Archivos para 19 junio 2015

Cenizas de la memoria

Qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida… (Javier Marías). Como la mano infantil que hace un cerco en el cristal empañado para ver a su través, aquella imagen de la fototeca del Muséu del Pueblu d´Asturies que parecía dormida en uno de los recodos de ese camino universal que es Internet, limpió el cristal de mis recuerdos infantiles. A su través recuperé veranos de infancia llenos de luz y de futuro, días gloriosos de experimentación, aprendizaje y libertad, retazos de una cartografía afectiva que el paso de los años todavía no ha podido desleír. A pesar de los años transcurridos, las imágenes de aquellos veranos (y algunos inviernos) en la casa de mis abuelos maternos en el pueblo de Ania, se mantienen frescas como las aguas del río Andallón, que con su paso tranquilo pero constante hacía cantar las gastadas muelas del molín de Quilo, como la sombra de los antañones castaños que se apostaban frente al vado del río, como la figura de Manolo Picarín, aquel anciano de mirada pícara y juvenil, que parecía poseer el don de no envejecer.

Fue Manuel Valdés el menor de los ocho hijos del matrimonio entre Felipe Valdés y María Rodríguez, nacidos todos en la modesta casa familiar del Picarín, un apartado lugar de la parroquia de Valsera en el concejo de Las Regueras, donde el monte Forcón se tiende plácidamente para juntarse con la vega del río Andallón. Querido y apreciado con sus vecinos, fue Manolo Picarín todo un personaje en su concejo natal. Su corta estatura escondía un hombre enérgico, mañoso y audaz, al que nada se le ponía por delante. La experiencia adquirida en los muchos oficios que desempeñó a lo largo de su vida (la mayoría aprendidos de forma autodidacta) y el poso de sabiduría que suele dejar el paso de los años, le confirieron una suerte de estatus de anciano tribal al que los vecinos acudían a consultar sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con las actividades propias de la vida rural. Con el tiempo, aquella comunidad arcana le otorgó a Picarín otro destacado papel en atención a su dilatada experiencia vital, la de mediar en las disputas entre vecinos, en un DSC_0039momento en el que la voz de los mayores era respetada y se tenía como valor de ley.

En casa de mis abuelos (y en otras muchas caserías del entorno) su presencia era habitual cuando algún vendaval o tormenta fuerte hacía de las suyas en la techumbre de la casa o del hórreo, o cuando llegaba el tiempo de la matanza del gochu, cuestión que solía solventar Manolo en la antojana de la casa con la destreza del más experimentado de los matarifes. Cierro los ojos y siento en el cuerpo el frío de aquellos lejanos eneros, escucho, con la claridad del día recién nacido, los agudos chillidos del animal herido que parecían no tener fin, y en torno a él, las conversaciones de los mayores afanados en su tarea chacinera, ecos de unas voces que se hunden en la tradición y me unen a mi pasado familiar .

Recuerdo a Manolo tomando café sentado a la mesa con mi abuela Manuela, los dos pegando la hebra, los dos en el último recodo del camino, los dos buscando el calor de la cocina de carbón. Mi abuela vestida de negro como la noche infinita, él ataviado de domingo, con traje oscuro, chaleco a juego, camisa blanca abotonada hasta el cuello y boina negra, una boina gastada por el sol y el uso que más que una prenda de vestir parecía una apófisis de su propio cuerpo. La nariz aguileña destacándose de un rostro amable pero surcado de arrugas como un campo preparado para la siembra del maíz, surcos de una vida dura y aferrada a la tierra. Los ojos, pequeños y vivos, que se convertían al igual que sus manos en actores principales del relato que siempre tenía en la boca, porque Manolo Picarín era un fabuloso contador de historias, voz de un relato ancestral que revivía adaptándolo a su propio coDSC_0019ntexto vital. A los ojos del niño que fui, Manolo Picarín, de cuya boca brotaban cuentos y sucedidos como por arte de encantamiento, era una suerte de anciano druida, un ser misterioso que habitaba en lo que parecía un castillo encantado situado a las mismas puertas del bosque, pues así me imaginaba yo aquella apartada vivienda del Picarín, aquella fábrica de ladrillo y piedra que el mismo había reconstruido, y que acogía en sus entrañas la vivienda primigenia. Ahora entiendo que Manolo, al igual que mi abuela Manuela, que también poseía la virtud de enhebrar muy bien los relatos, no eran otra cosa que la voz de un mundo rural que agonizaba, de un mundo que ya no existe por más que las viejas casas del Picarín y de la Medera permanezcan en pie, no son sino cenizas de la memoria que terminaran por desprenderse a la menor sacudida.

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