Archivos para 24 febrero 2012

El teatro de los sueños

Dice el viejo tango que veinte años no son nada, pero, quizás treinta, tratándose de un parque, sean muchos. En tres décadas caben muchos  juegos, muchos arriates truncados, muchos besos robados al abrigo de las sombras, muchas huellas borradas sobre el arenón calizo de los paseos. En este año se cumplen tres décadas desde la transformación del inculto solar limitado por las calles Cataluña, Murcia, Severo Ochoa y Baleares, en el primer parque público de la populosa barriada de Pumarín, en Gijón. Treinta años dan también para tirar del ovillo de la memoria y recuperar los recuerdos de este predio baldío, extendido como una alfombra raída a los pies del grupo de viviendas de las 1.500, y verlo convertido en asiento improvisado de verbenas estivales, campo de fútbol ocasional y territorio de caza para las mas diversas tribus urbanas que habitaban en la frontera del lejano oeste gijonés.

El conocido como “práu de la Urgisa”, el escenario propicio para las hazañas bélicas de la infantil tropa de los recién nacidos colegios de San Miguel y Julián Gómez Elisburu, se transformó en un oasis lúdico (bautizado años después como de Severo Ochoa), en el que los viejos colchones de lana que eran tundidos sin pudor al inicio del verano, fueron sustituidos por una pléyade de juegos infantiles urdidos por la ingeniosa productividad creativa del grupo de artistas denominado colectivo G, integrado por Alejandro Mieres, Pedro Santamarta, Francisco Fresno y José de la Riera. El teatro de los sueños infantiles de los niños de Pumarín fue amueblado con un conjunto escultórico-lúdico en hormigón, complementado con juegos de madera en forma de estructuras tubulares y troncos verticales, y dos casetas, también de madera, a modo de refugio, calificados por la prensa de la época como de “urbanística moderna”.

La estructura material del parque diseñada por el arquitecto madrileño Juan Manuel Alonso Velasco, fue acompañada por un cierre perimetral de arbolado de sombra, entre el que desatacan álamos chinos, que limitan el parque por el sur y oeste, y una doble plantación de plátanos de sombra, alienados con la calle Cataluña, además de un amplio catálogo de especies ornamentales como magnolios, sauces de Babilonia, cedros o ciruelos rojos.

Pasados treinta años, al parque de Severo Ochoa le han encargado un traje nuevo que está a punto de estrenar. Un traje a medida, confeccionado para tapar los desgarrones causados por el paso del tiempo y por la reciente apertura de sus carnes para acoger en su vientre un aparcamiento. Desde el punto de vista conceptual, la reforma no altera mucho la estructura original del parque, en el que se mantienen los iconos escultóricos de hormigón de Pedro Santamarta y Alejandro Mieres, y la zona de juego reservada para los más pequeños, que se renueva y se desplaza al encuentro de las calles Severo Ochoa y Baleares. Su lugar es ocupado por la pista polideportiva pensada para uso y disfrute de los jóvenes, lugar donde se emplazan también varios juegos de mesa. Los espacios para el juego de petanca preexistentes se trasladan a la zona meridional del parque, próximos a la alineación de plátanos de sombra de la calle Cataluña.

El vestido vegetal se mantiene y se introducen nuevos pies de carácter ornamental (tilos, abedules, arces, etc) en los parterres delimitados por los ejes peatonales que diseccionan el parque. La reforma se completa con una renovación generalizada de los pavimentos y del mobiliario, más acorde con las necesidades de los usuarios. Un renovado teatro en el que soñar que todavía somos niños en la frontera del lejano Pumarín.

, ,

Deja un comentario

Los bordes de la ciudad

Siempre me han atraído los bordes de la ciudad. Esos espacios fronterizos donde todo es posible, en los que la ciudad desdibuja sus formas para dejar paso a otras realidades más complejas, y, sin duda, más atractivas. Cartografías imprecisas en las que la ciudad consolidada, ese relieve de acumulación sedimentaria labrado por los vientos de la historia, se transforma en la antesala de un futuro que se presenta ocupado interinamente. En efecto, la espalda de la ciudad está señalada por la eventualidad de elementos, formas y personajes dispares, que dan vida a un paisaje irracional, promiscuo, y, en ocasiones, hermosamente onírico.

En Gijón, basta con darse un paseo por el barrio de Contrueces (topónimo de raigambre medieval que evoca un terreno dividido, “despedazado” en parcelas) o por La Nozaleda y La Braña, en Roces, para advertir la realidad de estos espacios fronterizos y ratificar, con sólo abrir los ojos, la rotundidad con la que la ciudad-madre extiende sus hilos de Ariadna. En la zona de La Nozaleda han quedado fosilizadas modestas viviendas de características rurales y algunas destacadas quintas decimonónicas como la denominada “Parque Celeste” o “La Flor de Lis” (antigua posesión del marqués de Vista Alegre hoy destinada a uso industrial), que comparten vecindad con nuevas edificaciones en manzana abierta de más reciente construcción y que prolongan el continuo urbano del barrio hacia el mediodía. En los bordes de este núcleo en origen rural, perviven también algunas manzanas de viviendas unifamiliares que responden al modelo de “casa barata” de posguerra, solares baldíos, naves industriales y destacados equipamientos municipales como el parque de bomberos y la sede y dependencias auxiliares de la Empresa Municipal de Limpiezas Urbanas (EMULSA). Un mundo heterogéneo que cohabita sin solución de continuidad.

 

 

 

 

 

 

En el cercano barrio de La Braña, una suerte de páramo de raña en el que los cantos angulares fueron sustituidos por una amalgama de edificaciones de muy distinta antigüedad y entidad arquitectónica, el trazado del cinturón vial que ciñe Gijón por el sur cortó el cordón umbilical que lo unía a la ciudad, transformándolo en una verdadera península. Una península cuyas verdes costas fueron trocadas en autovías y sembradas de pretenciosos edificios de nueva planta que pretenden esconder su condición pelágica por medio de la cirugía cosmética y de la sonora toponimia comercial. Por el sur, el barrio afianza los lazos con el mundo tradicional a través una lengua de tierra semi-rural, en la que alternan viejas caserías y modernas viviendas unifamiliares.

La voz del poeta gijonés Jordi Doce gritaba que la ciudad era el lugar del mestizaje y la impureza, este honor, más bien parece reservado para los bordes de la ciudad, para esos espacios donde los fantasmas del pasado y los del futuro comparten habitación.

, ,

Deja un comentario

Viajero en Gijón

Desde siempre las ciudades han sido objeto de interés y fascinación. Escritores, historiadores, geógrafos, pintores, sociólogos, arquitectos, se han afanado en entender y explicar (cada cual a su modo y condicionado por la visión desde su particular atalaya y por el peso de sus maletas) el ser de la ciudad; ese misterio que alimenta el fuego de la fascinación por ese artificio, en el que la historia y el espacio se funden para adquirir corporeidad.

De las ciudades asturianas, una de las más beneficiadas por el acumulo bibliográfico, en expresión del escritor José Antonio Mases, es, sin duda, Gijón. Mucho y bien se ha escrito sobre la muy paseada y querida villa de Jovellanos, pero, quizás, la obra más hermosa de cuantas tienen por protagonista a la capital marítima del Principado de Asturias, sea Viajero en Gijón, del poeta  y periodista Juan Carlos Gea. Este autodefinido foriatu, gijonés natural de Albacete, que ha arraigado en la ciudad con tanta fidelidad y determinación como las seculares palmeras de los Jardines de la Reina, desnuda la ciudad con la sensualidad y el rigor con la que los árboles se desprenden de sus hojas otoñales. Poeta de lo cotidiano, su mirada inteligente y su verbo esquinado y barroco, hacen que el libro se expanda ante los ojos y el entendimiento del lector, como la espuma del mar se desparrama sobre el arenal del San Lorenzo al capricho de la marea.

He vuelto otra vez a su lectura buscando imágenes con las que llenarme de Gijón, y he encontrado un libro ingenioso, reflexivo y rebosante de visones luminosas y sugerentes, como cuando describe el final del veraneo gijonés “…cuando se repliega el último bañista, desaparecen las casetas y los escenarios de calle y la gloriosa luz de septiembre deroga la calina” o cuando positiva, como si de una fotografía analógica se tratase, el atractivamente caótico paisaje del occidente gijonés caracterizado por “el populoso y cordial desaliño de los barrios obreros”. Son sólo dos ejemplos, entre otros muchos, en los que se advierte como el poeta se bebe con los ojos la ciudad hasta embriagarse de ella.

Gea se adentra en su Aleph particular sirviéndose de un ingenioso artificio literario, que lleva a tres viajeros a ingresar en la ciudad por tres puntos distintos (oeste, este y sur). A partir de sus descripciones, que confluyen como si se tratase de un lienzo paisajista de Patinir, el autor construye o reconstruye su ideograma de la ciudad, cerrando definitivamente el mapa, una y mil veces abierto, que le acompañaba en sus primeras correrías urbanas. Gea, ya no necesita “esa prótesis para suplir la ausencia de toda memoria del lugar”, pues con la precisión y la paciencia del cartógrafo, ha levantado su propio callejero mental. Ante su plan particular de ordenación urbana desfilan el mar, la playa, El Musel, la arquitectura, los barrios. Un carrusel multicolor que da vida a este atlas personal, que nos permite, como la niña del poema de Alberti, viajar con el dedo de un confín a otro de la ciudad.

Dice el poeta que toda ciudad es una ciudad sitiada, que se defiende de un cerco que acabará por tomar sus defensas. Sin duda, Gijón, no aguantó el cerco al que Juan Carlos Gea la sometió y terminó por entregarse, entregándole también sus más íntimos secretos.

Viajero en Gijón. Atlas personal de una ciudad del norte, fue editado por Trea, en diciembre de 2010.

Deja un comentario

El camino del agua

Con este sugerente pórtico encabeza el catedrático de geografía Eduardo Martínez de Pisón, su contribución a la publicación Caminos Naturales de España, libro  promovido por el Ministerio de Medio Ambiente Medio Rural y Marino, que vio la luz en diciembre de 2011. Con su habitual maestría, este erudito profesor, viajero incansable y amante devoto de la montaña, describe el placer del viaje reposado que permite recrearse en las cosas, “escuchando las voces de los lugares y avanzar como quien recibe una doctrina dictada por el paisaje”. De nuevo el paisaje se convierte en el eje central, en el elemento nuclear que da coherencia y sentido al caminar del viajero.”El viajero sensible va absorbiendo lo que los sitios son”, y, con la mente y el corazón abierto, trata de descifrar su semblante, y así, de este modo, el paisaje, el entorno natural que nos rodea, se hace experiencia. De este modo, el caminante pasa a integrase, a formar parte del paisaje que le rodea.

En este artículo, preñado de la erudición y la claridad de un escritor de honda sensibilidad, Martínez de Pisón recurre al símil del agua como camino de vida, como vía de introspección interior, al tiempo que lo utiliza para presentar los placeres físicos, el goce real, de acompañar el fluir de un curso de agua. “Caminar junto al agua es, pues, un estilo del viaje real y del interior”, escribe el maestro, y no le falta razón, pues pocos gozos hay comparables a los que proporciona disfrutar de la soledad sonora de un río, de detenerse a escuchar los ecos de las “voces de siempre constantemente renovadas”. Pero como señala el profesor, los ríos son ante todo paisaje, un paisaje con una carga natural importante pero en el que la historia, el elemento cultural, también juega un papel primordial. Como recuerda Martínez de Pisón, los ríos, los torrentes, las ramblas, los regatos, las cárcavas, son también sus márgenes, sus obras de ingeniería, sus orillas, su cortejo vegetal. La inteligencia y la experiencia vital que lleva a esta determinación es la que permite a este maestro de geógrafos que ha ascendido a las montañas más bellas y más altas del planeta para comprender y explicar sus misterios, que ha viajado por los caminos del mundo para describir sus paisajes con la emoción y el magisterio de quien observa para comprender, terminar este hermoso y brillante texto asegurando que el camino del agua es, nada menos que una de las rutas sencillas y hondas de la sabiduría.

Deja un comentario