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Otoñada en el parque de Isabel la Católica

El día había despuntado abanto, como con desgana. El cielo de la mañana parecía haber sido dinamitado y enormes rayos de luz se abrían paso sobre un empedrado de losas sucias, nubes panzudas que el viento del sur empujaba hacia el levante en lo que parecía un esfuerzo vano por despejar de impurezas la bóveda celeste. Caminaba despacio, entretenido tan solo en desatar el nudo de mis preocupaciones, cuando los árboles de la avenida de Torcuato Fernández Miranda reclamaron mi atención. Mecidos por la cálida brisa, aquellos espigados liquidámbares movían gráciles sus cabellos, teñidos de colores ocres y rojizos, que los haces de sol volvía intensos y brillantes como finas piezas de orfebrería. Animadas por aquel viento juguetón y dulce que olía a estío, las estrelladas hojas desprendidas de los árboles parecían danzar al son de una música ancestral. Los árboles, con una voz queda y suave, me susurraban lo que mis ojos percibían, que el otoño había entrado en el jardín y no se marcharía hasta que el invierno posase su fría mano sobre él.

Tras un rato absorto contemplado aquel hermoso espectáculo, dirigí mis pasos hacia el vecino parque de Isabel la Católica con la intención de disfrutarlo con calma, como se disfruta del encuentro con un amigo al que hace tiempo que no ve. El parque me recibió con una sonrisa sincera, y a poco de adentrarme entre sus paseos y parterres, sentí la calidez de su abrazo otoñal. ¡Qué hermoso estaba el parque con su abrigo de otoño!. Lo temprano de la hora hacía que fuesen pocos los concurrentes, y sólo el ronco y metálico quejido de las máquinas del personal de mantenimiento enturbiaba el silencio y la paz conventual del lugar, que parecía recién creado. Al pasear por la alameda central, inapropiadamente nombrada paseo de 20151118_111509las Acacias, me sentí empequeñecido, como si recorriese el claustro de un antiguo cenobio que estuviese soportado por columnas de orden gigante. Sentí pena por estos viejos y fatigados álamos que levantan sus enormes brazos al cielo como reos en el cadalso implorando perdón, sabedores que su fin está próximo. Uno es consciente de que su ciclo ya pasó, como pasó el verano y pronto pasará el otoño, pero no deja de producir desazón comprobar cómo se desahucia a los primeros inquilinos de este espacio porque ancianos y enfermos no puedan aportar la renta para el mantenimiento del parque. Los nuevos vecinos, tilos y tulíperos de Virginia principalmente, fanfarronean con descaro su juventud, apuntando con su dedo acusador a sus predecesores, a los que señalan como gigantes con pies de barro. Todavía no saben que tarde o temprano correrán la misma suerte, porque unos y otros asientan sus pies sobre un sustrato pobre y engañoso, como engañosa es también la percepción de la realidad que tiene la juventud. Cerca del monumento a Manuel Orueta, la magnífica obra modernista de Emiliano Barral, un pequeño rodal de corpulentos pinos renegaba del otoño, luciendo en sus acículas un verde intenso y desafiante. Como salidas del pequeño hontanar que da vida al monumento, me vinieron a la mente las palabras del maestro Álvaro Cunqueiro, cuando señalaba que era “cosa triste y antinatura ejercicio que un árbol sustraiga sus hojas a la caducidad del otoño”.

Dejé la silente umbría de los pinos y me senté un rato en uno de los bancos que amueblan el entorno de la rosaleda, otro de los rincones del parque que luce espléndido tras su última reforma. Sus renovados arcos metálicos, iluminados por el sol, refulgían sobre las cabezas de las rosas con un brillo ácido, como diademas de plata. Desde mi asiento, frontero a una alineación de viejos y desencantados tamarindos trasplantados al lugar a finales de los años cuarenta, se veía la zona de recreo infantil, despejada de los copudos pies que en otro tiempo la sombreaban, huérfana de niños a causa de la temprana hora, enmudecida como un camposanto. La quietud y el silencio del lugar resultaba hermosa y a la vez incómoda. Pensé en que pronto llegaría el invierno con sus fauces de perro fiero para terminar de desnudar a los árboles más reticentes, para convertirlos en pétreos fustes carentes de vida, en mudos mástiles que esperarán, como yo, que la primavera hinche de nuevo sus velas y los devuelva a la vida.

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El otoño del geógrafo

Siempre había pensado que la estación del año que más me gustaba era el verano. No por aquello de ser el periodo de las vacaciones, sino por el estímulo del buen tiempo, del calor, de la promesa de baños a la orilla del Cantábrico, de los días largos, y por lo común, luminosos. Sin embargo, a medida que uno se va encaminando hacia ese estadio de la vida que algunos ingenuos denominan madurez, y que en realidad no es más que un acumulo de años y de renuncias continuadas (aquello de ¿a qué derrota has llegado muchacho?) que nos empujan irremisiblemente por una vereda que cada vez se hace más angosta y cuesta arriba, muda de parecer, y el otoño, pasa a ocupar un lugar destacado en las preferencias estacionales. Salvadas las prevenciones que todo hipocondríaco lleva siempre prendidas de su alma como ese mandilón de nuestros infantiles días escolares que de tanto uso se convierte en una suerte de segunda piel (la gripe, los catarros y el asedio de otros virus que, como la marea, siempre termina por regresar a la playa), el otoño, lejos de provocar decaimiento y mal del alma, se convierte en un potente estimulante que aviva la imaginación y espabila los sentidos.

La sucesión de tiempos anticiclónicos, que nos hacen pensar que el verano, con su fogoso manto, se eterniza como el abrazo del amigo querido al que hace tiempo que no vemos, y de tiempos borrascosos, animados por el descuelgue de masas de aire frío asociadas al majestuoso Frente Polar, que, como buen jugador de mus, amaga en su pugna con el anticiclón de las Azores por ocupar un lugar de privilegio frente al teatro ibérico, no es sino una metáfora perfecta de la condición humana, con su sucesión de euforias y depresiones, de excentricidades y de rutinas cotidianas. Entre tanto, la luz en los días bonancibles se torna anaranjada y hace que el paisaje cotidiano parezca vestido de fiesta; una luz, que como escribió el poeta Juan Carlos Gea, se hace habitable. Es el momento de salir a la calle y beberse la ciudad con los ojos. De disfrutar del espectáculo multicolor que los árboles, tanto los de alineación como los recluidos en parques y jardines, nos brindan gratuitamente, antes de que el invierno con su gélida mano los desnude hasta la primavera siguiente. Es el momento de entretenerse a jugar con las primeras hojas caídas, deshojándonos de prejuicios y recuperando al niño que llevamos dentro. En Gijón, lo tenemos fácil, cientos y cientos pies moran en los alcorques de la ciudad. Tilos de hoja pequeña, (presentes en la trama de las calles de los barrios de Montevil, Pumarín, Tremañes), liquidámbares, con sus amplias hojas estrelladas que en esta época se tornan anaranjadas y rojizas, carpes (abundantes en el barrio de La Arena),  tulíperos de Virginia, latoneros, plátanos de sombra, arces, ciruelos rojos, fresnos, perales de flor, son algunas de las especies que compiten a la hora de vestir la red arterial con el ocre ropaje otoñal.

También es el momento de ataviarse convenientemente y, paraguas en mano, asomarse a la bahía de San Lorenzo a disfrutar de la soledad del paseo una vez que las masas de turistas han desaparecidoy los primeros chaparrones hacen su aparición tras un largo periodo de sequía. Sentir como las sedientas aceras del paseo reciben la lluvia con el mismo gozo con el que el sediento apura la última gota del vaso. Disfrutar del recio viento del oeste que empuja panzudas nubes grisáceas, nos moja la cara, y juega con nuestro paraguas como las olas juegan con los barcos que, a lo lejos, parecen colgados del horizonte.

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