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Lección de geografía

La tarde, aunque calurosa, anunciaba ya el fin del verano. Los últimos rayos de sol que se colaban furtivos por el ventanal del salón apenas si delataban las motas de polvo que cubrían la piel de los muebles. En la calle, un viento impertinente y sofocante del sur jugaba con las copas de los árboles, que ya comenzaban a mostrar su vistoso ropaje otoñal. La pesadez vespertina se había apoderado de mí y me sentía inquieto, desasosegado. Me acerqué a la biblioteca y comencé a buscar al azar algo que leer. Me gusta pasear entre mis libros como el viajero que deambula sin rumbo por las calles de una ciudad esperando que ésta, al doblar una esquina, le muestre alguno de sus más recónditos secretos. Me gusta jugar con mis libros, abrirlos, olerlos, darles mordisquitos para recordar el sabor que me dejó su lectura. Después de largo rato, el juego llevó a mis manos Cadaqués, de Josep Pla, un libro hermoso, de lectura amena, que tengo en mucha estima, no tanto por la calidad de la edición, pues se trata de una reedición barata de bolsillo, sino por la forma en que llegó a mis manos y, sobre todo, por la honda impresión que me causó su primera lectura cuando aún era un joven y entusiasta estudiante de geografía que creía que la literatura era un camino tan bueno como cualquier otro para acercarse a la geografía.

Del afamado escritor catalán Josep Pla se han dicho muchas cosas en relación a su forma de sentir y describir el paisaje, particularmente el de su tierra natal ampurdanesa. Para algunos, Pla es simplemente un escritor paisajista al que se le daban muy bien las guías de viaje, como si ambas realidades fuesen un demérito. En cambio para otros muchos, entre los que me encuentro, Pla es un escritor elegante, irónico y dotado de una extraordinaria sensibilidad que permite que el lector viva y sienta en primera persona el paisaje, la realidad geográfica que se describe. Un paisaje, que como apuntaron los geógrafos Valeria Paül y Joan Tort, que estudiaron desde la óptica geográfica su obra, no es neutro, sino resultado de una elaboración cultural, es decir, un paisaje con atributos y contenidos específicos que pueden ser analizados en clave de identidad colectiva y memoria histórica: “son estas comarcas de características tan acusadas, mantenidas por el aislamiento, las que tienen el poder misterioso de crear los vínculos de ternura más honda entre los que han nacido en ellas y la tierra y el mar”. Eduardo Martínez de Pisón, el eminente maestro de geógrafos, decía en uno de sus escritos que en el paisaje se podía leer la historia, y que era posible una identificación no sólo espiritual sino social con él. En el libro Cadaqués, esa lectura de la historia a través del paisaje es una constante: “en la época de las viñas (antes de la filoxera), el jardín de piedras de Cadaqués debía tener un aspecto más alegre. Ahora, el olivo le ha dado un tono grave, pensativo, de una prodigiosa y secreta elegancia”.

Me dejo llevar por Pla y rememoro con nostalgia aquella luz que envolvía Cadaqués en un lejano mes de septiembre de finales de los noventa, una luz que en palabras del ampurdanés, le da a Cadaqués un punto de belleza ordinario que la hace distinta de otros lugares. Una luz que no corrige, que no deforma, consecuencia de las pizarras oscuras y del verde gris de los olivares. Cierro los ojos y veo al MediterránCadaquéseo, plateado como una balsa de mercurio, acercarse manso a las casas de la ribera, unas casas de un blanco níveo, con grandes portales y contraventanas pintados de verde o azul intenso (Pla los describe pintados de almagre y sugiere que la combinación de ese color con el verde oscuro del mar daba a las viejas casas un aire de íntima e insobornable personalidad). Elevándose sobre el caserío que se arracimaba entorno a la bahía, el cuerpo prominente, enriscado de la iglesia; más a poniente, entre la carretera de acceso y el núcleo primitivo del pueblo, la riera de Sant Vicenç, que para Pla, asemejaba un abrazo a la ladera más prestigiosa de la villa. Recuerdo con viveza el contraste cromático entre la oscuridad del solado de pizarra de las estrechas calles de la parte vieja con el blanco calcáreo de las viviendas, muchas de ellas rebosantes de flores y plantas. Estampas de una belleza tal que siempre llevo conmigo.

La lectura ha sosegado mi ánimo y el viaje con Pla (mitad por los caminos de la letra impresa mitad por los de la memoria) ha sido, como siempre, placentero e instructivo. Cierro el libro satisfecho y con la certeza de que es posible encontrar buena geografía al margen de los manuales al uso, una certeza cimentada en obras como Cadaqués y en autores como Josep Pla, que hacen de la simple observación de lo que acontece a su alrededor, “nuestra primavera no es el principio del verano, sino la crisis del invierno, un final suave y tibio”, una auténtica lección de geografía.

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Mercaderes de las golosinas del alma

Leo en la prensa que un profesor de geografía con quien tuve escasa relación cuando estudiaba había pronunciado su lección jubilar. Reconozco que me interesó más el rito universitario, aquello de que el catedrático se despidiese simbólicamente de sus alumnos con una última lección magistral, que el hecho del retiro de la docencia de un profesor al que nunca estuve en mucha estima, ni por sus métodos didácticos, ni por su forma particular de entender y abordar la disciplina, ni por el trato, un tanto displicente, con que despachaba a sus alumnos. Este profesor, que se parapetaba detrás de una máscara de excentricidad un tanto rebuscada, era, sin duda, un profundo conocedor de la materia que impartía, y en cada clase derrochaba entusiasmo, pero nunca llegó a empatizar con sus alumnos, y nunca llegó a crear escuela, al menos, yo no conozco a nadie que se sintiera atraído por la geografía por su intermediación.

Margarite Yourcenar, en su famosa novela Las memorias de Adriano, escribió que el más grande seductor no era el hermoso general Alcibiades sino Sócrates. No le faltaba razón; no hay en este mundo mayor encantamiento que el producido por la voz del maestro que nos enseña algo que desconocíamos, de aquel que nos ayuda a pensar, a ver el mundo que nos rodea con otra mirada, con la mirada inquieta de quien busca sin todavía tener la certeza de adónde mirar. El verdadero maestro es aquel que, sin proponérselo, hace de nosotros alguien que no éramos, y aquí radica ese poder de seducción al que aludía Yourcenar, ese que nos mueve a compartir un camino, un itinerario que haremos también nuestro. A convertirnos en epígonos de una causa de la que más adelante enarbolaremos sus estandartes.

Creo que hay muchos profesores, algunos muy buenos, pero muy pocos maestros. Es más, uno puede pasarse toda la vida estudiando y no toparse con ninguno. A lo largo de mi periplo estudiantil, yo tuve la suerte de conocer a tres, de los que siempre guardaré recuerdo. En la Escuela de Magisterio tuve la fortuna de asistir a las clases de geografía de Mari Carmen Fernández, una mujer rocosa, exigente y entregada a la enseñanza de la geografía. La pasión que ponía en sus clases y su arrebatadora personalidad fueron la añagaza perfecta para despertar mi interés por la disciplina y plantearme ser geógrafo. Sobre esos cimientos,  y también en la Normal, la catedrática Charo Piñeiro comenzó a levantar los muros de un edificio que se apuntalará tiempo después. Charo era una maestra de las de la antigua escuela; culta, exigente, trabajadora incansable, y muy preocupada porque sus alumnos asimilaran los conceptos básicos, algo que solía conseguir a través del entusiasmo que ponía en todo aquello que abordaba. Pertrechada con unas gafas oscuras que ocultaban unos ojos dulces e inquietos, la recuerdo feliz, con la cara iluminada  como una niña que estrena vestido nuevo, repasando la sucesión de las rías gallegas, mientras se veía a sí misma caminando sobre las graníticas arenas de la playa de La Lanzada. Cierro los ojos y la veo encaramada a la tarima, braceando como un náufrago en trance de ahogarse, explicando el desplome del frente polar y su incidencia en el clima asturiano o recitando, con voz cadenciosa y un poco atropellada, poemas de Machado vestidos con la dulce melodía del geógrafo: grises alcores, cárdenos roquedos…Sin saberlo, y supongo que sin pretenderlo, con su magisterio, Charo Piñeiro me abrió de par en par las puertas de la geografía.

Citar a Francisco Quirós Linares, el tercer gran maestro con el que tuve la fortuna de toparme ya en la Facultad de Geografía e Historia, da cierto pudor. El profesor Quirós Linares, es una figura esencial en el devenir de la geografía española contemporánea. Maestro directo de renombrados geógrafos, con su labor paciente y abnegada, no sólo renovó la metodología en el quehacer geográfico, sino que ensanchó considerablemente los horizontes de la propia disciplina. Su irónico sentido del humor, que en ocasiones le llevaba a lancear a sus alumnos como si fuesen muñecos de trapo para espolear su ingenio, su voz desgastada y carrasposa, la hondura de sus pensamientos y la claridad de sus palabras, hacían de sus clases algo mágico, especialmente cuando se apartaba del guión establecido para adentrase en los avatares del siglo XIX, periodo que conocía tan bien como su extensa y variada biblioteca. Lamento no haber podido disfrutar más de su magisterio  (compartir salidas al campo, trabajar bajo su dirección), aunque siempre me quedará el refugio de sus escritos, que no dejan de ser una prolongación de su pensamiento y de su buen hacer científico.

Desde siempre, los maestros, esos mercaderes de las golosinas del alma, consciente o inconscientemente, han marcado el rumbo de muchos destinos, han sido candelas con las que se alumbraron caminos que se hallaban envueltos en esa extraña luz que precede al amanecer…

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Retrato de una maestra

En muchas ocasiones me he sentado delante del papel a intentar dibujar con palabras su retrato, confiando en que el poder evocador de la palabras obrara el milagro y la memoria no jugase conmigo a ese juego tramposo de reinventar el pasado. Asumiendo que la memoria es siempre invención, el torrente de recuerdos y de emociones encontradas era tan potente que resultaba imposible darle cauce. No había forma de enhebrar los recuerdos para que su acúmulo no entorpeciera el trazo y  se emborronara el dibujo. Sólo el tiempo, como la fina lluvia que empapa el campo sin llegar a encharcarlo, terminó por hacerlo posible.

La conocí siendo un joven estudiante de Magisterio que traspasaba con ilusión un umbral sin saber muy bien qué era lo que me esperaba tras la puerta. En las primeras sesiones, nada hacía presagiar que la Universidad no fuera sino una anodina continuación de los estudios de bachiller. Hasta que un día acudí a una de sus clases de geografía. La atmósfera era distinta a la del resto, quizás por el humo torrencial de sus Chesterfield sin boquilla que animaban la sesión como los rótulos de neón de los prostíbulos de las carreteras secundarias, o, quizás, simplemente, por su arrolladora presencia. Su larga y trasnochada melena, herencia de una juventud rebelde y contestataria, no lograba esconder un rostro enjuto, de mirada severa y escrutadora, en el que el peso de los años y de una vida apurada hasta el extremo, se abría paso entre una máscara de maquillaje que parecía más una fachada protectora que un aditamento de belleza. Su corta estatura y su extrema delgadez la hacía parecer una mujer frágil, como erosionada por una larga exposición a la intemperie, pero su voz, rocosa y firme, hablaba de una mujer granítica y difícilmente maleable.  Sus manos eran menudas, escuetas, pero muy vivaces, y tan pronto apagaban contrariadas un cigarro como dibujaban en el aire notas musicales con las que acompañar una explicación.

Mujer de amplia cultura, su fina ironía de maestra de escuela, que acompañaba siempre por un atisbo de sonrisa, era tan lacerante como su mal genio, que la hacía escupir improperios con el virtuosismo de un músico profesional. Beligerante y dogmática, estaba tan acostumbrada a tomar partido que para ella no existían los tonos grises ni las medias tintas, lo cual no dejaba de ser una novedad en el insulso mundo de la  Normal.

Ella era diferente y sus clases también. Recuerdo vivamente la primera  a la que asistí, que dedicó a filosofar acerca del sentido de la vida sin hacer alusión alguna a la asignatura que impartía, tomando como hilo conductor un artículo publicado en el diario El País, su periódico de cabecera. Se trataba de toda una declaración de intenciones o, al menos, así lo percibí en aquel momento. Detrás de su caricatura de Nefertiti se escondía una mujer inteligente, sensible y entregada a la enseñanza de la geografía, disciplina que amaba y respetaba profundamente. Sus métodos pedagógicos eran tan persuasivos como su propia persona: exigencia, disciplina y trabajo. Para estar a su altura era preciso estudiar, estudiar de verdad. Sus clases de geografía pasaron a convertirse en auténticos retos de superación personal. Con todo, a muchos de sus alumnos, la pasión con la que enseñó geografía nos situó en un camino de no retorno. Con su particular magisterio nos mostró que había otras maneras de ver y entender el mundo y que era mejor tomar partido que ser un espectador privilegiado.

A estas alturas, cada vez estoy más convencido de que la vida no es más que un largo camino en el que a trechos se asoman otros caminos, otras vidas que en un momento dado se juntan con la nuestra para compartir parte del viaje. El tramo que recorrí con mi maestra lo recuerdo como uno de las más intensos y gratificantes de mi vida estudiantil.

Mari Carmen Fernández falleció en Oviedo en agosto de 2001 tras una larga enfermedad que la fue carcomiendo sin piedad. No dejó la docencia hasta que las fuerzas la abandonaron por completo. Este texto pretende ser el adiós que no pude darle.

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