Archivos para 31 enero 2014

La mujer de los ojos de niebla

La pertinaz lluvia que picaba con sus escurridizos nudillos de agua en los cristales de mi ventana, y el viento, que voceaba el frío de la tarde mientras desarmaba a los transeúntes de sus paraguas, me trajeron el recuerdo de su nombre, Manuela. Al pronunciarlo, se entreabrió la cortina del recuerdo y me vinieron a la boca, como en un dulce regurgitar, algunos de los momentos más felices de mi infancia, aquellos que pasé en el pueblo de mi madre. Eran recuerdos de largos veranos de pantalones cortos y zapatillas de camping, de piernas descalabradas por trepar una y mil veces a los chaparros cerezos y ciruelos de la huerta de “bajocasa”, de encaramarse a los viejos muros de piedra caliza que, como burdos pespuntes de una antigua costura, limitaban las fincas y dibujaban el perfil sinuoso de algunos caminos, de trastear por el corredor del hórreo, en el pajar o en la cuadra. Eran tiempos alejados de la vigilancia cotidiana de los padres, y por tanto, de libertad de horarios y de movimiento. También eran tiempos de frecuentar nuevas amistades: Chenchu, Mariano, Pepín, Gelín, Adela…, niños y niñas alejados del patrón de los chicos de ciudad como yo, hijos del pueblo, de aquella pequeña aldea de casas desperdigadas a lo largo de una carretera secundaria cuyo nombre jamás logré encontrar en los mapas escolares de Asturias, y que a veces, cuando por enfermedad me veía en recluido en casa, en Gijón, se me antojaba tan irreal como la propia aldea de Asterix, el galo. Pero aquellos niños no eran personajes de un comic, eran reales, y habían nacido y vivían en aquel pueblo de forma permanente, como vivían los niños de las aldeas asturianas, con un pie en la infancia y el otro en la vida adulta, obligados a ayudar a sus padres en las labores agroganaderas. Los recuerdos infantiles se extendían también a parte de las vacaciones navideñas y de Semana Santa, en las que no era infrecuente ver nevar, un espectáculo mágico a los ojos de un niño, y al que estábamos sustraídos quienes vivíamos en Gijón, por la vecindad de la ciudad con el Cantábrico.

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Como en mi casa no había coche, ir al pueblo se convertía en un viaje, que a mí, que siempre me he mareado al viajar en autobús, se me antojaba muy enojoso, ya que me veía obligado a tomar un autobús interurbano y después un coche de línea, que para mayor engorro, realizaba el trayecto haciendo paradas en todos los pueblos por los que pasaba. La casa familiar estaba al final del pueblo, en un recodo de la carretera. Era una quintana tradicional, modesta, con el hórreo situado frente a la vivienda, al otro lado de la carretera. Como siempre se avisaba con antelación de la llegada, ella siempre estaba allí, aguardando, de pie en la antojana, con una mano apoyada en la frente, como un marino oteando el horizonte. Al verla, dejaba las maletas en el suelo y corría a su vera como corren las olas alborozadas al encuentro de la playa.

DSC_0011 La abuela Manuela era una mujer menuda, delgada, que aparentaba una fragilidad que no se correspondía con su vitalidad ni con su genio, aunque pocas veces la vi realmente enfadada. Era alegre y cariñosa, y acompañaba sus quehaceres entonando canciones y coplillas de la tradición asturiana. Tenía unos ojos claros muy hermosos, que parecían siempre estar humedecidos, como si estuviesen suspendidos en un mar de niebla. Su pelo era blanco azulado, como  iluminado por el humo, siempre recogido en un moño redondo y muy apretado. A pesar de lo bonito que era, casi siempre se cubría la cabeza con un pañuelo negro, que acentuaba la severidad de un rostro, en el que una vida dura y el correr del tiempo había hecho  mella, quizás demasiada, pronunciando los pómulos, hundiendo las cuencas de los ojos y surcando el rostro de arrugas, marcas del cruel arado del tiempo sobre el otrora fértil y sonrosado campo de sus mejillas. Esta severidad aparente, a la que no era ajena la oscuridad perenne del resto de su indumentaria, se desvanecía con el primer abrazo, cálido y reconfortante como el amor de la cocina. La voz de la abuela Manuela estaba envuelta en los olores del campo, era la voz de la tierra, una voz atrayente y seductora, no impostada, que te encandilaba cuando convertía sus recuerdos en relatos. Historias contadas medio en bable, medio en castellano, que hablaban del astuto zorro que al atardecer se intentaba colar en el gallinero para llevarse las gallinas, de los hermanos emigrados a América que enviaron el dinero para la reforma de la vieja casa, de los castaños heredados de su madre en el Bravo, el monte que se divisaba bajo el horizonte, de los hijos fallecidos sin haber podido siquiera ser bautizados, de la guerra civil, del abandono del pueblo para comenzar una nueva vida en una desangelada villa industrial, del retorno a la aldea para continuar con la mísera vida de subsistencia como colonos de un terrateniente. Al hilar sus recuerdos, sentada en una silla frente a la cocina de carbón, la historia de la Asturias rural cobraba vida, y con ella, el rostro de esta mujer sabia, que nunca había ido a la escuela pero que poseía el conocimiento que germina en la tierra fértil, se iluminaba, y la niebla de sus ojos claros se desvanecía como se desvanece la noche al rayar el alba.

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El mar en la mirada

Al este de la ciudad de Gijón, en un territorio que, con ciertos matices,  todavía se puede considerar paisaje, en acertada expresión acuñada por el poeta Gerardo Diego, se levanta, como un viejo pecio que emerge del mar, la Universidad Laboral, hoy Laboral Ciudad de la Cultura, un conjunto edilicio que para muchos es el monumento más destacado del concejo de Gijón y una de las arquitecturas más sobresalientes de Asturias. Al contrario que otros muchos gijoneses, nunca tuve ninguna relación afectiva con aquella ciudad desproporcionada en sus dimensiones, que parecía ensimismada y propia de otro tiempo y lugar. Una ciudadela abaluartada, con ínfulas escurialenses, que miraba con desdeñosa indiferencia a la ciudad desde su privilegiado asiento en el valle de Candenal. Mis aproximaciones siempre fueron esporádicas, superficiales y marcadas por un desinterés hacia el conjunto, debido principalmente a mi propia ignorancia y a la mala fama, que como una sombra delatora, señaló a la Laboral hasta fechas relativamente recientes. Calificativos como la gran arquitectura franquista, emblema del falangismo, edificio historicista, sumados a su carácter monumental y a su concepción como ciudad cantonal, favorecieron la incomprensión hacia una obra necesitada de una nueva lectura.

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Es sabido que la Laboral nació en 1946 como un orfanato en el que acoger y dar formación técnica, moral y espiritual, a los hijos de los mineros fallecidos en accidente laboral, impulsado por la Fundación José Girón. La idea básica de la misma era perpetuar la figura del falangista ministro de Trabajo, José Girón de Velasco, a través de una obra de proporciones colosales que había de albergar una residencia escuela, con talleres industriales, granjas que habían de facilitar el autoabastecimiento, espacios deportivos y campos de cultivo. También es sabido, que por decisión del ministro, y una vez que las obras estaban en marcha (dieron comienzo en 1948 por la granja agronómica de Somió, sede actual de la UNED y del Instituto de Enseñanza Secundaria “Universidad Laboral”), el proyecto cambió de orientación transformándose en universidad laboral. La magna obra fue encargada al arquitecto Luis Moya Blanco, técnico de reconocida valía y embebido en un idealismo clasicista, que marcó no sólo los aspectos formales y estéticos del proyecto, sino su propia ejecución, y sobre el que recayó durante largo tiempo la vitola de arquitecto del régimen franquista. Con todo, Moya transformó el encargo inicial de crear un monumento al trabajo en un monumento al hombre, dando forma con ello a una ciudad ideal, acaso la única construida, como señaló el arquitecto Vicente Díez Faixat, para quien la carga ideológica del conjunto quedó relegada a elementos decorativos marginales. Para este arquitecto, la Universidad debe más al pensamiento clásico, agustino y herreriano, que a cualquier ideología política.

Paraninfo La historia reciente del edificio también es bastante conocida. Tras décadas de olvido y deterioro (hay que recordar que, si bien, la Universidad Laboral entró en uso en el curso 1955-56, al año siguiente la caída en desgracia del ministro Girón llevó a la paralización de las obras, permaneciendo el edificio inconcluso), a comienzos de la década de 2000 el Gobierno del Principado de Asturias, titular del conjunto y consciente del valor histórico, cultural y arquitectónico del mismo, decide, con buen criterio, proceder a su rehabilitación y adaptación funcional para acoger nuevos usos vinculados a la cultura, dando forma a una nueva ciudad, que ya no mira hacia sus adentros, sino que irradia luz al exterior, una luz alimentada por el fuego de la cultura. Con sus luces y sus sombras, las principales intervenciones en las que se cimentó la Laboral Ciudad de la Cultura fueron: la reforma del antiguo auditorio proyectado por Luis Moya en un moderno teatro adecuado a todo tipo de montajes y actuaciones musicales actuales, la rehabilitación de parte de los antiguos talleres para LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, la adecuación del convento de las Clarisas en sede de la Radiotelevisión del Principado de Asturias, la rehabilitación de la torre. También se realizaron obras de adecuación para acoger dependencias universitarias, para la administración del Principado, Conservatorio Profesional de música de Gijón, entre otros.

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Ese recorrido procesional de aproximación controlada, que diría Faixat, que Moya ideó para forzar al visitante a recorrer las fachadas occidental y meridional del conjunto para llegar al acceso principal, en mi caso, duró demasiado tiempo. Con demasiado retraso aprendí a leer la Laboral, a entender el programa arquitectónico y su modulación, a dejarme seducir por una arquitectura que esconde unos espacios de asombrosa belleza, sin atender a otras consideraciones que no fueran las derivadas de lo que los propios espacios me sugerían. Espacios surgidos de las obras de rehabilitación, como el deslumbrante centro de arte proyectado por Andrés Diego Llaca (al que un desacertado tratamiento exterior privó del acabado previsto por el autor), y otros como la torre, la iglesia, el paraninfo o el patio barroco, originales del proyecto de Moya y sus colaboradores. Así descubrí que los talleres de formación profesional, con sus espectaculares cubiertas en diente de sierra y sus diáfanos espacios interiores, eran como notas musicales, armoniosas y delicadas, como los jardines de inspiración hispanoárabe de la fachada meridional, diseñados por Javier Winthuyssen y Ramón Ortiz Ferré, hoy restaurados. Advertí que el patio corintio, que te hace empequeñecer por el peso de la tradición clásica reinterpretada por Moya, precede a la gran plaza que articula todo el conjunto. Aprendí a perderme por largos corredores porticados, a husmear en patios escondidos, a deleitarme  con el encuentro de pasillos decorados con hermosos azulejos de Talavera, con escaleras de moderno diseño. A disfrutar en un laberinto mágico, en el que la silente presencia de la torre garantiza siempre la orientación. Con mucho retraso, quizás demasiado, comprendí que la Laboral es mucho más que un conjunto edificado que merece el mayor grado de protección, es una ilusión, como querer contener el mar en la mirada.

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