Tarde de lluvia y jazz

La tarde del domingo va tocando a su fin. Abanta y perezosa, la luz grisácea del día va dejando su sitio a una noche negra y profunda como boca de lobo. En la calle, un viento áspero y bronco del nordeste desnuda los árboles de su dorado traje otoñal y lanza las manos húmedas de la lluvia contra los cristales de mi ventana, que dibujan en su desesperación formas caprichosas y hermosamente fugaces. La voz rasgada y sensual de Sarah Vaughan se alza como de puntillas sobre una voz infantil que repite metódicamente la fórmula matemática que permite calcular el mínimo común múltiplo de un número: se toman los factores comunes y no comunes con el mayor exponente. Letanía escolar que suena a música conocida. Pienso en un amigo matemático que ve y siente los números con ojos de poeta. Llueve en la calle y llueve en el corazón. Busco cobijo de la lluvia que empapa mi alma bajo el paraguas de un libro, pero la lluvia arrecia y no encuentro el sosiego que necesito. Dejo el libro sobre mi regazo y, sin darme apenas cuenta, acaricio su lomo como si acariciase la espalda de un gato. Acurrucado en mi regazo protesta y reclama mi atención. Mis manos espigan entre sus hojas dejando que el azar me guíe en una búsqueda que no tiene objeto. Encuentro una marquesina y me refugio en el ella durante un rato. ¿Para qué escribimos?, me pregunto allí cobijado. ¿Escribimos para dar consuelo a los otros?. ¿Escribimos para restañar nuestras propias heridas con el hilo sanador de las palabras?. En la calle sigue lloviendo como si nunca lo hubiera hecho. El rumor de las matemáticas ya se ha desvanecido. La voz de Sarah Vaughan se apagó como se apagó la tarde de domingo. Quizás mañana salga el sol…

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Lágrimas de San Lorenzo

Para no engañar al lector, quizás sea conveniente aclarar que no es éste un texto relacionado con la astronomía, ciencia en la que uno no está en absoluto versado, sino con los sentimientos, con la capacidad que tenemos las personas de emocionarnos, de navegar en el mar de los recuerdos guiados por el sonido del mar, por la suave brisa agosteña que acuna el sueño de las hojas de los árboles que alindan ese camino, largo y tumultuoso, que es el paso del tiempo. De cómo los ciclos de la vida, sin explicación aparente, terminan por repetirse con la misma cadencia con la que las hojas de los árboles sucumben ante la llamada del otoño.Dibujo_Juan (19-9-2013)

Mediaba el mes de agosto, y el verano parecía una promesa de felicidad eterna. En un merendero de las afueras de Gijón, uno de esos espacios entregados al ocio popular en el que la ciudad parece olvidarse de sí misma para reencontrarse con su origen rural, entre risas, tortillas y unas botellas de sidra, la tarde, que había sido cálida y algo ventosa, se fue consumiendo como el cabo de una vela. Sin advertirlo, la noche se nos echó encima, regalándonos un cielo estrellado maravilloso. En la inmensidad del negro lienzo, cientos de luces titilantes, como si fueran escolares, leían a coro el abecedario de la noche. Mi hijo, acostumbrado al cielo opaco de la ciudad, permanecía embelesado mirando al cielo, como atrapado en un pozo insondable. Asomado al balcón de sus ojos profundos como la noche, refulgentes como los barquitos encendidos que parecían navegar por el cielo, vi a otro niño que en una noche estrellada de agosto soñaba con el futuro, tendido junto a su padre al pie de un viejo castaño. Aferrado a aquella mano áspera y rugosa como la corteza del castaño, el niño asustadizo y miedoso no tenía miedo. No le inquietaba escuchar el misterioso canto de la curuxa, ni la risa maliciosa de los nogales que orillaban la carretera, ni que oscuridad de la noche se hubiese tragado la casa de su abuela y el resto de las casas de la aldea que, como las cuentas de un rosario, se disponían a tramos regulares a lo largo de la serpenteante carretera. Allí sentado no cabía el miedo, la puerta de la soledad de la noche estaba entreabierta. El padre le pidió al niño que mirase con atención al firmamento. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro. ¡Mira cómo relucen las monedas que guarda!, le dijo. El niño permaneció un rato en silencio, repasando con el dedo los infinitos caminos que se dibujaban en la encendida bóveda celeste. De repente, los ojos del niño se encendieron como los faros de un coche al contemplar una estrella encendida que atravesaba el cielo como una flecha. El padre le explicó que acababan de ver una estrella fugaz, una lágrima de San Lorenzo. Pide un deseo y seguro que se cumple, le dijo el hombre, al tiempo que, cariñosamente, le estrechaba contra si para darle un beso. El niño cerró los ojos y pensó en sus miedos, en esa pesada mochila con la que se metía en la cama cada noche. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro, le digo yo a mi hijo en el desierto aparcamiento del merendero. Si ves una estrella fugaz acuérdate de pedir un deseo…

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Pontevedra en el recuerdo

La tarde comenzaba a declinar cuando abandonamos la agreste playa de Melide, un suspiro de arenas blancas de grano grueso contenido entre los faros de punta Robaleira y de punta Subrido, en el hermoso paraje del cabo de Home. Llegamos a Pontevedra con una luz crepuscular que alargaba las sombras de los edificios y teñía la ciudad con visos de oro, como el más fragante y exquisito vino del país. Es una pena que la rápida llegada desde la autopista impida al viajero advertir lo destacado de su emplazamiento, en un altozano sobre el estuario del Lérez, río que abraza la ciudad con la delicadeza de un amante maduro para luego entregar sus aguas al mar y dar forma a la ría que toma por nombre el de la ciudad. El río, la ría, y el conjunto de caminos que confluyen a las puertas de la villa son los fundamentos que dieron vida a Pontevedra, la ciudad de las pontes (Pontis Veteri). Precisamente por uno de esos puentes, el de la Barca, ingresamos en la luminosa y alegre Pontevedra, tal y como la definió el admirado Álvaro Cunqueiro. El nombre de esta destacada infraestructura hace referencia a los tiempos medievales en los que el río se cruzaba por esta zona en barca, siendo los beneficiarios del tráfago barquero los monjes benedictinos del monasterio de Poio. El puente actual, reformado en diversas ocasiones desde la década de 1950, todavía conserva parte de los cimientos del segundo puente (el primero de mediados del siglo XIX era de fábrica de madera) levantado a finales del Ochocientos conforme a los preceptos de la arquitectura del hierro en boga en el momento. Tras un breve recorrido que nos sitúa ante la centenaria plaza de toros, obra del arquitecto Siro Borrajo, dejamos el coche estacionado en la avenida de Buenos Aires, a pocos metros del mercado municipal, no sin antes echar un vistazo fugaz al barrio de Moureira, que todavía conserva algún vestigio de su primigenia condición de arrabal marinero, y al peirao o muelle de Corvaceiras, en cuyos astilleros dicen que se construyó la nao Santa María de Colón.

Penetramos en el corazón de la ciudad histórica por la rúa de Barón, que nos sitúa ante el parador de turismo alojado en un soberbio caserón custodiado por dos corpulentos cedros. La calle, estrecha y empinada,  se acomoda a un caserío modesto, de piedra granítica, pero sugerente, en el que resaltan algunas puertas y contraventanas pintadas de verde marinero al estilo tradicional. La monotonía de la calle, que a estas horas de la tarde está desierta, la rompe algún balcón de antigua y trabajada rejería que obliga al viajero a levantar la vista. Nuestros pasos resuenan sobre el solado de esta vía muerta como los latidos de un corazón desbocado por la fatiga. Nos invade cierta inquietud al no cruzarnos con nadie, pero ésta se disipa como la niebla que empañó el cielo de la mañana al embocar en la concurrida plaza de las Cinco Calles, una de las muchas plazuelas que sirven de desahogo al apretado callejero de la ciudad histórica y que dan felicidad al paseante. En un costado de la plaza se levanta un hermoso y antiguo crucero, a cuyo pie hacemos un pequeño descanso que nos sirve para descubrir que la casa que está a nuestras espaldas fue morada de don Ramón del Valle Inclán. Decía Rafael Chirbes que los topónimos nos permiten pasear por la geografía de la memoria, puesto que desconocemos las claves de la memoria local, dejamos que sea el azar y el vago recuerdo de otras visitas el que guíe nuestros pasos hacia la plaza de la Ferrería, que es el lugar en el que hemos quedado con amigo residente en la ciudad. Nuestro errático callejeo por esta ciudad hecha para el peatón nos lleva por la calle Sarmiento hasta toparnos con la broncínea estatua de un caminante Valle Inclán, que parece dirigir sus pasos hacia la vecina plaza de la Verdura, otra de las sorpresas que Pontevedra guarda al visitante. De traza rectangular, acomodada entre dos calles asoportaladas y hermoseada por una doble alineación de liquidámbares que de le dan frescor y entidad, es uno de los rincones más populares y hermosos de la ciudad antigua, tal y como ratifica la enorme cantidad de establecimientos hosteleros que la jalonan. Volvemos sobre nuestros pasos y nos dejamos llevar por la entidad de la encostada rúa Real, vía noble y antigua que atraviesa como una lanza la vieja Pontevedra. Desde la misma contemplamos la belleza serena de la plaza que lleva el nombre del héroe mítico a quien los antiguos cronicones atribuyen la fundación de la ciudad, Teucro, hijo de Talemón. Con todo, nos parece más hermoso y sugerente la tradicional denominación de plaza de la Hierba. A escasos metros de esta plaza se yergue orgulloso el teatro Principal, con su imponente aire decimonónico, que a estas horas en las que la tarde agoniza, parece arañado por los últimos rayos de sol del día.DSC_0120

Extraviados nuestros pasos intentado llegar al punto de reunión convenido con Marcos, el zar nos llevó ante una de las joyas de la arquitectura religiosa de Pontevedra, la basílica de Santa María la Mayor, cuyo enorme cuerpo plateresco parece un gigantesco buque varado sobre el río Lérez. La trabajada y rica fachada se atribuye a Cornelis de Holanda, maestro que también intervino en la capilla del Hospital Real de Santiago y en el retablo mayor de la catedral de Orense. Junto a la puerta lateral que da a la avenida de Santa María se adosa la hornacina que alberga el Cristo del Buen Viaje, que a estas horas de luz menguada, resulta impresionante.

Dejamos atrás el edificio basilical y retornamos al callejero de la vieja Pontevedra que se ve muy animado, no sabemos si por ser un martes del vacacional mes de julio o porque los pontevedreses gustan de echarse a la calle a vivir su ciudad como si fueran turistas. Llegados a la plaza de Curros Enríquez, en cuyo frente se levanta el único Burguer King de Pontevedra, hacemos una llamada telefónica y convenimos en tomar este lugar como punto de encuentro. El libro de la tarde se va cerrando y me entretengo contemplando a un grupo de chiquillos que juegan despreocupados al balón entre una multitud de paseantes, mientras mi mujer y mi hijo se adentran en el burguer a comprar un helado para hacer más llevadera la espera. Las voces y el acento son distintas a las acostumbradas, pero pienso que debe ser cierto que el fútbol es un lenguaje común. Uno de los niños, el que jugaba de portero defendiendo la boca de un portal que hace las veces de arco, protesta airadamente por el último gol encajado, que según parece fue de “chupagol” y no en limpia jugada. Parece que entre los niños de Pontevedra tampoco están bien vistos los aprovechados.

En unos minutos llega nuestro amigo y nos sumergimos de su mano en el corazón de la Pontevedra tradicional; recorremos las rúas y decidimos tomar unos vinos de la tierra en la plaza de la Leña, otro de esos espacios mágicos de la ciudad que la hostelería local ha sabido aprovechar con gusto. Enfrascado en la amena conversación, apenas percibo la llegada de la noche, y de no ser por nuestro amigo, no hubiese reparado en el Museo de Pontevedra, equipamiento público alojado en dos edificios señoriales del siglo XVIII de muy bella factura: la casa de Castro Monteagudo y la de García Flórez, unidas al crearse el museo por un arco levantado por el arquitecto Fernández Cochón. Tapeamos cumplidamente en una taberna típica, y adentrada la noche, nos despedimos con pena de nuestro amigo, que al día siguiente tiene que trabajar, y de esta hermosa ciudad, que como decía Cunquerio, siempre tiene aire de primavera, y que despierta en el viajero, a poco de recorrer sus calles, el deseo inmediato de avecindarse en ella.

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Los límites de la imaginación

Siempre me han parecido muy sugerentes aquellos espacios de la periferia de las ciudades en los que todo está por decir, aquellos lugares que todavía no han sido incorporados a la ciudad consolidada ni tampoco pertenecen plenamente al entorno rural inmediato. Con sus discontinuidades, con su aspecto de rompecabezas a medio armar, estos territorios fronterizos son un venero inagotable para la imaginación, una suerte de ciudad paralela construida de retales, de pedacitos de historias que, lo queramos o no, están condenadas al olvido y a la desaparición. No lejos de mi casa, la ciudad en expansión pugna por hacer desaparecer uno de estos espacios heterogéneos y promiscuos, un pequeño sur hecho de calles a medio urbanizar, restos de modestas viviendas de finales del siglo XIX, esqueletos insepultos de lo que fueron naves industriales, edificios en construcción que parecen crecer con desgana, y descampados que se han convertido en asentamientos estacionales de feriantes y de inmigrantes marginales.

Deambulaba por esta otra realidad que la ciudad trata de borrar para no empañar su rostro de urbe moderna y triunfadora, cuando una medianera solitaria que sustentaba un caballón de tierras y escombros me recordó que los niños de mi barrio crecimos jugando en lugares como éste. Antes todo era distinto, los niños hacíamos parte de la vida en la calle, y cualquier elemento que encontrábamos podía tener un aprovechamiento lúdico; desde una papelera desvencijada a una grúa de obra a medio desmontar, de las cajas de madera que el frutero dejaba a la puerta de la tienda, a un montón de arena rojiza que los albañiles de la obra cercana habían apilado el día anterior para alimentar a las ruidosas hormigoneras. Huelga decir que en Pumarín, mi barrio, cuando yo era niño no había parques ni zonas de juego específicas. Tampoco había árboles en las calles (los primeros fueron plantados en 1984), entre otras razones porque muchas de las calles que estaban urbanizadas (que no eran ni mucho menos todas) eran demasiado estrechas como para alojar los alcorques. Nuestras zonas de juego preferidas eran los numerosos solares sin urbanizar y los prados que estaban situados más allá de la calle río Eo (lo que ahora se conoce como Montevil), vía que marcaba el límite del espacio edificado. Más allá sólo había alguna vaquería aislada en la que se vendía leche del día y la barriada de Nuestra Señora de Covadonga de Roces, una suerte de islote urbano al que accedíamos por caminos que mantenían la traza y el aspecto rural primitivo. En mi barrio, que fue siempre una escuela de futbolistas de medio pelo, aparte de jugar al fútbol, también nos entreteníAimpe (24-11-2003) 021amos jugando a las canicas sobre cualquier solado de tierra que permitiese hacer un guá o a las chapas (especialmente durante la época de la vuelta ciclista a España). Era éste un juego que requería de cierta habilidad, no tanto para manejar las chapas en el desarrollo del juego, sino para decorarlas a la moda. Es justo decir que en mi barrio había verdaderos especialistas en enchapar, es decir, en colocar un cristal convenientemente recortado sobre la imagen del ciclista o futbolista preferido que cubría el fondo de la chapa, utilizando tan solo un fino hilo de plastilina para asegurar el cristal. Con la habilidad y la paciencia de un artesano, los buenos enchapadores redondeaban el trozo de vidrio con un canto rodado o sobre los bordes de una papelera que hacían las veces de cizalla. Entre mis amigos también había algún aficionado a la pesca de bajura, aquella que se practicaba en los charcos de los descampados cercanos, y que solía terminar con la exhibición de media docena de rechonchos renacuajos, animalitos que nunca llegaban a convertirse en ranas, bien por la impaciencia del pescador o de su madre, que enseguida se deshacía del botín que tanto había costado conseguir. En aquellos años en los que el barrio era un verdadero ensayo de integración social por la disparidad de la procedencia de los vecinos, sólo la imaginación (y las reprimendas de los padres) ponían límites a lo lúdico. Una calle abierta a la espera de su asfaltado podía convertirse en un improvisado campo de batalla, en el que los montones de escoria que cubrirían el solado servían de munición para los combatientes o en una pista de ciclo cross, en la que ensayar acrobacias con la resistente bicicleta BH. La calle era el medio en el que los niños nos socializábamos, la escuela y los padres se encargaban del resto…

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Náufrago en tierra

Deambulaba por las calles del viejo barrio de aquella ciudad sin nombre como un madero a la deriva arrastrado por la corriente. Aquella trama callejera, tortuosa y empinada, le atraía. Le gustaba escuchar el sonido metálico que hacían sus zapatos al impactar sobre las losas mojadas del suelo. Por un momento se sintió una persona especial, como si fuera el único superviviente de un naufragio que el mar hubiese arrojado a la costa. Sus ojos, hambrientos de luz, reparaban en objetos que parecían únicos: la tapa rota de una alcantarilla, el pomo gastado de una puerta, una vieja y roída rejería, el hilo de vida que se escapaba de una boca de riego que el opeDSC_0047rario de limpieza había dejado abierta, los geranios sedientos que pintaban de carmín aquella la fachada sucia y oscura, triste como su alma de náufrago. Al enfilar la costanilla que trepaba
a lo alto del barrio reparó en la masa boscosa que culminaba los tejados de las casas, herrumbrosas lanzas que parecían acuchillar el cielo gris que envolvía la mañana. En su humildad, aquellas antiguas viviendas que se apretaban al parcelario como los cordones de una zapatilla, le parecieron hermosas, heroicas vencedoras en su desafío contra la ley de la gravedad. Alabeadas, arracimadas unas contra otras, parecían esos compañeros de fiesta que tras una larga noche entrelazan los brazos para mantenerse en pie.

Caminaba despacio, con la desgana de quien no tiene prisa ni objeto en su caminar, por aquel dédalo de sueños urbanísticos malogrados, por aquel cementerio de historias sepultadas bajo los escombros del tiempo que era el casco antiguo de aquella ciudad sin nombre. El azar y la suave brisa del nordeste que se colaba por las travesías que miraban al puerto, eran su única brújula. EDSC_0046n una recoleta plazoleta iluminada por la sonrisa apagada de cuatro esqueléticas encinas, un grupo de colegiales jugaban al balón. Los niños, ajenos al mundo que les rodeaba, habían delimitado las porterías con los jerséis azules de su uniforme escolar. Sus gritos rebotaban contra el pavimento como balas de fusil. El viajero se sintió niño y siguiendo los movimientos del balón, hizo un fugaz balance de su vida. De nuevo sintió la zozobra del náufrago. Tomó la calle lateral que delimitaba la plaza y encaminó sus pasos a la bahía, buscando en la risa del mar consuelo para su ánimo. Antes de llegar, el  blasón que lucía un viejo caserón con pretensiones palaciegas, carcomido por el abrazo salobre del viento de la bahía, le recordó que toda pretensión de perdurar en este mundo acaba resultando un esfuerzo vano, como vano le resulta sacudirse el polvo de su desdicha. Piensa el viajero que, quizás, lo único que perdure sean las risas de los niños que juegan despreocupados al balón, que como un eco, repiten a coro las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

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El parque del Cerillero: un jardín histórico que agoniza

En más de una ocasión he escrito acerca del parque de Calixto de Rato o del Cerillero, en el barrio gijonés de La Calzada. En más de una ocasión he manifestado mi afecto y simpatía hacia esta zona verde, que en junio de 2015 ha cumplido los cien años de existencia. Mi relación con este rincón verde de la ciudad comenzó a finales de la década de 1990, cuando siendo aún un joven estudiante de geografía, descubrí por azar la hermosa historia que se escondía tras la fronda de sus viejos árboles. Una historia que hablaba de compromiso social, de fraternidad, de esfuerzo compartido para transformar una realidad cruel y oprobiosa propia de parque Calixto de Rato_1915un arrabal fabril en plena ebullición. La historia del parque del Cerillero es la historia de un grupo de hombres y mujeres, miembros de la Sociedad Cultura e Higiene de La Calzada, quienes en 1915 convirtieron uno pequeño terreno baldío, un lodazal estéril que les fue cedido por dos empresarios del lugar, en el primer jardín proletario de Asturias y en la primera zona de esparcimiento infantil creada fuera del recinto histórico de Gijón. También es la historia de las cuadrillas de niños que trabajaron en la construcción del parque como parte de un ideario social y pedagógico que pregonaba el amor y respeto a la naturaleza, el valor del trabajo cooperativo y de la solidaridad obrera. Los promotores del parque no encontraron otra forma mejor para fomentar el aprecio de los niños hacia el lugar que haciéndoles sentirse partícipes del mismo, colaborando en su creación.

El sol de la tarde estaba en retirada y las sombras de los árboles y de los edificios cercanos se abaten sobre el pavimento dibujando extrañas siluetas, hermosas formas que parecen salidas de un sueño. Pese a estar en marzo, el viento todavía es frío, y sólo las zonas de solana invitan a permanecer en el lugar. Recorro los rincones del parque despacio, tratando de leer en el paisaje que me rodea la caligrafía de su historia pasada. Tan sólo las viejas palmeras canarias y la washingtonia parecen comprenderme. En los bancos bañados por los últimos rayos de sol de la tarde, un grupo de ancianos se arraciman buscando entre si el calor que les niega la tarde. Apenas se escucha nada, su conversación es silenciosa, probablemente hablen como yo para sus adentros. Escudriño sus caras buscando entre ellos alguno de aquellos jóvenes floricultores que participaron en la construcción de este jardín histórico; no los encuentro. Parecen tristes, resignados, como los plátanos de sombra que están a sus espaldas esperando a que la primavera reponga su colorido ropaje. Tristes como yo,P Calixto Rato que ven el parque languidecer, abocado a consumirse en su propia existencia, enturbiado por el humo tórrido y dulzón de los porros que un grupo de jóvenes vociferantes se pasa de mano en mano en una de las zonas de estancia. El parque parece inerme, enmudecido desde que el agua, que se desplegaba de lado a lado como una sonrisa, fue suprimida para ampliar la zona de juegos infantiles. Es ésta la única nota de color que le queda al parque, su última esperanza, aunque hoy está poco concurrida; tan solo un grupo de rumanas con sus indumentarias imposibles, parecen divertirse entretenidas  en encaramar a sus retoños a los artilugios de juego. Por un momento tengo la sensación de que en el parque se han levantado barreras, tabiques invisibles que separan a los usuarios…

Me voy con el alma encogida, deshojado como los liquidámbares del paseo central. Pienso  que casi nadie recuerda la historia de este espacio, que casi nadie se preocupa por recuperar su calidez y esplendor, y me duele. Tengo la impresión que el parque del Cerillero hace tiempo que dejó de ser el parque de los vecinos del barrio, que es un espacio que tiene más pasado (aunque pocos lo recuerden y lo hagan valer) que futuro. Creo que su luz se consume como se consume la tarde para dejar paso a la noche.

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Un espacio entre dos mundos: el campo de la iglesia de Somió

En una entrevista reciente, el escritor asturiano Ignacio del Valle, relataba que para documentar su última novela había recorrido parte de los paisajes de la costa asturiana con los ojos de un viajero que los hollara por primera. A mí a veces también me gusta jugar a este juego de imaginar que visito por primera lugares que me resultan familiares. Como quien se sacude el polvo del camino tras una larga marcha, me gusta sacudir la mirada y limpiarla de los prejuicios que siempre llevan consigo la cotidianidad, la prisa y la frecuentación de los lugares. Me gusta dejarme arrastrar por las sensaciones, entretenerme en leer el paisaje que cambia con la luz haciendo que los objetos y los espacios parezcan nuevos, como recién creados. Paisajes que se presentan envueltos en papel de oro o escondidos tras un sutil velo de plata; vestidos con un atractivo traje de lluvia o desnudados por la fría y desgarradora luz de la creación.

Es finales del mes de febrero y el campo de la iglesia de Somió está desierto. La mañana se despertó soleada pero el aire es frío, cortante  como el filo de un cuchillo. El suelo parece un cielo cuajado de estrellas cristalinas, lágrimas petrificadas de la noche pasada que se quiebran bajo mis pies. En este lugar del viejo Gijón, uno de los rincones más hermosos, y quizás olvidados de la ciudad, el tiempo parece haberse detenido. Aquí siguen los vetustos plátanos de sombra luciendo espléndidos su traje de camuflaje. A estas alturas del año, enhiestos y desarmados, parecen haber desistido de su cometido de vigilar el templo parroquial, ese alarde neoprerrománico que el arquitecto Juan Manuel del Busto alumbró para mayor gloria de la burguesía local a comienzos de los años treinta del pasado siglo XX. Los rayos del sol, aves de paso que alzan el vuelo con el discurrir de la mañana, resbalan sobre la cara del templo realzando su pétrea belleza. Frente al cabildo, como si aguardase a que los fieles entrasen a misa, don Pío, el que fuera párroco de Somió durante cinco décadas, descansa en el asiento de piedra que el escultor Miguel Álvarez, Ponticu, labró para él. Su mirada parece descansar sobre las tres cruces de piedra que recuerdan el carácter sagrado del campo de la iglesia. Silente, tan discreto que suele pasar inadvertido, el viejo humilladero, inclinado por la presión que las raíces de los árboles ejercen sobre él, invita a sentarse a su pie y ausentarse de este mundo por un rato. El silencio lo inunda todo y una paz conventual envuelve esta discreta zona verde del corazón de Somió.DSC_0016

El motor del autobús municipal que se acerca me sitúa en la realidad. Descienden varias señoras que hablan despreocupadas entre ellas, rompiendo con su elevado tono de voz la liturgia del momento. Pienso que las estruendosas viajeras, vecinas de alguna barriada de la periferia, serán empleadas del hogar que se encaminan a sus quehaceres en alguna de las llamativas residencias que se enseñorean por los alrededores. La algarabía que traen consigo me recuerdan que éste campo de iglesia también es y fue un lugar de solaz y recreo popular, un espacio público en el que, desde tiempo inmemorial, se celebraban algunas de las fiestas más populares de la parroquia, como El Carmen. Por la acera de enfrente pasa una mujer que empuja una silla de ruedas.  En ella está sentada una anciana que se empeña en arrastrar uno de sus pies. La cuidadora, una mujer oronda y bañada por la luz de Caribe, parece desesperada. Por un momento pienso que ambas van a rodar por el suelo. Las voces han puesto en guardia a los perros de una casa vecina, que añaden confusión y un punto de dramatismo a la escena.  No cabe duda, Somió es un universo particular. Un lugar donde todo es posible, un cruce de caminos entre la tradición y la modernidad, entre lo democrático y popular y lo elitista y reservado, entre la realidad y la ficción. Un terreno de nadie, o de todos, como este secular campo de la iglesia que me acoge en esta fría mañana de febrero.

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