Archivos para 7 junio 2013

Quién tiene un parque tiene un tesoro.

Así deben pensar los vecinos del barrio del Llano de Arriba que abarrotan el remodelado parque de Orueta, en los contados días bonancibles que ésta esquiva primavera está dispensando a Gijón. Advirtiendo el deleite de pequeños y mayores en el disfrute del renovado espacio, uno no puede por menos que ratificar sus ideas acerca de la importancia de las zonas verdes en la ciudad, de su papel en la descongestión de la trama urbana, de su función social como espacios para la convivencia intergeneracional, y, en general, para la relación social. Los parques y los jardines son espacios para la vida; una suerte de escuela pública, naturalizada y al aire libre, en la que se aprende el respeto a la naturaleza, a las personas, y al entorno que nos rodea sin imposiciones, de un modo tan discreto e inconsciente cómo se realiza la propia respiración. Pero además, en muchas ocasiones, las zonas verdes fueron fruto de una conquista ciudadana, del clamor de unos vecinos que se ahogaban entre calles sin horizonte y sin futuro, flanqueadas por edificios mortecinos que proyectaban su tristeza sobre el viario público como acompañantes en una silente comitiva fúnebre. En estos casos, los espacios verdes públicos adquieren un carácter simbólico que los convierte en estandartes del valor y del compromiso ciudadano. No resulta extraño, por tanto, que los gijoneses, que viven con tanta pasión e intensidad todo lo que acontece en su ciudad, sientan un especial apego por los parques y jardines, ya sean los más extensos y renombrados de la villa o pequeños reductos verdes al resguardo de las corrientes de aire, como sucede con el parque de Orueta, en el que pesa más su condición de lugar de encuentro  y solaz (un espacio vivido intensamente) que su carácter natural.emplazamiento del parque de Orueta (1980)

Creado en 1986 sobre el solar que había ocupado la factoría de hierros forjados de Domingo Orueta (1892) y más recientemente las naves de la firma Norgasa, entre las calles San Nicolás, Río Muni y El Ampurdán, este pequeño parque supuso una bocanada de aire fresco para esta parte del barrio, una ventana luminosa que aportó claridad a un espacio urbano que parecía haber crecido al margen de la ciudad, encorsetado en un traje de costura burda y talle estrecho. Con un diseño sencillo, el nuevo parque se organizó a partir de una pequeña zona de recreo infantil que ocupaba el centro de la composición, sobre la que se definieron los espacios peatonales que permitían la circulación con las calles adyacentes y se dibujaron los parterres, que fueron hermoseados con flores de temporada, setos arbustivos y césped. Para preservar el interior del parque de la circulación rodada se plantaron barreras vegetales integradas principalmente por tuyas, palmeras de pequeño porte y enebros. Con el tiempo se mejoró la dignidad de este espacio con la dotación de nuevos juegos infantiles, una pista de patinaje con frente a la calle El Ampurdán y un surtidor circular a modo de fuente ornamental. En 1995 se instaló un monolito que recuerda al ingeniero Manuel Orueta, de quien toma el nombre el parque, muy vinculado al progreso económico y social de El Llano. Como es sabido, Manuel Orueta, falleció en 1926 al intentar rescatar del mar a dos empleados suyos con los que estaba de pesca, pereciendo con ellos. En su memoria solevantó un hermoso monumento escultórico, obra de Emiliano Barral, sufragado por suscripción popular entre los vecinos del barrio, hoy instalado en el parque de Isabel la Católica.

En 2009, con motivo de la creación de un aparcamiento bajo el suelo de la zona verde, se iniciaron las obras para su remodelación, si bien, éstas se dilataron en el tiempo a causa de la quiebra de la empresa constructora. Finalmente, en la primavera de 2013, las obras llegaron a término conforme al proyecto del arquitecto Julio Valle. Aunque el esquema del parque precedente se mantiene, la sensación de renovación es grande al desaparecer las cortinas vegetales que aislaban el interior del mismo de las calles aledañas, aumentando el efecto de amplitud y diafanidad del espacio. Para ocultar los elementos propios del aparcamiento subterráneo (ascensores y respiradero) se recurrió a la creación de topografías artificiales que rompen con la marcada linealidad de la plaza y animan su diseño, envolviéndolas en una suerte de bosquete de tubos metálicos que simula una plantación de bambú, especie que tapiza los lomos de estas ondulaciones artificiales. Los corredores peatonales, de pavimento continuo de hormigón pulido de varios colores, se enmarcan entre parterres en los que alternan especies tapizantes (rosales, cparque Orueta (J.Granda)otoneaster, lavanda, juníperus, bérberis, romero, etcétera), césped y cortezas de madera que aportan un sugerente contraste cromático (y contribuyen a un mantenimiento menos enojoso). La nueva ordenación vegetal se completó con el plantío de un buen número de abedules, que introducen una nota de color y alegría con sus troncos desgarbados y su característica corteza blanquecina y resquebrajadiza.

Las actuaciones en el parque se completaron con la  habilitación de una zona de estancia y juego (pero sin elementos recreativos) señalada con un pavimento de color arcilloso con frente a la calle Río Muni, la renovación completa del mobiliario (en el que destacan los bancos corridos que se acomodan a los bordes externos de las dos zonas de juegos infantiles y la zona de estancia apuntada), de los equipamientos de recreo infantil, segregados atendiendo a la edad de los usuarios, así como la instalación de una pequeña parque Orueta 2 (J Granda)pista polideportiva, que es uno de los grandes atractivos de la zona (a tenor de su apretada concurrencia), emplazada en el lugar que ocupaba la pista de patinaje. Una zona, en la que, por cierto, no estaría de más instalar una red protectora que impidiese que los balones furtivos golpeasen a los viandantes o a los vehículos que circulan por la calle de El Ampurdán. Un vial éste, que sirve de acceso al aparcamiento que se aloja en las entrañas del parque, y en el que reclama la atención los impresionantes grafitis (de 23 por 4 metros) firmados por César Frey, que visten de color la desnudez de las paredes de hormigón del subterráneo. La reforma ahora culminada y entregada para el disfrute de los vecinos, le ha devuelto la sonrisa a este rincón olvidado del barrio de El Llano, una luz renovada y conciliadora que disipó la sombra de la degradación, que como un fantasma familiar, asomaba por detrás de las cortinas.

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