La fábrica de los sueños

Leo al poeta Hilario Barrero y me estremezco: hay libros que mueren pronto, aunque no mueran, o viven mucho, aunque no vivan. Hay libros que cuando terminas de leerlos son tuyos para siempre aunque los pierdas. Al subrayar estas frases en el libro que tengo entre las manos acudieron a mi mente las palabras de un viejo profesor al que abordé, siendo aún un estudiante, para que me dedicase un libro suyo, una monumental y maravillosa obra sobre las ciudades españolas en el siglo XIX. Con la voz gastada y la ácida ironía de quien está de vuelta de casi todo, el catedrático ensombreció la mueca de felicidad que colgaba de mi cara estudiantil con la misma eficacia con la que el mar borra las huellas que dejamos sobre la arena, al preguntarme: ¿para qué quiere usted que le firme el libro si cuando usted se muera lo primero que harán sus deudos es arrancar la página firmada y malvenderlo en alguna librería de viejo?. La broma, y la firma del querido y respetado profesor, hicieron que siempre tuviera en mucha estima aquel libro, que desde entonces ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. Las palabras del maestro no se convirtieron en cenizas de una hoguera extinguida, y en muchas ocasiones me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté. ¿Alguien se interesará por ellos o serán carne de librería de lance?. Detrás de cada libro hay una historia más allá de la que se narra en sus páginas. Cuando abrimos un libro, nos trae el recuerdo del amigo querido que lo puso en nuestras manos, de aquella voz casi olvidada que nos leyó por primera vez, de la felicidad o el desasosiego que sentimos al leerlo, de aquella oscura librería de la que lo rescatamos, de aquel viaje en el que nos acompañó como el más diligente y experimentado de los guías. ¿Mantendrá alguien el aliento de estas historias, de estos recuerdos, o serán materia muerta de venta al peso?. Me gusta pensar que otras manos cariñosas los acogerán y que las historias que esconden se entrelazarán con otras, como se mezcla la lana en los telares para tejer prendas nuevas.DSC_0052

Me cuesta entender que haya personas que abandonan sus libros, que se desprenden de ellos sin el menor remordimiento. Un libro es como un hijo al que no se puede condenar deliberadamente a la orfandad. A veces me acerco a mis libros por el puro placer de tocarlos, de olerlos, de sentir su latido entre mis dedos. Me reconforta ver la letra impresa desfilando por la página como un ejército disciplinado, silente, pero en continuo movimiento. Algunos han envejecido mal y muestran en sus fachadas de papel el paso inclemente del tiempo que los ha pintado con los colores del otoño. En otros aparece una firma con una letra dubitativa e infantil que me cuesta trabajo reconocer, o una sentida dedicatoria, que le da un plus de afecto. Algunos hay que están a la espera de ser leídos y otros, como flores calcinadas por el sol del estío, están ajados de tanto leerlos. Hay libros repudiados y otros deseados como el cuerpo amado, libros que te queman por dentro y otros que te dejan desnudo para siempre, como escribía el poeta Barrero. Unos y otros son la fábrica que alimenta los sueños, la marquesina en la que nos refugiamos cuando llueve sobre nuestra alma, el espejo en el que se refleja nuestra felicidad y nuestras ilusiones.

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  1. #1 por alvaro el octubre 18, 2013 - 7:50 am

    Tu blog sí que se ha convertido en uno de mis libros preferidos! 😉

  2. #3 por Pachi el octubre 18, 2013 - 12:19 pm

    Muy guapo. A veces se venera tanto a los libros que olvidamos lo fundamental: hay que quererlos, como a los críos.

  3. #4 por Hilario Barrero el octubre 18, 2013 - 2:49 pm

    Muchas gracias, Javier. Compartimos los dos el mismo amor por los libros. Preciosa entrada la que has escrito. La editorial Impronta la ha puesto en Facebook.

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