alegre hoy destinada a uso industrial), que comparten vecindad con nuevas edificaciones en manzana abierta de más reciente construcción y que prolongan el continuo urbano del barrio hacia el mediodía. En los bordes de este núcleo en origen rural, perviven también algunas manzanas de viviendas unifamiliares que responden al modelo de “casa barata” de posguerra, solares baldíos, naves industriales y destacados equipamientos municipales como el parque de bomberos y la sede y dependencias auxiliares de la Empresa Municipal de Limpiezas Urbanas (EMULSA). Un mundo heterogéneo que cohabita sin solución de continuidad.

 

 

 

 

 

 

En el cercano barrio de La Braña, una suerte de páramo de raña en el que los cantos angulares fueron sustituidos por una amalgama de edificaciones de muy distinta antigüedad y entidad arquitectónica, el trazado del cinturón vial que ciñe Gijón por el sur cortó el cordón umbilical que lo unía a la ciudad, transformándolo en una verdadera península. Una península cuyas verdes costas fueron trocadas en autovías y sembradas de pretenciosos edificios de nueva planta que pretenden esconder su condición pelágica por medio de la cirugía cosmética y de la sonora toponimia comercial. Por el sur, el barrio afianza los lazos con el mundo tradicional a través una lengua de tierra semi-rural, en la que alternan viejas caserías y modernas viviendas unifamiliares.

La voz del poeta gijonés Jordi Doce gritaba que la ciudad era el lugar del mestizaje y la impureza, este honor, más bien parece reservado para los bordes de la ciudad, para esos espacios donde los fantasmas del pasado y los del futuro comparten habitación.

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