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El lenguaje del agua

De niño me encantaba salir a pasear con mi padre. Nuestros paseos se alargaban como se alargan las sombras cuando el sol de la tarde comienza a declinar. Mi padre, que no era un hombre leído y apenas había ido a la escuela, sin embargo sabía muchas cosas y sabía contarlas muy bien. Poseía el saber ancestral de quien había nacido en la aldea, sus pies aún estaban enraizados a la tierra como lo están los viejos árboles que orillan los caminos. Me gustaba pasear con mi padre porque sus palabras olían a primavera, a tierra abierta tras el paso del arado, a hierba fresca. Sí, sus palabras estaban impregnadas por el rocío de la mañana que empapaba los verdes prados que rodeaban su pueblo, apenas una docena de casas dispersas a lo largo de un insignificante camino de carro que un día fue convertido en carretera, en una carretera sin nombre que no figuraba en ningún mapa. Hacía muchos años que había abandonado la arcadia rural para trabajar en un mundo antagónico, en aquella Asturias que caminaba a paso corrido hacia la industrialización, la Asturias fabril y desordenada que había convertido pequeñas villas cabeceras de comarca en ciudades importantes.

Lavadero DevaMi padre miraba al cielo y anticipaba el tiempo que iba a hacer, hablaba de los árboles autóctonos, de los pájaros que conocía, de los nombres de los lugares. Hablaba con el aplomo y la severidad de un maestro de escuela, por lo que siempre di por ciertas todas las cosas que me contaba por extrañas que me resultasen. Siempre tenía una explicación con la que saciar mi sed de preguntas, una respuesta rápida y convincente, que de mayor descubrí que no siempre eran rigurosas. Estoy convencido que mi padre, que toda la geografía que sabía se limitaba a la retahíla de cabos y golfos de la península Ibérica que había aprendido de niño en la escuela, llevaba un geógrafo dentro, un geógrafo de la experiencia, maestro de una ciencia paralela que estaba a medio camino entre la fabulación y la realidad, entre lo sentimental y lo aprendido. A veces pienso que mi interés por la toponimia, por los nombres de los lugares, nació de aquellos largos y deliciosos paseos con mi padre. De aquellas caminatas que nos llevaban a contemplar Gijón desde los altozanos de Roces, desde las cuestas de Ceares o desde el cerro de Santa Catalina. Atalayas privilegiadas desde las que se podía advertir en toda su dimensión el cuerpo de la ciudad, con sus apósitos y sus cicatrices, con su trabazón y sus discontinuidades.Fuente y lavaderode Moriella (Fano) 5

Algunas de nuestras caminatas nos acercaban a fuentes, manantiales, abrevaderos y lavaderos (Vallés, el Fuerte, Santa María…) del entorno rural más próximo, hoy desaparecidos en su mayoría. En aquellos lugares apartados, hacíamos un alto y nos deteníamos a escuchar el relato del agua. Qué hermoso me pareció siempre el lenguaje del agua, fuentes (fontán, Fontanía, Fontica, Fonfría, Fontanielles, términos todos repartidos por el concejo de Gijón) llamadas también nacientes u hontanares, oasis de vida alimentados por las aguas llovedizas o de escorrentía. Alfaguaras de donde brota el camino de la vida, apenas un hilillo al principio, una rivera que corre libre por el campo, para terminar convirtiéndose en torrente, en arroyo, en río. Cursos de agua que divagan y se encallan y dan lugar a charcas, humedales y huelgas, como las que históricamente formó el río Piles a su paso por la zona de El Molinón. Historias contadas por la voz lenta y siempre renovada del agua, voces que quedaron grabadas en forma de hidrotopónimos en la memoria de la ciudad: el Humedal, la costanilla de la Fuente Vieja, La Vega, la canal del Molino. Términos que nos ayudan a comprender el paisaje que nos rodea, y que es preciso mantener en uso ante el empuje de la toponimia comercial que amenaza con borrar parte de nuestra memoria colectiva.

 

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Alzado del suelo. Asturias en un tuit

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El poeta Hilario Barrero dijo de él que era una cárcel para el viento, la Capilla Sixtina del silencio. Lo miro y veo los restos de un naufragio en ese mar del olvido que es Asturias.

 

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Guardianes de la aurora

Es bien sabido que los hórreos asturianos son un particular tipo de arquitectura popular concebida con una función específica: en principio, el secado y almacenaje del maíz, aunque también es utilizado para conservar otros productos agropecuarios producidos en las caserías, en las que se integran como un elemento destacado. Los cambios productivos que han afectado al mundo rural asturiano en las últimas décadas han recortado sus funciones primigenias, convirtiendo estos graneros izados del suelo sobre pilares o pegoyos, en un cementerio de recuerdos, en un extraordinario patio de recreo infantil donde todo es posible bajo la luz dorada que se cuela por las rendijas de las colondras. Hoy, encerrados entre viejas paredes de castaño, los trémulos fantasmas familiares juegan con los jamones y chorizos que ya no cuelgan de los gabitos.

Los expertos Joaco López y Armando Graña, señalan que los ejemplares más antiguos del modelo asturiano que se conocen datan del siglo XIV, y que su aparición fue repentina, fruto de un invento, de una maquinación para diseñar un granero de madera desmontable, y por tanto, movible, en el que todas sus piezas se ensamblan con tornos o puntas de madera, sin precisar clavos de hierro. Una arquitectura perfecta, de planta cuadra y con cubierta a cuatro aguas, en el que las fuerzas se equilibran como calculadas por el más docto de los matemáticos. Su aceptación popular y rápida expansión por todo el territorio asturiano son un claro indicador de la bondad de un diseño, atribuible a unos maestros carpinteros muy diestros.

Pero el hórreo es algo más que un granero campesino de diseño eficiente, es en un elemento esencial del paisaje cultural de Asturias, y por tanto, merecedor de protección y salvaguarda. Cuando encontramos un hórreo maltratado, malherido por la desidia o por la inquina de la ignorancia, el sentimiento que produce es similar al de un acto de desamor. Los que alguna vez hemos dormido en su crepitante vientre, frescos en la cálida noche estival, sabemos de su verdadero significado. Un significado que trasciende del valor arquitectónico, económico, histórico o cultural, para adentrase en el terreno de los sentimientos, de los sueños de la infancia puestos al sol en el corredor. Los hórreos son la cárcel del viento que cantó el poeta, guardianes de la aurora, títanes de noble madera que, izados sobre sus firmes pies, desafian al viento y a la lluvia. En verdad, los hórreos son el fecundo venero del que manan todas las historias de la Asturias rural.

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De kioscos y otras arquitecturas efímeras

Hace unos días, paseando por la plaza de San Miguel de Gijón, uno de los rincones más entrañables y hermosos de la ciudad, (quizás porque apenas se ha alterado su morfología desde el tramo final del siglo XIX), me percaté que algo en su entorno había cambiado. En un primer momento pensé que podía tratarse de los perniciosos efectos del cambio de estación que había desnudado de sus cálidos ropajes a los entumecidos tilos, que en su doble alineación marcan el eje mayor de la plaza, y a los viejos y cansados castaños de indias, que la diseccionan en sentido norte-sur. A pesar de la hermosa estampa de ver los árboles desarmados, con los brazos izados al cielo como huestes capturadas por el enemigo, el cambio no radicaba aquí, era algo más sutil, pero no menos inquietante. El hermoso kiosco de trazas racionalistas que desde 1946 vigilaba el devenir de la plaza desde su discreta retaguardia, había cerrado.

Habrá quien piense que esta sencilla construcción proyectada por el arquitecto gijonés Manuel García Rodríguez para sustituir a una anterior derribada con motivo de las obras de urbanización y saneamiento de la plaza  en 1946, era casi una arquitectura efímera, y que no tenía más mérito que el de su misma existencia. Quienes así piensen se equivocan. Se trata, dentro de su modesta fábrica, de una arquitectura única en la ciudad, de la que ya no quedan otros ejemplos (si exceptuamos el kiosco de Los Campos, construido en 1950 con diseño de Juan Manuel del Busto y también de aspecto muy moderno) por lo que tiene el valor patrimonial añadido del superviviente. La particularidad de su diseño, de influjo racionalista, en cierto sentido, da continuidad a otro templo del racionalismo gijonés que flanquea la plaza desde su privilegiado asiento en el encuentro de las calles Menéndez Valdés y Capua, obra igualmente de García Rodríguez y de Joaquín Ortiz. A los valores arquitectónicos habría que añadir el papel del kiosco en la ornamentación de este espacio tan simbólico, pieza de engarce entre la ciudad histórica y el ensanche del Arenal, y el sentimental, puesto que el kiosco era el aliento vital de la propia plazuela. Su cierre produce desazón porque la falta de uso suele conllevar el deterioro físico y abocar lentamente a la ruina. El hecho de que esté incluido en el Catálogo Urbanístico de la ciudad (con protección ambiental) no es garante, de su supervivencia, pues otros edificios emblemáticos de la ciudad dotados de mayor protección se han perdido o han visto desvirtuados  sus valores, que es otra forma de ruina no menos dolorosa.

De otro modo, el Kiosco de la plazuela de San Miguel, por la calidad de su diseño, era continuador de una larga tradición que en Gijón que se remonta a los primeros años del pasado siglo XX. La mano del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz fue una de las más diestras y prolíficas en la realización de este tipo de proyectos, entre los que se podían incluir, no sólo instalaciones específicas para la venta de prensa, refrescos y golosinas, sino también los urinarios públicos, algunos de ellos, como el que diseñó en 1912 para los jardines de Begoña (emplazado hasta la década de 1960 en la intersección de la calle San Bernardo con Anselmo Cifuentes), que por su esmerado diseño de estética modernista y la rica combinación de los materiales empleados (piedra caliza en los zócalos, madera en la estructura, ladrillo en los entrepaños, chapa de zinc en la cubierta, etc) hacían de él una auténtica obra maestra. Como documentó Héctor Blanco, Miguel García de la Cruz también firmó kioscos más modestos (pero no exentos de interés) para distintos espacios públicos como el paseo de Begoña (1906), la plaza del Seis de Agosto (1914), o Los Campinos de Begoña (1927), todos ellos encargos de particulares, y ya desaparecidos.

En la década de los treinta y cuarenta del siglo pasado, estos tipos de construcciones abandonaron las referencias modernistas y eclécticas para acercarse a una estética más racionalista, como es el caso del radicado en la plaza de San Miguel o el ya desaparecido del paseo de Begoña, que estaba emplazado en las proximidades de la carretera de la Costa. A partir de la década de 1960, el diseño de estas populares construcciones sometidas a concesión municipal, se empobreció notablemente al imponerse el modelo de quiosco desmontable de chapa de aluminio diseñado por el entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, modelo del que sólo se conserva un ejemplar en uso emplazado en los Jardines de la Reina.

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