Archivos para 30 diciembre 2011

Los árboles, esos viejos amigos

No le faltaba razón doctor Avelino González (famoso y querido en Gijón por haber impulsado instituciones de tanto impacto social como el Instituto de Puericultura, conocido popularmente como la Gota de Leche, y el Hogar Maternal e Infantil) cuando afirmaba que después del hombre lo más hermoso que había creado Dios era el árbol. En la ciudad, los árboles  dan vida al viario público, mitigan la polución acústica y ambiental, visten nuestras calles de color y acompañan nuestros pasos por la inhóspita ciudad, haciendo más agradable y saludable cualquier desplazamiento a pie dentro del espacio urbano.

Más allá del papel ornamental y medioambiental (“libran de las inclemencias del sol y los vientos, templan y refrescan los aires destemplados del invierno y el verano”, escribió Jovellanos ya en el siglo XVIII), los árboles contribuyen a dignificar las calles en las que están presentes, a dotarlas de personalidad. Me atrevo a aventurar que esto es debido a que los árboles están dotados de una peculiar facultad que hace que adquieran cualidades propias de las personas, una suerte de prosopopeya natural que los convierte en seres únicos. Solo hace falta reparar en ellos para advertirlo.

 Hay árboles solitarios, poco habladores, que huyen de las compañías desagradables y buscan refugio a la orilla de cualquier arroyo que refresque sus pies y halague sus oídos con el dulce rumor de su rima asonante.

Hay árboles pacientes, tranquilos, que se yerguen a la vera del camino como esperando a ese compañero de viaje que nunca acaba de llegar.

Hay árboles perezosos, cansinos, que prefieren recostarse sobre el verde manto y dejarse llevar por el tedio, sin preocuparse si quiera por el paso del tiempo, como quien sabe que su reloj atrasa sin remedio.

Hay árboles que se reúnen en grupo, como fraternales amigos, y alzan los brazos al cielo para celebrar la llegada del frío invierno, mostrando sin pudor su cándida desnudez.

Hay árboles orgullosos, robustos, que soportan sobre sus hombros el peso del mundo sin más esfuerzo que afianzar sus pies sobre la tierra.

Hay árboles cariñosos, dulces, que abren sus brazos para dejar que nos estrechemos contra su pecho como una madre amorosa que consuela a su pequeño.

Hay árboles cuya ausencia se siente con el desconsuelo de quien ha perdido a un viejo amigo.

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Evocaciones toponímicas

La toponimia, entendida como la ciencia de los nombres de lugar, es un tema que levanta pasiones entre una inmensa minoría de estudiosos de muy distintas especialidades: historiadores, lingüistas, geógrafos, etnógrafos, etc. Para nosotros los geógrafos, el interés por la toponimia se centra, sobre todo, en la gran cantidad de información de contenido geográfico que aporta y que resulta de gran utilidad para comprender e interpretar el paisaje, que es el objeto de estudio preferente de la geografía moderna. El entendimiento de las denominaciones de los parajes, de los barrios, de los caminos, de las formas y naturaleza del relieve, de las aguas, hace que el paisaje que se alza ante nuestros ojos sea más legible. Los topónimos encierran una carga histórica y cultural profunda que los ancla a la tierra como las raíces de los viejos robles que alindan los caminos, por ello, la toponimia forma parte indisociable de la historia del paisaje y es un factor clave para su explicación. Se podría decir que un territorio del que desconocemos las denominaciones de los elementos que lo integran es un espacio yermo, una suerte de libro con ilustraciones pero sin un texto que le de coherencia.

Como señalaba el erudito profesor Eduardo Martínez de Pisón, a veces, los nombres de los lugares tienen significados variados, oscuros, difíciles de desentrañar, por más que la lingüística y otras disciplinas se hayan empeñado en ello. Otras veces pueden evocar paisajes desaparecidos (disipados en palabras del maestro) o pueden haber sufrido alteraciones lingüísticas que los hacen difícilmente legibles. Con todo, la toponimia tiene un poder de evocación y de seducción que desborda cualquier límite impuesto por la búsqueda de su significación geográfica, lingüística o histórica. Los nombres tradicionales de los lugares nos seducen por su sonoridad y belleza, captan nuestra atención por su aparente irracionalidad y, en ocasiones, hacen que nuestra imaginación transite por territorios inexplorados. En estos casos, la toponimia traspasa el umbral científico-explicativo para alimentar los veneros de la imaginación, para convertirse un en un territorio plenamente literario. ¿Qué evocan nombres tan hermosos como la Suaría, lo Corvino, Bastineros u Ortañu propios de la parroquia gijonesa de Lavandera? o ¿Caxigal y Treboria, en Valdornón?. ¿Hacen referencia a elementos naturales del entorno?. ¿ Son surcos labrados en la tierra por el paso del tiempo y la acción de los hombres ?.  Quizás, sencillamente, sean el rescoldo de viejas historias o el punto de partida de otras nuevas…

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Lugares de la memoria

Desde finales del siglo XIX, asociados a las principales vías de comunicación que servían a la ciudad de Gijón, comenzaron a proliferar en las zonas del extrarradio pequeños brotes urbanos articulados bajo la fórmula de parcelaciones particulares: terrenos rústicos sobre los que el propietario trazaba una mínima red viaria que permitía repartir la propiedad en parcelas edificables. La mayor parte de estos asentamientos suburbanos carecían de un plan de urbanización previo al trazado de las calles, lo que motivó que muchas de ellas presentaran una trama caótica, carente de los servicios urbanos básicos y difícilmente integrables con la ciudad consolidada. Las cartografías de la época recogen fielmente este fenómeno característico de las poblaciones industriales en expansión.

Una de estas parcelaciones primiseculares, asentada sobre la traza de las carreteras del Obispo y Carbonera, dio origen al actual barrio de Contrueces (calles Constantino, Dolores, Santa Eladia, San Juan, San Manuel, etc). Adosada a ella, surgieron otros pequeños desarrollos, como el que se articuló en derredor del antiguo cuartelillo de la Guarda Civil, integrado por las calles Castropol, Río Cutis, Los Gemelos y Flores, hoy desaparecidas. El caserío que se levantó sobre estas calles (al igual que en el resto del extrarradio de la ciudad), era humilde, de escasa entidad y calidad arquitectónica y estaba destinado a dar cobijo a los obreros de las numerosas industrias radicadas en las inmediaciones, como la fábrica de Orueta o la chocolatera La Primitiva Indiana. La ocupación de estas parcelaciones fue limitada hasta la década de 1940.

Con el paso del tiempo estos asentamientos fueron transformándose y ampliándose dando lugar a una completa renovación morfológica desarrollada sobre el esquema del viario primitivo. Este es el caso del barrio de Contrueces que a lo largo de las últimas décadas experimentó en su conjunto mejoras notables, tanto en la dotación de servicios como en la recuperación urbanística de una parte sustancial de su viario, quedando al margen el pequeño apéndice situado alrededor del viejo cuartel, que se convirtió en un foco degradado y marginal.

Sobre este espacio se ejecutó en 2004 el denominado PERI 9 (intervención urbanística polémica por los precios de las expropiaciones), y las calles Río Cutis, Gemelos, Flores y Castropol fueron borradas del plano de la ciudad, al tiempo que se generaba un nuevo espacio residencial (138 viviendas) y se remataba la red viaria del barrio. La transformación de este sector se completó con la remodelación del popular parque de Las Palmeras, el corazón verde de la barriada. A pesar de que el desarrollo de este PERI mejoró notablemente un rincón olvidado de la ciudad, siempre habrá un lugar en la memoria para estas calles, permanentemente embarradas, que guardaban la entrada al único parque público que durante muchos años hubo en los barrios de sur de Gijón.

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De kioscos y otras arquitecturas efímeras

Hace unos días, paseando por la plaza de San Miguel de Gijón, uno de los rincones más entrañables y hermosos de la ciudad, (quizás porque apenas se ha alterado su morfología desde el tramo final del siglo XIX), me percaté que algo en su entorno había cambiado. En un primer momento pensé que podía tratarse de los perniciosos efectos del cambio de estación que había desnudado de sus cálidos ropajes a los entumecidos tilos, que en su doble alineación marcan el eje mayor de la plaza, y a los viejos y cansados castaños de indias, que la diseccionan en sentido norte-sur. A pesar de la hermosa estampa de ver los árboles desarmados, con los brazos izados al cielo como huestes capturadas por el enemigo, el cambio no radicaba aquí, era algo más sutil, pero no menos inquietante. El hermoso kiosco de trazas racionalistas que desde 1946 vigilaba el devenir de la plaza desde su discreta retaguardia, había cerrado.

Habrá quien piense que esta sencilla construcción proyectada por el arquitecto gijonés Manuel García Rodríguez para sustituir a una anterior derribada con motivo de las obras de urbanización y saneamiento de la plaza  en 1946, era casi una arquitectura efímera, y que no tenía más mérito que el de su misma existencia. Quienes así piensen se equivocan. Se trata, dentro de su modesta fábrica, de una arquitectura única en la ciudad, de la que ya no quedan otros ejemplos (si exceptuamos el kiosco de Los Campos, construido en 1950 con diseño de Juan Manuel del Busto y también de aspecto muy moderno) por lo que tiene el valor patrimonial añadido del superviviente. La particularidad de su diseño, de influjo racionalista, en cierto sentido, da continuidad a otro templo del racionalismo gijonés que flanquea la plaza desde su privilegiado asiento en el encuentro de las calles Menéndez Valdés y Capua, obra igualmente de García Rodríguez y de Joaquín Ortiz. A los valores arquitectónicos habría que añadir el papel del kiosco en la ornamentación de este espacio tan simbólico, pieza de engarce entre la ciudad histórica y el ensanche del Arenal, y el sentimental, puesto que el kiosco era el aliento vital de la propia plazuela. Su cierre produce desazón porque la falta de uso suele conllevar el deterioro físico y abocar lentamente a la ruina. El hecho de que esté incluido en el Catálogo Urbanístico de la ciudad (con protección ambiental) no es garante, de su supervivencia, pues otros edificios emblemáticos de la ciudad dotados de mayor protección se han perdido o han visto desvirtuados  sus valores, que es otra forma de ruina no menos dolorosa.

De otro modo, el Kiosco de la plazuela de San Miguel, por la calidad de su diseño, era continuador de una larga tradición que en Gijón que se remonta a los primeros años del pasado siglo XX. La mano del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz fue una de las más diestras y prolíficas en la realización de este tipo de proyectos, entre los que se podían incluir, no sólo instalaciones específicas para la venta de prensa, refrescos y golosinas, sino también los urinarios públicos, algunos de ellos, como el que diseñó en 1912 para los jardines de Begoña (emplazado hasta la década de 1960 en la intersección de la calle San Bernardo con Anselmo Cifuentes), que por su esmerado diseño de estética modernista y la rica combinación de los materiales empleados (piedra caliza en los zócalos, madera en la estructura, ladrillo en los entrepaños, chapa de zinc en la cubierta, etc) hacían de él una auténtica obra maestra. Como documentó Héctor Blanco, Miguel García de la Cruz también firmó kioscos más modestos (pero no exentos de interés) para distintos espacios públicos como el paseo de Begoña (1906), la plaza del Seis de Agosto (1914), o Los Campinos de Begoña (1927), todos ellos encargos de particulares, y ya desaparecidos.

En la década de los treinta y cuarenta del siglo pasado, estos tipos de construcciones abandonaron las referencias modernistas y eclécticas para acercarse a una estética más racionalista, como es el caso del radicado en la plaza de San Miguel o el ya desaparecido del paseo de Begoña, que estaba emplazado en las proximidades de la carretera de la Costa. A partir de la década de 1960, el diseño de estas populares construcciones sometidas a concesión municipal, se empobreció notablemente al imponerse el modelo de quiosco desmontable de chapa de aluminio diseñado por el entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, modelo del que sólo se conserva un ejemplar en uso emplazado en los Jardines de la Reina.

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Leyland Royal Tiger, el primer autobús municipal de Gijón

Mediado el siglo XX, en Gijón como en otras ciudades, el papel del tranvía como principal modo de transporte urbano comenzó a ser fuertemente cuestionado. Los tranvías, a pesar de que seguían siendo el medio de comunicación en superficie que ofrecía tarifas más baratas para elevadas intensidades de tráfico, era visto como un como una herencia costosa y decadente. A esta mala prensacontribuyó notablemente el incremento de los siniestros, la interrupción frecuente del servicio por falta de suministro eléctrico y, sobre todo, la presión creciente del vehículo privado. Asimismo, la caducidad de las concesiones, la imposibilidad de renovación de la infraestructura por las elevadas inversiones requeridas (y por la escasez de materiales), el incremento de los costes de explotación y el interés de los ayuntamientos por dotar a las ciudades de servicios de transporte públicos más modernos y flexibles, motivaron la desaparición del tranvía en nuestras ciudades.

Los autobuses, al no estar sujetos a las limitaciones que imponían los raíles, ofrecían flexibilidad y seguridad en el servicio, frecuencias de paso altas, mayor velocidad comercial, menores costes de explotación y mantenimiento, y consumían energía, en aquella época, más barata. Del mismo modo, en el ideario colectivo prendió con rapidez la imagen de modernidad y comodidad que transmitían los primeros autobuses, contrapuesta a la de obsolescencia de los tranvías. En este contexto general, el Ayuntamiento de Gijón decidió en 1953 adquirir tres autobuses para suplir las carencias del tranvía y reforzar la oferta de los servicios más demandados.

Los dos primeros autobuses municipales comenzaron a rodar por las calles de la villa en julio de 1953, y fueron destinados a unir la ciudad histórica con los espacios residenciales y de esparcimiento de Somió y con la populosa barriada de Tremañes. A finales de ese año, el municipio adquirió un tercer vehículo para cubrir las demandas de movilidad generadas por el parque de Isabel la Católica, que en aquellos momentos era un punto de referencia en el esparcimiento de la población gijonesa. La escasa demanda de esta línea hizo que pronto adquiriese un carácter de servicio especial, dedicándose el vehículo a reforzar las otras dos líneas existentes.

La escasez de materiales, la limitada producción nacional de vehículos de transporte colectivo y una demanda en alza, obligó a muchos ayuntamientos, entre ellos al de Gijón, a recurrir a la importación de los vehículos. Esto explica que los dos primeros autobuses que circularon por Gijón, fuesen ingleses, de la marca Leyland “Royal Tiger”, aunque carrozados en Bilbao por la casa Seida. Estos elegantes y modernos autobuses, adquiridos al precio de 666.000 pesetas cada uno, tenían una potencia de 130 caballos, con motor central debajo del chasis y cuatro velocidades sincronizadas por absorción de aire. Asimismo, disponían de dos puertas independientes y automáticas, cristales inastillables y confortables asientos. El acceso al autobús se realizaba por la puerta trasera que era abierta por el cobrador y la salida se hacía por la puerta delantera, siendo ésta accionada directamente por el conductor. La capacidad total de cada autobús era de 100 personas, 26 sentadas (aparte del conductor y cobrador) y el resto de pie. La tercera unidad incorporada al parque móvil municipal fue de fabricación nacional, salido de las instalaciones de ENASA en San Fernando de Henares. Se trataba de un Pegaso de la serie Z-401, igual a los que circulaban por la capital de España. Dotado de un motor diesel de 125 caballos de potencia, presentaba la particularidad de tener el volante dispuesto a la derecha y contar con un complejo sistema de cambio de marchas con dos palancas. En 1954 y 1955, el Ayuntamiento incorporó a su pequeña flota dos nuevas unidades de este mismo modelo, la primera de ellas procedente de la Coruña, donde había quedado sobrante, al haber optado en aquella ciudad por los trolebuses como medio de transporte urbano. Al igual que el resto del material municipal, estos vehículos fueron carrozados por Seida en Bilbao. En 1960 la flota de autobuses municipales era ya de 12 vehículos: 2 Leyland y el resto Pegaso de las series Z-401 (3), Z-404 (2) y Z-408 (5).

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