Archivos para 9 mayo 2014

Luz de mayo

El viajero se sentó frente al gran ventanal de la cocina y sintió fascinación por el modo en el que los primeros rayos de sol de la mañana le ganaban la partida a la noche, que todavía bostezaba envuelta en las últimas sombras. Confortablemente establecido, el humo del café que tenía entre las manos tiró del hilo de sus recuerdos, que viajaron en el tiempo como cometas izadas al aire, llevándole a otro mes de mayo muy lejano ya. Un mes de mayo que venía cargado de luz, de lluvia, de ilusión, de confianza en el futuro. El viajero sonríe levemente, con un gesto casi imperceptible, al recordar aquel tiempo en el que la felicidad parecía un tren que estaba a punto de detenerse en el andén de su vida. Cuando uno es joven piensa que la felicidad es una conquista permanente, una suerte de derecho inherente a la condición humana, pero el paso del tiempo se encargó de demostrarle, con la claridad y elocuencia con la que explican los buenos maestros, que la felicidad es una pretensión vana, un desiderátum, tan sólo una ilusión, apenas el reflejo en un espejo de agua. El viajero aprendió con el dolor de la experiencia, que la felicidad es un instante; es el café cargado y humeante de la mañana, el beso de la persona amada, el libro releído, la palabra reposada del amigo, la luz conciliadora de una tarde veraniega, la risa del niño que juega despreocupado.DSC_0064

En aquel mes de mayo, juvenil y arrogante, en el que la ilusión por comenzar una nueva vida lo pintaba todo con los colores de la felicidad, aprendió que la vida se asemejaba mucho a aquellas novelas de intriga que tanto le gustaban, en las que nada era lo que parecía y siempre había un giro inesperado en la trama. Dispuesto en el andén de la felicidad, (que en su bisoñez juvenil aquel creía ilimitada y duradera), con las maletas cargadas de amor e ilusión, el viajero conoció el dolor de la traición. Un cuchillo de fuego desgarró su alma cuando descubrió el engaño; el espejo de su corazón se hizo añicos y su entendimiento se encerró en un cuarto oscuro del que se negaba a salir. No era capaz de asimilar que la persona con la que había decido compartir el camino de la vida fuera capaz de aquella deslealtad. Su quemazón no tenía tanto que ver con el sexo, con la profanación de lo que él creía el santuario de su amor, sino de sentirse traicionado. La llaga de aquella herida nunca llegó a cicatrizar, pero el viajero aprendió a convivir con su dolor como el accidentado aprende a vivir con la falta de un miembro amputado, sintiendo, en ocasiones, que el miembro cercenado sigue ahí, formando parte del cuerpo. Durante mucho tiempo su resentimiento le hizo aborrecer el mes de mayo, hasta que entendió que la felicidad era solo un estado de ánimo pasajero, que la vida era un tiovivo en el que merece la pena disfrutar del viaje y no conviene apearse demasiado pronto. La entrada de ella en la cocina con el periódico del día bajo el brazo le sacó del pozo de los recuerdos y le devolvió a la realidad. Apuró el café, y juntos permanecieron todavía largo rato contemplando aquella luz que parecía recién hecha, aquella gloriosa luz de mayo, que como decía el poeta, derogaba a la calima.

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