Archivos para 31 octubre 2011

El Llano

Ordenando papeles en el archivo he recuperado dos imágenes del barrio de El Llano que me han trasladado en el tiempo y en el espacio. Parecen retazos de otra ciudad y de un tiempo muy distante del actual. Sin embargo, se trata de dos fotografías que se pueden fechar a finales de la década de 1970 o primeros años ochenta, cuando el barrio era otra cosa, un enclave urbano a medio hacer, o por decirlo de otra manera, hecho a retales. Una herida sin restañar en una ciudad que empezaba a repasar sus costuras para hacerse un traje nuevo, un traje más a su medida. calle Morón esquina San Ciriaco (desaparecida)

El Llano es hoy un barrio hermoso, bien comunicado y dotado de equipamientos y servicios públicos (centro de salud, colegios, zonas verdes, centro municipal integrado, instalaciones deportivas) que hacen de él un entorno grato para vivir. Es posible que una parte de sus vecinos lo hayan conocido en su configuración actual, pero como evidencian las imágenes, el aspecto que presentaba hace apenas dos décadas, cuando la mayor parte su caótica y mal vertebrada red viaria estaba sin urbanizar y su caserío integrado por viviendas modestas (muchas de ellas auténticas infraviviendas), mezcladas con talleres e industrias marginales, era bien distinto. El Llano era un universo particular situado a las puertas del centro de Gijón, en el que la promiscuidad de usos y la marginalidad eran la nota característica.Imagen procedente del Archivo Municipal de Gijón

La recuperación para la ciudad de este espacio se produjo en el marco del PGOU de 1986, más conocido como Plan Rañada en referencia a su redactor. La complejidad de la operación regeneradora, que afectó a más de 400 residentes y6,5 hectáreasde terreno, fue articulada a través de un plan especial de reforma interior (PERI), ejecutado entre 1990 y 1992 por SOGEPSA. Este PERI fue la mayor operación de remodelación urbana de las acometidas en Gijón hasta la fecha. Con las cautelas y reservas que se quieran en relación al papel jugado por la gran superficie comercial y el aumento de las alturas de las edificaciones en su entorno, el PERI de El Llano es un claro exponente del papel que debe desempeñar la planificación urbanística en la prosecución de la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos.

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El Muro

A muchos, la realidad económica actual nos está colocando ante un muro, un muro alto y ancho, que siempre debió estar ahí, pero que antes se divisaba lejano, como lejano se dibuja el horizonte colgado sobre el mar. Este pétreo horizonte que parece infranqueable, es el de la soledad más absoluta. La falta de perspectivas laborales, que según la gravedad de los casos, puede hacer tambalear los cimientos sobre los que uno ha levantado su proyecto de vida, ha puesto de manifiesto la cara más abyecta e indigna de la sociedad en la que vivimos: la de la insolidaridad.

En los peores momentos, cuando la desazón nos enerva el entendimiento y el resentimiento comienza a anidar en el corazón, uno espera encontrar en los otros, cuando menos, un hálito de esperanza, una mano tendida que te ayude a tomar impulso para volver a levantarse. Pero en estos tiempos, las manos tendidas escasean.Ensoñación

La cosa suele suceder más o menos así: sin causa aparente, un día percibes que el teléfono ha dejado de sonar, que ya no llegan mails y que aquellas puertas que en otro tiempo estuvieron entreabiertas terminaron por cerrarse. Entonces te das cuenta que lo te rodea es, en realidad, un simulacro de sociedad. El hecho social ha desaparecido, se ha diluido; los amigos se tornan en conocidos y el “nosotros” se convierte en “yo”. Un “yo” excluyente, que sólo se ocupa de sus cosas por temor al contagio. El virus del “yo” galopa a lomos del miedo y extiende la insolidaridad como el viento extiende las hojas caídas. Sé que hay excepciones, que siempre tenemos un amigo, pero no dejan de ser eso, excepciones.

A mi modo de ver, lo único positivo de esta deriva, es que a fuerza de verse solo, uno acaba por conocerse a sí mismo de verdad, sin trampantojos ni adornos, despojándose de esa cuota de autoengaño que usamos como abrigo para transitar por este frío mundo. Quizás, a fuerza de vernos tal como somos, seamos capaces de afrontar el futuro con garantías para resistir.

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La puerta de la Villa

El arco del Infante, conocido popularmente como puerta de la villa, estuvo en pie 103 años en la actual plaza del Seis de Agosto.

En fechas recientes el investigador y amigo Héctor Blanco planteaba públicamente la conveniencia de recuperar  simbólicamente, a través de una estructura escultórica ajardinada, el denominado arco del Infante, la puerta monumental de entrada a la villa que a instancias de Jovellanos proyectó el arquitecto Manuel Reguera en 1783 para el inicio de la calle Corrida, en la actual plaza del Seis de Agosto. Este elemento ornamental sustituyó a la antigua puerta de la villa que había sido demolida en 1781 en su emplazamiento primitivo a la entrada del arenal de la Trinidad.

Como recogen las Actas del Pleno Municipal del 27 de noviembre de 1880, varios concejales plantearon el derribo de este arco monumental coronado por un relieve de don Pelayo (conocido en Asturias como el infante) blandiendo su espada, por su estado ruinoso. Si bien el arquicidio, en la terminología de Héctor Blanco, se perpetró en noviembre de 1886 aduciendo motivos de seguridad “parece evidente su desplome por el lado de poniente…” y  de ornato público “…carece de mérito artístico alguno según el parecer unánime de cuantas personas competentes se han ocupado del asunto” (AMG exp ord nº41 de 1886). Con el arco fueron talados todos los olmos, álamos y sauces que hermoseaban el lugar, parte de ellos sufragados por el propio Jovellanos. Parece evidente que esta actuación municipal escondía espurios intereses urbanísticos que benefician a los propietarios de terrenos e inmuebles de la zona.

Como es sabido, este céntrico espacio en el que principiaba la salida de la carretera de Castilla, recuperó su dignidad urbana en agosto de 1891 con la instalación del monumento a Jovellanos, obra del escultor Manuel Fuxá, actuación que se acompañó con el ajardinamiento a la inglesa del entorno del mismo.

El monumento a Jovellanos durante las obras de reforma de la plaza del Seis de Agosto en 1966.

De la memoria del arco del Infante o puerta de la villa sólo han quedado borrosas estampas decimonónicas, un topónimo simbólico que arraigó en el uso popular de los gijoneses para definir el entorno de la actual plaza de Europa y el encuentro de las avenidas de Schulz y Constitución, e iniciativas ciudadanas como la de Héctor Blanco, que buscan recuperar nuestra memoria colectiva y aunar voluntades para mejorar los espacios urbanos públicos.

Este pequeño texto y las imágenes que lo acompañan pretenden ser un sencillo recordatorio del más ilustrado y recordado de los hijos de Gijón, Gaspar Melchor de Jovellanos, en el año de la celebración del bicentenario de su fallecimiento.

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El otoño en las calles de Gijón

“creo firmemente que después del hombre, lo más hermoso que creó Dios fue el árbol…”(doctor Avelino González)

En estos días otoñales en los que los primeros fríos susurran la proximidad (al menos meteorológica) del largo invierno y la luz natural invita a la melancolía,  resulta muy reconfortante caminar, a paso tranquilo, por las calles arboladas de la ciudad y sentir su presencia. Los árboles dignifican y dulcifican el aspecto de nuestras calles, y este hecho se pone de relieve especialmente en esta época del año, en la que se están despojando de sus  hojas con el cariño y la dulzura de quien despide a un amigo al que tardará tiempo en volver a ver. Para afrontar este doloroso trance, que tiene algo de acto de desamor, los árboles adquieren unas espectaculares tonalidades, con matices e intensidades distintos, en función de la especie.

Las calles menos transitadas, que en estos primeros días fríos otoñales parecen desiertos deambulatorios de asfalto, se llenan de color y parece que cobrasen vida propia. Hollar las hojas caídas deteniéndose a escuchar su crepitar, contemplar como el nordeste juega caprichoso con ellas, reconforta el espíritu como un buen caldo reconforta el cuerpo destemplado. Para disfrutar de este regalo para los sentidos solo hay que salir a la calle y dejar que los ojos se llenen de luz. Sentarse al calor del tibio sol del mediodía en Los Campinos, dejándose seducir por la coloración rojiza y anaranjada de los liquidámbares de la calle Covadonga y por los tonos amarillentos de los robles americanos que sustituyeron a los viejos y enfermos olmos, es impagable. Como impagable resulta contemplar la perspectiva otoñal del Obelisco, de Rubio Camín, entre la alineación de abedules que pueblan la mediana del tramo superior de la avenida de La Constitución. Quien vea el aspecto que presentan los olmos de bola de la calle Cataluña, que tiñen de amarillo pálido las casas circundantes, no podrá por menos que sorprenderse, como tampoco dejará de admirase el caminante que se detenga ante los abedules que ornamentan Carretera del Obispo, en Contrueces. De este barrio al vecino de Montevil, median alineaciones de tilos de distintas variedades que dan prestancia a sus calles y que se resisten a peder sus últimas y macilentas hojas. La principal de sus vías, la calle Velazquez, es hoy un espectáculo cromático al que se prestan los arces campestres y liquidámbares de la acera de la derecha (en dirección a la carretera Carbonera) y los arces negundos, tilos y liquidámbares en la acera contraria. Otro paisaje otoñal especialmente sugerente es el que nos ofrece la avenida de El Llano, en la que los grandes plátanos de sombra compiten en hermosura con fresnos y tilossemidesnudos y con rojizos cerezos de jardín.

Alineación de tilos anunciando el rigor del otoño. Calle Japón, barrio de Montevil, Gijón.

Al advertir estas realidades paisajísticas que hacen de Gijón una ciudad grata para pasear y para vivir, no se debe obviar el empeño municipal por dotar de arbolado el viario gijonés. Gijón nunca fue una ciudad que cuidase sus árboles, y prueba de ello es que carece plantíos verdaderamente históricos. Dejando al margen los desvelos jovellanistas por poblar de árboles las carreteras de acceso a la villa, las políticas ambientalistas decimonónicas que llevaron los primeros pies (olmos, falsas acacias, tilos y plátanos) a las calles de la población, dieron al traste con la necesidad de modernizar el viario, imponiéndose la razón de quienes veían en los árboles un estorbo contrario a la modernidad urbanística. Los árboles, fuente de salubridad y ornato públicos, se depreciaron en el sentir colectivo y fueron talados sin piedad y prácticamente erradicados del casco urbano y de las principales vías de ingreso a la ciudad. En los años cuarenta del pasado siglo XX hubo algunos intentos repobladores promovidos por hombres sensibles y sensatos como el doctor Avelino González y Julio Paquet, pero sus frutos fueron escasos. En las décadas siguientes, el arbolado de alcorque fue despreciado por innecesario y las alineaciones existentes maltratadas, de modo que a finales de los setenta apenas si había en Gijón una docena de calles dotadas con floresta. Con la llegada de la democracia las cosas cambiaron radicalmente para el arbolado viario, y las autoridades locales acometieron intensas campañas repobladoras que sembraron las calles de los barrios de arces, falsas acacias, olmos de bola y aligustres.

En la década de los noventa, la política ambientalista municipal intensificó los plantíos de alineación y apostó por la introducción de nuevas especies de gran potencial ornamental. Así, si durante los primeros años de esta década se recurrió especies perennifolias (magnolios en las calles más céntricas, encinas para Cimadevilla, aligustres en los viales importantes) que aportaban color durante todo el año, pronto se optó por ampliar el catálogo de especies dando prelación a árboles de hoja caediza, que permitían advertir el sugerente cambio estacional. Es en este momento cuando tilos, carpes, cerezos y arces variados, irrumpen en la trama callejera. En los últimos años las actuaciones en la red arterial se han intensificado potenciando la introducción de nuevas especies como latoneros, abedules, liquidámbares, tuliperos, espinos, caracterizadas por su marcado carácter ornamental. Estas actuaciones son las que nos permiten disfrutar del otoño en nuestras calles. Pero no se descuiden, el invierno traidor está llamando a la puerta, y puede que con el próximo vendaval del oeste los árboles pierdan los últimos jirones de sus ropajes otoñales y entonces habrá que esperar de nuevo al milagro de la primavera para que Gijón recupere el color en sus calles.

Alineación de tilos anunciando el rigor del otoño. Calle Japón, barrio de Montevil, Gijón.

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Álvaro Cunqueiro. La personalidad geográfica de un gran fabulador

En este año en curso se cumple el centenario del nacimiento de uno de los autores más importantes y singulares de la literatura, tanto en gallego como en castellano, del siglo XX, Álvaro Cunqueiro. Natural de la villa lucense de Mondoñedo, un hermoso conjunto urbano que parece  dormido a la sombra de su sobria catedral, donde a decir de otro reconocido gallego, el geógrafo Otero Pedrayo, su espléndido rosetón gótico brilla siempre con luz de sosegada tarde. Está fuera de toda duda que los ojos de Cunqueiro se llenaron de luz contemplando el verde valle que envuelve su solar natal y que su intrincada historia, tan enmarañada como su callejero sombreado por tejados de pizarra, alimentó su alma de fabulador. No parece descabellado pensar tampoco que el olor de las ollas de su niñez, le prepararon los sentidos para disfrutar de otra de sus pasiones, la buena mesa.

El autor de las Crónicas de Sochantre y de las Mocedades de Ulises, el viajero incansable por los graníticos caminos de su querida tierra, prestó siempre mucha atención al paisaje de Galicia, no como un mero recurso estético o un alarde de prosista virtuoso (arte el de la prosa que dominó con  elegancia y maestría) “sobre la oscura violeta de las cumbres rompe sus oros el tejal, y en las hirsutas carballeiras el aire canta ronco”, sino con una clara resonancia geográfica. Para Cunqueiro, como para otros muchos ilustres galleguistas nacionalistas como Vicente Risco, el citado Otero Pedrayo o Castelao, el paisaje era la expresión misma de la historia y de la identidad gallega. Los hombres del campo y del mar, que representaban la esencia de la cultura gallega, están tan presentes en su obra como los muros de piedra que alindan los viejos caminos de Galicia. Unos caminos que el novelista y dramaturgo recorrió a paso lento, sin prisa, con los ojos abiertos para llenarse con la luz de sus paisajes y convivir con sus gentes. Sólo así,  evitando viajar como viajan los baúles, se puede llegar a conocer y amar con tanta intensidad la tierra propia.

El poeta y periodista, el contador de historias increíbles y seductoras que cultivó el realismo mágico antes de que el mismo término fuera creado, el humanista ilustrado que conocía de primera mano la geografía académica y física de su tierra, llevaba un geógrafo cosido a su alma. Un geógrafo intuitivo, que fue capaz de advertir que el paisaje era un sistema complejo y armónico integrado por elementos interrelacionados en los que la luz y los elementos naturales tenían un protagonismo especial, al igual que los personajes encargados de modelar el territorio. Cunqueiro, no siendo geógrafo de formación, supo anticipar las virtudes de las áreas metropolitanas o supramunicipales para la gestión territorial antes que muchos geógrafos profesionales “la concepción de Galicia como una única ciudad, es, a mi modo de ver, la sola posibilidad de solución de los más inquietantes problemas del futuro gallego”. Hablando de Pontevedra, luminosa y alegre, escribió: “está bien Pontevedra entre Santiago y Vigo, concebida para toda Galicia como una urbs”.

Álvaro Cunqueiro, hombre de vasta cultura, viajero atento, recorrió otras tierras peninsulares y extranjeras, unas veces físicamente y otras a lomos de sus libros, y en sus periplos reforzó su compromiso con su tierra de origen. Se podría decir que a través de los viajes, y siguiendo la máxima Oteriana, el narrador tomó conciencia de la propia identidad regional y así lo hizo explícito en sus textos. Al igual que los geógrafos académicos de su tiempo, el pasajero en Galicia siempre gustó de emplear en las descripciones de los paisajes gallegos los nombres vernáculos, aquellos enraizados en el modo de vida tradicional: “los topónimos, son sobre el rostro de la tierra gallega el testimonio de una antigua labrantía, surcos como versos…” y prosigue “un país del que yo ignoro los nombres de los montes y ríos, las villas y los lugares, queda, poco menos que inédito…en la significación del topónimo traigo el amado rostro a la luz”.

Álvaro Cunqueiro, el gran fabulador, el cronista de una Galicia que apenas hoy es reconocible, es un geógrafo por descubrir y con el que gozar paseando por villas y ciudades, entrando en figones y tabernas a dar cumplida cuenta de las delicias del país o recorrer montes y valles, siempre atento para reconocer en su paisaje las huellas de la historia y la cultura gallega. El estío puede ser una buena época para disfrutar de la prosa elegante y culta de este gallego internacional que pintó como nadie los cuadros del paisaje de su tierra, que no dista mucho, en distancia y belleza, de la nuestra.

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La historia cartográfica de Gijón

La representación gráfica de las ciudades españolas es relativamente escasa hasta la Edad Moderna, momento en el que las monarquías absolutas y los estados nacionales comienzan a configurase y necesitan disponer de información cartográfica fiable para su organización territorial. No obstante, hay antecedentes, que en algunos casos se remontan a época medieval, como códices, sellos de plomo o tapices. El interés por el conocimiento en profundidad del territorio gobernado y la herencia cultural recibida de su padre Carlos I (amante de las ciencias y la naturaleza), impulsó al rey Felipe II a dar continuidad a una importante labor científica iniciada por su predecesor, la elaboración de una cartografía detallada de España, tarea encomendada a personajes tan relevantes como Pedro de Esquivel, Felipe de Guevara o Antón Van de Wyngaerde. Fue precisamente el aludido Felipe II quien mandó levantar una de las primeras planimetrías conocidas de la villa de Gijón, encargo realizado en 1573 por Carlos Elorza.

Las vistas de ciudades y, en general, la cartografía científica, se revelaron como un material estratégico de primer orden, además de un poderoso instrumento para la gobernanza del reino, motivo por el cual, su producción fue muy limitada, y quedó en manos de la monarquía, que era quien la podía costear. Por otro lado, los mapas y repertorios cartográficos de la época eran verdaderas joyas de arte, objetos suntuarios confeccionados con primor y dotados de una enorme belleza, por lo que no es de extrañar que estuviesen pensados para el disfrute personal de los monarcas (eran usuales las salas o gabinetes geográficos en los palacios reales).

Plano de Gijón levantado por el profesor del Real Instituto Jovellanos Miguel Menéndez. Copia fotográfica Archivo Municipal de Gijón

Este es el caso del atlas que el cartógrafo portugués Pedro Texeira confeccionó, en 1634, para el rey Felipe IV, compuesto por una serie de dibujos de poblaciones y mapas de las diversas regiones del contorno peninsular, entre las que se encentraba la ya conocida Vista del Puerto de Xixón, que sin ser un verdadero plano, si aporta información relevante sobre el emplazamiento y las características geográficas de la población. La defensa de las costas frente a los frecuentes ataques de franceses, ingleses y holandeses, y el interés político por dispone de información veraz sobre el país, están detrás de la confección de esta detallado repertorio gráfico. Vinculado a las necesidades de defensa de la población también está la famosa Vista de la Villa y Puerto de Gijón de Fernando Valdés, Sargento Mayor del Principado, fechada en 1635, cuyo original se encuentra en el Archivo de Simancas. En el mismo se advierte con caridad la configuración del casco urbano, con indicación de sus elementos más representativos, y se resalta el carácter estratégico de la villa y sus necesidades de defensa. Poco tiempo después, en 1640, el ingeniero militar Jerónimo de Soto, levanta otro plano o vista de Gijón, relacionado igualmente con las obras de defensa de la plaza.

A lo largo de la centuria siguiente la importancia estratégica de la villa quedó recogida en diversas cartografías, en su mayoría planos hidrográficos, en los que la representación urbana queda en segundo término en favor de informaciones sobre calados, perfiles costeros, referencias geográficas, etcétera. Los más conocidos son el Plano de Gijón y Rada de Torres, del piloto de la Armada Francisco Leal (1752), el Mapa de la Rada y Barra de Gixón y nuevo proyecto de muelles de Thomás O´Daly (1754), el Plano del Puerto de Gijón, con las obras propuestas por Francisco Llobet (1765), el Plano de la Costa y Puerto de Gijón firmado por Maximiliano de la Croix (1765), el homónimo levantado por Andrés de la Cuesta (1776) o el más conocido Plano de la Concha de Gijón (1787), obra del brigadier de la Armada Vicente Tofiño de San Miguel, todos ellos depositados en archivos estatales. En la obra Las Defensas de la Bahía de Gijón, de Artemio Mortera, publicada recientemente, también se incluyen planos muy poco conocidos de este periodo, como el de Baltasar Ricaud, fechado en 1771, que recoge un proyecto para la defensa artillada de la bahía y puerto de Gijón. Con sus limitaciones técnicas, todo este repertorio gráfico refleja el interés ilustrado por el progreso de las ciencias y por el conocimiento cada vez más preciso del territorio.

En el siglo XIX la ciencia cartográfica española progresó notablemente (especialmente en la segunda mitad de la centuria) impulsada por los conflictos bélicos (la Guerra de la Independencia sembró España de ingenieros militares franceses e ingles levantando mapas y planos y las revueltas carlistas obligaron a confeccionar planimetrías para la fortificación de las ciudades) y por la reorganización administrativa de 1833. En Gijón, el repertorio cartográfico del primer tercio del siglo es muy prolífico y destacado. A los muy conocidos los planos de Ramón Lope (1812), vinculado a las obras de defensa frente a los ataques franceses, José de Castellar (1835), Sandalio Junquera y Alonso García Rendueles (1836), ambos relacionados con la necesidad de fortificar Gijón ante la amenaza carlista, o el Plano del Puerto Artificial de Gijón de Miguel Menéndez (1837), uno de los documentos cartográficos más valiosos por la calidad de su factura e información que aporta, se ha sumado el Plano Geométrico del Puerto y Villa de Gijón y de sus entradas y terrenos adyacentes, formado en 1819 por el alférez de la Armada Real Diego de Cayón, adquirido recientemente por el Muséu del Pueblu d´Asturies para engrosar los menguados fondos cartográficos originales del municipio. Se trata de una planimetría con una finalidad fiscal (establecer fielatos), de excepcional calidad, y que presenta como novedad respecto de sus antecesores, la representación detallada de la trama parcelaria, con delimitación de las manzanas ocupadas y calve toponímica que permite situar los principales elementos urbanos, datos que sólo estarán presentes con ese detalle en planos muy posteriores (José de Castellar y Miguel Menéndez), a los que pudo servir de referencia. El Gijón ideado por Jovellanos, con sus arrabales arbolados y sus calles rectilíneas descendiendo por Bajodevilla, está magistralmente cartografiado en este plano. Federico Alameda (1846), Sandalio Junquera (1847), José González (1856),  Miguel Menéndez (1864), Francisco García de los Ríos (1867), Francisco Coello (1870), entre otros, engrosan la lista de autores de planos del Gijón decimonónico. Probablemente, junto con el de Coello, el más sobresaliente es la colección de de planos parcelarios a escala 1/250 trazados por el ingeniero militar García de los Ríos (firmó también el plano definitivo del ensanche del Arenal de San Lorenzo junto con los arquitectos Lucas María Palacios y Juan Díaz), quien cartografió el interior de la trama urbana justo antes del derribo de los baluartes carlistas. Un atlas urbano que bien mercería una edición facsimilar a una escala que facilitase su manejo.

Hoy día, perdida la función política y militar, las iconografías históricas son apreciadas con su valor documental y artístico, por ello, hay que felicitarse cuando aparecen nuevos documentos y éstos son puestos al servicio del común.

Javier Granda es autor de Gijón a escala. La ciudad a través de su cartografía, editado por el Ayuntamiento de Gijón en 2003.

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Arquitectura popular

Parroquia de Deva, concejo de Gijón, 2010

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