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El placer de las pequeñas cosas

Después de una mañana luminosa, la tarde parecía haberse vuelto de espaldas. Se mostraba osca, áspera como tela de saco. El cielo se había encapotado, y una lluvia mansa e incesante se había apoderado de la ciudad y de mi ánimo. Era indudable que el otoño que tanto se había retrasado respecto de lo que indicaba el calendario ya había llegado, y por la frialdad que sentía en el cuerpo, parecía que con intención de instalarse por tiempo. Con todo, después de tantos días soleados y cálidos, era agradable ver como la lluvia deslizaba sus húmedos dedos por los cristales del ventanal de la cocina. Animado por el frío que viajaba veloz por mi cuerpo como un mal pensamiento, decidí poner a asar unas castañas en el horno y darme el placer de despedir la tarde tomando castañas asadas con leche. Entretenido en picar las castañas, repudiando aquellas desafortunadas que servían de alimento y morada a los gusanos, pensaba en el ímprobo trabajo de la naturaleza, un trabajo preciso, a veces enojoso, en apariencia estéril, pero de resultado hermoso como los propios castaños. Un trabajo que llevaba a proteger en cárceles de oro los preciados frutos, para después de un tiempo dejar que un desalmado viento del sur los echase al suelo, los rescatase de su castillDSC_0031o de púas, y los entregase, libertos, a la codicia de gusanos y caminantes. Pensaba en ello, y en la primera vez que fui al monte a la gueta, como se nombra en Asturias a la recolección de las castañas. Recuerdo lo largo que se me hizo el trayecto hasta aquel castañeo que se veía diminuto desde el pueblo, el aspecto selvático de aquel monte visto a los ojos de un niño de cinco a seis años, la experiencia inolvidable de realizar parte del camino a lomos de un burrito plateado de nombre impronunciable que llevaba de las riendas mi tía Rosa. La epopeya de recoger las castañas sin clavarse los pinchos de los erizos que las protegen, la magia de sentirse único jugando al pie de aquellos ancianos que escondías sus tesoros entre la hojarasca.

En esta tarde otoñal, sentado a la mesa de la cocina frente a un tazón de leche caliente repleto de castañas recuperé parte de mi infancia. Allí, al otro lado de la mesa estaba mi padre, ese hombre bueno y justo, que nunca dijo una palabra de más, con sus grandes manos de albañil sobre la mesa y su eterna sonrisa dibujada en la cara, una sonrisa sincera y bonachona, que hacía que se le cerrasen casi los ojos cuando se reía. Estaba allí, como si el tiempo se hubiese detenido, como cuando yo era niño, aguardando a que regresase del colegio, con las castañas peladas y la leche caliente, esperando para disfrutar juntos de uno de esos pequeños placeres que valen por una vida. Un placer humilde, pero muy gratificante porque era compartido, y porque esa comunión no era sino el refrendo de nuestro amor. Cada vez estoy más convencido que sólo se aprende de verdad aquello que no se quiere enseñar, aquello fluye de forma natural, sincera, como el aguacero imprevisto que limpia las calles de la ciudad, como las castañas que se van al suelo por su propio peso cuando están maduras. Son esos gestos, esas pequeñas cosas que se aprenden en casa sin pretenderlo, las que forman, para bien o para mal, nuestro carácter. Sobre la mesa, junto a una humeante taza de tonos azulados que lleva impresa la imagen del simpático gato Garfield aguardan un puñado de castañas escogidas esperando a que otro niño regrese del colegio…

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Recuerdos escolares

Dicen que el otoño es una estación propensa para la melancolía. En esos días despejados en que los atardeces, cada vez más cortos, se convierten en incendiados pájaros efímeros que surcan el cielo pregonando la llegada de la noche y que los árboles van colgando en sus escaparates los macilentos carteles de saldo de sus hojas, uno no puede por menos que dejarse tentar por la nostalgia del pasado, aunque ésta, ni cura la desazón del presente ni nos redime de los males del alma, reabriendo heridas que el paso de los años no ha podido cicatrizar. Pero como uno no pude sustraerse de lo que es, al salir a la calle, un viento cálido y alegre que olía a verano y que se entretenía jugando al corro con las primeras hojas caídas, me tomó de la mano y me llevó a otro tiempo. Me vi caminando hacia la escuela con una enorme cartera de color rojo que llevaba la imagen de los payasos de la televisión en el lomo. Nunca fui un estudiante brillante pero siempre me gustó ir al colegio y creo que muchos de los recuerdos más felices de mi infancia están relacionados con la escuela. No tengo el recuerdo de que mi madre me acompañara o me fuera a recoger a la salida. Creo no equivocarme al afirmar que desde que cursaba segundo de Enseñanza General Básica en el colegio público Julián Gómez Elisburu, en el barrio de Pumarín de Gijón, siempre fui a la escuela en compañía de mis amigos del barrio, algo impensable hoy día, pero que en aquellos años era normal, al menos entre gran parte de los niños de mi barrio, a pesar de que para acudir al colegio había que atravesar la actual avenida de Gaspar García Laviana, vial al que mi anciana madre se empeña en seguir mentando con el predemocrático nombre de Federico Mayo o Ronda camiones. No se lo reprocho, cuando llegue a su edad mi ánimo será también predemocrático. Lo cierto es que en el enjambre de chiquillos que íbamos juntos a la escuela siempre había algún hermano mayor que hacía las veces de madre, aunque yo siempre rehusaba la compañía del mío, que me obligaba a cargar con sus libros. Ser el pequeño de la familia siempre ha tenido más desventajas de las que la gente se suele pensar.Urgisa (1976)

Mi colegio hacia honor a la hosquedad de su titular, un maestro de la vieja guardia, con fama de autoritario, que había hecho méritos como jefe local de la Falange y posteriormente como inspector de enseñanza. Lo recuerdo enorme, como un castillo rodeado por un foso protector en forma de muro de fábrica de ladrillo de un metro de alto, que poco tiempo después fue coronado por una valla metálica con la que limitar la incursión de vándalos en el recinto. Conviene aclarar que Pumarín, mi barrio, era en mi infancia, un espacio en plena efervescencia urbanística y social, un terreno aluvial anegado por riadas humanas procedentes de muy diversos lugares de España, que hicieron de él un territorio fronterizo, a medio camino entre el mundo rural y la ciudad consolidada,  en el que imperaba la ley de la frontera. Ese aire de gran buque varado entre un mar de edificios en construcción y solares baldíos, se acrecentó el primer día de curso, cuando mi amigo José María, a quien apodábamos cariñosamente el cabezón, y no precisamente por su tozudez, y yo, nos metimos en la clase equivocada y nos pasamos un buen rato deambulando por los pasillos en busca de nuestra nueva aula y de nuestro profesor. Don Manuel, que así se llamaba, además de ser natural de un pueblo remoto del concejo de Candamo, se hizo célebre en el colegio por reprender a sus alumnos con el apoyabrazos de madera de su asiento, además de tener una habilidad sobrenatural para patear el trasero de sus alumnos con su pierna mala, el pobre arrastraba una ostensible cojera, mientras nos tiraba de la oreja. No se puede decir que don Manuel fuera un sádico, pues, que yo recuerde, nunca nadie tuvo que acudir al médico después de un repaso con el habilidoso pateador, solo que el hombre no estacaba tocado con el don de la sensibilidad. De todas formas, yo le estoy muy agradecido porque fue quien me enseñó La gozoniega, canción tradicional asturiana que todavía recuerdo. De esos primeros años estudiantiles en el Elisburu, que así lo hemos nombrado siempre los que fuimos sus alumnos, recuerdo con mucho afecto a doña María Jesús, la profesora de quinto curso, que a mi se me parecía a Tippi Hedren, la protagonista de la película Los pájaros, de Alfred Hitchcok. Doña María Jesús era una mujer elegante, o eso me parecía a mí en aquel momento, a la que le sentaban muy bien las faldas de tubo a la rodilla, que solía combinar con finas chaquetas de lana o suéteres a juego. Su manera de cruzar las piernas era de una sensualidad que todavía me ruboriza. Además de por sus piernas, largas como la noche en el solsticio de invierno, la recordaré siempre porque fue la primera persona que me habló de Jovellanos.

En general, los maestros son gente rara. No creo que sea por un problema de carácter, sino más bien, un efecto colateral de ser el único adulto en un mundo de niños. Hay maestros de los que es imposible aprender nada (en el Elisburu fueron legión), los hay de los se aprende más con lo que callan que con lo que enseñan, y también hay maestros que enseñan todo lo que saben sin ni siquiera proponérselo. Don Miguel era uno de éstos. Le recuerdo como una persona extraña, taciturna, con ademanes un tanto afeminados que distorsionaban la sobriedad y seriedad de su discurso. Su peinado, casi escultórico, le grajeó el mote del peluquín, aunque nunca nadie pudo comprobar la naturalidad o no de su cabellera. Hombre culto y gran lector, en ocasiones dejaba al margen el programa del día para comentar algún titular llamativo del diario El País, que siempre llevaba consigo. Por el trato que tenía con los alumnos, casi me atrevería a decir que no le gustaba la enseñanza, sin embargo era un excelente profesor de lengua y literatura, asignatura a la que consiguió que se aficionasen algunos de sus alumnos. A veces sospecho que fue don Miguel quien, sin proponérselo, me abrió la puerta hacia las ciencias sociales facilitándome el acceso a los míticos Cuadernos de Historia 16. Fue mi tutor durante tres cursos y con el tiempo llegué a apreciarle mucho. Al realizar mis prácticas de Magisterio me acogió en su clase, y nunca le agradeceré lo suficiente que haya puesto en mis manos El evangelio según Jesucristo, de José Saramago

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