Archivos para 14 diciembre 2012

El sueño de la arquitectura

Era una ciudad como cualquier otra, una villa pequeña, provinciana, cuyo único mérito era estar bañada por un hermoso mar mercurial que la iluminaba con luz de plata. Como todas las ciudades que arrastran una dilatada historia escrita en las tinieblas del tiempo, su cuerpo había crecido a estirones, a golpes de estado febril, que hicieron que sus ropas se quedasen cortas, a la distancia que marcaban las murallas medievales, encerrando un corazón de calles estrechas y mal avenidas por las que rara vez se dejaba ver el sol. Este dédalo de callejas, que parecían surgir de la propia roca madre sobre la que se levantaba la ciudad, sustentaba un caserío de rostro humilde, que se arracimaba como los animales gregarios para protegerse de las hostilidades del medio, y sin más pretensión que la de dar cobijo a sus moradores. Casas terrenas de aspecto casi rural dispuestas entre medianeras o de forma insulAMG 486ana, o pequeños cubículos, de planta, piso y buhardilla, cuya única concesión a la llamada arquitectura culta se limitaba a rematar los escasos vanos de las fachadas con molduras lisas de piedra. Por razones más vinculadas a la higiene que al puro ornamento, las viviendas del casco antiguo, como hicieron en otro tiempo las viejas damas de la aristocracia, se blanqueaban la cara a la cal, pero los humos de las factorías que poblaban los extrarradios las tiznaban de hollín, emborronando aquellos renglones inmaculados escritos sobre las modestas piedras. Eso al menos fue lo que le pareció al viajero cuando dejó que sus pasos le llevasen por lo más recóndito de aquel laberinto en el que a ratos, como si fuera una caracola, se escuchaba el mar.

El viajero era un hombre tranquilo, de andar pausado, que gustaba demorarse en los pequeños detalles. Desde niño se había sentido atraído por la arquitectura y se pasaba horas y horas ojeando las ilustraciones de los libros en las que los protagonistas principales eran los edificios. En el estadio de la vida en el que se encontraba, esa edad indefinida en el que la renuncia continuada de actividades, personas y hábitos antes cotidianos, anunciaban ya una alejada juventud, la fotografía se había convertido en el centro de sus intereses, mas el sujeto principal de sus fotografías seguía siendo el mismo. Parecía como si la mirada de aquel niño desgarbado que lanzaba sus ojos contra las imágenes de los libros en las que aparecían retratadas ciertas arquitecturas, se hubiese concentrado, décadas después, tras el visor de una corpulenta Nikon. Sentía fascinación por el modo en el que cada edificio adaptaba sus formas y sus estructuras a la función para la que había sido creado, por el riguroso equilibrio de fuerzas antagónicas que se condesaba en cada fachada,  por la habilidad del tracista para vestir el rostro de los inmuebles con los más bellos ropajes sin empeñar un ápice su tectónica. En sus vagabundeos por la ciudad disfrutaba con lo que el azar ponía a su encuentro: una vieja cancela que anticipaba un mundo misterioso por descubrir tras la oscuridad del zaguán, una rotonda que permitía el diálogo franco entre las fachadas de un inmueble que daban a distintas calles, el remate de una cúpula con placas de zinc que la convertían en la espalda incólume de un dragón, la épica contenida en el herrumbroso trabajo de una rejería modernista.

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A menudo abandonaba la humilde cotidianidad del barrio antiguo para visitar la ciudad que se mostraba al otro lado de las murallas; aquellos antiguos arrabales convertidos por gracia del urbanismo moderno en un tablero de ajedrez perfectamente planificado, en el que las nuevas edificaciones lucían como estrellas en un cielo despejado de verano. En esta nueva ciudad, que aparecía señalada en los planos callejeros bajo denominación del ensanche, la arquitectura más refinada había encontrado su sitio. Era el escaparate perfecto en el que se dejaban ver los adelantos técnicos, estéticos y funcionales, que hicieron que las viviendas trascendieran de su función primaria de proveer de un techo a sus propietarios o inquilinos, para convertirse en símbolos del poder económico y la posición social de sus titulares. Como si de virtuosos sastres militares se trátese, un grupo selecto de arquitectos habían dejado su firma y su talento escritos en multitud de edificios, vistiendo aquella parte de la ciudad con unos trajes de calidad pero de semejante confección que los hacía fácilmente reconocibles. De todos aquellos cuerpos copados por luminosas galerías y esquinados miradores, el viajero se sentía especialmente atraído por uno, cuyas fachadas pintadas de almagre parecían calderas encendidas. Dispuesto en el encuentro de dos calles principales, el edificio enmascaraba su estructura de hormigón (inédita en aquella zona) con una expresiva decoración geométrica propia del art decó, que resultaba hermosa y liberadora como un grito de rebeldía. Para romper la homogeneidad de alturas sin sobrepasar el límite permitido, el arquitecto había ideado una solución imaginativa que hacía que el inmueble pareciese más alto, escalonando en tres cuerpos el remate vertical del edificio, que parecía ascender para romper el cielo de la ciudad. A los ojos del viajero, un sueño hecho arquitectura.

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