Archivos para 29 noviembre 2013

Un pedacito del alma de Gijón: el café Dindurra

Las ciudades son como los libros: hay libros queridos y libros repudiados, hay libros que nunca se dejarían de leer y otros que preferirías olvidar. Libros que alimentan el fuego de la pasión y libros que te dejan tiritando de frío. Los hay cómplices, que te permiten pasear por sus páginas con la calma de quien no tiene prisa, y los hay groseros, que te impelen a deambular por sus páginas con la urgencia del prófugo. Con todo, los libros, como todas las ciudades, siempre tienen algo que enseñar, siempre hay una metáfora, un adjetivo, una plaza, una arquitectura, un espacio que por su singularidad o por ese valor sentimental que mana del aprecio ciudadano, redime al conjunto. En la ciudad de Gijón, el conjunto formado por el teatro Jovellanos, su ambigú el café Dindurra y los edificios entre medianeras entre los que se acomodan, son como esas páginas cuya lectura dan valor al libro de la ciudad. A los gijoneses de arraigo (si es que hay alguno que no lo sea) se les hace difícil pensar en el paseo de Begoña sin visualizar mentalmente el conjunto proyectado por el arquitecto Mariano Marín Magallón en 1899, hermoso como un templo griego y dispuesto como un viejo buque sobre el varadero de las calles Casimiro Velasco y Covadonga, con su quilla de arenisca reluciente al sol del mediodía como la piel canela de la playa de San Lorenzo.

La imagen de este reducto de la memoria de Gijón se ha enturbiado de repente, como se emborrona el cielo de la ciudad cuando el viento del oeste extiende su sucio y grisáceo abrigo sobre Gijón. Hace unos días, los gijoneses nos despertábamos con la degradable noticia del cierre del café Dindurra, el último de los viejos cafés de la ciudad, que desde su privilegiado asiento, ha sido testigo preferente de la historia de la Gijón desde que abriera sus puertas en 1901. Hay quién puede pensar que se trata de la desaparición de un establecimiento hostelero más, que su cierre es otra cuenta de ese rosario, negro como la desesperanza e infinito el agua del mar, que es el cese de cualquier actividad empresarial. Sin embargo, el café Dindurra era algo más que un establecimiento hostelero, era parte de la memoria colectiva de una ciudad, además de un bien patrimonial destacado. En efecto, como señaló el investigador Héctor Blanco, el café que había sido diseñado y amueblado al gusto modernista en boga a comienzos del siglo XX, fue profundamente renovado en 1930 de la mano del arquitecto Juan Manuel del Busto, que convirtió su interior en un bosque de columnas de fantasía casi expresionista que lo vinculaba a la obra berlinesa del artista Hans Poelzig.café Dindurra (Jorge Peteiro)

Quizás por ser el café del teatro, el Dindurra siempre tuvo un toque de distinción y esnobismo que lo diferenciaba del resto de los establecimientos de su género existentes en la ciudad. Reducto de tertulianos, ajedrecistas, estudiantes, gentes del mundo de la cultura, y de un sinfín de personajes variopintos que alimentaron la leyenda del Gijón del alma, en el Dindu cada cual tenía su sitio y su hora. Los amantes del café tempranero acompañado de una ojeada rápida de la prensa del día, los habituales del vermut del mediodía, los ajedrecistas de primera hora de la tarde, las empolvadas feligresas de la capilla del chocolate con churros a media tarde, los noctámbulos solitarios. Para mí el Dindurra siempre estará asociado a tardes invernales cargadas de lluvia y de futuro, a noches veraniegas llenas de luz que dejaron el recuerdo del amargor del café cargado y del dulce aroma de la tertulia con los amigos. Ese torrente de luz otoñal que se colaba por los ventanales de la calle Covadonga, y que, como un cliente más, reclinaba la cabeza sobre los viejos asientos de cuero o se miraba en el espejo de mármol de las mesas dibujando figuras imposibles sobre las baldosas  del suelo, forma parte de mi educación sentimental.  La música de fondo, las lámparas de anuncio de Coca-Cola y la televisión fueron elementos indiciarios de un declive que se presentía pero cuyo desenlace no parecía tan inminente. En el libro de Gijón hay un capítulo al que se le ha puesto un final inesperado y trágico. El maestro Luis Fernández Roces escribió que vivir era volver; el cierre del viejo café del paseo de Begoña nos deja sin un hermoso lugar al que poder volver para vivir.

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Recuerdos escolares

Dicen que el otoño es una estación propensa para la melancolía. En esos días despejados en que los atardeces, cada vez más cortos, se convierten en incendiados pájaros efímeros que surcan el cielo pregonando la llegada de la noche y que los árboles van colgando en sus escaparates los macilentos carteles de saldo de sus hojas, uno no puede por menos que dejarse tentar por la nostalgia del pasado, aunque ésta, ni cura la desazón del presente ni nos redime de los males del alma, reabriendo heridas que el paso de los años no ha podido cicatrizar. Pero como uno no pude sustraerse de lo que es, al salir a la calle, un viento cálido y alegre que olía a verano y que se entretenía jugando al corro con las primeras hojas caídas, me tomó de la mano y me llevó a otro tiempo. Me vi caminando hacia la escuela con una enorme cartera de color rojo que llevaba la imagen de los payasos de la televisión en el lomo. Nunca fui un estudiante brillante pero siempre me gustó ir al colegio y creo que muchos de los recuerdos más felices de mi infancia están relacionados con la escuela. No tengo el recuerdo de que mi madre me acompañara o me fuera a recoger a la salida. Creo no equivocarme al afirmar que desde que cursaba segundo de Enseñanza General Básica en el colegio público Julián Gómez Elisburu, en el barrio de Pumarín de Gijón, siempre fui a la escuela en compañía de mis amigos del barrio, algo impensable hoy día, pero que en aquellos años era normal, al menos entre gran parte de los niños de mi barrio, a pesar de que para acudir al colegio había que atravesar la actual avenida de Gaspar García Laviana, vial al que mi anciana madre se empeña en seguir mentando con el predemocrático nombre de Federico Mayo o Ronda camiones. No se lo reprocho, cuando llegue a su edad mi ánimo será también predemocrático. Lo cierto es que en el enjambre de chiquillos que íbamos juntos a la escuela siempre había algún hermano mayor que hacía las veces de madre, aunque yo siempre rehusaba la compañía del mío, que me obligaba a cargar con sus libros. Ser el pequeño de la familia siempre ha tenido más desventajas de las que la gente se suele pensar.Urgisa (1976)

Mi colegio hacia honor a la hosquedad de su titular, un maestro de la vieja guardia, con fama de autoritario, que había hecho méritos como jefe local de la Falange y posteriormente como inspector de enseñanza. Lo recuerdo enorme, como un castillo rodeado por un foso protector en forma de muro de fábrica de ladrillo de un metro de alto, que poco tiempo después fue coronado por una valla metálica con la que limitar la incursión de vándalos en el recinto. Conviene aclarar que Pumarín, mi barrio, era en mi infancia, un espacio en plena efervescencia urbanística y social, un terreno aluvial anegado por riadas humanas procedentes de muy diversos lugares de España, que hicieron de él un territorio fronterizo, a medio camino entre el mundo rural y la ciudad consolidada,  en el que imperaba la ley de la frontera. Ese aire de gran buque varado entre un mar de edificios en construcción y solares baldíos, se acrecentó el primer día de curso, cuando mi amigo José María, a quien apodábamos cariñosamente el cabezón, y no precisamente por su tozudez, y yo, nos metimos en la clase equivocada y nos pasamos un buen rato deambulando por los pasillos en busca de nuestra nueva aula y de nuestro profesor. Don Manuel, que así se llamaba, además de ser natural de un pueblo remoto del concejo de Candamo, se hizo célebre en el colegio por reprender a sus alumnos con el apoyabrazos de madera de su asiento, además de tener una habilidad sobrenatural para patear el trasero de sus alumnos con su pierna mala, el pobre arrastraba una ostensible cojera, mientras nos tiraba de la oreja. No se puede decir que don Manuel fuera un sádico, pues, que yo recuerde, nunca nadie tuvo que acudir al médico después de un repaso con el habilidoso pateador, solo que el hombre no estacaba tocado con el don de la sensibilidad. De todas formas, yo le estoy muy agradecido porque fue quien me enseñó La gozoniega, canción tradicional asturiana que todavía recuerdo. De esos primeros años estudiantiles en el Elisburu, que así lo hemos nombrado siempre los que fuimos sus alumnos, recuerdo con mucho afecto a doña María Jesús, la profesora de quinto curso, que a mi se me parecía a Tippi Hedren, la protagonista de la película Los pájaros, de Alfred Hitchcok. Doña María Jesús era una mujer elegante, o eso me parecía a mí en aquel momento, a la que le sentaban muy bien las faldas de tubo a la rodilla, que solía combinar con finas chaquetas de lana o suéteres a juego. Su manera de cruzar las piernas era de una sensualidad que todavía me ruboriza. Además de por sus piernas, largas como la noche en el solsticio de invierno, la recordaré siempre porque fue la primera persona que me habló de Jovellanos.

En general, los maestros son gente rara. No creo que sea por un problema de carácter, sino más bien, un efecto colateral de ser el único adulto en un mundo de niños. Hay maestros de los que es imposible aprender nada (en el Elisburu fueron legión), los hay de los se aprende más con lo que callan que con lo que enseñan, y también hay maestros que enseñan todo lo que saben sin ni siquiera proponérselo. Don Miguel era uno de éstos. Le recuerdo como una persona extraña, taciturna, con ademanes un tanto afeminados que distorsionaban la sobriedad y seriedad de su discurso. Su peinado, casi escultórico, le grajeó el mote del peluquín, aunque nunca nadie pudo comprobar la naturalidad o no de su cabellera. Hombre culto y gran lector, en ocasiones dejaba al margen el programa del día para comentar algún titular llamativo del diario El País, que siempre llevaba consigo. Por el trato que tenía con los alumnos, casi me atrevería a decir que no le gustaba la enseñanza, sin embargo era un excelente profesor de lengua y literatura, asignatura a la que consiguió que se aficionasen algunos de sus alumnos. A veces sospecho que fue don Miguel quien, sin proponérselo, me abrió la puerta hacia las ciencias sociales facilitándome el acceso a los míticos Cuadernos de Historia 16. Fue mi tutor durante tres cursos y con el tiempo llegué a apreciarle mucho. Al realizar mis prácticas de Magisterio me acogió en su clase, y nunca le agradeceré lo suficiente que haya puesto en mis manos El evangelio según Jesucristo, de José Saramago

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