Archivos para 25 mayo 2012

Domingo de rastro

Resulta curioso comprobar la fidelidad con que algunas personas cumplen con los ritos, con los esos gestos atávicos que nos unen al pasado con la insistencia con la que el mar retorna a la playa y moja las arenas bronceadas por el sol. En Gijón, uno de esos ritos que nos reconfortan con la nostalgia del pasado es la visita dominical al rastro, ese territorio de límites imprecisos y asiento móvil, en el que los objetos de compraventa se muestran a ras de suelo, como queriendo mostrar con su disposición rastrera su bajo coste, o en tenderetes de rápido y fácil desmontaje. No resulta extraño el apego del gijonés a esta fiesta multicolor donde todo está en almoneda, a esta cartografía de colores, olores y formas dispares, si se tiene en cuenta el carácter comercial que desde siempre tuvo la villa, con un ojo puesto en el mar, puerta de Gijón al mundo, y el otro en la trastienda, en las verdes afueras de donde provenían la mayoría de los productos con los que alimentar el comercio que se giraba desde la localidad. Los arqueólogos han documentado el alma comercial de los primeros pobladores de Gijón, los cilúrnigos, que desde la atalaya de Torres trajinaron con sus piezas de orfebrería con pueblos muy alejados de las costas cantábricas. Una vocación que se ha mantenido a lo largo del tiempo, transmitida como se transmiten las cosas que importan, lenta pero insistentemente, como la lluvia mansa de abril que parece que no moja y termina por hacer rebosar las albercas.

El mercado dominical, del que aparecen referencias en los libros de Actas del municipio ya en 1658, forma parte de esa esencia feriante del gijonés. Como también lo forman las populares tiendas al aire, tenderetes de madera que se instalaron en la década de 1870 en el entorno de la plazuela de San Lorenzo, frente al Mercado de la Pescadería, en los que se mercaban telas, quincalla y otras bagatelas. Tras la conversión en parque público de los antiguos terrenos de la fortificación situados a poniente de la Fábrica de Vidrios, el rastro dominical pasó a instalarse en esta zona conocida como paseo del Velódromo. El mercado callejero arraigó en el lugar hasta los años veinte, cuando la presión urbanística obligó su traslado al cercano Humedal. Cuentan quienes tienen recuerdo de su estancia en esta parte de la ciudad, que el rastro del Humedal fue el rastro de la posguerra, del Gijón lastimero y menesteroso que luchaba por sobrevivir tirando con lo justo. El de los charlatanes y traperos, el de las vendedoras de aldea que trataban de colar sus productos sin pasar por el fielato, el de los objetos variopintos y multiuso desparramados sobre mantas tan raídas y renegridas como los rostros de estos tratantes de la miseria. Era el rastro que traída de cabeza al doctor Avelino González, apesadumbrado al ver sus queridos olmos maltratados por animales, merodeadores y feriantes, harto de tanta mugre al pie de su querida Gota de Leche.

Para mí, el rastro no es el que hoy ocupa la trastienda del Palacio de los Deportes de La Guía y al que acudo de vez en cuando en busca de algún pequeño tesoro en forma de libro distraído de alguna biblioteca en saldo, sino el de mi infancia. Aquel que ocupó el tercer puesto en el largo viaje hasta un emplazamiento estable del mercado dominical. Mi rastro es el que extendió sus reales en Pumarín, en la parcela que hoy ocupa el centro de salud de Severo Ochoa y los solares vecinos. Cierro los ojos y me veo esquivando el gentío para ir en busca del tenderte de los encurtidos, que con su avinagrada fragancia, dibujaba en el aire un camino fácil de rastrear o atento a la voz cascada que, envuelta en una bata blanca de algodón, pregonaba caramelos de menta y almendras garrapiñadas, delicias que alguna vez mi padre se avenía a comprar por haberme portado como un santo en misa. También recuerdo los charcos, profundos como simas, provocados por el trasiego de los camiones que usaban estos solares como aparcamiento. Aquellos domingos del rastro de mi infancia tenían un aire que recordaba a las películas de Fellini. Una puesta en escena a medio camino entre la ensoñación y el realismo más descarnado, una tramoya que juntaba actores tan dispares como el vendedor improvisado que mostraba sus cortas existencias de objetos inservibles en cajas de fruta y los jóvenes militantes de Contrueces que ofrecían, a veinte duros, la fraternidad proletaria del Mundo Obrero. Quizás sea esta atmósfera la que hace imborrables esos recuerdos. Quizás este domingo vuelva al rastro.

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La luz del mundo

Comenzaron a levantar el edificio en la primavera del año 1923, en un paraje de belleza franca y agreste; un promontorio solitario, que como un niño travieso e inconsciente, se adentraba en el mar para sentir el abrazo de las olas y la caricia del viento húmedo en la cara. El cabo, visto desde la lejanía, parecía un torreón que estuviese a punto de venirse abajo. La acción inclemente del mar y del viento había hecho mella en su carne de dura cuarcita, socavando su base y acentuando su perfil acantilado. Bien pensando, el emplazamiento parecía más propicio para el suicidio de amantes desairados que para construir un faro, una luz de esperanza en la oscura noche de los buques.

Los viejos del pueblo aún recuerdan las agotadoras jornadas de trabajo para acarrear los materiales de construcción hasta aquella lejana atalaya. Las reatas de carros del país yendo y viniendo por el sinuoso camino que serpea  por la ladera hasta llegar a la allanada que corona el acantilado, el silencio de los campos roto por la estridente y acompasada melodía de los carros. Los viejos también recuerdan a aquel tipo al que apodaban el inglés, un hombre bajito y afable, de cara sonrosada atravesada por un pronunciado bigote, que lucía siempre un impecable traje oscuro de paño y que cubría la cabeza con un curioso sombrero, muy distinto de las boinas que usaban los hombres del país. Siempre llevaba bajo el brazo un hatillo de planos  enrollados que no dudaba en consultar ante la mínima duda sobre la marcha de las obras. Se diría que aquel edificio que comenzaba a elevarse sobre el veril de la costa era la niña de sus ojos, unos ojos azules, de tanta intensidad, que parecían dos esferas recién salidas de la mar. Quienes trabajaron con este ingeniero aseguraban haberle visto llorar desconsoladamente aquel aciago día en el que una fuerte galerna derribó parte de la construcción sepultando a varios obreros, que allí dejaron sus vidas. A veces, la historia de las grandes obras se cimienta con la sangre de inocentes. Es como si el destino hubiese querido saldar cuentas de manera anticipada cobrándose la vida de unos hombres a cambio de las de aquellos que ya no entregarían las suyas al mar por la presencia de la luz guiadora del faro.

El nuevo edificio no se parecía en nada a la vieja farola que iluminaba la bocana del puerto viejo. De austera sillería y corta altura, parecía una obra inacabada pese a llevar más de medio siglo en pie. El nuevo faro era como un joven atleta, de cuerpo fornido pero esbelto, pensado para albergar la vivienda del farero y la torre con su linterna octogonal, tocada ésta con una hermosa cúpula recubierta de placas de zinc a modo de escamas de pez. En cierto sentido, el conjunto se asemejaba a esas antiguas iglesias en las que el campanario se había añadido años después de la construcción principal. Como ellas, el faro estaba envuelto en un halo de misterio alimentado por los ritos cotidianos del torrero: subir la fatigosa escalera de caracol, preparar el gas, probar los quemadores, alimentar la lámpara, comprobar que los destellos se ajustaban al ritmo prefijado; toda una liturgia reservada sólo para los sacerdotes de la luz.

Conocí al primer farero siendo yo apenas un niño. Le recuerdo como a un tipo extraño, taciturno, poco amigo de las visitas. Se diría que gustaba de la soledad de su trabajo. Cuentan quienes saben de esto que el oficio de torrero era muy duro, sobre todo antes de la llegada de la electricidad, siempre sólo, sin más conversación que el incesante parloteo del viento, sin otra compañía que la niebla y el mar. Algunos del pueblo aseguraban que los fareros, de tanto hablar con el viento, terminaban por perder el juicio, pero yo no lo creo, pienso que, quizás, aquel digno representante del Cuerpo de Torreros, que trataba de prolongar la mirada sobre el horizonte juntando las palmas de las manos sobre la frente, simplemente ya no tenía nada que decir, sus palabras se habían consumido como la luz del faro a la llegada del amanecer.

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El puerto de El Musel, estación final

Desde sus mismos orígenes, el puerto de El Musel se configuró como un puerto con una clara vocación industrial, orientada a dar salida al carbón de las cuencas hulleras del Caudal y del Nalón y del mineral de hierro de las minas de Llumeres, en el concejo de Gozón. La relación del Puerto con los yacimientos carboníferos y las vetas de hierro se produjo del único modo posible, por medio del ferrocarril. Así pues, desde el inicio de las obras de construcción del puerto, las vías férreas, las locomotoras y los vagones, fueron primeros actores en la vida cotidiana del puerto.

Los principales operadores ferroviarios dispusieron de estaciones en el puerto, levantadas con mayor o menor acierto y calidad constructiva, en función de las necesidades operativas, la disponibilidad de fondos (siempre exíguos) y de la capacidad del técnico redactor de los proyectos, por lo común, el ingeniero director del puerto. Así, el ferrocarril de Langreo, que desde 1905 dispuso de una concesión para llevar sus vías y vagones hasta el dique Norte, contó con estación propia al pie de dicho muelle, si bien, la construcción de la instalación se dilató mucho en el tiempo (disponía de estación y apartadero en la ría de Aboño desde comienzos del siglo XX). Como señala José María Flores, el proyecto fue redactado en 1933 por el ingeniero Ignacio Fernández de la Somera y por el arquitecto Enrique Rodríguez Bustelo, quien ideó un edificio de tres plantas, en el que la estética racionalista de reminiscencias náuticas era claramente entendible (ventanales horizontales corridos, ojos de buey, combinación ladrillo con paramentos lisos en las fachadas, barandillas de tubo, etc) y muy apropiada para integrarse en el entorno. Paralizada la construcción por la Guerra Civil, cuando se retomó el proyecto en 1941, éste fue ampliamente reformado para adaptarlo a las necesidades del momento perdiéndose la esencia moderna que le había dado su creador. A comienzos de los ochenta, como otros inmuebles carentes de función, la instalación fue derribada por la Autoridad Portuaria de Gijón.

Mucha más entidad y singularidad arquitectónica tuvo la estación que se levantó en El Musel para el ferrocarril de Carreño (de uso combinado con el tranvía de Gijón), proyectada por el ingeniero director Eduardo Castro en 1930, y que sustituyó a un triste barracón de madera que no tenía otro mérito que el de su misma existencia. La nueva estación, de clara influencia racionalista, combinaba con ingenio y eficacia hormigón armado, acero y vidrio para generar un edificio funcional y de diseño plenamente moderno, en el que destacaba una pronunciada marquesina de hormigón. Desgraciadamente, problemas estructurales aconsejaron su demolición a mediados de la década de 1950.

 

 

 

 

 

 

 

Su desaparición dejó paso a otro magnífico ejemplo de arquitectura ferroviaria, la estación de la Junta de Obras del Puerto, levantada con arreglo a los planos firmados por el ingeniero director Saturnino Villaverde en 1954. En la década de los setenta, con el nuevo acceso ferroviario al puerto por el sur, la estación de la JOP perdió funcionalidad, y en primeros años de la década de 2000, la instalación, con su inconfundible torre del reloj, fue víctima de la piqueta junto con otras edificaciones adyacentes, desapareciendo con ella todo vestigio de arquitectura ferroviaria de calidad en el Puerto de Gijón.

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Héroes silenciosos

Llegó a la ciudad una primavera lluviosa y fría. Puede que fuera el mes de abril, pero ya no lo recuerda muy bien. Lo que si recuerda son la lluvia y el frío, esa heladora humedad tan propia de las ciudades cantábricas que se mete por los huesos con la eficacia de una puñalada que se sabe mortal. No es que en el pueblo no lloviese, pero la soledad y desamparo que producía verse en una ciudad extraña, hacía más intensa la sensación de frío y humedad. Era como si la desgracia familiar se hubiese convertido en una masa gélida y húmeda que alguien arrojase del cielo. Llegó cargada de hijos y de ilusiones rotas, pero con la esperanza de encontrar un futuro para sus hijos y para si misma. Al bajarse del tren en la estación del Norte, tras hacer recuento de pertrechos y de vástagos, se encaminó hacia la pensión que le había recomendado una voz amiga en el pueblo. Casi al final de calle de los arcos, que según pensó sobre la marcha, tenía un cierto parecido a las que se veían en las postales que su marido le había girado desde París, encontró las señas que traía anotadas en un trozo de papel, tan arrugado y romo, que parecía haber sido arrancado violentamente de la libreta pautada a la que pertenecía. La casa, de dos alturas y buhardilla, lucía en su fachada principal unos llamativos miradores de hierro fundido repartidos a ambos lados de varios balcones de antepecho. Los adornos de la renegrida fachada insinuaban un esplendor que hacía mucho tiempo que se había marchitado. Era como si el pasado burgués de la vivienda hubiese quedado sepultado por el presente industrial, tiznado por la carbonilla y el hollín procedente de los humos de las fábricas.

 

Pensó en todas estas cosas en otra primavera más cercana, también lluviosa y fría, cuando su hijo Luis, el pequeño de la familia que ya rondaba los cincuenta, se presentó en casa anunciando que se había quedado sin trabajo, y que, si no tenía inconveniente, él, su mujer y el niño, se vendrían a vivir a su casa para intentar minimizar los gastos mientras durase el infortunio laboral. Al explicarle la idea de cerrar la casa durante una temporada para capear el temporal, Luis esbozó una sonrisa un tanto forzada que a ella le recordó la mueca delatadora que siempre colgaba de su cara infantil cuando, de niño, trataba de librarse de una reprimenda por alguna de sus habituales trastadas. ¿Te acuerdas mamá?. Será como en los viejos tiempos, cuando nos instalamos en Gijón, en aquella vieja casa de los miradores en la que compartíamos cocina con aquella familia. ¿Cómo se llamaban?, ¿los González?. Yo era tan pequeño que apenas me acuerdo de sus caras, pero sí recuerdo las voces que había en aquella casa con habitaciones convertidas en verdaderas viviendas unifamiliares. Ella mueve la cabeza y le contradice una vez más: no puedes acordarte, te apropias de los recuerdos de tus hermanos; cuando vivíamos en Marqués de San Esteban aún no habías nacido. Era una especie de juego materno filial que solían practicar a menudo cuando Luis vivía en casa. Él enunciaba recuerdos que no eran suyos y su madre le corregía con cariño, como al niño que empieza a leer y se le repiten las palabras mal leídas.

Lejos quedan ya los tiempos de la escasez, esquinados por el trabajo que ella encontró en una de las fábricas conserveras del barrio alto. Para asegurar el sustento de los suyos, durante años cosió por las noches para compañeras y vecinas, porque el salario de la fábrica no alcanzaba para hacer frente a todos los gastos. Por aquel entonces, la  economía doméstica era como una manta tan corta que, por más que se estirara, nunca alcanzaba para tapar los pies. Nunca se sintió una persona especial, sólo una mujer resuelta que trataba sacar adelante a su familia. A ella le tocó también cuidar de la abuela, que se había venido del pueblo para echar una mano con los chiquillos; criar a sus hijos, y cuando se jubiló, hacer nuevamente de madre para los nietos. Ahora, en el agosto de su vida, una exigencia más que asume con la resignación de quien sabe, porque la vida se lo ha enseñado, que no se puede esquivar lo inevitable. Sin saberlo, forma parte de un ejército invencible, el las madres que nunca abdican de su razón, integrantes de una generación perdida de héroes silenciosos.

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