Archivos para 13 agosto 2014

La ruleta de la vida

Tocaban a muerto las campanas de la iglesia de San Pedro. Tocaban a muerto las campanas, con esa música de antes, queda y rural, mientras el verano se estrenaba con un día radiante, con un diluvio de claridad que diría Baroja. La playa, en marea baja, parecía el atrio abarrotado de un templo, un templo cubierto por una bóveda pintada de añil y sustentada por columnas de arena y sal. Los fieles, atentos al rito de la marea, se movían como insectos multicolores guiados por un instinto ancestral, ajenos por completo a aquella melodía de muerte que brotaba del campanario cercano. La ciudad tiene una música propia, excluyente, que impide que los sonidos ajenos a sus rutinas se puedan percibir. Sí, la ciudad es un ser egoísta que sólo atiende a sus propios intereses, pensó el viajero. En el campo de la iglesia, los dolientes deudos, ahogados en el mar de su pena, apenas si percibían el ligero nordeste que juguetón pasaba la mano despeinando las olas. El viajero presenciaba la escena con la curiosidad del entomólogo, como el turista que mira con fascinación el desenvolvimiento de los peces tras los cristales de uno de esos gigantescos estanques de los acuarios. Sin saber por qué se sintió culpable, culpable por estar allí, a la orilla del mar, disfrutando del primer día del verano, mientraDSC_0023s a unos metros aquellas personas no encontraban más consuelo a su pena que la sombra fresca de los viejos árboles del campo de la iglesia.

El frescor del mar que mojaba sus pies disipó su desasosiego, pero la música luctuosa de las campanas (qué lástima que casi nadie entienda ya su lenguaje) le recordó todas aquellas veces en las que, indiferente, formó corro y tertulia a la puerta de las iglesias o en los velatorios, mientras otros despedían transidos por el dolor a sus seres queridos. Llevados por los convencionalismos, por los usos sociales, nos olvidamos del dolor de los demás, nos hacemos inmunes a su desconsuelo, ocupados tan sólo en mantener las apariencias, pensó. Al viajero también le vinieron a la mente todas las veces que le tocó ocupar un lugar principal en ese teatrillo del dolor que es la vida, como cuando falleció su padre. Al recordar a su padre el corazón se le aceleró, como si de repente se hubiese puesto a subir una larga y empinada escalera. Pensó en lo penoso de su enfermedad, en todas aquellas cosas que por estupidez o por pudor no se atrevió a decirle, y en todas aquellas que dijo y se tenía que haber callado. Era consciente que en toda relación filial, aunque medie el amor, el entendimiento no siempre es fácil, pero no puede dejar de reprocharse el distanciamiento hacia aquel hombre sencillo y cercano que él sabía excepcional. De pronto cayó en la cuenta que el día que enterraron a su padre también fue un día luminoso de comienzos de verano, un día caluroso y playero. Un día penoso y triste para él y los suyos, pero festivo para otros muchos. Recuerda con claridad muchos de los detalles de aquel día pero no tiene en la mente la saeta desgarrada que seguramente entonaron las campanas de la iglesia. La vida es un ruleta absurda y cruel que unas veces te pone en el escaparate a la vista de todos y otras te oculta en la tranquila oscuridad de la trastienda; restos de un naufragio que se bambolean a merced del oleaje.

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