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El Muro

A muchos, la realidad económica actual nos está colocando ante un muro, un muro alto y ancho, que siempre debió estar ahí, pero que antes se divisaba lejano, como lejano se dibuja el horizonte colgado sobre el mar. Este pétreo horizonte que parece infranqueable, es el de la soledad más absoluta. La falta de perspectivas laborales, que según la gravedad de los casos, puede hacer tambalear los cimientos sobre los que uno ha levantado su proyecto de vida, ha puesto de manifiesto la cara más abyecta e indigna de la sociedad en la que vivimos: la de la insolidaridad.

En los peores momentos, cuando la desazón nos enerva el entendimiento y el resentimiento comienza a anidar en el corazón, uno espera encontrar en los otros, cuando menos, un hálito de esperanza, una mano tendida que te ayude a tomar impulso para volver a levantarse. Pero en estos tiempos, las manos tendidas escasean.Ensoñación

La cosa suele suceder más o menos así: sin causa aparente, un día percibes que el teléfono ha dejado de sonar, que ya no llegan mails y que aquellas puertas que en otro tiempo estuvieron entreabiertas terminaron por cerrarse. Entonces te das cuenta que lo te rodea es, en realidad, un simulacro de sociedad. El hecho social ha desaparecido, se ha diluido; los amigos se tornan en conocidos y el “nosotros” se convierte en “yo”. Un “yo” excluyente, que sólo se ocupa de sus cosas por temor al contagio. El virus del “yo” galopa a lomos del miedo y extiende la insolidaridad como el viento extiende las hojas caídas. Sé que hay excepciones, que siempre tenemos un amigo, pero no dejan de ser eso, excepciones.

A mi modo de ver, lo único positivo de esta deriva, es que a fuerza de verse solo, uno acaba por conocerse a sí mismo de verdad, sin trampantojos ni adornos, despojándose de esa cuota de autoengaño que usamos como abrigo para transitar por este frío mundo. Quizás, a fuerza de vernos tal como somos, seamos capaces de afrontar el futuro con garantías para resistir.

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