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Quién tiene un parque tiene un tesoro.

Así deben pensar los vecinos del barrio del Llano de Arriba que abarrotan el remodelado parque de Orueta, en los contados días bonancibles que ésta esquiva primavera está dispensando a Gijón. Advirtiendo el deleite de pequeños y mayores en el disfrute del renovado espacio, uno no puede por menos que ratificar sus ideas acerca de la importancia de las zonas verdes en la ciudad, de su papel en la descongestión de la trama urbana, de su función social como espacios para la convivencia intergeneracional, y, en general, para la relación social. Los parques y los jardines son espacios para la vida; una suerte de escuela pública, naturalizada y al aire libre, en la que se aprende el respeto a la naturaleza, a las personas, y al entorno que nos rodea sin imposiciones, de un modo tan discreto e inconsciente cómo se realiza la propia respiración. Pero además, en muchas ocasiones, las zonas verdes fueron fruto de una conquista ciudadana, del clamor de unos vecinos que se ahogaban entre calles sin horizonte y sin futuro, flanqueadas por edificios mortecinos que proyectaban su tristeza sobre el viario público como acompañantes en una silente comitiva fúnebre. En estos casos, los espacios verdes públicos adquieren un carácter simbólico que los convierte en estandartes del valor y del compromiso ciudadano. No resulta extraño, por tanto, que los gijoneses, que viven con tanta pasión e intensidad todo lo que acontece en su ciudad, sientan un especial apego por los parques y jardines, ya sean los más extensos y renombrados de la villa o pequeños reductos verdes al resguardo de las corrientes de aire, como sucede con el parque de Orueta, en el que pesa más su condición de lugar de encuentro  y solaz (un espacio vivido intensamente) que su carácter natural.emplazamiento del parque de Orueta (1980)

Creado en 1986 sobre el solar que había ocupado la factoría de hierros forjados de Domingo Orueta (1892) y más recientemente las naves de la firma Norgasa, entre las calles San Nicolás, Río Muni y El Ampurdán, este pequeño parque supuso una bocanada de aire fresco para esta parte del barrio, una ventana luminosa que aportó claridad a un espacio urbano que parecía haber crecido al margen de la ciudad, encorsetado en un traje de costura burda y talle estrecho. Con un diseño sencillo, el nuevo parque se organizó a partir de una pequeña zona de recreo infantil que ocupaba el centro de la composición, sobre la que se definieron los espacios peatonales que permitían la circulación con las calles adyacentes y se dibujaron los parterres, que fueron hermoseados con flores de temporada, setos arbustivos y césped. Para preservar el interior del parque de la circulación rodada se plantaron barreras vegetales integradas principalmente por tuyas, palmeras de pequeño porte y enebros. Con el tiempo se mejoró la dignidad de este espacio con la dotación de nuevos juegos infantiles, una pista de patinaje con frente a la calle El Ampurdán y un surtidor circular a modo de fuente ornamental. En 1995 se instaló un monolito que recuerda al ingeniero Manuel Orueta, de quien toma el nombre el parque, muy vinculado al progreso económico y social de El Llano. Como es sabido, Manuel Orueta, falleció en 1926 al intentar rescatar del mar a dos empleados suyos con los que estaba de pesca, pereciendo con ellos. En su memoria solevantó un hermoso monumento escultórico, obra de Emiliano Barral, sufragado por suscripción popular entre los vecinos del barrio, hoy instalado en el parque de Isabel la Católica.

En 2009, con motivo de la creación de un aparcamiento bajo el suelo de la zona verde, se iniciaron las obras para su remodelación, si bien, éstas se dilataron en el tiempo a causa de la quiebra de la empresa constructora. Finalmente, en la primavera de 2013, las obras llegaron a término conforme al proyecto del arquitecto Julio Valle. Aunque el esquema del parque precedente se mantiene, la sensación de renovación es grande al desaparecer las cortinas vegetales que aislaban el interior del mismo de las calles aledañas, aumentando el efecto de amplitud y diafanidad del espacio. Para ocultar los elementos propios del aparcamiento subterráneo (ascensores y respiradero) se recurrió a la creación de topografías artificiales que rompen con la marcada linealidad de la plaza y animan su diseño, envolviéndolas en una suerte de bosquete de tubos metálicos que simula una plantación de bambú, especie que tapiza los lomos de estas ondulaciones artificiales. Los corredores peatonales, de pavimento continuo de hormigón pulido de varios colores, se enmarcan entre parterres en los que alternan especies tapizantes (rosales, cparque Orueta (J.Granda)otoneaster, lavanda, juníperus, bérberis, romero, etcétera), césped y cortezas de madera que aportan un sugerente contraste cromático (y contribuyen a un mantenimiento menos enojoso). La nueva ordenación vegetal se completó con el plantío de un buen número de abedules, que introducen una nota de color y alegría con sus troncos desgarbados y su característica corteza blanquecina y resquebrajadiza.

Las actuaciones en el parque se completaron con la  habilitación de una zona de estancia y juego (pero sin elementos recreativos) señalada con un pavimento de color arcilloso con frente a la calle Río Muni, la renovación completa del mobiliario (en el que destacan los bancos corridos que se acomodan a los bordes externos de las dos zonas de juegos infantiles y la zona de estancia apuntada), de los equipamientos de recreo infantil, segregados atendiendo a la edad de los usuarios, así como la instalación de una pequeña parque Orueta 2 (J Granda)pista polideportiva, que es uno de los grandes atractivos de la zona (a tenor de su apretada concurrencia), emplazada en el lugar que ocupaba la pista de patinaje. Una zona, en la que, por cierto, no estaría de más instalar una red protectora que impidiese que los balones furtivos golpeasen a los viandantes o a los vehículos que circulan por la calle de El Ampurdán. Un vial éste, que sirve de acceso al aparcamiento que se aloja en las entrañas del parque, y en el que reclama la atención los impresionantes grafitis (de 23 por 4 metros) firmados por César Frey, que visten de color la desnudez de las paredes de hormigón del subterráneo. La reforma ahora culminada y entregada para el disfrute de los vecinos, le ha devuelto la sonrisa a este rincón olvidado del barrio de El Llano, una luz renovada y conciliadora que disipó la sombra de la degradación, que como un fantasma familiar, asomaba por detrás de las cortinas.

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El teatro de los sueños

Dice el viejo tango que veinte años no son nada, pero, quizás treinta, tratándose de un parque, sean muchos. En tres décadas caben muchos  juegos, muchos arriates truncados, muchos besos robados al abrigo de las sombras, muchas huellas borradas sobre el arenón calizo de los paseos. En este año se cumplen tres décadas desde la transformación del inculto solar limitado por las calles Cataluña, Murcia, Severo Ochoa y Baleares, en el primer parque público de la populosa barriada de Pumarín, en Gijón. Treinta años dan también para tirar del ovillo de la memoria y recuperar los recuerdos de este predio baldío, extendido como una alfombra raída a los pies del grupo de viviendas de las 1.500, y verlo convertido en asiento improvisado de verbenas estivales, campo de fútbol ocasional y territorio de caza para las mas diversas tribus urbanas que habitaban en la frontera del lejano oeste gijonés.

El conocido como “práu de la Urgisa”, el escenario propicio para las hazañas bélicas de la infantil tropa de los recién nacidos colegios de San Miguel y Julián Gómez Elisburu, se transformó en un oasis lúdico (bautizado años después como de Severo Ochoa), en el que los viejos colchones de lana que eran tundidos sin pudor al inicio del verano, fueron sustituidos por una pléyade de juegos infantiles urdidos por la ingeniosa productividad creativa del grupo de artistas denominado colectivo G, integrado por Alejandro Mieres, Pedro Santamarta, Francisco Fresno y José de la Riera. El teatro de los sueños infantiles de los niños de Pumarín fue amueblado con un conjunto escultórico-lúdico en hormigón, complementado con juegos de madera en forma de estructuras tubulares y troncos verticales, y dos casetas, también de madera, a modo de refugio, calificados por la prensa de la época como de “urbanística moderna”.

La estructura material del parque diseñada por el arquitecto madrileño Juan Manuel Alonso Velasco, fue acompañada por un cierre perimetral de arbolado de sombra, entre el que desatacan álamos chinos, que limitan el parque por el sur y oeste, y una doble plantación de plátanos de sombra, alienados con la calle Cataluña, además de un amplio catálogo de especies ornamentales como magnolios, sauces de Babilonia, cedros o ciruelos rojos.

Pasados treinta años, al parque de Severo Ochoa le han encargado un traje nuevo que está a punto de estrenar. Un traje a medida, confeccionado para tapar los desgarrones causados por el paso del tiempo y por la reciente apertura de sus carnes para acoger en su vientre un aparcamiento. Desde el punto de vista conceptual, la reforma no altera mucho la estructura original del parque, en el que se mantienen los iconos escultóricos de hormigón de Pedro Santamarta y Alejandro Mieres, y la zona de juego reservada para los más pequeños, que se renueva y se desplaza al encuentro de las calles Severo Ochoa y Baleares. Su lugar es ocupado por la pista polideportiva pensada para uso y disfrute de los jóvenes, lugar donde se emplazan también varios juegos de mesa. Los espacios para el juego de petanca preexistentes se trasladan a la zona meridional del parque, próximos a la alineación de plátanos de sombra de la calle Cataluña.

El vestido vegetal se mantiene y se introducen nuevos pies de carácter ornamental (tilos, abedules, arces, etc) en los parterres delimitados por los ejes peatonales que diseccionan el parque. La reforma se completa con una renovación generalizada de los pavimentos y del mobiliario, más acorde con las necesidades de los usuarios. Un renovado teatro en el que soñar que todavía somos niños en la frontera del lejano Pumarín.

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