Archivos para 20 febrero 2015

El lenguaje del agua

De niño me encantaba salir a pasear con mi padre. Nuestros paseos se alargaban como se alargan las sombras cuando el sol de la tarde comienza a declinar. Mi padre, que no era un hombre leído y apenas había ido a la escuela, sin embargo sabía muchas cosas y sabía contarlas muy bien. Poseía el saber ancestral de quien había nacido en la aldea, sus pies aún estaban enraizados a la tierra como lo están los viejos árboles que orillan los caminos. Me gustaba pasear con mi padre porque sus palabras olían a primavera, a tierra abierta tras el paso del arado, a hierba fresca. Sí, sus palabras estaban impregnadas por el rocío de la mañana que empapaba los verdes prados que rodeaban su pueblo, apenas una docena de casas dispersas a lo largo de un insignificante camino de carro que un día fue convertido en carretera, en una carretera sin nombre que no figuraba en ningún mapa. Hacía muchos años que había abandonado la arcadia rural para trabajar en un mundo antagónico, en aquella Asturias que caminaba a paso corrido hacia la industrialización, la Asturias fabril y desordenada que había convertido pequeñas villas cabeceras de comarca en ciudades importantes.

Lavadero DevaMi padre miraba al cielo y anticipaba el tiempo que iba a hacer, hablaba de los árboles autóctonos, de los pájaros que conocía, de los nombres de los lugares. Hablaba con el aplomo y la severidad de un maestro de escuela, por lo que siempre di por ciertas todas las cosas que me contaba por extrañas que me resultasen. Siempre tenía una explicación con la que saciar mi sed de preguntas, una respuesta rápida y convincente, que de mayor descubrí que no siempre eran rigurosas. Estoy convencido que mi padre, que toda la geografía que sabía se limitaba a la retahíla de cabos y golfos de la península Ibérica que había aprendido de niño en la escuela, llevaba un geógrafo dentro, un geógrafo de la experiencia, maestro de una ciencia paralela que estaba a medio camino entre la fabulación y la realidad, entre lo sentimental y lo aprendido. A veces pienso que mi interés por la toponimia, por los nombres de los lugares, nació de aquellos largos y deliciosos paseos con mi padre. De aquellas caminatas que nos llevaban a contemplar Gijón desde los altozanos de Roces, desde las cuestas de Ceares o desde el cerro de Santa Catalina. Atalayas privilegiadas desde las que se podía advertir en toda su dimensión el cuerpo de la ciudad, con sus apósitos y sus cicatrices, con su trabazón y sus discontinuidades.Fuente y lavaderode Moriella (Fano) 5

Algunas de nuestras caminatas nos acercaban a fuentes, manantiales, abrevaderos y lavaderos (Vallés, el Fuerte, Santa María…) del entorno rural más próximo, hoy desaparecidos en su mayoría. En aquellos lugares apartados, hacíamos un alto y nos deteníamos a escuchar el relato del agua. Qué hermoso me pareció siempre el lenguaje del agua, fuentes (fontán, Fontanía, Fontica, Fonfría, Fontanielles, términos todos repartidos por el concejo de Gijón) llamadas también nacientes u hontanares, oasis de vida alimentados por las aguas llovedizas o de escorrentía. Alfaguaras de donde brota el camino de la vida, apenas un hilillo al principio, una rivera que corre libre por el campo, para terminar convirtiéndose en torrente, en arroyo, en río. Cursos de agua que divagan y se encallan y dan lugar a charcas, humedales y huelgas, como las que históricamente formó el río Piles a su paso por la zona de El Molinón. Historias contadas por la voz lenta y siempre renovada del agua, voces que quedaron grabadas en forma de hidrotopónimos en la memoria de la ciudad: el Humedal, la costanilla de la Fuente Vieja, La Vega, la canal del Molino. Términos que nos ayudan a comprender el paisaje que nos rodea, y que es preciso mantener en uso ante el empuje de la toponimia comercial que amenaza con borrar parte de nuestra memoria colectiva.

 

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Cartografía de la memoria

El viajero extendió el plano sobre la mesa. Sus manos expertas, habituadas en el trato con estos documentos, se desenvolvían con una extraña mezcla de mimo y firmeza. Como los pájaros de la aurora, sus manos se movían ágiles y felices por el documento, tratando de  liberarlo de pliegues inadecuados y otras muescas propias del paso del tiempo. Como quien oficia una ceremonia mística, en esos momentos el viajero estaba fuera del mundo, o mejor dicho, estaba en un mundo aparte en el que solo existía aquel viejo plano rescatado de la sorda soledad de una tienda de almoneda, y él. Aún recuerda la emoción que sintió cuando en aquella sórdida trastienda en la que se apilaban, como en una fosa común, cadáveres de libros, revistas y viejas y desleídas postales, encontró aquello que parecía una vieja cartografía de la ciudad de Gijón. Como el intrépido explorador que soñaba ser cuando de niño leía tebeos de la colección joyas literarias juveniles de la editorial Bruguera, el viajero desbrozó la sombría selva de papeles mutilados hasta acceder a aquel plano que emitía una luz apagada y titilante como la de las estrellas más alejadas, esa luz que solo mana de quien espera ser rescatado de un futuro nefasto. Desconocía su epopeya, los pormenores de una historia, sin duda azarosa y desgraciada, que terminó en aquella cárcel del olvido, pero ahora, aquel plano, que según leyó en el dorso, había sido grabado en una litografía madrileña  en los albores del siglo XX, era suyo.

Desde siempre había sentido fascinación por mapas y planos, por esa extraña relación que se establecía entre la realidad física, la que podía percibir con sus ojos, y aquella otra realidad que se codificaba sobre el papel; el juego de las escalas, la delicadeza con que se iluminaban las viejas cartografías, el poder de evocación de la toponimia que, como un ejército en desbandada, cubría aquellos territorios de papel, para él tan perceptibles y reales como los que se alzaban ante su mirada. Emulando a los monarcas españoles de la Edad Moderna, quienes para tener un DSC_0016conocimiento más preciso del territorio gobernado encargaron las primeras vistas de las ciudades españolas creando con ellas exclusivos y privados gabinetes geográficos, de niño comenzó a coleccionar reproducciones de todo tipo de mapas y planos que se encontraba, documentos que, por aquel tiempo, era incapaz de comprender, pero que le parecían muy bellos. Encerrado en su cuarto, se pasaba horas viajando por países lejanos, descubriendo ríos y montañas de nombres tan impronunciables como los propios países en los que se hallaban. Eran aquellas coloridas ilustraciones ventanas en las que asomarse a otros espacios, a otros mundos, rendijas en la pared de lo cotidiano por las que se colaba una luz nueva y hermosamente reveladora.

Sobre el plano extendido, sobre aquel mar de líneas, sombras y nombres grabados con esmero y sabiduría, el índice de su mano derecha, al igual que la niña del poema de Alberti (la niña sentada/ sobre su falda un atlas/su dedo blanco velero…), deambulaba de El Natahoyo al Coto de San Nicolás, de Cimavilla a los Llanos, del Alto Pumarín a La Arena. Qué hermosa le parecía aquella planimetría que representaba la ciudad como un animal amodorrado que aguarda el momento para desperezarse. Qué insignificantes parecían entonces los barrios más alejados, apenas motas de polvo sobre el viejo cristal de Gijón. Reparaba en los nombres recogidos en el plano con la atención y el cariño con la que el maestro hace recuento de sus alumnos antes de comenzar la clase. Aquel viejo plano le había devuelto la pasión, con él había regresado aquella luz amigable que iluminó muchas de sus tardes de infancia.

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