elcuadernodelgeografo

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Volver

Luis Fernández Roces escribió que vivir es volver. Volver para recordar, para sentir, para descubrir, para conocer, porque como certeramente señalaba Claudio Magris, lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa de la seducción, de la aventura. Para el escritor italiano, el viaje más fascinante es un regreso, y los lugares conocidos, los caminos transitados una y mil veces, un desafío para la imaginación. Las reflexiones de Magris quedan convenientemente anotadas en mi cuaderno y me vienen a la mente mientras deambulo sin prisa por la avenida de Gaspar García Laviana, en el barrio de Pumarín. El barrio de mi niñez, pese a las operaciones de cosmética operadas en el mismo en los últimos años, sigue manteniendo un inconfundible aire de campo de Agramante, de territorio urbanísticamente confuso, contradictorio, pero deliciosamente sugerente. Veo al barrio como una melena alborotada por el viento que una mano dulce se esfuerza por peinar sin llegar a conseguirlo.

Frente a mis ojos se yerguen, como titanes de leyenda, las torres de las 1.500 viviendas de Pumarín, la gran promoción de vivienda pública que, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo XX, estiró hacia el sur las costuras de la ciudad de Gijón, pintándola con los colores de la modernidad urbanística, gracias a las pinceladas, sabias y precisas, del arquitecto José Avelino Díaz y Fernández Omaña y sus colaboradores. El diseño arquitectónico basado en la armónica combinación de bloques apaisados de escasa altura y de altas torres en forma de estrella, el reparto de viales y zonas verdes, la dotación de equipamientos básicos para la vida de esta verdadera ciudad satélite, siguen produciendo la admiración en cualquier paseante con los ojos y los sentidos abiertos. Los edificios, como las personas que viven en ellos desde que se construyeron, desde que las viviendas fueron adjudicadas en sorteo público en una de las zonas verdes de la barriada, acusan el paso del tiempo, pero la presencia de la torre de los veinte pisos, el rascacielos de los modestos y proletarios vecinos del sur, desde cuyo cielo Gijón parece otro, reconforta y mantiene viva la llama de la modernidad en este populoso barrio. No me dejo intimidar por la fealdad mimética de las viviendas del grupo Carsa, ni por las voces en lengua extraña que escucho desde algunas ventanas, y deambulo por sus verdes y ajardinados pasillos interiores buscando las voces del pasado, las risas y las carreras de los niños que vuelven en tropel del colegio. Vivir es volver, desandar el camino, sorprenderse ante lo conocido, arriesgarse a ver el paisaje cotidiano con los ojos de quien lo percibe por primera vez.

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Libros al peso

Paseo por Pumarín, el barrio en el que me crié, y se me encoge el corazón. El barrio vitalista y en continuo crecimiento de mi infancia se ha convertido en un espacio romo y triste, en un ser avejentado que camina torpe hacia su propio olvido. Me cuesta reconocer mi barrio y me duele. Las viviendas obreras de fachadas de ladrillo rojizo o amarillento siguen ahí, el trazado irregular y dispar de las calles es el mismo, pero ya son muchas las ausencias y, algunas, hieren demasiado. Camino y sólo veo rostros conocidos que han envejecido, caras que ya no se iluminan cuando te reconocen, que se han ido desliendo como el color de las fachadas de los edificios, hojas moribundas con las que el otoño de la vida va alfombrando las esquinas del patio de mi memoria. Como no podía ser de otro modo, y puesto que la vida comercial no deja de ser parte del relato de la vida del barrio, ésta también se ha ido apagando. Los comercios de toda la vida (algunos realzados con el sugerente sustantivo de ultramarinos) han ido cerrando conforme sus dueños han llegado a la edad de jubilación y son escasos los nuevos negocios que ven la luz.

En uno de mis vagabundeos por el barrio fui testigo del nacimiento de uno de los últimos que han abierto sus puertas. En efecto, hace apenas un par de semanas, en un rincón apartado del callejero, vi como una pareja de mediana edad se afanaba en acondicionar un local, que no recuerdo haber visto nunca abierto al público. La sorpresa fue mayúscula cuando, terminadas las obras, comprobé que sobre la renovada fachada lucía un discreto un rótulo que ponía librería. En realidad, el pequeño local está dedicado a la compraventa de libros, lo cual me sorprendió aún más. Como idea empresarial me pareció una locura, una osadía maravillosa pero de un futuro más que incierto. Tras una primera aproximación asomándome a los libros expuestos en el escaparate, me decidí a entrar. Penetrar en una librería de lance siempre es una aventura gozosa para los que amamos los libros, uno se siente, poco menos, que Jim Hawkins con el plano del tesoro. A pesar de que el local es apenas un susurro, me demoré un buen rato ojeando los libros, buscando algún ejemplar de interés para liberarlo, como decía el querido poeta Hilario Barrero, del polvo del olvido. Mientras escudriñaba entre los anaqueles buscando el reo propicio para el indulto, entró en la librería un señor mayor preguntándole a la dueña si compraba libros. La propietaria, que se entretenía leyendo sobre el mostrador, le respondió afirmativamente, indicándole que adquiría los libros al peso. La respuesta me dejó helado. Uno siempre ha creído que los libros tienen valor por sí mismos. Un valor objetivo, relacionado con su condición material e intelectual, con el tipo de edición, formato, autor, con su propietario, pero también un valor subjetivo, sentimental, relacionado con lo que cuentan, con quién que te los ha regalado, con la peripecia vital según la cual los has adquirido, porque te han acompañado durante parte de este tortuoso camino que es la vida, porque, en definitiva, los libros, o al menos determinados libros, forman parte de uno. Me acerco a la librera, una mujer amable y cordial que tiene los ojos grandes de un brillo apagado como tomos de enciclopedia antigua, con un ejemplar de Tiempos y cosas, de Azorín, editado por Salvat en su Biblioteca Básica. Le pregunto a la mujer por el precio del libro, y, ante mi perplejidad, coloca el ejemplar en una báscula, y me dice que le debo un euro con noventa céntimos. Me despido de la librera y de su librería de viejo con el alma arrugada, como las esquinas de un libro que es presa de la lluvia. Quizás este jardín de historias dormidas no deje de ser una esquina más de este barrio que se muere.

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Tarde de lluvia y jazz

La tarde del domingo va tocando a su fin. Abanta y perezosa, la luz grisácea del día va dejando su sitio a una noche negra y profunda como boca de lobo. En la calle, un viento áspero y bronco del nordeste desnuda los árboles de su dorado traje otoñal y lanza las manos húmedas de la lluvia contra los cristales de mi ventana, que dibujan en su desesperación formas caprichosas y hermosamente fugaces. La voz rasgada y sensual de Sarah Vaughan se alza como de puntillas sobre una voz infantil que repite metódicamente la fórmula matemática que permite calcular el mínimo común múltiplo de un número: se toman los factores comunes y no comunes con el mayor exponente. Letanía escolar que suena a música conocida. Pienso en un amigo matemático que ve y siente los números con ojos de poeta. Llueve en la calle y llueve en el corazón. Busco cobijo de la lluvia que empapa mi alma bajo el paraguas de un libro, pero la lluvia arrecia y no encuentro el sosiego que necesito. Dejo el libro sobre mi regazo y, sin darme apenas cuenta, acaricio su lomo como si acariciase la espalda de un gato. Acurrucado en mi regazo protesta y reclama mi atención. Mis manos espigan entre sus hojas dejando que el azar me guíe en una búsqueda que no tiene objeto. Encuentro una marquesina y me refugio en el ella durante un rato. ¿Para qué escribimos?, me pregunto allí cobijado. ¿Escribimos para dar consuelo a los otros?. ¿Escribimos para restañar nuestras propias heridas con el hilo sanador de las palabras?. En la calle sigue lloviendo como si nunca lo hubiera hecho. El rumor de las matemáticas ya se ha desvanecido. La voz de Sarah Vaughan se apagó como se apagó la tarde de domingo. Quizás mañana salga el sol…

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Lágrimas de San Lorenzo

Para no engañar al lector, quizás sea conveniente aclarar que no es éste un texto relacionado con la astronomía, ciencia en la que uno no está en absoluto versado, sino con los sentimientos, con la capacidad que tenemos las personas de emocionarnos, de navegar en el mar de los recuerdos guiados por el sonido del mar, por la suave brisa agosteña que acuna el sueño de las hojas de los árboles que alindan ese camino, largo y tumultuoso, que es el paso del tiempo. De cómo los ciclos de la vida, sin explicación aparente, terminan por repetirse con la misma cadencia con la que las hojas de los árboles sucumben ante la llamada del otoño.Dibujo_Juan (19-9-2013)

Mediaba el mes de agosto, y el verano parecía una promesa de felicidad eterna. En un merendero de las afueras de Gijón, uno de esos espacios entregados al ocio popular en el que la ciudad parece olvidarse de sí misma para reencontrarse con su origen rural, entre risas, tortillas y unas botellas de sidra, la tarde, que había sido cálida y algo ventosa, se fue consumiendo como el cabo de una vela. Sin advertirlo, la noche se nos echó encima, regalándonos un cielo estrellado maravilloso. En la inmensidad del negro lienzo, cientos de luces titilantes, como si fueran escolares, leían a coro el abecedario de la noche. Mi hijo, acostumbrado al cielo opaco de la ciudad, permanecía embelesado mirando al cielo, como atrapado en un pozo insondable. Asomado al balcón de sus ojos profundos como la noche, refulgentes como los barquitos encendidos que parecían navegar por el cielo, vi a otro niño que en una noche estrellada de agosto soñaba con el futuro, tendido junto a su padre al pie de un viejo castaño. Aferrado a aquella mano áspera y rugosa como la corteza del castaño, el niño asustadizo y miedoso no tenía miedo. No le inquietaba escuchar el misterioso canto de la curuxa, ni la risa maliciosa de los nogales que orillaban la carretera, ni que oscuridad de la noche se hubiese tragado la casa de su abuela y el resto de las casas de la aldea que, como las cuentas de un rosario, se disponían a tramos regulares a lo largo de la serpenteante carretera. Allí sentado no cabía el miedo, la puerta de la soledad de la noche estaba entreabierta. El padre le pidió al niño que mirase con atención al firmamento. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro. ¡Mira cómo relucen las monedas que guarda!, le dijo. El niño permaneció un rato en silencio, repasando con el dedo los infinitos caminos que se dibujaban en la encendida bóveda celeste. De repente, los ojos del niño se encendieron como los faros de un coche al contemplar una estrella encendida que atravesaba el cielo como una flecha. El padre le explicó que acababan de ver una estrella fugaz, una lágrima de San Lorenzo. Pide un deseo y seguro que se cumple, le dijo el hombre, al tiempo que, cariñosamente, le estrechaba contra si para darle un beso. El niño cerró los ojos y pensó en sus miedos, en esa pesada mochila con la que se metía en la cama cada noche. ¡Fíjate!, parece el cofre de un tesoro, le digo yo a mi hijo en el desierto aparcamiento del merendero. Si ves una estrella fugaz acuérdate de pedir un deseo…

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Pontevedra en el recuerdo

La tarde comenzaba a declinar cuando abandonamos la agreste playa de Melide, un suspiro de arenas blancas de grano grueso contenido entre los faros de punta Robaleira y de punta Subrido, en el hermoso paraje del cabo de Home. Llegamos a Pontevedra con una luz crepuscular que alargaba las sombras de los edificios y teñía la ciudad con visos de oro, como el más fragante y exquisito vino del país. Es una pena que la rápida llegada desde la autopista impida al viajero advertir lo destacado de su emplazamiento, en un altozano sobre el estuario del Lérez, río que abraza la ciudad con la delicadeza de un amante maduro para luego entregar sus aguas al mar y dar forma a la ría que toma por nombre el de la ciudad. El río, la ría, y el conjunto de caminos que confluyen a las puertas de la villa son los fundamentos que dieron vida a Pontevedra, la ciudad de las pontes (Pontis Veteri). Precisamente por uno de esos puentes, el de la Barca, ingresamos en la luminosa y alegre Pontevedra, tal y como la definió el admirado Álvaro Cunqueiro. El nombre de esta destacada infraestructura hace referencia a los tiempos medievales en los que el río se cruzaba por esta zona en barca, siendo los beneficiarios del tráfago barquero los monjes benedictinos del monasterio de Poio. El puente actual, reformado en diversas ocasiones desde la década de 1950, todavía conserva parte de los cimientos del segundo puente (el primero de mediados del siglo XIX era de fábrica de madera) levantado a finales del Ochocientos conforme a los preceptos de la arquitectura del hierro en boga en el momento. Tras un breve recorrido que nos sitúa ante la centenaria plaza de toros, obra del arquitecto Siro Borrajo, dejamos el coche estacionado en la avenida de Buenos Aires, a pocos metros del mercado municipal, no sin antes echar un vistazo fugaz al barrio de Moureira, que todavía conserva algún vestigio de su primigenia condición de arrabal marinero, y al peirao o muelle de Corvaceiras, en cuyos astilleros dicen que se construyó la nao Santa María de Colón.

Penetramos en el corazón de la ciudad histórica por la rúa de Barón, que nos sitúa ante el parador de turismo alojado en un soberbio caserón custodiado por dos corpulentos cedros. La calle, estrecha y empinada,  se acomoda a un caserío modesto, de piedra granítica, pero sugerente, en el que resaltan algunas puertas y contraventanas pintadas de verde marinero al estilo tradicional. La monotonía de la calle, que a estas horas de la tarde está desierta, la rompe algún balcón de antigua y trabajada rejería que obliga al viajero a levantar la vista. Nuestros pasos resuenan sobre el solado de esta vía muerta como los latidos de un corazón desbocado por la fatiga. Nos invade cierta inquietud al no cruzarnos con nadie, pero ésta se disipa como la niebla que empañó el cielo de la mañana al embocar en la concurrida plaza de las Cinco Calles, una de las muchas plazuelas que sirven de desahogo al apretado callejero de la ciudad histórica y que dan felicidad al paseante. En un costado de la plaza se levanta un hermoso y antiguo crucero, a cuyo pie hacemos un pequeño descanso que nos sirve para descubrir que la casa que está a nuestras espaldas fue morada de don Ramón del Valle Inclán. Decía Rafael Chirbes que los topónimos nos permiten pasear por la geografía de la memoria, puesto que desconocemos las claves de la memoria local, dejamos que sea el azar y el vago recuerdo de otras visitas el que guíe nuestros pasos hacia la plaza de la Ferrería, que es el lugar en el que hemos quedado con amigo residente en la ciudad. Nuestro errático callejeo por esta ciudad hecha para el peatón nos lleva por la calle Sarmiento hasta toparnos con la broncínea estatua de un caminante Valle Inclán, que parece dirigir sus pasos hacia la vecina plaza de la Verdura, otra de las sorpresas que Pontevedra guarda al visitante. De traza rectangular, acomodada entre dos calles asoportaladas y hermoseada por una doble alineación de liquidámbares que de le dan frescor y entidad, es uno de los rincones más populares y hermosos de la ciudad antigua, tal y como ratifica la enorme cantidad de establecimientos hosteleros que la jalonan. Volvemos sobre nuestros pasos y nos dejamos llevar por la entidad de la encostada rúa Real, vía noble y antigua que atraviesa como una lanza la vieja Pontevedra. Desde la misma contemplamos la belleza serena de la plaza que lleva el nombre del héroe mítico a quien los antiguos cronicones atribuyen la fundación de la ciudad, Teucro, hijo de Talemón. Con todo, nos parece más hermoso y sugerente la tradicional denominación de plaza de la Hierba. A escasos metros de esta plaza se yergue orgulloso el teatro Principal, con su imponente aire decimonónico, que a estas horas en las que la tarde agoniza, parece arañado por los últimos rayos de sol del día.DSC_0120

Extraviados nuestros pasos intentado llegar al punto de reunión convenido con Marcos, el zar nos llevó ante una de las joyas de la arquitectura religiosa de Pontevedra, la basílica de Santa María la Mayor, cuyo enorme cuerpo plateresco parece un gigantesco buque varado sobre el río Lérez. La trabajada y rica fachada se atribuye a Cornelis de Holanda, maestro que también intervino en la capilla del Hospital Real de Santiago y en el retablo mayor de la catedral de Orense. Junto a la puerta lateral que da a la avenida de Santa María se adosa la hornacina que alberga el Cristo del Buen Viaje, que a estas horas de luz menguada, resulta impresionante.

Dejamos atrás el edificio basilical y retornamos al callejero de la vieja Pontevedra que se ve muy animado, no sabemos si por ser un martes del vacacional mes de julio o porque los pontevedreses gustan de echarse a la calle a vivir su ciudad como si fueran turistas. Llegados a la plaza de Curros Enríquez, en cuyo frente se levanta el único Burguer King de Pontevedra, hacemos una llamada telefónica y convenimos en tomar este lugar como punto de encuentro. El libro de la tarde se va cerrando y me entretengo contemplando a un grupo de chiquillos que juegan despreocupados al balón entre una multitud de paseantes, mientras mi mujer y mi hijo se adentran en el burguer a comprar un helado para hacer más llevadera la espera. Las voces y el acento son distintas a las acostumbradas, pero pienso que debe ser cierto que el fútbol es un lenguaje común. Uno de los niños, el que jugaba de portero defendiendo la boca de un portal que hace las veces de arco, protesta airadamente por el último gol encajado, que según parece fue de “chupagol” y no en limpia jugada. Parece que entre los niños de Pontevedra tampoco están bien vistos los aprovechados.

En unos minutos llega nuestro amigo y nos sumergimos de su mano en el corazón de la Pontevedra tradicional; recorremos las rúas y decidimos tomar unos vinos de la tierra en la plaza de la Leña, otro de esos espacios mágicos de la ciudad que la hostelería local ha sabido aprovechar con gusto. Enfrascado en la amena conversación, apenas percibo la llegada de la noche, y de no ser por nuestro amigo, no hubiese reparado en el Museo de Pontevedra, equipamiento público alojado en dos edificios señoriales del siglo XVIII de muy bella factura: la casa de Castro Monteagudo y la de García Flórez, unidas al crearse el museo por un arco levantado por el arquitecto Fernández Cochón. Tapeamos cumplidamente en una taberna típica, y adentrada la noche, nos despedimos con pena de nuestro amigo, que al día siguiente tiene que trabajar, y de esta hermosa ciudad, que como decía Cunquerio, siempre tiene aire de primavera, y que despierta en el viajero, a poco de recorrer sus calles, el deseo inmediato de avecindarse en ella.

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Los límites de la imaginación

Siempre me han parecido muy sugerentes aquellos espacios de la periferia de las ciudades en los que todo está por decir, aquellos lugares que todavía no han sido incorporados a la ciudad consolidada ni tampoco pertenecen plenamente al entorno rural inmediato. Con sus discontinuidades, con su aspecto de rompecabezas a medio armar, estos territorios fronterizos son un venero inagotable para la imaginación, una suerte de ciudad paralela construida de retales, de pedacitos de historias que, lo queramos o no, están condenadas al olvido y a la desaparición. No lejos de mi casa, la ciudad en expansión pugna por hacer desaparecer uno de estos espacios heterogéneos y promiscuos, un pequeño sur hecho de calles a medio urbanizar, restos de modestas viviendas de finales del siglo XIX, esqueletos insepultos de lo que fueron naves industriales, edificios en construcción que parecen crecer con desgana, y descampados que se han convertido en asentamientos estacionales de feriantes y de inmigrantes marginales.

Deambulaba por esta otra realidad que la ciudad trata de borrar para no empañar su rostro de urbe moderna y triunfadora, cuando una medianera solitaria que sustentaba un caballón de tierras y escombros me recordó que los niños de mi barrio crecimos jugando en lugares como éste. Antes todo era distinto, los niños hacíamos parte de la vida en la calle, y cualquier elemento que encontrábamos podía tener un aprovechamiento lúdico; desde una papelera desvencijada a una grúa de obra a medio desmontar, de las cajas de madera que el frutero dejaba a la puerta de la tienda, a un montón de arena rojiza que los albañiles de la obra cercana habían apilado el día anterior para alimentar a las ruidosas hormigoneras. Huelga decir que en Pumarín, mi barrio, cuando yo era niño no había parques ni zonas de juego específicas. Tampoco había árboles en las calles (los primeros fueron plantados en 1984), entre otras razones porque muchas de las calles que estaban urbanizadas (que no eran ni mucho menos todas) eran demasiado estrechas como para alojar los alcorques. Nuestras zonas de juego preferidas eran los numerosos solares sin urbanizar y los prados que estaban situados más allá de la calle río Eo (lo que ahora se conoce como Montevil), vía que marcaba el límite del espacio edificado. Más allá sólo había alguna vaquería aislada en la que se vendía leche del día y la barriada de Nuestra Señora de Covadonga de Roces, una suerte de islote urbano al que accedíamos por caminos que mantenían la traza y el aspecto rural primitivo. En mi barrio, que fue siempre una escuela de futbolistas de medio pelo, aparte de jugar al fútbol, también nos entreteníAimpe (24-11-2003) 021amos jugando a las canicas sobre cualquier solado de tierra que permitiese hacer un guá o a las chapas (especialmente durante la época de la vuelta ciclista a España). Era éste un juego que requería de cierta habilidad, no tanto para manejar las chapas en el desarrollo del juego, sino para decorarlas a la moda. Es justo decir que en mi barrio había verdaderos especialistas en enchapar, es decir, en colocar un cristal convenientemente recortado sobre la imagen del ciclista o futbolista preferido que cubría el fondo de la chapa, utilizando tan solo un fino hilo de plastilina para asegurar el cristal. Con la habilidad y la paciencia de un artesano, los buenos enchapadores redondeaban el trozo de vidrio con un canto rodado o sobre los bordes de una papelera que hacían las veces de cizalla. Entre mis amigos también había algún aficionado a la pesca de bajura, aquella que se practicaba en los charcos de los descampados cercanos, y que solía terminar con la exhibición de media docena de rechonchos renacuajos, animalitos que nunca llegaban a convertirse en ranas, bien por la impaciencia del pescador o de su madre, que enseguida se deshacía del botín que tanto había costado conseguir. En aquellos años en los que el barrio era un verdadero ensayo de integración social por la disparidad de la procedencia de los vecinos, sólo la imaginación (y las reprimendas de los padres) ponían límites a lo lúdico. Una calle abierta a la espera de su asfaltado podía convertirse en un improvisado campo de batalla, en el que los montones de escoria que cubrirían el solado servían de munición para los combatientes o en una pista de ciclo cross, en la que ensayar acrobacias con la resistente bicicleta BH. La calle era el medio en el que los niños nos socializábamos, la escuela y los padres se encargaban del resto…

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Náufrago en tierra

Deambulaba por las calles del viejo barrio de aquella ciudad sin nombre como un madero a la deriva arrastrado por la corriente. Aquella trama callejera, tortuosa y empinada, le atraía. Le gustaba escuchar el sonido metálico que hacían sus zapatos al impactar sobre las losas mojadas del suelo. Por un momento se sintió una persona especial, como si fuera el único superviviente de un naufragio que el mar hubiese arrojado a la costa. Sus ojos, hambrientos de luz, reparaban en objetos que parecían únicos: la tapa rota de una alcantarilla, el pomo gastado de una puerta, una vieja y roída rejería, el hilo de vida que se escapaba de una boca de riego que el opeDSC_0047rario de limpieza había dejado abierta, los geranios sedientos que pintaban de carmín aquella la fachada sucia y oscura, triste como su alma de náufrago. Al enfilar la costanilla que trepaba
a lo alto del barrio reparó en la masa boscosa que culminaba los tejados de las casas, herrumbrosas lanzas que parecían acuchillar el cielo gris que envolvía la mañana. En su humildad, aquellas antiguas viviendas que se apretaban al parcelario como los cordones de una zapatilla, le parecieron hermosas, heroicas vencedoras en su desafío contra la ley de la gravedad. Alabeadas, arracimadas unas contra otras, parecían esos compañeros de fiesta que tras una larga noche entrelazan los brazos para mantenerse en pie.

Caminaba despacio, con la desgana de quien no tiene prisa ni objeto en su caminar, por aquel dédalo de sueños urbanísticos malogrados, por aquel cementerio de historias sepultadas bajo los escombros del tiempo que era el casco antiguo de aquella ciudad sin nombre. El azar y la suave brisa del nordeste que se colaba por las travesías que miraban al puerto, eran su única brújula. EDSC_0046n una recoleta plazoleta iluminada por la sonrisa apagada de cuatro esqueléticas encinas, un grupo de colegiales jugaban al balón. Los niños, ajenos al mundo que les rodeaba, habían delimitado las porterías con los jerséis azules de su uniforme escolar. Sus gritos rebotaban contra el pavimento como balas de fusil. El viajero se sintió niño y siguiendo los movimientos del balón, hizo un fugaz balance de su vida. De nuevo sintió la zozobra del náufrago. Tomó la calle lateral que delimitaba la plaza y encaminó sus pasos a la bahía, buscando en la risa del mar consuelo para su ánimo. Antes de llegar, el  blasón que lucía un viejo caserón con pretensiones palaciegas, carcomido por el abrazo salobre del viento de la bahía, le recordó que toda pretensión de perdurar en este mundo acaba resultando un esfuerzo vano, como vano le resulta sacudirse el polvo de su desdicha. Piensa el viajero que, quizás, lo único que perdure sean las risas de los niños que juegan despreocupados al balón, que como un eco, repiten a coro las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

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