Archivos para 29 junio 2012

Incomunicad@s

Vivimos en un mundo raro, un mundo donde todo va demasiado deprisa. La revolución de las redes sociales, de las TIC, le ha dado un revolcón al concepto de tiempo. Hoy todo parece antiguo, pasado, aunque lo hayamos escrito, twitteado, o comentado ayer. El hoy y el ayer parecen islas separadas por un océano temporal en vez de por un fugaz hiato de 24 horas. Esta caducidad anticipada de todo, inherente al modo de vida actual, nos está convirtiendo en seres opacos a los otros, insensibles antes los pesares y las necesidades ajenas, por leves que éstas puedan ser. Paradójicamente, en la era de la comunicación inmediata, las personas viven cada vez más aisladas en sus propios universos unipersonales, como canicas lanzadas al guá que rebotan las unas contra las otras sin llegar nunca a juntarse. Constantemente comunicados, siempre rodeados de multitudes con las que supuestamente interactuamos a diario: la pareja, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, pero realmente solos. Una soledad no buscada ni querida, que sería un signo de inteligencia y madurez, sino impuesta por el egoísmo personal, por el hábito de escucharnos sólo a nosotros mismos.

 

Esta semana fui testigo privilegiado de una esas escenas aparentemente anodinas de la vida cotidiana pero que, en realidad, podía pasar como un relato perfecto de la sociedad en la que vivimos. Desde mi privilegiada atalaya en la mesa contigua, observé la escena  con el interés de un entomólogo social y con todo el detalle que permitía una mínima discreción. Dos ancianos que parecían conocerse desde hacía tiempo compartían mesa y café y parecían hablar amigablemente de sus cosas. Un poco más allá, en otra mesa, estaban sentados tres jóvenes, dos chicas y un chico. Las tres reían despreocupadamente, sin dejar de escribir obsesivamente en sus flamantes teléfonos inteligentes, y sin despegar de la oreja unos auriculares. Observándolos, no dejaba de preguntarme cómo era posible mantener una mínima conversación a tres bandas, al tiempo que se escribe y se escucha música. Uno, que anda ya preocupado por la salud neuronal, se manifiesta incapaz para tal despliegue, pero es posible que las capacidades intelectuales de aquellos chicos les permitiese simultanear esas acciones sin perder comba, aunque sospecho que las ejecutaban con tal grado de trivialidad  que, en realidad, ni escuchaban al vecino, ni percibían la música que voceaban sus auriculares.

 

A riesgo de parecer cotilla, he de confesar que mi atención navegaba como un velero a la deriva entre aquellas dos mesas. Los ancianos seguían hablando sin apenas tregua. Al rato me percaté de que los dos amigos sentados frente a frente, no hablaban, si no que cada uno recitaba un monólogo sin la mínima intención de hacer partícipe al otro. No había ni interlocución ni empatía hacia lo que narraba aquel rostro maltratado por los años, aquella voz conocida y mil veces escuchada. Cuando hubieron terminado el café, uno de los dos ancianos, el más alto y atildado, recogió su sombrero y su bastón que yacían sobre una silla, acomodó el periódico del día bajo el brazo, y se despidió. Hasta mañana, voy a echar la mañana con mi sobrina que vive al lado de la iglesia de Begoña.

 

Confuso y un poco triste pagué mi café y me fui. Allí quedaban las tres  jóvenes canicas con sus indolentes sonrisas pintadas sobre la cara.

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Un lugar en el mundo

Cuando por fin se detuvo aquel vetusto coche de línea, sintió un profundo alivio. Las idas y venidas del vehículo por aquella atormentada carretera, el calor sofocante y el olor penetrante y nauseabundo que desprendían aquellos desgastados asientos de escay, que un día fueron marrones y ahora presentaban un color indefinido, la estaban mareando. Tras ver la espalda del vehículo desparecer en un recodo de la carretera, tomó aire y echó una fugaz mirada en su derredor para comprobar algo que ya sabía; que estaba sola en aquella encrucijada de caminos, que nadie de la aldea se había acercado a recogerla. No podía ser de otra manera ya que no había anunciado su llegada. Por un momento se sintió desnuda, desamparada como el huérfano que acaba de conocer el alcance de su desgracia. Pero fue sólo un instante, pese a su juventud, era una mujer decidida y había elegido ser protagonista de su propio destino. Su fortaleza manaba de su amor por la enseñanza, el magisterio era el sustrato que la mantenía en pie, recia como los enhiestos cipreses de los cementerios, esos árboles melancólicos cuyo destino es perdurar, mientras perfuman el ambiente con el dulce olor que se desprende de su corteza.

No se percató que llevaba un calzado inadecuado hasta que encaró el sinuoso y empinado camino de tierra que conducía a la aldea. Cargada con dos maletas de cartón, jaulas en las que anidaban un montón de libros y el imprescindible y parco vestuario de una joven que nunca había prestado demasiada atención a su indumentaria, pronto sintió que sus bonitos zapatos de breve tacón no resultaban nada prácticos en aquel rincón del mundo. Los había comprado apenas un par de meses antes en una renombrada zapatería del Oviedo antiguo para celebrar que había ganado su oposición al Cuerpo de Maestros. Tras veinte minutos de caminata, que le parecieron toda una eternidad, la Cuesta de San Sebastián desembocaba en una pequeña explanada en la que se advertían las ruinas de lo que un día debió ser una hermosa capilla, cuyo titular, a buen seguro, también dio nombre al empinado camino de acceso. Añosos robles, clareados por las sacas de madera, terminaban por dibujar un cuadro de lo más hermoso y bucólico que ella, una chica de ciudad, había visto. Desde allí se divisaban las primeras casas del pueblo dispuestas como las cuentas de un rosario que se enhebrasen a lo largo del camino. Más a lo lejos, una muchedumbre de tejados rojizos se apretaban unos contra los otros como buscando compañía.

A pesar de que era la primera vez que estaba allí, no le hizo falta preguntar dónde estaba la escuela; en cuanto vio aquel sobrio y apartado caserón, envarado como un almiar, supo que aquel sería su hogar, su rincón en el mundo.

Villar, 15 de marzo de 1936. Por fin encontré mi lugar en el mundo, así comenzaba el cuaderno de tapas azules que se encontró entre los restos calcinados del material escolar que doña Pilar empleaba para hacer más entretenidas sus clases: láminas con dibujos, mapas, cartillas de lectura. Aquella aciaga mañana en la que la Guardia Civil se la llevó, una mano incendiaria pretendió borrar su recuerdo entregando al fuego purificador todo cuanto había en el aula. Sobre las cenizas de aquel siniestro aquelarre, unas mentes cerriles y dogmáticas pretendieron levantar una escuela nueva.

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Supra Terram Granaria

Bajo este sugerente pórtico presenta Javier Fernández-Catuxo su contribución al estudio y conocimiento de los hórreos, cabazos y otros graneros emplazados en el límite de Asturias y Galicia. Más de una década recorriendo todos y cada uno de los pueblos de los 24 municipios (19 asturianos y 5 gallegos) que conforman el territorio objeto de estudio, pertrechado con planos, cámara de fotos, cinta métrica, brújula y grandes dosis de entusiasmo y paciencia, han dado para mucho. Para elaborar un método científico propio con el que dar respuesta a los interrogantes que le suscitaban unas construcciones tan arraigadas al modo de vida tradicional campesino y a la propia tierra astur- galaica como los árboles, los ríos o las piedras que alindan los caminos; para elaborar un censo que nos permite conocer cuántos graneros (y de qué tipo) quedan hoy en la zona; en definitiva, para aportar una visión nueva y científica sobre estos referentes simbólicos del paisaje asturiano y gallego, forjada en el conocimiento directo de cada uno de los graneros que pueblan o poblaron el occidente asturiano y las vecinas tierras gallegas.

 Apartándose de los estudios clásicos sobre hórreos y cabazos, centrados en aspectos etnográficos, históricos y arquitectónicos, que intentaban resumir la complejidad de las relaciones de estas construcciones tradicionales con el medio en el que cobraban vida y con su propia funcionalidad, reduciéndolas a meras clasificaciones descriptivas, generalmente basadas en los modos de construcción y en los materiales empleados, Fernández Catuxo opta por ampliar la perspectiva, poniendo en relación la distribución geográfica, el modo de construcción y las funciones para las que están destinados. Desde ese análisis que pone el acento en los aspectos funcionales de estas longevas construcciones que el califica de “muy inteligentes”, el autor clasifica los graneros en dos grandes grupos: los que han sido diseñados y se utilizan para el secado del grano (cabazos), y los destinados al almacenamiento y conservación de los productos agrícolas (hórreos y paneras). Como señala el autor, en la zona de estudio son muy abundantes también los graneros de uso mixto, que presentan partes destinadas al secado y partes para el almacenamiento. 

Para cada uno de los grandes tipos de graneros, Fernández Catuxo, analiza y cuantifica parámetros como las dimensiones, la ubicación, la disposición, los materiales de construcción, la morfología, la relación con el resto de elementos de la explotación, la distribución geográfica, etc. Así, por ejemplo, refiriéndose a los cabazos, describe el método que utiliza para realizar las mediciones de orientación, que le permiten obtener, para cada conjunto de cabazos, una orientación media y un valor que indica la intensidad de esa orientación, que se expresa en porcentajes y que le permiten elaborar gráficos explicativos.

 

 Supra Terram Granaria es un publicación magnífica, resultado es un trabajo científico encomiable, que se acompaña de un repertorio fotográfico que alivia las fatigas de una lectura que requiere mucha atención para no perderse. Un libro muy recomendable para los amantes de la arquitectura tradicional que deseen transitar por nuevas vías para el conocimiento de un patrimonio en peligro inminente de extinción, que sólo se podrá salvar con el aprecio, conocimiento y uso de las generaciones presentes y venideras.

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El músico silencioso

Se podría decir que le gustaba disfrutar de la soledad de su música. Su pudor, su amor desmedido por la música, la fidelidad a su instrumento, le impedían compartir sus melodías con el público, aunque éste fuese un ramillete de seres queridos por quienes estaría dispuesto a dar la vida, pero no su música. La firmeza de su decisión le obligaba a practicar su desconocido repertorio en lugares y a horas desacostumbradas para el común de las personas. Hay quien asegura haberle visto con su maletín bajo el brazo, envuelto en el negro sayo de la noche, caminar como un furtivo hacia el apartado espigón del muelle viejo. Otros aseguran haberse cruzado con una sombra fugaz que regresaba al pueblo por el camino de la carbayera, cuando los primeros rayos del día trepaban ya al cielo. Su inquebrantable decisión le convirtió en devoto de una religión personal, cuyo único credo consistía en disfrutar en soledad de las notas que la pericia de unas manos huesudas y pacientes, lograban sacar de aquella vieja trompeta. Así, en compañía del silencio sonoro de las notas de su instrumento y arropado por la luz escarlata del amanecer, aquel chico espigado y amable que un día soñó patear el balón como el mismísimo Cruyff, se volvió un ser taciturno, supersticioso y esquivo, que vivía sólo para continuar con la letanía de unas notas, una y mil veces repetidas, pero que nadie escuchaba.

Nadie sabe de dónde le vino la afición por la música ni de dónde sacó el lujurioso metal que enervó sus sentidos. Sus más allegados recuerdan  que hace unos años, a la vuelta de un viaje a la capital, regresó con un maletín de cuero negro bajo el brazo, cuyo contenido permaneció ignoto para todos, porque de ningún nodo se avino a desvelar el contenido de aquel viejo estuche, como queriendo proteger de la codicia de las miradas ajenas un tesoro recién descubierto. Tiempo después, su presencia se fue desvaneciendo entre amigos y conocidos como el humo de un cigarro recién apagado. Por ello, nadie se extrañó aquel lluvioso día de primavera en que se encontró una trompeta solitaria, enhiesta como una cruz, al pie de uno de los añosos robles que pueblan la carbayera. Quizás, aquel amanecer su música se hizo oír por primera y última vez y él se desvaneció como el humo del tabaco.

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