Archivos para 18 diciembre 2015

Agua de un mismo río

Caminábamos despacio, sin prisa, disfrutando de una mañana radiante y cálida de otoño, en la que los rayos de sol incendiaban las últimas hojas de los árboles que marcaban la alineación de la calle. Atraído por el llamativo colorido de las hojas, mi hijo me preguntó qué árboles eran, mientras pateaba lo que parecía un pelota deforme de color rojizo y ocre formada por un montón de hojas yacentes, restos de ese naufragio estacional que siempre es el otoño. Aquellos cerezos japoneses de jardín, de tronco escamoso, engruesado y copa recortada en forma de bola, que alegraban el aspecto de la calle, aletargados y casi desnudos, parecían preparados para que diciembre, el mes de las manos frías, se posase sobre ellos. Al reanudar la marcha, el niño me cogió de la mano en un gesto natural, casi orgánico, como la silente y discreta caída de las hojas sobre el pavimento. Su tibia y menuda mano se entrelazó con la mía con firmeza, como queriendo sellar un pacto no escrito, un tratado de amor y confianza entre dos huestes enfrentadas. Sin apenas hablar, caminamos un rato sintiendo que los dos formábamos parte de una misma comunidad, como los árboles de la calle que, a pesar de la prudente distancia que separa los alcorques, terminan por abrazarse entrelazando sus copas. Me sentí reconfortado con el mundo, y recordé los paseos que de niño daba con mi padre. También a mí me gustaba tomarle de la mano, sentir la cálida aspereza de aquellas manos inmensas, unas manos hechas para el trabajo pero también para la ternura, unas manos que no eran sino el reflejo de una vida dura, y que, a los ojos del niño que fui, parecían ser capaces albergar en su cuenca el mundo entero. Aferrado a aquellas manos como el náufrago a los restos del navío comencé a explorar la ciudad y sus contornos cuando estos eran todavía un territorio sugerente para la imaginación, un paisaje indeciso, a medio camino entre la ciudad consolidada y el campo. Ahora pienso que mi padre, sin pretenderlo siquiera (estoy persuadido de que sólo lo que se aprende de forma natural, sin imposición, es aquello que realmente se interioriza y perdura para siempre), llevándome consigo en aquellas tardes de infancia que recuerdo siempre como iluminadas con luz de oro viejo, haciéndome partícipe de sus vivencias, recuerdos e historias (a medio camino entre lo sucedido y lo imaginado), sembró en mi la semilla de mi vocación geográfica.

Pienso que padres e hijos somos agua de un mismo río, agua en continuo movimiento cuyo fin no es otro que el de ahogarse en la inmensidad del mar. Nuestro ciclo, como el ciclo del agua, parece condenado a repetirse y perpetuarse. Cuando somos niños, vemos por los ojos de nuestros padres, sentimos como ellos, pretendemos ser como ellos. Al ir creciendo su sombra nos incomoda, nos parece demasiado alargada. Buscando nuestra reafirmación personal nos volvemos déspotas, egoístas y críticos con ellos hasta rayar en la injusticia. Cuando nos convertimos en padres, oteamos el horizonte de otra manera, comenzamos a sufrir por nuestros hijos, a verlos no como al árbol que comparte calle con nosotros sino como a una rama de nuestro propio tronco. Por ello, intentamos domeñar su copa, moldearla conforme a nuestros intereses e ideales, sin advertir que nuestra sombra comienza a impedirles crecer. Sin darnos cuenta, asumimos el mismo rol que en su día desempeñaron nuestros padres, ese que nos parecía inapropiado e injusto y contra el que era lícito rebelarse. Miro la expresión de felicidad de mi hijo cuando pasea a mi lado y comprendo que sólo el amor podrá redimirnos, sólo el amor le permitirá encontrar su propio cauce para llegar al mar.

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