Archivos para 25 enero 2013

Heraldos de la miseria

A la salida del supermercado, hieráticas como las columnas de piedra que sustentan los pórticos de las iglesias románicas, estaban aquellas dos mujeres que extendían sus manos con la esperanza de que alguien les allegase algunas monedas. Una parecía de edad avanzada, pero incierta, y la otra muy joven, apenas una niña. La anciana cubría la cabeza con un pañuelo de colores apagados por el uso. Su cara era hosca, ennegrecida como la tierra calcinada por el sol. Sus ojos, oscuros y profundos, escondían una mirada severa, escrutadora, pero que parecía inteligente. A pesar del frío calzaba unas chanclas similares a las que utilizan los chiquillos para ir a las piscinas, protegiéndose los pies con unos gruesos calcetines de lana que trepaban por unos calzones de algodón que se escondían bajo una falda amplia y floreada. En su cara, incluso más que los carbones encendidos de sus ojos, brillaban una retahíla de dientes de oro que hacían muy desagradable la visión de esa costa rocosa que era su boca. La niña, de ojos tan claros y radiantes como el despuntar del día, gastaba una larga trenza que alcanzaba la parte baja de su espalda. Su mirada era dulce, cautivadora, como ese reclamo comercial del escaparate del cual no se pueden apartar los ojos. Sus ropas, salvo por las evidentes manchas de suciedad, apenas diferían de las que pudiera llevar cualquier chica de su edad. Ambas mujeres eran tan distintas como lo son el día y la noche, y aquel hombre que las miraba en la distancia con la curiosidad con la que el entomólogo observa aquellos insectos que le son desconocidos, no pudo por menos que preguntarse si habría algún parentesco entre ambas o simplemente se trataba de una relación de conveniencia vinculada al oficio que parecía ocuparlas, la mendicidad profesional. A esa certidumbre llegó días más tarde al comprobar que aquellas mujeres acudían a la puerta del supermercado con la misma fidelidad que las cajeras, y se retiraban, al igual que aquellas, al echarse la persiana metálica tras cumplir con su jornada laboral. La única diferencia es que las dos mujeres eran recogidas por una furgoneta que parecía alojar a todo un siniestro clan, una suerte de compañía proveedora de servicios de mendicidad, que no dudaba en poner a trabajar a jóvenes en edad escolar.

En más de una ocasión aquel hombre, asediado por algo similar a la mala conciencia, pensaba en aquellas mujeres como sufridoras de algún infortunio que las impeliese a echarse a la calle a pedir. Las veía como actrices maltratadas por las exigencias de un guión perverso y cruel. Entonces recordaba que la ciudad tenía unos servicios sociales eficaces, que auxiliaban, en mayor o menor medida, a todos aquellos que lo necesitaban, lo que relegaba la mendicidad a una forma de explotación laboral basada en el engaño, que sólo conducía a la marginación social. A veces, aquel hombre, que cargaba con el peso de una educación dogmática recibida en un colegio religioso, se reía de su propia ingenuidad. Era consciente de que corrían malos tiempos, que había personas que sufrían necesidad, que se veían sobrepasadas por la marea de los acontecimientos, pero también sabía que estas personas no fingían su desgracia, y mucho menos, la utilizaban como medio para ganarse la vida.DSC_0013

Aquel hombre, cada vez que se cruzaba por las calles de la ciudad con esas sombras que arrastran carros de supermercado surtidos de fósiles que un día fueron objetos de utilidad, no podía dejar de recordar las palabras del poeta Dámaso Alonso: “era una ciudad de un millón de muertos”. A veces, veía su ciudad como un cementerio, como un paraíso de chatarreros ambulantes, y eso le entristecía enormemente porque quería la ciudad como algo propio. Pensando en estos heraldos de la marginación, recordaba las páginas de la historia local, cuando a mediados del siglo XIX , los regidores, alarmados por la abundancia de pedigüeños y pordioseros foráneos, decidieron sostener sólo a los pobres de casa, exigiéndoles  previamente acreditar su condición de naturales de la villa y de pobres de solemnidad. A los menesterosos forasteros se les conminó a regresar a sus pueblos a disfrutar de la vida tranquila y reposada que proporcionaba la mendicidad. Pero claro, su ciudad no estaba encallada entre las brumas del siglo XIX.

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Triste vejez

Resulta doloroso comprobar como el paso del tiempo va haciendo mella en nosotros, en las personas que nos rodean y a las que amamos y apreciamos. Al igual que el salitre del mar con su húmedo manto carcome la piedra y convierte sólidas arquitecturas en porosos recuerdos de otro tiempo, el correr de los años va desmontando nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro entorno, hasta volverlo irreconocible. Un día caminamos por el barrio que nos vio crecer y lo vemos vestido con las mismas calles, los mismos edificios,  iluminparque Calixto Rato 2013ado con la triste luz de siempre, pero las personas adultas que conocimos cuando éramos niños se han convertido en fantasmas, en cuerpos que se arrastran en la penumbra de sus días. Nos resistimos a creerlo y pensamos que es sólo un mal sueño, el fruto amargo de una noche febril que, una vez despiertos, se habrá disipado como se disipa la bruma al despuntar el día. Pero no es una pesadilla, es tan real como el niño que llevamos cogido de la mano y que nos recuerda que nosotros fuimos un día ese niño.

La dolorosa certidumbre del efecto corrosivo del paso del tiempo se evidencia también al recorrer determiandos espacios urbanos a los que nos sentimos especialmente apegados, como es el caso del parque del Cerillero o de Calixto de Rato, en el barrio gijonés de La Calzada, un espacio que acusó en exceso el tiempo transcurrido desde que en 1996 fuese objeto de un proyecto de reforma integral que le confirió las trazas que presenta en la actualidad. Es este un jardín histórico y el primer parque infantil creado fuera del centro de la ciudad de Gijón. Su historia es muy hermosa, es el relato del compromiso social, de la lucha en defensa de la mejora de las condiciones de vida (higiénicas y culturales) de los barrios obreros, de la fraternidad y el esfuerzo compartido, de la defensa de una utopía que, como todas, parecía inalcanzable. En 1915, en el industrioso barrio de La Calzada, un grupo de trabajadores miembros de la Sociedad Cultura e Higiene, decidieron crear un pequeño parque en el que la numerosa población infantil pudiera desarrollar sus actividades lúdicas al margen del pernicioso e insalubre ambiente de la calle, en un entorno grato en el que el niño pudiera entregarse al juego sin peligro alguno, “aspirar aires puros, cultivar la imaginación y el amor a lo bello”. Los promotores de la idea entendían que el parque debía ser una prolongación de la escuela, una suerte de laboratorio de salud y vida, muy necesario en un momento en el que la temida tuberculosis, la pandemia del proletariado urbano, causaba verdaderos estragos.parque Calixto de Rato_1915Para que los niños tomaran conciencia del valor de aquella iniciativa y se comprometieran en su cuidado, se les hizo partípices del proyecto, formándose cuadrillas infantiles de horticultores que colaboraron en las tareas de creación del parque. Esta iniciativa pedagógica y social también tuvo su correlato en el apartado jardinero, ya que las plantas, árboles y arbustos que le dieron vida fueron donadas altruistamente por el reconocido jardinero donostiarra afincado en Gijón Pedro Múgica, quien las entregó acompañadas de un cartelito que permitía su identificación. Esa solidaridad se hizo extensible a los empresarios Félix Costales y José Menéndez que cedieron los terrenos gratuitamente y a Santiago Nájera Alesón, destacado miembro de la burguesía local, que aportó el capital necesario para su ejecución.

parque Calixto Rato h 1960

A pesar de la enorme ilusión que esta experiencia pedagógico-social despertó en la ciudad, su virtualidad fue limitada en el tiempo, y apenas un lustro después de su concurrida inauguración, el “Primer Parque Infantil de Asturias” se ahogaba en el abandono por falta de recursos para su mantenimiento. parque Calixto de Rato_ 1990

A mediados de los sesenta, ya en manos del municipio, el espacio recobró la fisonomía de una zona verde pública, con la renovación del acompañamiento vegetal (sobre todo plátanos de sombra para el cierre perimetral) y la dotación de una mínina zona de juegos infantiles, conforme al proyecto del arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala. Tres décadas después, el parque fue remodelado en profundidad bajo la dirección de los técnicos municipales Javier Uría, Bernardo Calabozo y Juan Carlos Martínez, que le dieron un nuevo aire al parque, en el que el agua cobró un protagonismo destacado como recurso ornamental. Sobre la base del mantenimiento del arbolado histórico, también se introdujeron nuevas especies arbóreas y arbustivas de carácter  ornamental que le dieron mayor calidez. Esta actuación, muy positiva en su momento, ha envejecido mal y el espacio pide una actuación que lo saque del tedio en el que está incurso. Un espacio con una historia tan hermosa a sus espaldas, y que sigue gozando del favor de los usuarios, bien merece otra oportunidad para devolverlo a la vida. El barrio lo agradecerá y sus vecinos más.

p. Calixto Rato 2013

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