Archivos para 15 marzo 2013

Un pedacito de mi infancia

Como muchos otros días, el pasado miércoles fui a visitar a mi madre, que desde el fallecimiento de mi padre hace ya algunos años, vive sola en la casa familiar. Es un piso sin grandes pretensiones, de tres habitaciones pequeñas, cocina, cuarto de baño y salón, que mis padres habían comprado, a comienzos de la década de 1970, a UNINSA, la empresa siderúrgica en la que trabajaba mi padre. Esta compañía, resultado de la unión de varias empresas siderúrgicas privadas, había levantado varias promociones de viviendas repartidas por los barrios obreros del sur de la ciudad para hacer frente al alojamiento de una parte importante de su plantilla que había sido trasladada de la factoría de Mieres. No sabría decir por qué, pero según me adentraba en mi barrio de siempre, comencé a verlo con otros ojos, con los ojos de un desconocido que inspecciona por primera vez un territorio ignoto, una geografía de la cual no tiene referencias. Llovía ligeramente y los edificios estaban envueltos en un sucio velo de plata que apagaba sus rostros. Las calles, humedecidas por la lluvia, hacían sonar mis pasos, que parecían rebotar contra los edificios, reproduciendo un sonido metálico, como de instrumento mal afinado. Las calles, vacías de gente, parecían desalmadas y tristes, más tristes que de costumbre. Detalles en los que nunca había reparado se hicieron evidentes como montañas: la estrechez y  sinuosidad del viario, que parecía trazado por un delineante negligente que a la hora de perfilar las alineaciones hubiese olvidado usar sus instrumentos de medida, la ausencia de árboles en las calles, las gastadas y bailarinas baldosas de loseta hidráulica que sufrían súbitos espasmos a mi paso rebosando agua, la luz mortecina del alumbrado público que apenas daba vida a mi sombra, la monotonía de unos edificios vestidos con ladrillos rojos, que para protegerse de las miradas indiscretas, vivían de espaldas al viario principal…Nuevo Gijón

Cuando llegué frente al portal de mi niñez, advertí que el pequeño jardín que le servía de pórtico yacía abandonado, como un solar en vísperas de ser urbanizado. Y recordé a mi padre, y a nuestro vecino de puerta, y les vi en una tarde pegajosa de verano cargando con pesados cubos para darle de beber, y les vi quitando las malas hierbas, y mimando los macizos de flores y reprendiendo a los chiquillos que se adentraban en el ajardinado claustro para recoger el balón, llevándose por delante los incipientes rosales. Al ingresar en el portal, un olor dulce y conocido, como de colonia de bebé, se apoderó de mí, y me arrastró a la infancia, y me sentí como quien se adentra en el trastero a buscar la ropa de la temporada, e, inesperadamente, encuentra su juguete favorito, ese que abandonó con desdén cuando se sintió adulto. De nuevo sentí la fría oscuridad del portal, y volví la vista desconfiado por si alguien se escondía en el cuarto de contadores, y subí rápido los cinco peldaños que conducen al rellano en el que está el ascensor y pulsé el botón impaciente, mirando de reojo hacia la escalera. Mientras esperaba, sentí voces de niños corriendo escaleras abajo y oí un balón botando con fuerza por los escalones, como un cuerpo inerme que golpe contra el suelo, y me hice a un lado para dejarles pasar, pero no pasó nadie. En el edificio en el que me crié ya no hay niños, ya nadie se entretiene cambiando los felpudos de piso, ya nadie usa la frialdad del descansillo para jugar al monolopy o para disputar la vuelta ciclista a España con chapas decoradas con las caras de los ciclistas de moda. El edificio está poblado de recuerdos, de sombras de lo que fueron, sombras como la de mi madre, que arrastra su soledad por el mismo descansillo por el que antes jugaban sus hijos.

Tras la charla y el café, dejé a mi madre con sus achaques y con su tristeza perenne dibujada en la cara, como una princesa de cuento de hadas que, encerrada en su viejo castillo, espera que se consuman sus días. Y vi el castillo viejo, y triste, como a mi madre, con las arrugas surcándole la cara, como un campo labrantío abierto por el arado, con chorretones de humedad que parecían brochazos de colorete mal aplicados. Y recordé que el edificio tenía mi misma edad, que según contaba mi madre, cuando nos fuimos a vivir a él, yo apenas tenía 3 meses de vida. Y me sentí mal, y un poco viejo, y hasta me pareció que mis pies se arrastraban como se arrastran las sombras…

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Los caminos de la memoria

Las personas somos realmente artefactos complejos, y, quizás, sea esa complejidad la que nos convierte en seres extraordinarios y hermosamente misteriosos. A veces, ante situaciones cotidianas, la mente responde de manera extraña, convirtiéndonos en autómatas desalmados cuya función se limita al desempeño de una función determinada (respirar, hablar, caminar…), sin atisbo de reflexión. Nos cruzamos en el portal de casa con la cartera y le preguntamos con toda la naturalidad del mundo: ¿hay carta para el 5º A?, que no es el piso en el que vivimos desde hace más de una década, sino el piso de nuestra infancia, el de la casa de nuestros padres. Cuando, azorado, te dispones a disculparte tratando de enhebrar una explicación coherente, la cartera te responde que no hay nada para el 6º C, que sí es el piso en el que vives. ¿Cómo es posible?, ¿qué sinistro timonel gobierna el barco de nuestra mente?. ¿A qué juego perverso juega con nosotros?.

Cuando somos jóvenes, como si nos fuese la vida en ello, nos pasamos mucho tiempo discutiendo con nuestros padres, con esos seres abominables y tiránicos que siempre tratan de imponen su voluntad sin atender a razones. Desde la alcazaba de nuestra egoísta estupidez, incapaces de sentir empatía por nada ni por nadie, lo ponemos todo en almoneda, todo se compra o se vende, todo es objeto de una crítica feroz: la comida, los horarios, la asignación semanal, el canal elegido en la televisión y hasta el lugar que cada miembro de la familia ocupa en el salón de la casa. Un día, tiempo después de abandonar el hogar paterno, nos vemos sentados en nuestro sillón favorito, con la propiedad del mando de la televisiónDSC_0051 en exclusiva, y diciéndole a un niño (que misteriosamente guarda un cierto parecido con nosotros) que nos mira con los ojos encendidos como candelas y las manos prietas como uvas en un racimo, que se ponga inmediatamente las zapatillas, se termine la leche caliente y se vaya a lavar los dientes, si no quiere quedarse mañana castigado sin televisión. De repente, como el frío puñal que la mano amiga clavó en el cuerpo de Julio Cesar, un respigo nos atraviesa el alma, y rescata del trastero de la memoria la imagen de nuestro padre, sentado en su sillón favorito, con su bata guateada y las zapatillas bien calzadas.

Sin recuperarnos del todo, con la letra de la canción de Serrat (les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y con cada canción…) rondándonos por la cabeza como gaviotas al acecho de un pesquero que regresa a los muelles, nos entregamos a la lectura de “El viajero sedentario”, de Rafael Chirbes, un libro al que recurrimos con frecuencia en busca de imágenes con las que llenar nuestra mochila de escritor diletante. Sin previo aviso, las páginas del libro nos trajeron el recuerdo de un amigo muy querido, a quien le habíamos prestado el ejemplar para sobrellevar la preocupación por la enfermedad y la desazón de una larga e inesperada hospitalización. Como si las páginas de Chirbes destilasen alguna poción mágica, sentimos de nuevo cómo el corazón se encogía de preocupación por el amigo enfermo, sufrimos con su dolor, y nos felicitamos de su total restablecimiento. Los caminos de la memoria son como los senderos de un bosque, azarosos, quebrados, que en ocasiones nos conducen raudos a donde queremos llegar, y, otras veces, se pierden entre la espesura. Nos afanamos en recordar nombres, lugares, fechas, sucesos, que nos parecen muy importantes, y sin embrago, se pierden en un rincón del bosque de los recuerdos, mientras que, recordamos con la viveza de lo que acaeció ayer, situaciones intrascendentes y hechos aparentemente anecdóticos que sucedieron mucho tiempo atrás. ¿Cómo es posible que una canción, un aroma, un libro, una caricia, tenga el poder de retrotraernos en el tiempo?. Quizás, estos elementos sean (nada más y nada menos) que las perchas que usa la memoria para colgar nuestros recuerdos.

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