Archivos para 28 noviembre 2011

Gijón: industrialización y crecimeinto urbano. Un clásico de lectura obligada

A finales de la década de los setenta desde el Departamento de Geografía de la Universidad de Oviedo que dirigía el prestigioso catedrático Francisco Quirós Linares, comenzaron a realizarse rigurosos estudios monográficos acerca de las principales poblaciones de la región. El objetivo parecía claro: rellenar un vacío que en aquel momento parecía insondable en el conocimiento geográfico de las ciudades y villas asturianas. Uno de los primeros trabajos publicados de los acometidos por los discípulos de Quirós Linares fue Gijón: Industrialización y crecimiento urbano, obra señera del geógrafo gijonés Ramón Alvargonzález Rodríguez. Su aparición supuso un salto cualitativo en el conocimiento de la historia urbana de la villa de Jovellanos, y una bocanada de aire fresco en lo relativo a la metodología, al ser el primer estudio abordado desde una perspectiva marcadamente geográfica. Para muchos de los alumnos del profesor Alvargonzález (hoy reputado catedrático de Análisis Geográfico Regional), y en general, para todos aquellos investigadores que desde los años ochenta se interesaron por el desarrollo de Gijón como entidad urbana y por el urbanismo gijonés en general, esta publicación se convirtió en un referente, en una lectura obligada. La erudición y claridad expositiva, el caudal de datos aportados, el rigor en el tratamiento de las fuentes documentales, han convertido la obra en un clásico en la historiografía de Gijón.

La publicación  se organizó en tres grandes bloques o capítulos. En el primero se analizan los factores que explican el crecimiento urbano de la ciudad (el desarrollo de las infraestructuras de transporte, tanto terrestres como marítimas, y el proceso de industrialización asociado a su desarrollo). En el segundo apartado se abordó el estudio de la población gijonesa (el papel de la inmigración, las etapas del crecimiento demográfico, la estructura de población), y el último de los capítulos, que es el más extenso, interesante y novedoso en aquel momento, se centró en el estudio del crecimiento espacial de la ciudad, señalando las fases y los cambios morfológicos y sociales ligados al proceso de expansión urbana.

A pesar de las tres décadas pasadas desde la aparición del libro, uno no deja de sentir envidia ante la claridad expositiva del maestro que supo sacar de la consulta de los expedientes del Archivo Municipal los trazos maestros con los que reconstruir el proceso de gestación y desarrollo material de la ciudad. La profundidad con que Ramón Alvargonzález abordó los distintos apartados que componen la publicación hace muy difícil para los investigadores actuales interesados por el pasado de Gijón no sentir que trabajan sobre un terreno trillado. Obras, proyectos, arquitectos, programas urbanísticos, personajes populares, especuladores, desfilan a lo largo de las páginas del libro componiendo un singular tiovivo a través del cual se representa  fielmente la historia urbana de Gijón.

Han pasado tres décadas y el libro apenas ha envejecido en su contenido, motivo por el cual sigue siendo una lectura más que recomendable.

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Movilidad urbana sostenible. Mito o realidad

Vivimos en un mundo en el que el término de moda es el de la sostenibilidad. El desarrollo debe ser sostenible, la ciudad y la edificación deben ser sostenibles, la movilidad urbana debe ser sostenible, al igual que la gestión medioambiental, entre otros aspectos. Pero, sabemos realmente ¿qué es la sostenibilidad?. ¿Es posible?, o se trata simplemente un término felizmente acuñado y totalmente huero. Según los teóricos del tema, la sostenibilidad o el desarrollo sostenible, es aquel que permite hacer compatible el crecimiento económico, la cohesión social y la defensa del medioambiente, de manera que se pueda proporcionar calidad de vida a los ciudadanos sin esquilmar los recursos ambientales disponibles. Es decir, aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las futuras. Dando por válida esta definición, la sostenibilidad debería ser una práctica política comúnal condicionar el presente y comprometer el futuro de los ciudadanos.

Parece evidente que el transporte urbano introduce fallas en el sistema, al afectar directamente al equilibrio deseable del mismo. El transporte urbano es un factor que grava el consumo energético, incide en la salud de la población (contaminación atmosférica y acústica, inseguridad vial), y, en cierto sentido, en la equidad social al condicionar la accesibilidad a los servicios considerados básicos (educación, sanidad, ocio, trabajo, abastecimiento, etc). Es innegable que los patrones actuales de movilidad en los que el uso del vehículo privado es predominante, tienen un impacto social y ecológico (se puede medir a través de la denominada huella ecológica) notable. Por ello, es muy importante tender puentes hacia una movilidad más racional en la que el vehículo particular sea relegado por otros modos de transporte menos lesivos, tanto para el medioambiente como para la economía en sus diferentes escalas (personal, local, regional, etc), pero que cubran igualmente las necesidades de movilidad de la población. Estos modos alternativos son el transporte público en sus diferentes modalidades, los desplazamientos peatonales y la bicicleta.

En una ciudad de tipo medio como Gijón, con unas características físicas y sociales no muy contrastadas, la movilidad urbana sostenible no es solo deseable sino que es posible, y depende, en buena medida, de las actitudes personales de cada uno de nosotros para hacer frente a nuestras necesidades de desplazamiento en el marco urbano. Puede parecer una actitud meramente volitiva pero los buenos hábitos relativos a la movilidad se pueden aprender y enseñar, y tienen influencia no sólo a escala local sino también global. Sólo es necesario que el mensaje sea interiorizado, sea asumido como propio, por todos nosotros.

La ciudad de Gijón tiene un transporte público eficiente, de calidad, y suficientemente dúctil como para adaptarse a las contingencias urbanas y a las necesidades de los potenciales usurarios, por lo que parece un modo ideal para desplazarse por la ciudad. Por otro lado, la escala de la ciudad y sus buenas cualidades urbanísticas (siempre mejorables) la convierten en un escenario ideal para los desplazamientos a pie. Las políticas municipales tendentes a calmar el tráfico (zonas 30, peatonalizaciones, semipeatonalizaciones, ampliación de aceras, carriles bici) son claves para estimular los desplazamientos peatonales y complementarias al fomento del transporte público. Más complejo parece que está resultando estimular el uso de la bicicleta como medio de transporte, que deberá esperar a un mejor acondicionamiento y diseño de la red de carriles exclusivos. A pesar de las características físicas del viario gijonés (herencia de su historia urbana y de las distintas políticas urbanísticas aplicadas por los gobernantes de turno), en los últimos años se ha avanzado mucho en este terreno, pero no se ha hecho de manera ordenada y consecuente, de forma que no hay una red de itinerarios ciclistas que vertebre la ciudad y atienda a los centros de atracción. Esto ha condicionado el uso generalizado de la bicicleta, que ha quedado relegado para los incondicionales del medio o para un uso más recreativo. Tema diferente es el comportamiento y el uso que hacen algunos ciclistas del espacio público. Sería deseable que la propuesta municipal de abordar la reforma del carril bici del muro de San Lorenzo fuese más allá e incluyese un planteamiento general para hacer de la bicicleta una alternativa real como modo de transporte en nuestra ciudad.

Si queremos transitar por la senda de la sostenibilidad la orientación está trazada. Sólo falta creérnoslo y actuar en consecuencia.

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Ordenando la convivencia. Reglamento de Polícia Urbana de Gijón (1888)

Leyendo estos días en la prensa de Gijón la preocupación de los políticos locales (y de los ciudadanos) respecto del denominado botellón, y en general, sobre cómo organizar de un modo racional la convivencia en la ciudad, me ha venido a la mente la lectura del Reglamento de Policía Urbana editado en el último tercio del siglo XIX y que, paradójicamente perseguía objetivos similares a los actuales. En efecto, las primeras ordenanzas municipales del concejo de Gijón fueron redactadas y aprobadas en 1844 para dar cauce a las transformaciones urbanísticas que estaba experimentado la villa conforme se incorporaba al incipiente desarrollo industrial. Tanto éstas como las promulgadas después, tuvieron un marcado componente higienista, tanto en lo relativo al ornato y usos públicos, como en lo tocante a los consumos de la población. Los cambios operados en Gijón en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente a partir de 1868 con el derribo de los baluartes que la ceñía desde 1837, hacían inexcusable una revisión de las Ordenanzas, si bien, el Consistorio optó por desarrollar un Reglamento de Policía Urbana, a imitación de los que estaban en uso en las más “cultas” y prosperas poblaciones del país. Así, en junio de 1887se aprobó el nuevo reglamento que fue entregado a la imprenta al año siguiente.

Este Reglamento se estructuró en seis capítulos: la inspección y venta de artículos de consumo (los abastos), higiene y sanidad, salubridad y limpieza de la población, seguridad de las personas y propiedades, cafés y otros establecimientos públicos, y orden y buen gobierno. Asomarse a las páginas de este breviario de normas y disposiciones es como abrir una ventana al Gijón del último tercio del siglo XIX, el de los primeros tranvías de tracción de sangre, los coches de punto, los mercados cubiertos, los primeros balnearios, los distinguidos cafés del bulevar de Corrida, y las casas encaladas o pintadas de almagre. Detrás de este compendio de normas late la vida de una villa en ebullición, con sus riquezas y sus miserias. Así, por ejemplo, podemos saber que la limpieza pública se realizaba diariamente de cinco a seis de la mañana en verano y de siete a ocho en invierno, y que los carros de la limpieza anunciaban su paso haciendo sonar una campana, momento en el que los vecinos estaban obligados a bajar la basura al portal de sus casas utilizando para ello cajones o espuertas. También sabemos que estaba terminantemente prohibido arrojar aguas sucias o echar basuras por balcones y ventanas (debió ser práctica habitual durante años), lo mismo que tender ropas, sábanas o colchones en los balcones y ventanas con vistas a las calles principales (uso que se permitía en la parte trasera cuando ésta daba a las callejas). Igualmente era objeto de sanción el hacer aguas mayores o menores en los portales y vía pública. En el caso de que la infracción fuera cometida por menores, los padres o niñeras que lo permitieran serían los responsables del pago de la multa.

El Reglamento nos ilustra igualmente acerca de algunos usos y prácticas sociales novedosas, como los saludables baños de mar, para los cuales era imprescindible el uso de trajes enteros que no fueran de punto o de otras telas que pudieran ofender el pudor y el recato exigible en un lugar público. Así mismo, recoge la obligatoriedad de que los dueños de las casetas de baños señalaran con una cuerda o maroma los sitios donde debían bañarse los hombres y las mujeres, a fin de evitar la tan temida promiscuidad, así como el castigo para aquellas personas que en los sitios señalados para tomar baños profirieran expresiones soeces o malsonantes o que hicieran cualquier clase de demostraciones indecorosas.

Tiendas al aire y mercado de San Lorenzo o del Adobo (Muséu del Pueblu d´Asturies)

Para los curiosos de las cosas gijonesas la lectura del Reglamento de Policía Urbana resultará muy provechosa pues a través de ellos podemos entrever los usos y costumbres de los gijoneses que nos precedieron, y que, en muchos aspectos, apenas se diferencian de los nuestros.

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Los origenes del fútbol en Gijón

Con las primeras luces del siglo XX llegó a Gijón el foot-ball, deporte, como es sabido, importando de Gran Bretaña, donde se practicaba con gran aceptación popular desde el último tercio del siglo XIX. Fueron los pies ocios de un ramillete de entusiastas jóvenes integrantes de la burguesía local, quienes comenzaron a practicar este nuevo sport en Gijón, juego con el que habían tenido contacto durante sus estancias formativas en el extranjero. Un somero repaso a los integrantes de los primeros clubes formados en la ciudad basta para identificar ilustres apellidos de la burguesía gijonesa como Adaro, Belaunde, Alvargonzález, Villaverde o Felgueroso, entre otros. Nació así el fútbol en Gijón como un deporte practicado por una minoría elitista y entusiasta (la única que disponían de tiempo de ocio en un momento en el que las jornadas laborales eran largas y agotadoras y sin apenas tiempo de asueto), que, con su afición por el ejercicio físico en general, y por el balompié en particular, consiguieron que pronto prendiese la chispa entre las clases populares y el fútbol se transformara en un auténtico fenómeno de masas seguido y practicado con auténtico entusiasmo por la juventud gijonesa y asturiana. La relativa sencillez de las reglas, el hecho de que solo de necesitase un balón para su práctica y la abundancia de espacios abiertos donde jugar, fueron argumentos de mucho peso a favor del arraigo del fútbol como deporte de práctica generalizada en la ciudad.

El inicial carácter burgués del nuevo juego quedó reflejado en las crónicas periodísticas de la época en las que se calificaba al fútbol como un “culto sport” de creciente aceptación social. También recogió la prensa gijonesa el interés que despertaba el balompié en la sociedad local, convirtiéndose los primeros encuentros en verdaderos actos sociales que eran frecuentados por los estratos más acomodados del Gijón de la época, trasladando alrededor de los terrenos de juego las prácticas sociales de los cafés y salones privados “numeroso público presenció el match, las tribunas y sillas estaban concurridísimas, entre la concurrencia bellas mujeres”, recogía una crónica de 1905.

Parece que el arenal de San Lorenzo fue el primer escenario donde los jóvenes atletas gijoneses comenzaron a poner en práctica lo aprendido del nuevo deporte más allá de las fronteras locales, y donde lucieron, con fulgor de estrellas, indumentarias y rudos balones de cuero importados del extranjero. Con el Cantábrico como de telón de fondo, la avanzadilla futbolística pronto creó afición y ésta se materializó en la formación de los primeros clubes, que tuvieron como seña de identidad el fomento del ejercicio físico y de la cultura del deporte, en un ideario muy próximo al higienismo finisecular. A la temprana fecha de 1903 apareció la sociedad deportiva Gijón Sport Club, presidida por José Suárez, y que contaba entre sus filas a dos jovencísimos Luis Adaro Porcel y Romualdo Alvargonzález Lanquine, como rutilantes estrellas. Durante ese verano y en años sucesivos el Gijón Sport Club, entre otros actos culturales y lúdicos, organizó festivales deportivos en los que los partidos de fútbol eran la atracción principal. En 1904 nació otra nueva entidad deportiva en la ciudad, la Juventud Sportiva Gijonesa, y al año siguiente, vio la luz el club Sporting Gijonés, precedente del actual Real Sporting de Gijón, agrupación formada por un grupo de jóvenes voluntariosos asiduos practicantes del fútbol playero, presididos por Anselmo López, que también fue jugador del mismo. Su aparición contribuyó a animar el panorama futbolístico en la villa y la popularidad del nuevo sport, que, aunque veía limitada la celebración de encuentros a la época estival (y en escaso número), comenzaba a despertar pasiones. Otro semillero de futbolistas y de entusiastas de este neonato deporte fue el colegio de la Inmaculada, donde los modernos padres jesuitas pronto alentaron la creación de equipos escolares, tal y como recogieron las páginas de la revista del centro y la prensa gijonesa.

Aguerrido futbolista local en el campo de La Electra del Llano.

Aguerrido futbolista local en el campo de La Electra del Llano.

Muchos de estos partidos de fútbol tuvieron un fin benéfico, hecho que estimuló la asistencia de público a los mismos y contribuyó a su difusión. Este es el caso del encuentro disputado en el campo o “explanada” de El Bibio en junio de 1906 entre Gijón Sport Club y el Sport Club Avilesino, cuya recaudación se destinó a la Asociación Cultura e Higiene.

Una vez superada la fase embrionaria del fútbol gijonés, la playa de San Lorenzo en su condición de escenario futbolístico quedó relegada a los aficionados amateur, y los principales equipos de la ciudad buscaron un acomodo más acorde con su categoría. Aparte del citado campo de El Bibio, los primeros encuentros en los que se cobró entrada tuvieron lugar en el denominado “Prau Redondo”, situado en las proximidades de la primigenia iglesia de San José, en el Humedal. A este siguieron el viejo Molinón, que pasó a ser utilizado de forma regular para la práctica del fútbol desde 1910 (aunque la primera mención en la prensa es de 1908), y La Matona, en La Guía.

 

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José Saramago

La reciente celebración del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, en el que se dedicó un sentido y merecido homenaje al finado novel de literatura José Saramago, me ha traído a la memoria un cúmulo de recuerdos entre los que se entreveran amigos deseosos de compartir sus descubrimientos literarios, horas felices de lectura, afán por descubrir nuevos caminos, anhelos e ilusiones de juventud, todos ellos enhebrados a través de las memorables páginas de Saramago.

Recuerdo perfectamente que fue don Miguel, mi profesor de literatura en el colegio,  quien dejó en mis manos de maestro en ciernes el primer libro del lúcido y comprometido novel portugués, El evangelio según Jesucristo. Recuerdo vivamente el impacto emocional que me causó su lectura y el efecto inmediato de proselitismo. Saramago pasaba a ser un referente literario que despertaba conciencias. Con El memorial del convento descubrí la imaginación desbordante y la fina y descreída ironía con la que Saramago era capaz de rematar páginas y páginas de fatigosa lectura. Todavía me sonrío al recordar el asombro que le causó al diablo las penurias que el rey de Portugal Joao V estaba causando a sus súbditos para cumplir la promesa de levantar un convento en Mafra si la reina le daba un heredero: “sobre un vallado sentado, muy cómo, asiste el diablo al espectáculo, pasmado de su propia inocencia y misericordia por no haber imaginado jamás suplicio como éste para la coronación de los castigos de su infierno”.

Con Saramago, el tejedor de historias increíbles y al tiempo tremendamente cercanas, inicié mis pasos en Portugal, callejeando con Ricardo Reis por la Baixa, por el Chiado, por el Barrio Alto lisboeta, y acudiendo al encuentro de Fernando Pessoa, que nos regaló sentencias memorables como ésta: “…pero la soledad no es vivir solo, la soledad es no ser capaz de hacer compañía a nadie o a algo que está en nosotros…”. También  hermosas imágenes que describían los convulsos años treinta, “llueve fuera, en el vasto mundo…”. Una inmejorable compañía para iniciarse en el conocimiento de la antigua y señorial Lisboa.

Vista de Graça (fotografía Jesús Álvarez)

El descubrimiento del Saramago más próximo, más cercano a nuestra sensibilidad de geógrafo se produjo con el Viaje a Portugal, un libro hermoso y deslumbrante que trasciende de los relatos al uso de viajes, presentados a modo de guías para turistas. No resulta extraño, Saramago se consideró siempre un viajero y no un turista, “viajar es descubrir, el resto es simplemente encontrar”. En las páginas del Viaje a Portugal, José Saramago se hace geógrafo en las sutiles descripciones que hace de los paisajes y de los tipos con los que se encuentra y en la renuncia explícita a transitar por los caminos principales para prestar atención a los espacios (urbanos y rurales) aparentemente marginales. Aquí es donde verdaderamente el autor hace un relato geográfico que se prolonga en su compromiso personal con los humildes y desposeídos. Recordando este libro me vino a la mente una cita anotada hace años en un cuaderno de trabajo: “nunca he estado en Lisboa pero sé que el día en que pise sus calles no sentiré el desarraigo del forastero, porque llevo una Lisboa imaginaria, acaso más real que la que junto al Atlántico me aguarda” (Manuel Rico).

Considero que hay muchas formas de hacer Geografía y modos distintos de acercarse a ella. La buena literatura, como la de José Saramago, es una inmejorable. Otros significados geógrafos y maestros de geógrafos como Nicolás Ortega Cantero, Antonio López Ontiveros o Eduardo Martínez de Pisón lo pusieron de manifiesto antes.

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