Archivos para 18 octubre 2013

La fábrica de los sueños

Leo al poeta Hilario Barrero y me estremezco: hay libros que mueren pronto, aunque no mueran, o viven mucho, aunque no vivan. Hay libros que cuando terminas de leerlos son tuyos para siempre aunque los pierdas. Al subrayar estas frases en el libro que tengo entre las manos acudieron a mi mente las palabras de un viejo profesor al que abordé, siendo aún un estudiante, para que me dedicase un libro suyo, una monumental y maravillosa obra sobre las ciudades españolas en el siglo XIX. Con la voz gastada y la ácida ironía de quien está de vuelta de casi todo, el catedrático ensombreció la mueca de felicidad que colgaba de mi cara estudiantil con la misma eficacia con la que el mar borra las huellas que dejamos sobre la arena, al preguntarme: ¿para qué quiere usted que le firme el libro si cuando usted se muera lo primero que harán sus deudos es arrancar la página firmada y malvenderlo en alguna librería de viejo?. La broma, y la firma del querido y respetado profesor, hicieron que siempre tuviera en mucha estima aquel libro, que desde entonces ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. Las palabras del maestro no se convirtieron en cenizas de una hoguera extinguida, y en muchas ocasiones me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté. ¿Alguien se interesará por ellos o serán carne de librería de lance?. Detrás de cada libro hay una historia más allá de la que se narra en sus páginas. Cuando abrimos un libro, nos trae el recuerdo del amigo querido que lo puso en nuestras manos, de aquella voz casi olvidada que nos leyó por primera vez, de la felicidad o el desasosiego que sentimos al leerlo, de aquella oscura librería de la que lo rescatamos, de aquel viaje en el que nos acompañó como el más diligente y experimentado de los guías. ¿Mantendrá alguien el aliento de estas historias, de estos recuerdos, o serán materia muerta de venta al peso?. Me gusta pensar que otras manos cariñosas los acogerán y que las historias que esconden se entrelazarán con otras, como se mezcla la lana en los telares para tejer prendas nuevas.DSC_0052

Me cuesta entender que haya personas que abandonan sus libros, que se desprenden de ellos sin el menor remordimiento. Un libro es como un hijo al que no se puede condenar deliberadamente a la orfandad. A veces me acerco a mis libros por el puro placer de tocarlos, de olerlos, de sentir su latido entre mis dedos. Me reconforta ver la letra impresa desfilando por la página como un ejército disciplinado, silente, pero en continuo movimiento. Algunos han envejecido mal y muestran en sus fachadas de papel el paso inclemente del tiempo que los ha pintado con los colores del otoño. En otros aparece una firma con una letra dubitativa e infantil que me cuesta trabajo reconocer, o una sentida dedicatoria, que le da un plus de afecto. Algunos hay que están a la espera de ser leídos y otros, como flores calcinadas por el sol del estío, están ajados de tanto leerlos. Hay libros repudiados y otros deseados como el cuerpo amado, libros que te queman por dentro y otros que te dejan desnudo para siempre, como escribía el poeta Barrero. Unos y otros son la fábrica que alimenta los sueños, la marquesina en la que nos refugiamos cuando llueve sobre nuestra alma, el espejo en el que se refleja nuestra felicidad y nuestras ilusiones.

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La vuelta al colegio

Para los que tenemos hijos en edad escolar, el regreso a las aulas tras el paréntesis estival se convierte, año tras año, en una suerte de maldición bíblica, en un seísmo con tantas réplicas que amenaza con socavar los cimientos de la normal convivencia familiar. Teniendo en cuenta que a los adultos nos cuesta mucho esfuerzo reanudar el camino de la rutina tras un periodo de ocio por pequeño que sea, es entendible que a los niños la vuelta a sus responsabilidades colegiales se convierta en un camino largo, y con frecuencia, demasiado tortuoso. Con los madrugones, los cambios de profesores, las tareas escolares para casa, la reanudación de las actividades extraescolares y la falta de tiempo para el juego, que hasta hace unos días parecía infinito y ahora se les escurre entre los dedos como fina arena de playa, nuestros hijos se vuelven irascibles y malhumorados, y manifiestan su contrariedad con rebeldía y desobediencia, como no podía ser de otro modo. La reacción de los niños, que es totalmente normal, predecible y dura el tiempo que ellos necesitan para habituarse a la rutina de sus obligaciones, a los padres nos desespera y cabrea, por más que en el fondo seamos capaces de comprenderles y de olvidar sus malas conductas porque a ningún padre le gusta ver sufrir a sus hijos ni estar en guerra permanente con ellos. La hora de sentarse a realizar las tareas escolares se convierte en una lucha fratricida que los padres, las más de las veces, terminamos por ganar, pero no sin dejar algunas lágrimas y altas dosis de estrés y mala leche en el campo de batalla. Es duro enfrentarse a un niño que reniega del colegio, que su desmotivación le lleve a negarse a descubrir cosas nuevas, a aprender, que es una de las cualidades más valiosas y enriquecedoras que tenemos las personas.Escuela pública (AMG)

En un reciente artículo publicado en el periódico La Nueva España, la psicóloga Isabel Menéndez Benavente, aplaudía la supresión de los deberes como forma de desminuir el estrés infantil, señalando que los niños deben trabajar fundamentalmente en el colegio. La columnista seguía su argumentación señalando que el hábito de hacer las cosas bien no se aprende con una montaña de deberes, lo cual es bien cierto, sino que se inculca en casa, en el colegio y en la sociedad. Viendo a nuestros hijos como náufragos a punto de ahogarse por el tempestuoso inicio de curso, en parte por la carga de actividades extraescolares a las que les hemos apuntado sus padres, uno no puede por menos que estar de acuerdo con esas afirmaciones. Parece una obviedad afirmar que la educación de un hijo se debe cimentar en el seno de la familia,  pero a diferencia de lo que opina la psicóloga, uno es del parecer que es fundamental que los niños adquieran pronto el hábito de estudio y la asunción de sus responsabilidades, y eso se consigue con constancia, motivación y rutinas de trabajo, si bien, las tareas nunca deben sobrepasar el límite de generar estados de ansiedad en el niño. No quiero decir con esto que sea partidario de que se manden deberes de refuerzo para casa, pues los niños deben tener tiempo para jugar, para aburrirse, en definitiva, para desconectar de su intensa jornada escolar, pero sí es preciso que entiendan y asuman que su obligación principal es la de estudiar cuando toca y llevar al día el trabajo escolar.

Nuestros hijos están instalados en un mundo de comodidades en el que todo parece sobrevenido y no fruto del trabajo y del esfuerzo, sometidos como están a un aluvión continúo de estímulos superfluos y engañosos irradiados desde una sociedad consumista e insolidaria. Subidos en este tobogán irresistible, tienden a dejarse resbalar por la pendiente de la comodidad, a buscar atajos para ahorrar esfuerzos, y eso conduce a formar adultos irresponsables, acomodaticios, personas que pasan por la vida sin comprometerse con nada ni con nadie, pendientes tan solo de la satisfacción de sus egoísmos. Entiendo que sería maravilloso que nuestros hijos fuesen lo suficientemente maduros y juiciosos como para afrontar sus obligaciones por propia voluntad, pero mientras no sea así, el deber de un padre es ayudar a sus hijos a adquirir los hábitos necesarios para que el desempeño de sus responsabilidades no sea fruto de una imposición. Es evidente que la tarea resulta ardua, y a menudo, muy frustrante, pero estoy convencido que la educación de nuestros hijos es una carrera de fondo y como tal, no hay que tener prisa en llegar a la meta, sino llegar con las maletas de la experiencia bien repletas. El poeta Constantino Cavafis nos lo recuerda en su Viaje a Ítaca: cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias…

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