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El impostor

Sé que puede parecer un poco estúpido pero siempre he preferido leer mis libros antes que leer de prestado. Hay libros que te ilusionan, que te calientan cuando tienes frío, que te acompañan cuando detestas estar solo; hay libros que te gustaría haber escrito o imaginado, hay libros que deben estar en tu biblioteca porque forman parte de ti. Cuando leo libros ajenos me resulta difícil relacionarme con ellos porque sé que, como las hojas de los árboles cuando llega el otoño, más pronto que tarde terminan por desvincularse de mí, y, aunque lo pretenda, nunca llegarán a formar parte de mi pequeño hogar literario. Es triste sentir la cercanía a un libro y no poder disfrutarlo cuando quieras o lo necesites porque no está a tu alcance. Dicho esto, tengo que confesar que, como mi poder pecuniario es cada vez más limitado, de un tiempo a esta parte visito con frecuencia la biblioteca pública de mi barrio (y la de alguno de mis amigos), que dicho sea de paso, tiene a su cargo un personal muy competente y de trato exquisito.DSC_0009

En mi postrera visita, el azar puso en mis manos la última novela Javier Cercas, El impostor. Atraído por la rotundidad del título, me asomo a la reseña de la portada trasera y descubro que el sujeto de la narración, el personaje sobre el que se levanta este artificio literario en el que la crónica periodística, el ensayo y la biografía van de la mano, es Enric Marco, un anciano barcelonés que alcanzó bastante popularidad a finales de los años noventa del pasado siglo XX haciéndose pasar por un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenbür. He de confesar que me sumergí en el libro ilusionado pero con cierta prevención, como el bañista que inicia la temporada de baños en las frescas aguas del Cantábrico. El otoño, que se había presentado sin avisar, alteró mi ánimo como alborotó los cabellos de los árboles de mi calle, y no terminé de soltarme en el mar de la novela. Como sin querer, entré en el juego tramposo que proponía Cercas, y la lectura me llevó a pensar en mi propia impostura, porque ¿quién no es un poco farsante?, ¿quién no se viste para los demás con un traje que sabe que es prestado y le queda holgado?, ¿quién no le ha dado vueltas al calcetín de su vida para acomodarla a su interés o al gusto de los demás?. Yo creo que todos, aunque hay personas a las que su elevada cuota de autoengaño les sirve de parapeto contra cualquier viento que sople de cara.

Metido en estas veredas estaba cuando encontré un párrafo del libro subrayado: “el pensamiento y el arte intentan explorar lo que somos, revelando nuestra infinita variedad, cartografiando nuestra naturaleza”. Sin detenerme a analizar el significado de lo señalado, mi primera reacción fue de indignación por lo que entendía como una apropiación indebida. Después de pensar en los motivos que pueden llevar a alguien a subrayar unas líneas en un libro que abandonará en unos días, pensé que quizás el anterior lector me estaba invitando a participar en un juego, en una suerte de yincana que me permitiría desvelar su identidad. Espoleado por este pensamiento descabellado, avancé en la lectura dejando a un lado la trama propuesta por Cercas para centrarme en los mensajes que aquel o aquella desconocida había dejado para mí, porque ¿para quién iban a ser sino?; “comprender el mal no significa justificarlo, sino darle los medios para impedir su regreso”. Después de varios días de intensa lectura, cierro el libro y las piezas no me encajan, no fue capaz  de ponerle rostro ni de entender el proceder de mi interlocutor, pero aun así le estoy agradecido por haber dado alimento a los pájaros de mi imaginación, presos como estaban en la jaula de lo cotidiano.

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La fábrica de los sueños

Leo al poeta Hilario Barrero y me estremezco: hay libros que mueren pronto, aunque no mueran, o viven mucho, aunque no vivan. Hay libros que cuando terminas de leerlos son tuyos para siempre aunque los pierdas. Al subrayar estas frases en el libro que tengo entre las manos acudieron a mi mente las palabras de un viejo profesor al que abordé, siendo aún un estudiante, para que me dedicase un libro suyo, una monumental y maravillosa obra sobre las ciudades españolas en el siglo XIX. Con la voz gastada y la ácida ironía de quien está de vuelta de casi todo, el catedrático ensombreció la mueca de felicidad que colgaba de mi cara estudiantil con la misma eficacia con la que el mar borra las huellas que dejamos sobre la arena, al preguntarme: ¿para qué quiere usted que le firme el libro si cuando usted se muera lo primero que harán sus deudos es arrancar la página firmada y malvenderlo en alguna librería de viejo?. La broma, y la firma del querido y respetado profesor, hicieron que siempre tuviera en mucha estima aquel libro, que desde entonces ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. Las palabras del maestro no se convirtieron en cenizas de una hoguera extinguida, y en muchas ocasiones me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté. ¿Alguien se interesará por ellos o serán carne de librería de lance?. Detrás de cada libro hay una historia más allá de la que se narra en sus páginas. Cuando abrimos un libro, nos trae el recuerdo del amigo querido que lo puso en nuestras manos, de aquella voz casi olvidada que nos leyó por primera vez, de la felicidad o el desasosiego que sentimos al leerlo, de aquella oscura librería de la que lo rescatamos, de aquel viaje en el que nos acompañó como el más diligente y experimentado de los guías. ¿Mantendrá alguien el aliento de estas historias, de estos recuerdos, o serán materia muerta de venta al peso?. Me gusta pensar que otras manos cariñosas los acogerán y que las historias que esconden se entrelazarán con otras, como se mezcla la lana en los telares para tejer prendas nuevas.DSC_0052

Me cuesta entender que haya personas que abandonan sus libros, que se desprenden de ellos sin el menor remordimiento. Un libro es como un hijo al que no se puede condenar deliberadamente a la orfandad. A veces me acerco a mis libros por el puro placer de tocarlos, de olerlos, de sentir su latido entre mis dedos. Me reconforta ver la letra impresa desfilando por la página como un ejército disciplinado, silente, pero en continuo movimiento. Algunos han envejecido mal y muestran en sus fachadas de papel el paso inclemente del tiempo que los ha pintado con los colores del otoño. En otros aparece una firma con una letra dubitativa e infantil que me cuesta trabajo reconocer, o una sentida dedicatoria, que le da un plus de afecto. Algunos hay que están a la espera de ser leídos y otros, como flores calcinadas por el sol del estío, están ajados de tanto leerlos. Hay libros repudiados y otros deseados como el cuerpo amado, libros que te queman por dentro y otros que te dejan desnudo para siempre, como escribía el poeta Barrero. Unos y otros son la fábrica que alimenta los sueños, la marquesina en la que nos refugiamos cuando llueve sobre nuestra alma, el espejo en el que se refleja nuestra felicidad y nuestras ilusiones.

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