Los límites de la imaginación

Siempre me han parecido muy sugerentes aquellos espacios de la periferia de las ciudades en los que todo está por decir, aquellos lugares que todavía no han sido incorporados a la ciudad consolidada ni tampoco pertenecen plenamente al entorno rural inmediato. Con sus discontinuidades, con su aspecto de rompecabezas a medio armar, estos territorios fronterizos son un venero inagotable para la imaginación, una suerte de ciudad paralela construida de retales, de pedacitos de historias que, lo queramos o no, están condenadas al olvido y a la desaparición. No lejos de mi casa, la ciudad en expansión pugna por hacer desaparecer uno de estos espacios heterogéneos y promiscuos, un pequeño sur hecho de calles a medio urbanizar, restos de modestas viviendas de finales del siglo XIX, esqueletos insepultos de lo que fueron naves industriales, edificios en construcción que parecen crecer con desgana, y descampados que se han convertido en asentamientos estacionales de feriantes y de inmigrantes marginales.

Deambulaba por esta otra realidad que la ciudad trata de borrar para no empañar su rostro de urbe moderna y triunfadora, cuando una medianera solitaria que sustentaba un caballón de tierras y escombros me recordó que los niños de mi barrio crecimos jugando en lugares como éste. Antes todo era distinto, los niños hacíamos parte de la vida en la calle, y cualquier elemento que encontrábamos podía tener un aprovechamiento lúdico; desde una papelera desvencijada a una grúa de obra a medio desmontar, de las cajas de madera que el frutero dejaba a la puerta de la tienda, a un montón de arena rojiza que los albañiles de la obra cercana habían apilado el día anterior para alimentar a las ruidosas hormigoneras. Huelga decir que en Pumarín, mi barrio, cuando yo era niño no había parques ni zonas de juego específicas. Tampoco había árboles en las calles (los primeros fueron plantados en 1984), entre otras razones porque muchas de las calles que estaban urbanizadas (que no eran ni mucho menos todas) eran demasiado estrechas como para alojar los alcorques. Nuestras zonas de juego preferidas eran los numerosos solares sin urbanizar y los prados que estaban situados más allá de la calle río Eo (lo que ahora se conoce como Montevil), vía que marcaba el límite del espacio edificado. Más allá sólo había alguna vaquería aislada en la que se vendía leche del día y la barriada de Nuestra Señora de Covadonga de Roces, una suerte de islote urbano al que accedíamos por caminos que mantenían la traza y el aspecto rural primitivo. En mi barrio, que fue siempre una escuela de futbolistas de medio pelo, aparte de jugar al fútbol, también nos entreteníAimpe (24-11-2003) 021amos jugando a las canicas sobre cualquier solado de tierra que permitiese hacer un guá o a las chapas (especialmente durante la época de la vuelta ciclista a España). Era éste un juego que requería de cierta habilidad, no tanto para manejar las chapas en el desarrollo del juego, sino para decorarlas a la moda. Es justo decir que en mi barrio había verdaderos especialistas en enchapar, es decir, en colocar un cristal convenientemente recortado sobre la imagen del ciclista o futbolista preferido que cubría el fondo de la chapa, utilizando tan solo un fino hilo de plastilina para asegurar el cristal. Con la habilidad y la paciencia de un artesano, los buenos enchapadores redondeaban el trozo de vidrio con un canto rodado o sobre los bordes de una papelera que hacían las veces de cizalla. Entre mis amigos también había algún aficionado a la pesca de bajura, aquella que se practicaba en los charcos de los descampados cercanos, y que solía terminar con la exhibición de media docena de rechonchos renacuajos, animalitos que nunca llegaban a convertirse en ranas, bien por la impaciencia del pescador o de su madre, que enseguida se deshacía del botín que tanto había costado conseguir. En aquellos años en los que el barrio era un verdadero ensayo de integración social por la disparidad de la procedencia de los vecinos, sólo la imaginación (y las reprimendas de los padres) ponían límites a lo lúdico. Una calle abierta a la espera de su asfaltado podía convertirse en un improvisado campo de batalla, en el que los montones de escoria que cubrirían el solado servían de munición para los combatientes o en una pista de ciclo cross, en la que ensayar acrobacias con la resistente bicicleta BH. La calle era el medio en el que los niños nos socializábamos, la escuela y los padres se encargaban del resto…

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Náufrago en tierra

Deambulaba por las calles del viejo barrio de aquella ciudad sin nombre como un madero a la deriva arrastrado por la corriente. Aquella trama callejera, tortuosa y empinada, le atraía. Le gustaba escuchar el sonido metálico que hacían sus zapatos al impactar sobre las losas mojadas del suelo. Por un momento se sintió una persona especial, como si fuera el único superviviente de un naufragio que el mar hubiese arrojado a la costa. Sus ojos, hambrientos de luz, reparaban en objetos que parecían únicos: la tapa rota de una alcantarilla, el pomo gastado de una puerta, una vieja y roída rejería, el hilo de vida que se escapaba de una boca de riego que el opeDSC_0047rario de limpieza había dejado abierta, los geranios sedientos que pintaban de carmín aquella la fachada sucia y oscura, triste como su alma de náufrago. Al enfilar la costanilla que trepaba
a lo alto del barrio reparó en la masa boscosa que culminaba los tejados de las casas, herrumbrosas lanzas que parecían acuchillar el cielo gris que envolvía la mañana. En su humildad, aquellas antiguas viviendas que se apretaban al parcelario como los cordones de una zapatilla, le parecieron hermosas, heroicas vencedoras en su desafío contra la ley de la gravedad. Alabeadas, arracimadas unas contra otras, parecían esos compañeros de fiesta que tras una larga noche entrelazan los brazos para mantenerse en pie.

Caminaba despacio, con la desgana de quien no tiene prisa ni objeto en su caminar, por aquel dédalo de sueños urbanísticos malogrados, por aquel cementerio de historias sepultadas bajo los escombros del tiempo que era el casco antiguo de aquella ciudad sin nombre. El azar y la suave brisa del nordeste que se colaba por las travesías que miraban al puerto, eran su única brújula. EDSC_0046n una recoleta plazoleta iluminada por la sonrisa apagada de cuatro esqueléticas encinas, un grupo de colegiales jugaban al balón. Los niños, ajenos al mundo que les rodeaba, habían delimitado las porterías con los jerséis azules de su uniforme escolar. Sus gritos rebotaban contra el pavimento como balas de fusil. El viajero se sintió niño y siguiendo los movimientos del balón, hizo un fugaz balance de su vida. De nuevo sintió la zozobra del náufrago. Tomó la calle lateral que delimitaba la plaza y encaminó sus pasos a la bahía, buscando en la risa del mar consuelo para su ánimo. Antes de llegar, el  blasón que lucía un viejo caserón con pretensiones palaciegas, carcomido por el abrazo salobre del viento de la bahía, le recordó que toda pretensión de perdurar en este mundo acaba resultando un esfuerzo vano, como vano le resulta sacudirse el polvo de su desdicha. Piensa el viajero que, quizás, lo único que perdure sean las risas de los niños que juegan despreocupados al balón, que como un eco, repiten a coro las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

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El parque del Cerillero: un jardín histórico que agoniza

En más de una ocasión he escrito acerca del parque de Calixto de Rato o del Cerillero, en el barrio gijonés de La Calzada. En más de una ocasión he manifestado mi afecto y simpatía hacia esta zona verde, que en junio de 2015 ha cumplido los cien años de existencia. Mi relación con este rincón verde de la ciudad comenzó a finales de la década de 1990, cuando siendo aún un joven estudiante de geografía, descubrí por azar la hermosa historia que se escondía tras la fronda de sus viejos árboles. Una historia que hablaba de compromiso social, de fraternidad, de esfuerzo compartido para transformar una realidad cruel y oprobiosa propia de parque Calixto de Rato_1915un arrabal fabril en plena ebullición. La historia del parque del Cerillero es la historia de un grupo de hombres y mujeres, miembros de la Sociedad Cultura e Higiene de La Calzada, quienes en 1915 convirtieron uno pequeño terreno baldío, un lodazal estéril que les fue cedido por dos empresarios del lugar, en el primer jardín proletario de Asturias y en la primera zona de esparcimiento infantil creada fuera del recinto histórico de Gijón. También es la historia de las cuadrillas de niños que trabajaron en la construcción del parque como parte de un ideario social y pedagógico que pregonaba el amor y respeto a la naturaleza, el valor del trabajo cooperativo y de la solidaridad obrera. Los promotores del parque no encontraron otra forma mejor para fomentar el aprecio de los niños hacia el lugar que haciéndoles sentirse partícipes del mismo, colaborando en su creación.

El sol de la tarde estaba en retirada y las sombras de los árboles y de los edificios cercanos se abaten sobre el pavimento dibujando extrañas siluetas, hermosas formas que parecen salidas de un sueño. Pese a estar en marzo, el viento todavía es frío, y sólo las zonas de solana invitan a permanecer en el lugar. Recorro los rincones del parque despacio, tratando de leer en el paisaje que me rodea la caligrafía de su historia pasada. Tan sólo las viejas palmeras canarias y la washingtonia parecen comprenderme. En los bancos bañados por los últimos rayos de sol de la tarde, un grupo de ancianos se arraciman buscando entre si el calor que les niega la tarde. Apenas se escucha nada, su conversación es silenciosa, probablemente hablen como yo para sus adentros. Escudriño sus caras buscando entre ellos alguno de aquellos jóvenes floricultores que participaron en la construcción de este jardín histórico; no los encuentro. Parecen tristes, resignados, como los plátanos de sombra que están a sus espaldas esperando a que la primavera reponga su colorido ropaje. Tristes como yo,P Calixto Rato que ven el parque languidecer, abocado a consumirse en su propia existencia, enturbiado por el humo tórrido y dulzón de los porros que un grupo de jóvenes vociferantes se pasa de mano en mano en una de las zonas de estancia. El parque parece inerme, enmudecido desde que el agua, que se desplegaba de lado a lado como una sonrisa, fue suprimida para ampliar la zona de juegos infantiles. Es ésta la única nota de color que le queda al parque, su última esperanza, aunque hoy está poco concurrida; tan solo un grupo de rumanas con sus indumentarias imposibles, parecen divertirse entretenidas  en encaramar a sus retoños a los artilugios de juego. Por un momento tengo la sensación de que en el parque se han levantado barreras, tabiques invisibles que separan a los usuarios…

Me voy con el alma encogida, deshojado como los liquidámbares del paseo central. Pienso  que casi nadie recuerda la historia de este espacio, que casi nadie se preocupa por recuperar su calidez y esplendor, y me duele. Tengo la impresión que el parque del Cerillero hace tiempo que dejó de ser el parque de los vecinos del barrio, que es un espacio que tiene más pasado (aunque pocos lo recuerden y lo hagan valer) que futuro. Creo que su luz se consume como se consume la tarde para dejar paso a la noche.

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Un espacio entre dos mundos: el campo de la iglesia de Somió

En una entrevista reciente, el escritor asturiano Ignacio del Valle, relataba que para documentar su última novela había recorrido parte de los paisajes de la costa asturiana con los ojos de un viajero que los hollara por primera. A mí a veces también me gusta jugar a este juego de imaginar que visito por primera lugares que me resultan familiares. Como quien se sacude el polvo del camino tras una larga marcha, me gusta sacudir la mirada y limpiarla de los prejuicios que siempre llevan consigo la cotidianidad, la prisa y la frecuentación de los lugares. Me gusta dejarme arrastrar por las sensaciones, entretenerme en leer el paisaje que cambia con la luz haciendo que los objetos y los espacios parezcan nuevos, como recién creados. Paisajes que se presentan envueltos en papel de oro o escondidos tras un sutil velo de plata; vestidos con un atractivo traje de lluvia o desnudados por la fría y desgarradora luz de la creación.

Es finales del mes de febrero y el campo de la iglesia de Somió está desierto. La mañana se despertó soleada pero el aire es frío, cortante  como el filo de un cuchillo. El suelo parece un cielo cuajado de estrellas cristalinas, lágrimas petrificadas de la noche pasada que se quiebran bajo mis pies. En este lugar del viejo Gijón, uno de los rincones más hermosos, y quizás olvidados de la ciudad, el tiempo parece haberse detenido. Aquí siguen los vetustos plátanos de sombra luciendo espléndidos su traje de camuflaje. A estas alturas del año, enhiestos y desarmados, parecen haber desistido de su cometido de vigilar el templo parroquial, ese alarde neoprerrománico que el arquitecto Juan Manuel del Busto alumbró para mayor gloria de la burguesía local a comienzos de los años treinta del pasado siglo XX. Los rayos del sol, aves de paso que alzan el vuelo con el discurrir de la mañana, resbalan sobre la cara del templo realzando su pétrea belleza. Frente al cabildo, como si aguardase a que los fieles entrasen a misa, don Pío, el que fuera párroco de Somió durante cinco décadas, descansa en el asiento de piedra que el escultor Miguel Álvarez, Ponticu, labró para él. Su mirada parece descansar sobre las tres cruces de piedra que recuerdan el carácter sagrado del campo de la iglesia. Silente, tan discreto que suele pasar inadvertido, el viejo humilladero, inclinado por la presión que las raíces de los árboles ejercen sobre él, invita a sentarse a su pie y ausentarse de este mundo por un rato. El silencio lo inunda todo y una paz conventual envuelve esta discreta zona verde del corazón de Somió.DSC_0016

El motor del autobús municipal que se acerca me sitúa en la realidad. Descienden varias señoras que hablan despreocupadas entre ellas, rompiendo con su elevado tono de voz la liturgia del momento. Pienso que las estruendosas viajeras, vecinas de alguna barriada de la periferia, serán empleadas del hogar que se encaminan a sus quehaceres en alguna de las llamativas residencias que se enseñorean por los alrededores. La algarabía que traen consigo me recuerdan que éste campo de iglesia también es y fue un lugar de solaz y recreo popular, un espacio público en el que, desde tiempo inmemorial, se celebraban algunas de las fiestas más populares de la parroquia, como El Carmen. Por la acera de enfrente pasa una mujer que empuja una silla de ruedas.  En ella está sentada una anciana que se empeña en arrastrar uno de sus pies. La cuidadora, una mujer oronda y bañada por la luz de Caribe, parece desesperada. Por un momento pienso que ambas van a rodar por el suelo. Las voces han puesto en guardia a los perros de una casa vecina, que añaden confusión y un punto de dramatismo a la escena.  No cabe duda, Somió es un universo particular. Un lugar donde todo es posible, un cruce de caminos entre la tradición y la modernidad, entre lo democrático y popular y lo elitista y reservado, entre la realidad y la ficción. Un terreno de nadie, o de todos, como este secular campo de la iglesia que me acoge en esta fría mañana de febrero.

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Días de fútbol

A menudo añoro mis días de fútbol. Nunca fui una estrella, pero desde siempre el fútbol ha sido mi deporte preferido. Como todo aquello que tiene un marcado componente irracional, pasional, me resulta difícil explicar el por qué de este sentimiento. Lo cierto es que veo a mi hijo jugando al balón en el pasillo de casa y, aunque le regaño adoptando la impostura de padre responsable y le recuerdo que en casa no se juega al balón, en realidad, la mayoría de las veces lo que me pide el cuerpo es sumarme al imaginario partido, y llegado el caso, celebrar como si se fuese a acabar el mundo los supuestos goles. Como decía, el fútbol es una pasión, un sentimiento, pero también una escuela, un escenario ideal para la socialización de los niños que, lo queramos o no, siempre deja huella en el carácter. La primera vez que me sentí futbolista debía tener 7 u 8 años. Recuerdo que me presenté a una prueba que hacían en el colegio para seleccionar jugadores con los que conformar los equipos escolares. Ataviado con una vieja y descolorida indumentaria del Sporting de Gijón y unas botas negras con franjas rojas de tacos de goma (para subrayar mi inocencia infantil debo señalar que la prueba era para el equipo de fútbol sala, con lo cual, lo pertinente era ir con playeros), tan vetustas como la camiseta y propiedad de mi hermano, lo mismo que el resto del atuendo, me presenté en la pista del colegio. No sé si fue por lo estrambótico de la vestimenta, más propia de una vieja gloria del futbol playero que de un niño de 8 años, o por mi falta de pericia con el balón en los pies, el caso es que, incomprensiblemente, no fui seleccionado. Tuvieron que pasar varios años, y muchas tardes de fútbol en el barrio para que pudiera lucir con orgullo la elástica azul celeste combinada con pantalón blanco y medias azules de mi colegio, el Julián Gómez Elisburu de Pumarín. Como todos los niños de mi barrio, y a diferencia de los de ahora que pueden empezar a jugar a fútbol reglado antes de los seis años en instalaciones estupendas, los rudimentos de este deporte lo aprendimos jugando en la calle.

En mi barrio, que a finales de los setenta era un paisaje incierto, una suerte de fábrica de sueños en la que confluían viviendas en construcción, calles sin asfaltar y solares baldíos a la espera de constructor, había, por así decirlo, dos terrenos de juego: el de La Paca, que en realidad era un lugar de tránsito, de traza irregular y en pendiente, y situado a la espalda de varios bloques de viviendas que se alineaban al viario principal, y el de El Llocu, un rectángulo hormigonado de reducidas dimensiones, situado también en la trasera de dos edificios alejados del prestigio de las calles principales. Ambos terrenos de juego, aparte de socavones, aceras interrumpidas, altos bordillos y coches aparcados, tenían en común que su titular, la persona que les daba DSC_0013nombre (El Llocu y La Paca), tenía por costumbre interrumpir los partidos lanzando amenazas, profiriendo toda clase de improperios (mi barrio, como todos los de aluvión, era por entonces muy cosmopolita) y en ocasiones calderos y vasos de agua, incluido el recipiente. Se ve que a estos egregios convecinos, de los que en más de una ocasión tuvimos que huir por piernas, no les gustaba mucho el deporte o tenían la absurda idea de que el descanso vespertino de un individuo era más importante que el recreo de muchos. Con todo, en mi barrio se forjaron buenos futbolistas que más tarde lucieron en las filas de destacados equipos gijoneses, aunque ninguno alcanzase la gloria de la profesionalidad. Jugadores que pulieron su técnica individual sorteando charcos, coches de vecinos  y señoras con las bolsas de la compra que no encontraban otro lugar mejor para pegar la hebra que en mitad del campo de juego. Allí, debajo de casa, haciendo fintas imaginarias a la luz triste y mortecina de las viejas luminarias, inmune al cansancio y al desánimo, golpeando infames pelotas de goma contra aquellas porterías pintadas con tiza en la pared de los edificios, pasé algunos de los momentos más felices de mi infancia. Allí, en aquellos partidos tumultuosos y multitudinarios en los que niños mayores y más pequeños compartíamos la pasión por el fútbol, me contagié de este virus que todavía se reactiva cuando veo un balón rodar y siento un deseo irrefrenable de patearlo.

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Elogio de la sencillez

Hace unos días un amigo me encargó que le recogiese en una librería del barrio el último libro de Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua. Siendo el escritor leonés uno de mis narradores preferidos, no pude resistir la tentación y comencé a picotear entre sus páginas como pájaro en campo de sembradío. Sin apenas darme cuenta, estaba acomodado en uno de los sillones del salón y había devorado los dos primeros capítulos del libro, seducido por el planteamiento argumental y por la brillantez de la prosa, casi poética, de Llamazares. ¡Cómo me gustaría escribir como Julio Llamazares!, con esa aparente sencillez que hace fácil lo difícil y que sólo los grandes narradores llegan a conseguir. Ser capaz de dar forma a unos personajes totalmente creíbles, que cobran vida en un espacio físico, en un entorno geográfico (en este caso el de la montaña leonesa y el páramo castellano), que deja de ser el telón de fondo de la acción para hacerse real y adquirir un protagonismo creciente que lo convierte en un personaje más de la novela. Resulta fascinante la capacidad de evocación de los textos de Llamazares, la delicadeza y concisión con la que describe y trata el paisaje, ya sea sobre la base de un territorio real o inventado; un paisaje que no es neutro sino el trasunto de una cultura, la del mundo rural ya casi desaparecido. El profesor Martínez de Pisón señalaba que en Baroja, el paisaje no era un ambiente pasivo, sino que intervenía, creaba sensaciones, emociones y se hacía partícipe de la acción. Esto mismo sucede, a mi modo de ver, en la obra de Llamazares.

En Distintas formas de mirar el agua, Llamazares recrea la vida de una familia que sufrió el desarraigo al verse forzada a abandonar su aldea, la arcadia rural que sirvió de soporte vital a la familia durante generaciones, por la construcción de un pantano. Como una diestra costurera, el autor pespunta los personajes, que, en la despedida de Domingo, el anciano patriarca cuyas cenizas van a ser esparcidas sobre las aguas del pantano que anegó su vida, reflexionan sobre su trayectoria vital, la relación que mantenían con él y con el resto de los miembros de la familia, siempre sobre el trasfondo del mundo rural perdido, del cual Domingo nunca más había vuelto a hablar pero al que quería regresar una vez muerto.

Como todos las buenas lecturas, la última obra de Julio Llamazares permite al lector tender puentes a la experiencia propia, a ese territorio a medio explorar que siempre constituye los recuerdos familiares. A medida que avanzaba en la lectura, no deAnia 2jaba de identificar al protagonista con mi propio abuelo, al tiempo que pensaba en las distintas formas que hay de desarraigo y en la huella indeleble que éste puede dejar en una familia. A mi mente acudía la imagen de mis abuelos maternos, también humildes campesinos, y también forzados a dejar los verdes de su aldea para ganarse el futuro en la grisura de una villa industrial de la cuenca minera asturiana. A diferencia de Domingo, el protagonista del libro, mi abuelo regresó en vida a su pueblo (que no había sido tragado por ningún mar artificial sólo ligeramente transformado por la marea de la modernidad que llevó la luz eléctrica y puso carreteras donde antes había caminos) y pudo establecerse en mejores condiciones de cuando partió, pero el paso por aquel desangelado y turbio arrabal industrial marcó su vida y su carácter para siempre.

 

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Agua de un mismo río

Caminábamos despacio, sin prisa, disfrutando de una mañana radiante y cálida de otoño, en la que los rayos de sol incendiaban las últimas hojas de los árboles que marcaban la alineación de la calle. Atraído por el llamativo colorido de las hojas, mi hijo me preguntó qué árboles eran, mientras pateaba lo que parecía un pelota deforme de color rojizo y ocre formada por un montón de hojas yacentes, restos de ese naufragio estacional que siempre es el otoño. Aquellos cerezos japoneses de jardín, de tronco escamoso, engruesado y copa recortada en forma de bola, que alegraban el aspecto de la calle, aletargados y casi desnudos, parecían preparados para que diciembre, el mes de las manos frías, se posase sobre ellos. Al reanudar la marcha, el niño me cogió de la mano en un gesto natural, casi orgánico, como la silente y discreta caída de las hojas sobre el pavimento. Su tibia y menuda mano se entrelazó con la mía con firmeza, como queriendo sellar un pacto no escrito, un tratado de amor y confianza entre dos huestes enfrentadas. Sin apenas hablar, caminamos un rato sintiendo que los dos formábamos parte de una misma comunidad, como los árboles de la calle que, a pesar de la prudente distancia que separa los alcorques, terminan por abrazarse entrelazando sus copas. Me sentí reconfortado con el mundo, y recordé los paseos que de niño daba con mi padre. También a mí me gustaba tomarle de la mano, sentir la cálida aspereza de aquellas manos inmensas, unas manos hechas para el trabajo pero también para la ternura, unas manos que no eran sino el reflejo de una vida dura, y que, a los ojos del niño que fui, parecían ser capaces albergar en su cuenca el mundo entero. Aferrado a aquellas manos como el náufrago a los restos del navío comencé a explorar la ciudad y sus contornos cuando estos eran todavía un territorio sugerente para la imaginación, un paisaje indeciso, a medio camino entre la ciudad consolidada y el campo. Ahora pienso que mi padre, sin pretenderlo siquiera (estoy persuadido de que sólo lo que se aprende de forma natural, sin imposición, es aquello que realmente se interioriza y perdura para siempre), llevándome consigo en aquellas tardes de infancia que recuerdo siempre como iluminadas con luz de oro viejo, haciéndome partícipe de sus vivencias, recuerdos e historias (a medio camino entre lo sucedido y lo imaginado), sembró en mi la semilla de mi vocación geográfica.

Pienso que padres e hijos somos agua de un mismo río, agua en continuo movimiento cuyo fin no es otro que el de ahogarse en la inmensidad del mar. Nuestro ciclo, como el ciclo del agua, parece condenado a repetirse y perpetuarse. Cuando somos niños, vemos por los ojos de nuestros padres, sentimos como ellos, pretendemos ser como ellos. Al ir creciendo su sombra nos incomoda, nos parece demasiado alargada. Buscando nuestra reafirmación personal nos volvemos déspotas, egoístas y críticos con ellos hasta rayar en la injusticia. Cuando nos convertimos en padres, oteamos el horizonte de otra manera, comenzamos a sufrir por nuestros hijos, a verlos no como al árbol que comparte calle con nosotros sino como a una rama de nuestro propio tronco. Por ello, intentamos domeñar su copa, moldearla conforme a nuestros intereses e ideales, sin advertir que nuestra sombra comienza a impedirles crecer. Sin darnos cuenta, asumimos el mismo rol que en su día desempeñaron nuestros padres, ese que nos parecía inapropiado e injusto y contra el que era lícito rebelarse. Miro la expresión de felicidad de mi hijo cuando pasea a mi lado y comprendo que sólo el amor podrá redimirnos, sólo el amor le permitirá encontrar su propio cauce para llegar al mar.

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