El músico silencioso

Se podría decir que le gustaba disfrutar de la soledad de su música. Su pudor, su amor desmedido por la música, la fidelidad a su instrumento, le impedían compartir sus melodías con el público, aunque éste fuese un ramillete de seres queridos por quienes estaría dispuesto a dar la vida, pero no su música. La firmeza de su decisión le obligaba a practicar su desconocido repertorio en lugares y a horas desacostumbradas para el común de las personas. Hay quien asegura haberle visto con su maletín bajo el brazo, envuelto en el negro sayo de la noche, caminar como un furtivo hacia el apartado espigón del muelle viejo. Otros aseguran haberse cruzado con una sombra fugaz que regresaba al pueblo por el camino de la carbayera, cuando los primeros rayos del día trepaban ya al cielo. Su inquebrantable decisión le convirtió en devoto de una religión personal, cuyo único credo consistía en disfrutar en soledad de las notas que la pericia de unas manos huesudas y pacientes, lograban sacar de aquella vieja trompeta. Así, en compañía del silencio sonoro de las notas de su instrumento y arropado por la luz escarlata del amanecer, aquel chico espigado y amable que un día soñó patear el balón como el mismísimo Cruyff, se volvió un ser taciturno, supersticioso y esquivo, que vivía sólo para continuar con la letanía de unas notas, una y mil veces repetidas, pero que nadie escuchaba.

Nadie sabe de dónde le vino la afición por la música ni de dónde sacó el lujurioso metal que enervó sus sentidos. Sus más allegados recuerdan  que hace unos años, a la vuelta de un viaje a la capital, regresó con un maletín de cuero negro bajo el brazo, cuyo contenido permaneció ignoto para todos, porque de ningún nodo se avino a desvelar el contenido de aquel viejo estuche, como queriendo proteger de la codicia de las miradas ajenas un tesoro recién descubierto. Tiempo después, su presencia se fue desvaneciendo entre amigos y conocidos como el humo de un cigarro recién apagado. Por ello, nadie se extrañó aquel lluvioso día de primavera en que se encontró una trompeta solitaria, enhiesta como una cruz, al pie de uno de los añosos robles que pueblan la carbayera. Quizás, aquel amanecer su música se hizo oír por primera y última vez y él se desvaneció como el humo del tabaco.

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  1. #1 por Belén Menéndez Solar el agosto 6, 2012 - 12:21 pm

    De vez en cuando paso por tus páginas y siempre me sorprendes. Espero que sigas resistiendo con tus geografías. Un abrazo.

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