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Evocaciones toponímicas

La toponimia, entendida como la ciencia de los nombres de lugar, es un tema que levanta pasiones entre una inmensa minoría de estudiosos de muy distintas especialidades: historiadores, lingüistas, geógrafos, etnógrafos, etc. Para nosotros los geógrafos, el interés por la toponimia se centra, sobre todo, en la gran cantidad de información de contenido geográfico que aporta y que resulta de gran utilidad para comprender e interpretar el paisaje, que es el objeto de estudio preferente de la geografía moderna. El entendimiento de las denominaciones de los parajes, de los barrios, de los caminos, de las formas y naturaleza del relieve, de las aguas, hace que el paisaje que se alza ante nuestros ojos sea más legible. Los topónimos encierran una carga histórica y cultural profunda que los ancla a la tierra como las raíces de los viejos robles que alindan los caminos, por ello, la toponimia forma parte indisociable de la historia del paisaje y es un factor clave para su explicación. Se podría decir que un territorio del que desconocemos las denominaciones de los elementos que lo integran es un espacio yermo, una suerte de libro con ilustraciones pero sin un texto que le de coherencia.

Como señalaba el erudito profesor Eduardo Martínez de Pisón, a veces, los nombres de los lugares tienen significados variados, oscuros, difíciles de desentrañar, por más que la lingüística y otras disciplinas se hayan empeñado en ello. Otras veces pueden evocar paisajes desaparecidos (disipados en palabras del maestro) o pueden haber sufrido alteraciones lingüísticas que los hacen difícilmente legibles. Con todo, la toponimia tiene un poder de evocación y de seducción que desborda cualquier límite impuesto por la búsqueda de su significación geográfica, lingüística o histórica. Los nombres tradicionales de los lugares nos seducen por su sonoridad y belleza, captan nuestra atención por su aparente irracionalidad y, en ocasiones, hacen que nuestra imaginación transite por territorios inexplorados. En estos casos, la toponimia traspasa el umbral científico-explicativo para alimentar los veneros de la imaginación, para convertirse un en un territorio plenamente literario. ¿Qué evocan nombres tan hermosos como la Suaría, lo Corvino, Bastineros u Ortañu propios de la parroquia gijonesa de Lavandera? o ¿Caxigal y Treboria, en Valdornón?. ¿Hacen referencia a elementos naturales del entorno?. ¿ Son surcos labrados en la tierra por el paso del tiempo y la acción de los hombres ?.  Quizás, sencillamente, sean el rescoldo de viejas historias o el punto de partida de otras nuevas…

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