Entradas etiquetadas como arquitectura de Gijón

Volver

Luis Fernández Roces escribió que vivir es volver. Volver para recordar, para sentir, para descubrir, para conocer, porque como certeramente señalaba Claudio Magris, lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa de la seducción, de la aventura. Para el escritor italiano, el viaje más fascinante es un regreso, y los lugares conocidos, los caminos transitados una y mil veces, un desafío para la imaginación. Las reflexiones de Magris quedan convenientemente anotadas en mi cuaderno y me vienen a la mente mientras deambulo sin prisa por la avenida de Gaspar García Laviana, en el barrio de Pumarín. El barrio de mi niñez, pese a las operaciones de cosmética operadas en el mismo en los últimos años, sigue manteniendo un inconfundible aire de campo de Agramante, de territorio urbanísticamente confuso, contradictorio, pero deliciosamente sugerente. Veo al barrio como una melena alborotada por el viento que una mano dulce se esfuerza por peinar sin llegar a conseguirlo.

Frente a mis ojos se yerguen, como titanes de leyenda, las torres de las 1.500 viviendas de Pumarín, la gran promoción de vivienda pública que, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo XX, estiró hacia el sur las costuras de la ciudad de Gijón, pintándola con los colores de la modernidad urbanística, gracias a las pinceladas, sabias y precisas, del arquitecto José Avelino Díaz y Fernández Omaña y sus colaboradores. El diseño arquitectónico basado en la armónica combinación de bloques apaisados de escasa altura y de altas torres en forma de estrella, el reparto de viales y zonas verdes, la dotación de equipamientos básicos para la vida de esta verdadera ciudad satélite, siguen produciendo la admiración en cualquier paseante con los ojos y los sentidos abiertos. Los edificios, como las personas que viven en ellos desde que se construyeron, desde que las viviendas fueron adjudicadas en sorteo público en una de las zonas verdes de la barriada, acusan el paso del tiempo, pero la presencia de la torre de los veinte pisos, el rascacielos de los modestos y proletarios vecinos del sur, desde cuyo cielo Gijón parece otro, reconforta y mantiene viva la llama de la modernidad en este populoso barrio. No me dejo intimidar por la fealdad mimética de las viviendas del grupo Carsa, ni por las voces en lengua extraña que escucho desde algunas ventanas, y deambulo por sus verdes y ajardinados pasillos interiores buscando las voces del pasado, las risas y las carreras de los niños que vuelven en tropel del colegio. Vivir es volver, desandar el camino, sorprenderse ante lo conocido, arriesgarse a ver el paisaje cotidiano con los ojos de quien lo percibe por primera vez.

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Voluntad de permanencia

Callejeaba el viajero atento tan sólo al claustro de sus pensamientos cuando embocó el tramo final de la calle Capua, una vía de corto recorrido y nombre rotundo, que como una flecha incrusta el viento del norte en la tranquilidad decimonónica de la plaza de San Miguel. La tarde agonizaba ya, y los últimos rayos de sol deslizaban con rapidez sus dedos áureos por la parte culminante de los edificios, mientras los pisos más bajos se ensombrecían como preludio de la noche que ya picaba a las puertas del día. Atraído por ese juego de luces y sombras que parecían perseguirse por las fachadas como niños jugando al pilla-pilla, el viajero reparó en el viejo caserón que remataba el encuentro de las calles de Capua y Ezcurdia. Advirtiendo la mezquindad de los edificios colindantes, el viajero pensó que aquel inmueble, mitad edificio de vecindad, mitad palacete urbano, parecía un pecio emergido del mar tras una de las muchas galernas del Cantábrico; restos de un naufragio, el de la arquitectura burguesa de finales del siglo XIX, que por lo que ha leído en la guía de la arquitectura gijonesa que siempre le acompaña en sus vagabundeos por la villa de Jovellanos, fue dominante en la zona de contacto entre el ensanche del Arenal y la ciudad histórica. Reparó en el color almagre de sus fachadas, color, que junto con el verde botella y el ocre, desplazaron al tradicional encalado que lucieron las casas gijonesas durante buena parte del siglo XIX. Pensó el viajero que ese color estaba en sintonía con el carácter distinguido del edificio, y agradece que sus propietarios no sucumbieran a la tentación de maquillarlo, empleando esos colores pastel que ahora está a la moda.

Postales 1202 (martillo Capua)

AMG (75_1899)

 

 

 

 

 

Al detenerse ante la fachada que se asoma a la calle Capua, el viajero sintió la fatiga del edificio, advirtió que su pulso era débil, como el de un animal viejo y cansado, vencido ya por el paso de los años. Como el discípulo de Jesús, metió la mano en su costado y sintió el desgarro de su carne de arenisca, una y mil veces lacerada por la brisa salobre del mar, que como una batería infalible ha desarbolado miradores, balaustradas y otros elementos salientes. Al acercarse a la espectacular rotonda que vincula la dos fachadas del edificio, en la que sobresale un majestuoso atlante que parece sustentar sobre sus hombros todo el peso del mundo, el viajero entendió las palabras del escritor Rafael Chirbes cuando se refería a la arquitectura como un arte que conjugaba como ningún otro el espíritu y la materia, la utilidad y la belleza. Pensó en la audacia y el talento del arquitecto Mariano Marín MDSC_0013agallón al proyectar la parte más noble del edificio, la que se abre, como si de una habitación veneciana se tratase, al arenal de San Lorenzo. ¿Cómo explicaría el tracista su idea de crear un edificio dual, bifronte, mitad hotel particular mitad casa de vecinos?. ¿Con qué argumentos convencería al propietario, Alejandro Alvargonzález, de que su propuesta satisfaría todas las necesidades de uso cuando éste le habló de reformar la modesta vivienda primigenia que ocupaba apenas el chaflán del solar?. El viajero se entretiene pensando que, quizás, Mariano Marín le explicase que la arquitectura no sólo debía responder a la utilidad, sino que debía tener la capacidad de emocionar, de sorprender, de evocar, de transmitir la personalidad de su propietario y mostrar su condición social. Piensa el viajero que la vivienda de los Alvargonzález, edificada en 1899, debió causar una honda admiración entre los gijoneses del cambio de siglo.

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Una sensación agridulce le embarga cuando la noche opaca definitivamente el brillo cárdeno del viejo inmueble; siente pena por su imparable deterioro, (aunque entiende que su mantenimiento debe ser muy oneroso), y a la vez se alegra de su inquebrantable voluntad de permanencia, silente, orgulloso, como un centinela frente al mar de todos los días.

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