Archivos para 23 octubre 2015

Polvo del recuerdo: los fielatos de Gijón

Hay arquitecturas que, aunque de fábrica modesta, su recuerdo se mantiene vivo para quienes las conocieron en uso, bien sea por la singularidad de su diseño, porque su emplazamiento las convertía en elementos en los cuales era obligado fijar la mirada, o bien porque su propia función hacía imposible que pasasen inadvertidas. Una de estas arquitecturas que moran en el recuerdo de muchos gijoneses de cierta edad eran las estaciones sanitarias, más conocidas como fielatos. El destino de estas instalaciones, que se
emplazaban en puntos estratégicos en las principales vías de ingreso a la ciudad, era el de controlar e inspeccionar determinadas mercancías para gravarlas con los correspondientes derechos de consumos. La habitual presencia en estas construcciones de un fiel o balanza con la que llevar a cabo el pesaje de las mercancías a gravar, les granjeó el apelativo popular de fielatos, que era el nombre con el que estas edificaciones eran conocidas entre los gijoneses de a pie. En determinadas zonas de la población (como por ejemplo en las parroquias de Cabueñes y Somió hasta comienzos de la década de 1930) la inspección de consumos se hacía a modo de ronda itinerante.
Como documentó el investigador Héctor Blanco, en Gijón, el primer fielato conocido data de 1871, siendo proyectado por el destacado tracista Cándido González, a la sazón maestro de obras municipales, y localizado en las inmediaciones de la Puerta de la Villa. En general, se trataba de construcciones de escasa entidad, de fábrica de madera o de obra, y limitadas dimensiones, en las que apenas había espacio para la oficina del empleado municipal encargado de la inspección (el consumero) y para el fiel. El hecho de que algunas de las estaciones sanitarias se emplazasen en terrenos de propiedad privada, condicionó la calidad de la edificación, lo mismo que la perenne precariedad de los fondos municipales. En la década de 1920 se levantaron las estaciones sanitarias de El Humedal, puente del Piles (situada en lo que hoy sería el entronque de la avenida de El Molinón con la avenida de Castilla), El Llano y Veriña, todas ellas diseñadas conforme al diseño del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Con la materialización de éstas últimas, el Ayuntamiento de Gijón buscaba, en palabras de los miembros de la Comisión de Arbitrios, extender la fiscalidad a las populosas barriadas de El Llano y La Calzada. Para la construcción de estos fielatos, el arquitecto municipal proyectó unos edificios de mayor entidad pero de costes limitados, levantados a partir de una solera de cemento, el mismo material que se utiliza en bloques para la fábrica de los muros, siendo la cubierta de teja plana sin solera de rasilla y armadura de madera. Estas construcciones disponían ya de una dependencia para almacén y de un amplio pórtico para el resguardo de quienes esperaban el control de las mercancías.

Fielato de Veriña

Fielato de Veriña

De 1930, y con proyecto de García de la Cruz, son los fielatos de Ceares y Granda, y de 1932, los que se levantaron en Valdornón, en el límite con el concejo de Siero, y en Pumarín, estos diseñados por el recién nombrado arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández Omaña. La traza de estas estaciones sanitarias era muy similar a las propuestas por García de la Cruz, si bien, Díaz y Fernández Omaña utilizaba la fábrica de ladrillo para los muros. A finales de la década de 1930, este mismo técnico proyectó una nueva estación sanitaria en Veriña, en la que la traza semicircular y el voladizo de resguardo de la oficina del oficial de arbitrios, le confieren un aire típicamente racionalista. Mayor notoriedad tuvo el fielato de La Guía, emplazado en la plazoleta de igual nombre, construido en 1946, que además de las dependencias habituales incorporaba aseos. En la fachada posterior, la construcción presentaba dos espectaculares ventanas en forma de ojo de buey, enmarcadas en un paramento de ladrillo, igualmente de clara influencia racionalista. Estas reminiscencias de la arquitectura moderna, de la que Díaz y Fernández Omaña fue un referente en Asturias, también se advierten en el proyecto del fielato de Somió, en uso desde 1955, edificio que fue convertido en quiosco en 1965, al ser despojado de la función que le dio vida.

Fielato Somió

En la década de 1960, con la modernización general del país, los fielatos perdieron su razón de ser y comenzó su paulatina desaparición. Aún así, en 1959 los arquitectos municipales José Antonio Muñiz y Antonio Roibás, firmaron un interesante proyecto para el barrio de El Llano (incluía además del porche cubierto para la báscula, una amplia zona de recepción, ropero, almacén, servicios higiénicos, y aprovechando una entrada independiente, un quisco de prensa) que no llegó a materializarse. La última estación sanitaria levantada en Gijón, hoy sólo polvo del recuerdo, fue la de Viñao, obra del entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, fechada en 1961.

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El impostor

Sé que puede parecer un poco estúpido pero siempre he preferido leer mis libros antes que leer de prestado. Hay libros que te ilusionan, que te calientan cuando tienes frío, que te acompañan cuando detestas estar solo; hay libros que te gustaría haber escrito o imaginado, hay libros que deben estar en tu biblioteca porque forman parte de ti. Cuando leo libros ajenos me resulta difícil relacionarme con ellos porque sé que, como las hojas de los árboles cuando llega el otoño, más pronto que tarde terminan por desvincularse de mí, y, aunque lo pretenda, nunca llegarán a formar parte de mi pequeño hogar literario. Es triste sentir la cercanía a un libro y no poder disfrutarlo cuando quieras o lo necesites porque no está a tu alcance. Dicho esto, tengo que confesar que, como mi poder pecuniario es cada vez más limitado, de un tiempo a esta parte visito con frecuencia la biblioteca pública de mi barrio (y la de alguno de mis amigos), que dicho sea de paso, tiene a su cargo un personal muy competente y de trato exquisito.DSC_0009

En mi postrera visita, el azar puso en mis manos la última novela Javier Cercas, El impostor. Atraído por la rotundidad del título, me asomo a la reseña de la portada trasera y descubro que el sujeto de la narración, el personaje sobre el que se levanta este artificio literario en el que la crónica periodística, el ensayo y la biografía van de la mano, es Enric Marco, un anciano barcelonés que alcanzó bastante popularidad a finales de los años noventa del pasado siglo XX haciéndose pasar por un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenbür. He de confesar que me sumergí en el libro ilusionado pero con cierta prevención, como el bañista que inicia la temporada de baños en las frescas aguas del Cantábrico. El otoño, que se había presentado sin avisar, alteró mi ánimo como alborotó los cabellos de los árboles de mi calle, y no terminé de soltarme en el mar de la novela. Como sin querer, entré en el juego tramposo que proponía Cercas, y la lectura me llevó a pensar en mi propia impostura, porque ¿quién no es un poco farsante?, ¿quién no se viste para los demás con un traje que sabe que es prestado y le queda holgado?, ¿quién no le ha dado vueltas al calcetín de su vida para acomodarla a su interés o al gusto de los demás?. Yo creo que todos, aunque hay personas a las que su elevada cuota de autoengaño les sirve de parapeto contra cualquier viento que sople de cara.

Metido en estas veredas estaba cuando encontré un párrafo del libro subrayado: “el pensamiento y el arte intentan explorar lo que somos, revelando nuestra infinita variedad, cartografiando nuestra naturaleza”. Sin detenerme a analizar el significado de lo señalado, mi primera reacción fue de indignación por lo que entendía como una apropiación indebida. Después de pensar en los motivos que pueden llevar a alguien a subrayar unas líneas en un libro que abandonará en unos días, pensé que quizás el anterior lector me estaba invitando a participar en un juego, en una suerte de yincana que me permitiría desvelar su identidad. Espoleado por este pensamiento descabellado, avancé en la lectura dejando a un lado la trama propuesta por Cercas para centrarme en los mensajes que aquel o aquella desconocida había dejado para mí, porque ¿para quién iban a ser sino?; “comprender el mal no significa justificarlo, sino darle los medios para impedir su regreso”. Después de varios días de intensa lectura, cierro el libro y las piezas no me encajan, no fue capaz  de ponerle rostro ni de entender el proceder de mi interlocutor, pero aun así le estoy agradecido por haber dado alimento a los pájaros de mi imaginación, presos como estaban en la jaula de lo cotidiano.

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