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Polvo del recuerdo: los fielatos de Gijón

Hay arquitecturas que, aunque de fábrica modesta, su recuerdo se mantiene vivo para quienes las conocieron en uso, bien sea por la singularidad de su diseño, porque su emplazamiento las convertía en elementos en los cuales era obligado fijar la mirada, o bien porque su propia función hacía imposible que pasasen inadvertidas. Una de estas arquitecturas que moran en el recuerdo de muchos gijoneses de cierta edad eran las estaciones sanitarias, más conocidas como fielatos. El destino de estas instalaciones, que se
emplazaban en puntos estratégicos en las principales vías de ingreso a la ciudad, era el de controlar e inspeccionar determinadas mercancías para gravarlas con los correspondientes derechos de consumos. La habitual presencia en estas construcciones de un fiel o balanza con la que llevar a cabo el pesaje de las mercancías a gravar, les granjeó el apelativo popular de fielatos, que era el nombre con el que estas edificaciones eran conocidas entre los gijoneses de a pie. En determinadas zonas de la población (como por ejemplo en las parroquias de Cabueñes y Somió hasta comienzos de la década de 1930) la inspección de consumos se hacía a modo de ronda itinerante.
Como documentó el investigador Héctor Blanco, en Gijón, el primer fielato conocido data de 1871, siendo proyectado por el destacado tracista Cándido González, a la sazón maestro de obras municipales, y localizado en las inmediaciones de la Puerta de la Villa. En general, se trataba de construcciones de escasa entidad, de fábrica de madera o de obra, y limitadas dimensiones, en las que apenas había espacio para la oficina del empleado municipal encargado de la inspección (el consumero) y para el fiel. El hecho de que algunas de las estaciones sanitarias se emplazasen en terrenos de propiedad privada, condicionó la calidad de la edificación, lo mismo que la perenne precariedad de los fondos municipales. En la década de 1920 se levantaron las estaciones sanitarias de El Humedal, puente del Piles (situada en lo que hoy sería el entronque de la avenida de El Molinón con la avenida de Castilla), El Llano y Veriña, todas ellas diseñadas conforme al diseño del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Con la materialización de éstas últimas, el Ayuntamiento de Gijón buscaba, en palabras de los miembros de la Comisión de Arbitrios, extender la fiscalidad a las populosas barriadas de El Llano y La Calzada. Para la construcción de estos fielatos, el arquitecto municipal proyectó unos edificios de mayor entidad pero de costes limitados, levantados a partir de una solera de cemento, el mismo material que se utiliza en bloques para la fábrica de los muros, siendo la cubierta de teja plana sin solera de rasilla y armadura de madera. Estas construcciones disponían ya de una dependencia para almacén y de un amplio pórtico para el resguardo de quienes esperaban el control de las mercancías.

Fielato de Veriña

Fielato de Veriña

De 1930, y con proyecto de García de la Cruz, son los fielatos de Ceares y Granda, y de 1932, los que se levantaron en Valdornón, en el límite con el concejo de Siero, y en Pumarín, estos diseñados por el recién nombrado arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández Omaña. La traza de estas estaciones sanitarias era muy similar a las propuestas por García de la Cruz, si bien, Díaz y Fernández Omaña utilizaba la fábrica de ladrillo para los muros. A finales de la década de 1930, este mismo técnico proyectó una nueva estación sanitaria en Veriña, en la que la traza semicircular y el voladizo de resguardo de la oficina del oficial de arbitrios, le confieren un aire típicamente racionalista. Mayor notoriedad tuvo el fielato de La Guía, emplazado en la plazoleta de igual nombre, construido en 1946, que además de las dependencias habituales incorporaba aseos. En la fachada posterior, la construcción presentaba dos espectaculares ventanas en forma de ojo de buey, enmarcadas en un paramento de ladrillo, igualmente de clara influencia racionalista. Estas reminiscencias de la arquitectura moderna, de la que Díaz y Fernández Omaña fue un referente en Asturias, también se advierten en el proyecto del fielato de Somió, en uso desde 1955, edificio que fue convertido en quiosco en 1965, al ser despojado de la función que le dio vida.

Fielato Somió

En la década de 1960, con la modernización general del país, los fielatos perdieron su razón de ser y comenzó su paulatina desaparición. Aún así, en 1959 los arquitectos municipales José Antonio Muñiz y Antonio Roibás, firmaron un interesante proyecto para el barrio de El Llano (incluía además del porche cubierto para la báscula, una amplia zona de recepción, ropero, almacén, servicios higiénicos, y aprovechando una entrada independiente, un quisco de prensa) que no llegó a materializarse. La última estación sanitaria levantada en Gijón, hoy sólo polvo del recuerdo, fue la de Viñao, obra del entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, fechada en 1961.

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El sueño de la arquitectura

Era una ciudad como cualquier otra, una villa pequeña, provinciana, cuyo único mérito era estar bañada por un hermoso mar mercurial que la iluminaba con luz de plata. Como todas las ciudades que arrastran una dilatada historia escrita en las tinieblas del tiempo, su cuerpo había crecido a estirones, a golpes de estado febril, que hicieron que sus ropas se quedasen cortas, a la distancia que marcaban las murallas medievales, encerrando un corazón de calles estrechas y mal avenidas por las que rara vez se dejaba ver el sol. Este dédalo de callejas, que parecían surgir de la propia roca madre sobre la que se levantaba la ciudad, sustentaba un caserío de rostro humilde, que se arracimaba como los animales gregarios para protegerse de las hostilidades del medio, y sin más pretensión que la de dar cobijo a sus moradores. Casas terrenas de aspecto casi rural dispuestas entre medianeras o de forma insulAMG 486ana, o pequeños cubículos, de planta, piso y buhardilla, cuya única concesión a la llamada arquitectura culta se limitaba a rematar los escasos vanos de las fachadas con molduras lisas de piedra. Por razones más vinculadas a la higiene que al puro ornamento, las viviendas del casco antiguo, como hicieron en otro tiempo las viejas damas de la aristocracia, se blanqueaban la cara a la cal, pero los humos de las factorías que poblaban los extrarradios las tiznaban de hollín, emborronando aquellos renglones inmaculados escritos sobre las modestas piedras. Eso al menos fue lo que le pareció al viajero cuando dejó que sus pasos le llevasen por lo más recóndito de aquel laberinto en el que a ratos, como si fuera una caracola, se escuchaba el mar.

El viajero era un hombre tranquilo, de andar pausado, que gustaba demorarse en los pequeños detalles. Desde niño se había sentido atraído por la arquitectura y se pasaba horas y horas ojeando las ilustraciones de los libros en las que los protagonistas principales eran los edificios. En el estadio de la vida en el que se encontraba, esa edad indefinida en el que la renuncia continuada de actividades, personas y hábitos antes cotidianos, anunciaban ya una alejada juventud, la fotografía se había convertido en el centro de sus intereses, mas el sujeto principal de sus fotografías seguía siendo el mismo. Parecía como si la mirada de aquel niño desgarbado que lanzaba sus ojos contra las imágenes de los libros en las que aparecían retratadas ciertas arquitecturas, se hubiese concentrado, décadas después, tras el visor de una corpulenta Nikon. Sentía fascinación por el modo en el que cada edificio adaptaba sus formas y sus estructuras a la función para la que había sido creado, por el riguroso equilibrio de fuerzas antagónicas que se condesaba en cada fachada,  por la habilidad del tracista para vestir el rostro de los inmuebles con los más bellos ropajes sin empeñar un ápice su tectónica. En sus vagabundeos por la ciudad disfrutaba con lo que el azar ponía a su encuentro: una vieja cancela que anticipaba un mundo misterioso por descubrir tras la oscuridad del zaguán, una rotonda que permitía el diálogo franco entre las fachadas de un inmueble que daban a distintas calles, el remate de una cúpula con placas de zinc que la convertían en la espalda incólume de un dragón, la épica contenida en el herrumbroso trabajo de una rejería modernista.

AMG

A menudo abandonaba la humilde cotidianidad del barrio antiguo para visitar la ciudad que se mostraba al otro lado de las murallas; aquellos antiguos arrabales convertidos por gracia del urbanismo moderno en un tablero de ajedrez perfectamente planificado, en el que las nuevas edificaciones lucían como estrellas en un cielo despejado de verano. En esta nueva ciudad, que aparecía señalada en los planos callejeros bajo denominación del ensanche, la arquitectura más refinada había encontrado su sitio. Era el escaparate perfecto en el que se dejaban ver los adelantos técnicos, estéticos y funcionales, que hicieron que las viviendas trascendieran de su función primaria de proveer de un techo a sus propietarios o inquilinos, para convertirse en símbolos del poder económico y la posición social de sus titulares. Como si de virtuosos sastres militares se trátese, un grupo selecto de arquitectos habían dejado su firma y su talento escritos en multitud de edificios, vistiendo aquella parte de la ciudad con unos trajes de calidad pero de semejante confección que los hacía fácilmente reconocibles. De todos aquellos cuerpos copados por luminosas galerías y esquinados miradores, el viajero se sentía especialmente atraído por uno, cuyas fachadas pintadas de almagre parecían calderas encendidas. Dispuesto en el encuentro de dos calles principales, el edificio enmascaraba su estructura de hormigón (inédita en aquella zona) con una expresiva decoración geométrica propia del art decó, que resultaba hermosa y liberadora como un grito de rebeldía. Para romper la homogeneidad de alturas sin sobrepasar el límite permitido, el arquitecto había ideado una solución imaginativa que hacía que el inmueble pareciese más alto, escalonando en tres cuerpos el remate vertical del edificio, que parecía ascender para romper el cielo de la ciudad. A los ojos del viajero, un sueño hecho arquitectura.

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