Recuperando a Julio Camba

Las noches agosteñas, cálidas y húmedas, son muy propicias para adentrarse en la vigilia reparadora de la lectura, dejando el sueño de lado para penetrar en el bosque de las páginas escogidas, para aferrarse a esos autores predilectos que, como salvavidas, nos libran del ahogo de la mediocridad y del tedio. En esas largas noches estivales en las que mudamos el sueño reparador por el sueño de la letra impresa, encontramos el asidero preciso para afrontar con garantías lo que pueda llegar con la luz del día. Apartarse de la lista de los más vendidos, de esos ejemplares que buscan un tránsito cómodo entre el escaparate de la librería y la mesilla de noche, para redescubrir un libro olvidado, un autor aparcado en un rincón de la biblioteca propia, se convierte un acto de onanismo intelectual de lo más gratificante para esta época estival.

Julio Camba, el pontevedrés universal, el irreverente columnista que deambuló por medio mundo afilando su prosa con la aparente desgana con la que el avezado segador afila su guadaña antes del tajo, puede ser una buena elección. Deambular por las páginas de Casi todo, picoteando de aquí y allá, nos permite descubrir un escritor mordaz, ingenioso, escéptico y con un punto de cinismo que en más de una ocasión nos dejará en los labios el agradable amargor de la ironía. Su pluma, afilada como una punta de flecha de silex, disecciona la sociedad de su tiempo sin la más mínima compasión y sin prejuicio alguno: “cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa”. Respecto de la mendicidad patria, a la que califica como una de las pocas profesiones liberales que todavía quedaban en España (afirmación que fácilmente se podría suscribir hoy), el cáustico gallego señalaba lo mucho que la separaba de la mendicidad foránea, apoyada siempre en el auxilio de las artes, “solo el mendigo español llega al público sin el concurso de otras musas, en otros países el mendigo no podría vivir sin ayudarse, por ejemplo de la pintura. Aquí, en cambio, no es raro que el pintor tenga que ayudarse de la mendicidad”.

Julio Camba, además de un bien pagado fabricante de artículos (para los que encontró un escaparate perfecto en el diario ABC): “el articulista no puede gozar de nada, porque todo en su organismo se vuelve literatura, somos fábricas de artículos”, fue un amante sincero de la buena mesa. La sutil combinación de su pasión por la cocina, su innegable talento literario y su criterio gastronómico, le permitió dar forma a La casa de Lúculo o el arte de comer, un libro que todavía es un referente en la materia. En el mismo, además de dar un repaso como solo Julio Camba podía hacer por los distintos tipos de alimentos, las teorías culinarias y las más afamadas cocinas nacionales e internacionales, relaciona la gastronomía con el placer de viajar, y vincula, con la claridad propia de un observador atento a lo que sucede a su alrededor, la cocina con el paisaje, con el entorno en el que se producen las materias primas que alimentan los pucheros. Con su acerado sentido del humor, el arosano señaló al ferrocarril como el culpable de la muerte de los mesones, ventas y fondas que acogían a los viajeros en los antiguos caminos, y anticipaba el papel del vehículo particular en el renacer de la cocina regional. Camba fue un adelantado a su tiempo en muchos sentidos, también en lo que hoy se conoce como turismo gastronómico. Su visión de futuro le llevó igualmente a aventurar los nocivos efectos que las autopistas automovilísticas tendrían sobre los viajes, en un momento en el que la red viaria española todavía era muy precaria en consonancia con el volumen del parque automovilístico del país. Abandonar el placer de descubrir restaurantes, figones y casas de comidas, insertas lo largo de las carreteras de segundo orden como cuentas de un rosario, por la comodidad y la rapidez de los desplazamientos, supone renunciar a una parte esencial del placer inherente a cualquier viaje. Para Julio Camba, las autopistas (que a buen seguro conoció en sus estancias en los Estados Unidos) no depararían sino comidas uniformes y paisajes anuncio.

Releer o descubrir a Julio Camba, al caballero von vivant de las letras españolas, al idealista interesado que apostató de todas las causas políticas para enarbolar la bandera de su patria personal, esa que le llevó a exiliarse en sus últimos años de vida en el hotel Palace de Madrid, es un placer comparable al que siente el gastrónomo ante su plato favorito.

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  1. #1 por alvaro el agosto 29, 2012 - 5:03 pm

    Grande Julio Camba. Leí hace tiempo “La ciudad automática”, gran crónica subjetiva y brillante de los Estados Unidos, y ahora he adquirido una recopilación de sus mejores páginas… degustaremos…

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