Archivos para 23 noviembre 2012

El ladrón de palabras

En el interior de la tapa de su libreta de notas aparecía escrito, con letra decidida y clara, la conocida invitación a disfrutar de los libros: la lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren, frase que  había leído siendo estudiante en una revista especializada en literatura infantil y juvenil, y que no se había resistido a copiar. Como los carteles de saldo que cuelgan de los escaparates de las tiendas  cuya misión es reclamar la atención del paseante, la frase que colgaba de la contraportada de su blog pretendía ser una invitación, un ofrecimiento a sumergirse en un mar insondable, el dulce y sonoro mar de las palabras. Siempre se había sentido atraído por la musicalidad de determinadas palabras de las que desconocía su significado. Recuerda como siendo todavía un niño iletrado, cuando su madre le leía cuentos antes de acostarse, él se concentraba en memorizar aquellas palabras que le sonaban mejor, perdiendo interés por el resto del relato, lo que desesperaba a su madre, que hacía verdaderos esfuerzos por impostar la voz, acomodándola a la aparición de los sucesivos personajes para tratar de captar su atención. Las dotes teatrales de su madre nada podían contra la naturaleza de su persona. Como si de un encantamiento se tratase, repetía una y otra vez aquellas palabras inteligibles pero envueltas en un agradable sabor a caramelo que las hacía irresistibles. En su cabeza infantil, las palabras nuevas rebotaban como en un frontón impulsadas  por una sonora música de viento. Uno de los regalos que recuerda con mayor ilusión, fue su primer diccionario, una inesperada maroma que le permitió adentrase en el mar de las palabras sin temor. Aquel grueso libro contenía todas las palabras del mundo, o eso creía él en aquellas largas tardes de infancia cuando se entretenía leyendo aquella retahíla de significados dispares de palabras que se parecían tanto.

Con el tiempo comprendió que las palabras por si solas no valían nada, eran como hojas que el otoño arranca de los árboles, un simple y pasajero entretenimiento para el viento. Las palabras sólo son verdaderamente hermosas cuando permiten verbalizar o llevar al papel aquello que se piensa, cuando se convierten en piñones de un engranaje sin los cuales el movimiento es imposible, una quimera. Cuando se persuadió de ello, se dio cuenta de lo corto de su equipaje y decidió ponerle remedio llevándose a los ojos todos los libros que pudo leer, sin importarle la temática o el autor. Hay personas que se acercan a los libros buscando consuelo, otras que buscan simplemente ocupar la mente en un entretenimiento que consideran placentero, los hay que viajan a través de sus páginas ante la imposibilidad de hacerlo físicamente, y hay personas que se introducen en el poblado bosque de títulos y autores a la caza de argumentos con los que ratificar su modo de pensar y obrar. Él buscaba imágenes, metáforas, palabras dulces con las que alumbrar su pensamiento. A medida que leía, sentía una irrefrenable necesidad de anotar aquellas expresiones que le parecían más sugerentes, la misma necesidad que de niño le empujaba a repetir para sus adentros vocablos de los que desconocía su significado. La tarde resbalaba pegajosa, luz habitable, amanecía el día vestido con camisa de lluvia, cuerpos derrumbados, traspaís, amistoso desaliño…, y otras expresiones similares poblaban su cuaderno de tapas negras, componiendo una singular partitura que sólo tenía sentido para él. Así, sin pretenderlo y sin poder evitarlo, se convirtió en un cazador furtivo, en un ladrón de palabras ajenas.

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Cine de barrio.

A finales de la década de 1950, la ciudad de Gijón dio un paso adelante en su proceso de extensión urbana más allá de su confinamiento en los límites de la ciudad histórica y en la maraña de islotes urbanos que nacieron en sus aledaños impulsados por la iniciativa particular, con la creación por parte del Instituto Nacional de la Vivienda del grupo residencial de las 1.500 viviendas sociales, emplazadas en unos alejados terrenos baldíos situados en el paraje de Pumarín, entre las carreteras Carbonera y de Oviedo. Como es sabido, el proyecto arquitectónico fue dirigido por el arquitecto José Avelino Díaz y Fernández Omaña en colaboración con Juan Manuel del Busto, Miguel Díaz Negrete y Juan Antonio Muñiz, y se resolvió en una atractiva combinación de bloques sencillos en altura, torres en forma de estrella de 14 plantas y una torre apaisada de 20 alturas, dispuestos entre zonas verdes y amplios viales perimetrales. Con este proyecto residencial, que recuperaba el lenguaje del movimiento moderno, la ciudad de Gijón entró plenamente en la modernidad arquitectónica y ganó un nuevo espacio urbano que creció en extensión de manera acelerada una vez que la iniciativa privada (la promotora inmobiliaria CARSA techó más de un millar de viviendas en la zona) acudió al calor de las plusvalías generadas por la revalorización del lugar tras la creación de las 1.500 viviendas.

Con la madurez del barrio llegaron los equipamientos y las dotaciones que hicieron de él un espacio autosuficiente, una verdadera “ciudad satélite” como anunciaba la promoción oficial. Tiendas de ultramarinos, pescaderías, bares, kioscos, librerías, carnicerías, ferreterías, la Caja de Ahorros, fueron ocupando los bajos comerciales de las viviendas del barrio, a los que se añadieron más tarde los colegios y la iglesia parroquial. De todos estos elementos que tan decididamente contribuyeron a dotar de vida a la barriada y a que los residentes (la mayoría procedentes de otros lugares de la región y del país) tomaran conciencia de pertenencia al espacio en el que habitaban, el más entrañable y querido fue el cine Pumarín, la cuna en la que se mecieron los sueños de varias generaciones de jóvenes del barrio.

La perspectiva de negocio que presentaba el nuevo barrio, animó a los empresarios Rufino Torre y Rafael Izquierdo a presentar al Ayuntamiento en 1958 un proyecto para construir un cinematógrafo a emplazar en una parcela frontera a la carretera de Oviedo, conforme al proyecto de los arquitectos Juan Manuel del Busto y Miguel Díaz Negrete, autores de reconocida valía, y que habían firmado otros proyectos de la misma tipología. El proyecto planteaba un edificio sobrio y funcional, resuelto en tres alturas, con un patio de butacas con capacidad para 584 espectadores y un anfiteatro con 164 butacas. El desarrollo del conjunto residencial al que pretendía prestar servicio y la relativa excentricidad del emplazamiento primigenio, movió a los promotores a solicitar, en 1959, un cambio de emplazamiento para el cinematógrafo en favor de un solar más propicio para sus intereses comerciales. El lugar elegido fue una amplia parcela de planta rectangular localizada en pleno corazón del barrio, en el encuentro de la calle Alcarria con la Ronda Camiones, hoy Gaspar García Laviana. Para adecuarse al nuevo emplazamiento los promotores se vieron obligados a presentar un nuevo proyecto constructivo, que fue encargado a los mismos arquitectos. Éstos plantearon un edificio sencillo, de gran capacidad (1.342 localidades), compuesto por una planta de sótano, planta baja, planta de bar, entreplanta y planta de anfiteatro. De su inolvidable fachada de ladrillo cara vista con paramentos lisos encalados resaltaban, como las propias estrellas de la pantalla, las grandes letras que, en formación vertical, identificaban el inmueble. El acceso a este surtidor de sueños se realizaba a través de la Ronda de Camiones, el viario principal del barrio. Un amplio hall acogía a los elegidos, que recibían como bienvenida un empalagoso abrazo mezcla de colonia barata y desinfectante, y eran conducidos al patio de butacas por uno de los tres accesos posibles o dirigidos a las escaleras de comunicación con las plantas superiores donde se encontraban el bar y el anfiteatro, éste destinado por completo a localidades y motejado popularmente como “el gallineru”.

Desde su apertura, el 27 de octubre de 1962 con la proyección de la película “Titanes de la montaña”, el cine Pumarín se convirtió no sólo en el referente para el ocio infantil y juvenil del barrio, sino, sobre todo,  en un maravilloso campo de experimentación sensorial y afectivo que todavía muchos añoramos. Subir las breves escaleras, franquear los inmensos cortinajes y acomodarse en la butaca a la espera de que Tarzán irrumpiese en la sala con su estremecedor alarido, o que el invencible agente 007 desbarátese los malévolos planes del doctor No, bien valía el esfuerzo de entregar toda la paga semanal a la señora que, amable, nos sonreía desde el otro lado de la minúscula ventanilla de la taquilla. Cierro los ojos y todavía escucho la alegría de las voces infantiles, de nuestras voces, riendo alborotadamente ingenuas bromas o coreando el nombre del héroe triunfante. Aún siento el frescor de aquel beso otorgado en la penumbra del patio de butacas, el calor de las manos inexpertas que buscaban la complicidad de las mías como el niño busca el  consuelo en el regazo de su madre. Allí, en la segunda planta, en los descansos de las películas de más larga duración, guardando cola ante la acolchada barra del bar para comprar chocolatinas, descubrimos la sonora sensualidad de la palabra ambigú, por más que todavía tardásemos largo tiempo en incorporarla a nuestro limitado vocabulario.

Como ocurrió con otros cines de barrio, a mediados de la década de 1980 la escasa rentabilidad económica condenó al cine Pumarín al cierre, que trató de alargar su existencia convirtiéndose en una sala de cine porno, en un reducto de solitarios que buscaban en la oscuridad del anonimato una mano amiga que diera consuelo a su desazón. Como no podía ser de otra manera, el solar que acogió la gran ventana a través de la que los chicos de Pumarín descubrimos el mundo, fue ocupado por un anodino edificio de viviendas que albergó en su seno una sucursal de Cajastur.

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