Archivos para 19 octubre 2012

La vida detrás de los cristales

Se llamaba Luisa, aunque todos las conocían por Luisina, un apelativo que no sé muy bien si respondía a su menuda complexión física o al trato cariñoso que le dispensaban todos aquellos que la conocían y trataban. Desde hacía muchos años, vivía sola en una pequeña buhardilla de la calle Francisco de Paula, una calle triste y oscura, de tratado irregular, abierta a finales del siglo XIX en mitad de ninguna parte. A sus ochenta y tres años, arrastrar su leve ser por los gastados y quejumbrosos escalones de madera que conducían al tercer piso en el que tenía cabida su pequeño universo familiar, se hacía cada vez más doloroso, motivo por el cual, cada vez salía menos de casa. A pesar de haber sido una mujer muy vitalista y animosa, la vejez, la diabetes y sobre todo la soledad, habían mermado sus capacidades físicas y cognitivas, y las visitas obligadas al centro de salud y alguna excusión esporádica al centro comercial Carrefour, situado un par de calles más arriba de la suya, componían ahora su limitado mapa vital. Según me contó, no siempre fue así. No hacía muchos años había tenido un pequeño perro lanudo que le hacía mucha compañía y con el que daba largos paseos al borde del mar. Qué bonito está Gijón, no se parece en nada a la ciudad sucia y gris de mi infancia, solía decir. A mí siempre me ha gustado mucho pasear y charlar con la gente, sentarme en el café San Miguel, en el Dindurra y pegar la hebra con cualquiera que quisiera ahogar su soledad en compañía. Es lástima, ahora ya sólo hablo con esa vieja y arrugada mujer que cada mañana me mira desde el otro lado del espejo, y a la que, a veces, me niego a contestar.

La monotonía de la vida de Luisina se rompía una vez por semana con la visita de su sobrina Paloma, el único ser querido que le quedaba en este mundo; una buena samaritana que la proveía de comida elaborada para varios días. Además, la sobrina se aseguraba que la casa mantuviese un mínimo de orden y limpieza, porque hacía tiempo que Luisina se había olvidado de esos menesteres, como también se había olvidado de su aspecto personal. Sin apenas vida social, para Luisa no resultaba ningún problema elegir la ropa que ponerse; abría el destartalado armario de lunas que presidía su cuarto y elegía aquellas prendas que encontraba más a mano, sin atender a cuestiones estéticas o climatológicas. El resultado solía ser una estrafalaria combinación de prendas más apropias para disfrazarse en carnaval que para salir a comprar un bollo de pan sin sal, dos manzanas, un cuarto de bocartes y una cabeza de ajos. Según su aquilatada experiencia, este oloroso bulbo era el mágico elixir que la mantenía en pie cada día (y el perfume que impregnaba toda su casa y su vida). Su desdén por las rutinas de la casa provocaba que las estancias de la buhardilla se deteriorasen al ritmo de su decrepitud física, envueltas en un sempiterno olor a cerrado y a humedad. En más de una ocasión, algún vecino bienintencionado le previno del mal olor que, como una flor marchita, desprendía la vivienda. Luisina se limitaba a sonreír, cerrando los ojillos con una mueca de gratitud, aunque sin ningún propósito de enmienda.

Un domingo de mañana me la encontré, aferrada a su inseparable bastón, ataviada con un descolorido abrigo de astracán, sentada en la parada del autobús que pasaba cerca de su casa. Hola Luisina, buenos días. ¿Dónde vas tan de mañana ?. A ningún sitio, me respondió. Estoy aquí sentada, disfrutando del sol, viendo como pasa la gente camino de la iglesia de Begoña. A mis años, sólo me resta ver la vida pasar, vivir la vida de los otros, bien a través de los cristales de mi cuarto, desde donde contemplo la agitada vida nocturna que florece bajo mi balcón cuando se muere el día, o bien la de esos seres fantasmales que habitan en la televisión. Hace tiempo que he dejado de vivir, ahora sólo miro lo que pasa a mí alrededor. Impresionado y triste por la contundencia de su argumentación, me despedí de ella, y seguí mi camino.

Hace mucho tiempo que ya no me encuentro con Luisina. Es muy probable que su luz se haya consumido como se consume la oscuridad cuando despunta el día, pero cada vez que paso por la calle Francisco de Paula, no puedo evitar levantar la vista y buscar la buhardilla que corona la vieja casa de los miradores, a ver si la veo, tras los cristales, con sus binoculares dorados, viendo correr la vida de los otros.

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El otoño del geógrafo

Siempre había pensado que la estación del año que más me gustaba era el verano. No por aquello de ser el periodo de las vacaciones, sino por el estímulo del buen tiempo, del calor, de la promesa de baños a la orilla del Cantábrico, de los días largos, y por lo común, luminosos. Sin embargo, a medida que uno se va encaminando hacia ese estadio de la vida que algunos ingenuos denominan madurez, y que en realidad no es más que un acumulo de años y de renuncias continuadas (aquello de ¿a qué derrota has llegado muchacho?) que nos empujan irremisiblemente por una vereda que cada vez se hace más angosta y cuesta arriba, muda de parecer, y el otoño, pasa a ocupar un lugar destacado en las preferencias estacionales. Salvadas las prevenciones que todo hipocondríaco lleva siempre prendidas de su alma como ese mandilón de nuestros infantiles días escolares que de tanto uso se convierte en una suerte de segunda piel (la gripe, los catarros y el asedio de otros virus que, como la marea, siempre termina por regresar a la playa), el otoño, lejos de provocar decaimiento y mal del alma, se convierte en un potente estimulante que aviva la imaginación y espabila los sentidos.

La sucesión de tiempos anticiclónicos, que nos hacen pensar que el verano, con su fogoso manto, se eterniza como el abrazo del amigo querido al que hace tiempo que no vemos, y de tiempos borrascosos, animados por el descuelgue de masas de aire frío asociadas al majestuoso Frente Polar, que, como buen jugador de mus, amaga en su pugna con el anticiclón de las Azores por ocupar un lugar de privilegio frente al teatro ibérico, no es sino una metáfora perfecta de la condición humana, con su sucesión de euforias y depresiones, de excentricidades y de rutinas cotidianas. Entre tanto, la luz en los días bonancibles se torna anaranjada y hace que el paisaje cotidiano parezca vestido de fiesta; una luz, que como escribió el poeta Juan Carlos Gea, se hace habitable. Es el momento de salir a la calle y beberse la ciudad con los ojos. De disfrutar del espectáculo multicolor que los árboles, tanto los de alineación como los recluidos en parques y jardines, nos brindan gratuitamente, antes de que el invierno con su gélida mano los desnude hasta la primavera siguiente. Es el momento de entretenerse a jugar con las primeras hojas caídas, deshojándonos de prejuicios y recuperando al niño que llevamos dentro. En Gijón, lo tenemos fácil, cientos y cientos pies moran en los alcorques de la ciudad. Tilos de hoja pequeña, (presentes en la trama de las calles de los barrios de Montevil, Pumarín, Tremañes), liquidámbares, con sus amplias hojas estrelladas que en esta época se tornan anaranjadas y rojizas, carpes (abundantes en el barrio de La Arena),  tulíperos de Virginia, latoneros, plátanos de sombra, arces, ciruelos rojos, fresnos, perales de flor, son algunas de las especies que compiten a la hora de vestir la red arterial con el ocre ropaje otoñal.

También es el momento de ataviarse convenientemente y, paraguas en mano, asomarse a la bahía de San Lorenzo a disfrutar de la soledad del paseo una vez que las masas de turistas han desaparecidoy los primeros chaparrones hacen su aparición tras un largo periodo de sequía. Sentir como las sedientas aceras del paseo reciben la lluvia con el mismo gozo con el que el sediento apura la última gota del vaso. Disfrutar del recio viento del oeste que empuja panzudas nubes grisáceas, nos moja la cara, y juega con nuestro paraguas como las olas juegan con los barcos que, a lo lejos, parecen colgados del horizonte.

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