Archivos para 27 abril 2012

Mercaderes de las golosinas del alma

Leo en la prensa que un profesor de geografía con quien tuve escasa relación cuando estudiaba había pronunciado su lección jubilar. Reconozco que me interesó más el rito universitario, aquello de que el catedrático se despidiese simbólicamente de sus alumnos con una última lección magistral, que el hecho del retiro de la docencia de un profesor al que nunca estuve en mucha estima, ni por sus métodos didácticos, ni por su forma particular de entender y abordar la disciplina, ni por el trato, un tanto displicente, con que despachaba a sus alumnos. Este profesor, que se parapetaba detrás de una máscara de excentricidad un tanto rebuscada, era, sin duda, un profundo conocedor de la materia que impartía, y en cada clase derrochaba entusiasmo, pero nunca llegó a empatizar con sus alumnos, y nunca llegó a crear escuela, al menos, yo no conozco a nadie que se sintiera atraído por la geografía por su intermediación.

Margarite Yourcenar, en su famosa novela Las memorias de Adriano, escribió que el más grande seductor no era el hermoso general Alcibiades sino Sócrates. No le faltaba razón; no hay en este mundo mayor encantamiento que el producido por la voz del maestro que nos enseña algo que desconocíamos, de aquel que nos ayuda a pensar, a ver el mundo que nos rodea con otra mirada, con la mirada inquieta de quien busca sin todavía tener la certeza de adónde mirar. El verdadero maestro es aquel que, sin proponérselo, hace de nosotros alguien que no éramos, y aquí radica ese poder de seducción al que aludía Yourcenar, ese que nos mueve a compartir un camino, un itinerario que haremos también nuestro. A convertirnos en epígonos de una causa de la que más adelante enarbolaremos sus estandartes.

Creo que hay muchos profesores, algunos muy buenos, pero muy pocos maestros. Es más, uno puede pasarse toda la vida estudiando y no toparse con ninguno. A lo largo de mi periplo estudiantil, yo tuve la suerte de conocer a tres, de los que siempre guardaré recuerdo. En la Escuela de Magisterio tuve la fortuna de asistir a las clases de geografía de Mari Carmen Fernández, una mujer rocosa, exigente y entregada a la enseñanza de la geografía. La pasión que ponía en sus clases y su arrebatadora personalidad fueron la añagaza perfecta para despertar mi interés por la disciplina y plantearme ser geógrafo. Sobre esos cimientos,  y también en la Normal, la catedrática Charo Piñeiro comenzó a levantar los muros de un edificio que se apuntalará tiempo después. Charo era una maestra de las de la antigua escuela; culta, exigente, trabajadora incansable, y muy preocupada porque sus alumnos asimilaran los conceptos básicos, algo que solía conseguir a través del entusiasmo que ponía en todo aquello que abordaba. Pertrechada con unas gafas oscuras que ocultaban unos ojos dulces e inquietos, la recuerdo feliz, con la cara iluminada  como una niña que estrena vestido nuevo, repasando la sucesión de las rías gallegas, mientras se veía a sí misma caminando sobre las graníticas arenas de la playa de La Lanzada. Cierro los ojos y la veo encaramada a la tarima, braceando como un náufrago en trance de ahogarse, explicando el desplome del frente polar y su incidencia en el clima asturiano o recitando, con voz cadenciosa y un poco atropellada, poemas de Machado vestidos con la dulce melodía del geógrafo: grises alcores, cárdenos roquedos…Sin saberlo, y supongo que sin pretenderlo, con su magisterio, Charo Piñeiro me abrió de par en par las puertas de la geografía.

Citar a Francisco Quirós Linares, el tercer gran maestro con el que tuve la fortuna de toparme ya en la Facultad de Geografía e Historia, da cierto pudor. El profesor Quirós Linares, es una figura esencial en el devenir de la geografía española contemporánea. Maestro directo de renombrados geógrafos, con su labor paciente y abnegada, no sólo renovó la metodología en el quehacer geográfico, sino que ensanchó considerablemente los horizontes de la propia disciplina. Su irónico sentido del humor, que en ocasiones le llevaba a lancear a sus alumnos como si fuesen muñecos de trapo para espolear su ingenio, su voz desgastada y carrasposa, la hondura de sus pensamientos y la claridad de sus palabras, hacían de sus clases algo mágico, especialmente cuando se apartaba del guión establecido para adentrase en los avatares del siglo XIX, periodo que conocía tan bien como su extensa y variada biblioteca. Lamento no haber podido disfrutar más de su magisterio  (compartir salidas al campo, trabajar bajo su dirección), aunque siempre me quedará el refugio de sus escritos, que no dejan de ser una prolongación de su pensamiento y de su buen hacer científico.

Desde siempre, los maestros, esos mercaderes de las golosinas del alma, consciente o inconscientemente, han marcado el rumbo de muchos destinos, han sido candelas con las que se alumbraron caminos que se hallaban envueltos en esa extraña luz que precede al amanecer…

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La isla Paradiso

El viejo y discreto librero, propietario de una librería de lance, me lo había comentado pero no podía darle crédito, no era posible que hubiese personas que comprasen los libros por metros con el único objeto de amueblar las estanterías. Al advertir en mi cara la mueca de incredulidad, apuntilló con el estoque de descabellar como un diestro mozo de cuadrilla, también hay personas que los compran sólo por el color del lomo, como si fuesen objetos de exposición que debieran cumplir con un canon estético prefijado. Para alguien que considera los libros como una extensión natural del propio cuerpo, que se deleita no sólo con su lectura, sino que los huele y los palpa para intentar aventurar su grado de madurez como si de una fruta de temporada se tratase antes de darle el primer bocado con suma rijosidad, la afirmación era no sólo un desatino, sino una auténtica herejía.

Dándole vueltas al asunto recalé en la variedad de establecimientos donde se venden estos alimentos del espíritu, que por mucho que el marketing presione, nunca serán relegados por artefactos postindustriales con conexión wifi: superficies comerciales, grandes librerías totalmente impersonales donde el público deambula entre los libros como por los pasillos de un supermercado, kioscos, colmados con un pequeño estante dedicado a los más vendidos. Pensando en ello recordé las palabras del escritor asturiano Xuan Bello, quien decía que no es lo mismo comprar un libro en un sitio que en otro, pues hay un valor sentimental, un valor que trasciende de la propia transacción económica para añadir un plus a un libro. Cuando un amigo, de viaje por el mundo, te regala un libro, adquirido, por ejemplo, en la librería Lagún de San Sebastián, o en Lello en Oporto, ese ejemplar adquiere un valor especial, no sólo por la mano amiga que te lo entrega, sino por su lugar de procedencia, por la estancia maternal en la que tomó cuerpo. En Gijón, lleva abierta desde 1976 una de las librerías más hermosas que conozco, y sin duda, la más recomendable de las existentes en la ciudad, Paradiso, situada en la calle La Merced. Su irreverente inaccesibilidad, su no buscado aire vintage, la limitación de su espacio, su crepitante suelo de madera, la persistente melodía de jazz que deambula entre los libros con tanta familiaridad como el polvo y los propios clientes, y la posibilidad de pasarse horas ojeando los libros sin que nadie te asedie para venderte un ejemplar no deseado, hacen de esta librería una auténtica isla del tesoro.

Chema Castañón y José Luis Álvarez, como Jim Hawkins, son los albaceas del plano del tesoro. Ellos tienen las claves secretas, esas que te llevan siempre a encontrar aquello que buscas, o que te dan las pistas necesarias para un nuevo descubrimiento. A pesar de su limitación física, la isla tiene sus rincones, esos salientes rocosos que se adentran sin pudor en el mar para desafiar al oleaje; el mío está en el altillo, al final de la pindía escalera (en la que no es infrecuente encontrar sentado a algún parroquiano enfrascado en la lectura de un volumen de Nietzsche u hojeando el último ejemplar de temática local), debajo de un pequeño cartelito en el que escuetamente pone Geografía. En cada incursión en la isla, siempre hay un momento para trepar al altillo y comprobar si hay alguna novedad.

Cuentan los que conocen la historia de la isla que los viejos suelos de madera guardan el recuerdo de los ilustres visitantes (escritores, pintores, músicos…) pero yo sospecho que, en realidad, lo que guardan celosamente es el recuerdo de todos aquellos que acuden a sus estantes para buscar alimento para el alma.

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El último ferreru de Fano

Caminaba a paso tranquilo, como quien se siente conocedor de todos los caminos de la vida por haber tenido tiempo, a sus rayanos noventa años, de haberlos recorrido casi todos. Con ese paso seguro que siempre acompaña a quien ya no tiene prisa, pausaba las palabras apoyándose en una firme vara de avellano, una suerte de extensión artificial de su propio cuerpo que denunciaba una avanzada edad que no se correspondía con su aspecto exterior. Como hacía su padre, y antes que su padre su abuelo, calzaba madreñas, unas madreñas tan gastadas por el uso diario en la antojana, en la huerta de detrás de casa y en la cuadra, como sus manos, ajadas ya de tanto trajinar.

 

 

 

 

 

 

Su voz era firme pero agradable, y como ocurre con todos aquellos que tienen mucho que contar, en seguida presta a entablar conversación. Mirando al viejo potro, que como una pieza de museo presidía un bonito rincón de la quintana, pensó para sus adentros con nostalgia: el oficio de ferreru lo aprendí de mi padre. Al pronunciar esta sentencia, cual si fuera un reo sentenciado a muerte, sus viejos ojos, humedecidos por el cansancio de mirar siempre lo mismo, se encendieron como luceros y una mueca de juventud cubrió por completo su cara bonachona. Aunque ya no lo parezca, Fano era, hasta no hace mucho tiempo, una parroquia rural; hasta que los chalets y las viviendas unifamiliares de moderno diseño ensombrecieron a las sencillas pero robustas casas mariñanas de siempre y los hórreos dejaron de ser fecundos graneros, símbolos de la riqueza de una casería, para convertirse en improvisados garajes o en trasteros alzados del suelo sobre cuatro pies en una suerte de acrobacia arquitectónica que todavía asombra por su eficacia. Así era, recalca; antes en todas las casas había ganado que era preciso ferrar: vacas, burros, caballos. Era un oficio el de ferreru muy valorado en la comunidad, pues el ganado, como las personas, no podía andar descalzo o mal calzado, dice orgulloso mientras sonríe ante la ingeniosa comparación. Cuenta que de su padre, que también construyó el imponente tejaroz de madera que cubre la parte delantera de la tenada y que le confiere un aire singular a la construcción, aprendió a sanar a las vacas, tratándolas con hierbas escogidas, que él mismo recogía en el monte cercano, un monte en el que todavía no había eucaliptos como ahora.

El último ferreru de Fano, el amable conversador que solícito entrega su libro de memorias para quien quiera leerlo, también fue aprendiz de sanador animal. Quizás aquellas madreñas que vi tendidas en la solera de la casa, no fuesen sino unos zapatos mágicos de noble madera, tan noble como la que sustenta el armazón de este venerable anciano vecino de la parroquia gijonesa de Fano.

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Manifiesto para educar la mirada

Decía el maestro de geógrafos Manuel de Terán que la ciudad tenía un rostro con fisonomía y gesto particulares, y que la tarea más fina y sutil del geógrafo consistía en interpretar el paisaje urbano, desentrañar el más profundo sentido de sus rasgos fisonómicos, captar lo que él entendía como la intimidad psicológica de la ciudad. Sin embargo, atareados en los quehaceres y preocupaciones cotidianas, las personas en general, y los geógrafos en particular, deambulamos por las calles cegados por el ruido, aturdidos por lo obvio, por la fácil cantinela de lo comercial, y apenas si prestamos atención al rico y variado patrimonio que nos rodea. Parece como si la fuerza de la costumbre hiciese que el patrimonio edilicio se volviese invisible, como si perdiese corporeidad por el hecho de verlo cotidianamente. Se impone, por tanto, salir a la calle libre de ataduras y prejuicios para convertirse en un turista sin dejar de estar en casa. Hacer de lo cotidiano algo inusual y sorprendente; educar la mirada para dejarse seducir por la fuerza de las emociones que brotan en cada esquina de la ciudad como fecundos hontanares al pie de las altas montañas.

La imagen que acompaña este manifiesto, que no busca suscriptores, sino miradas educadas y críticas hacia el teatro de la vida cotidiana, es sólo una metáfora, un ejemplo de como los ojos atentos son capaces de captar la poesía de las formas arquitectónicas, que no son otra cosa que el diáologo entre los elementos que componen el entorno.

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