Archivos para 26 julio 2013

La apasionante aventura de vivir

Leo en el periódico una de esas noticias que despiertan en el lector un sentimiento ambivalente, por un lado, de razonable comprensión, ya saben, eso de pobre gente, eso le puede pasar a cualquiera, y por otro, de franca hilaridad, resumida en el dicho popular si no lo veo no lo creo. La verdad es que la noticia parecía salida de uno de esos brillantes guiones televisivos o de ese pozo insondable en el que bebía el ingenio del escritor Jorge Luis Borges. Hace unos días, una pareja  ovetense descubre con espanto que parte de los ahorros de toda una vida (18.000 euros) se esfumaron volando por el hueco de la caja de la persiana. Los precavidos ahorradores, aterrorizados al pensar que la quiebra de los bancos, que no deja de ser lo mismo que la quiebra del país, se pudiese llevar por delante sus ahorros (seguro que tenían en mente lo acontecido en Argentina y más recientemente en Chipre), decidieron sacar del banco 35.000 euros en billetes de 500 euros y guardarlos en casa, en lugar seguro. Supongo que por aquello de huir de los tópicos, en vez de usar una caja fuerte o los bajos del colchón, los desdichados ahorradores decidieron esconder el abultado sobre de billetes en el hueco de la persiana. De subir y bajar la misma, el sobre fuerte se fue deslizando por el rollo de la persiana hasta embocar el hueco de salida a la calle. En un acto de magnanimidad impropio de alguien a quien se le ha confiado la seguridad económica de la vida presente y de la venidera, el sobre abrió la boca y comenzó a exhalar billetes de 500 euros con la naturalidad con la que los pajes reales reparten caramelos en la cabalgata de Reyes, para regocijo de los incrédulos y beneficiarios viandantes, que asistieron atónitos a una lluvia tan impropia como gratificante. Ciertamente la vida es injusta con algunas personas.

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Sin embargo, con otras personas, la vida se muestra espléndida como un amanecer de verano, quizás porque no esperan recibir nada que la vida no les pueda dar, quizás porque éstas personas, como decía el verso de Pessoa, ponen cuanto son en todo lo que hacen, porque la pasión de su vida no es acaparar dinero para hacer frente a un futuro incierto, sino la entrega absoluta a los pequeños placeres cotidianos: la charla con el amigo que escucha, la brisa del mar, el café de la tarde, la caricia de la mano que aguarda, la risa de los niños, el paseo en la soledad de la mañana, la lectura sosegada. El mismo día que la prensa regional recogía el infortunio de la pareja ovetense, en la playa de San Lorenzo de Gijón, una señora octogenaria que vestía un anticuado bañador floreado, auxiliada de un flotador y un bastón, se daba un placentero baño de mar, acompañada por otras dos mujeres, también de edad madura, pero más jóvenes que hacían las veces de ángeles custodios. Ver a aquella anciana a la que le había costado lo suyo adentrarse en el mar hasta que el agua le cubrían lo suficiente como para flotar convertida en una niña que jugaba con las olas, tal y como estaba haciendo mi hijo de siete años que estaba a su lado, fue algo mágico y realmente hermoso. Radiante como el sol de aquella tarde que pintaba las aguas del Cantábrico de un verde azulado intenso, la cara de la anciana me hizo recordar que la felicidad es un estado de ánimo pasajero, fugaz, un ave de paso caprichoso que apenas se detiene un instante en el suelo para descansar y que reemprende el vuelo inesperadamente, quizás para no regresar jamás, de ahí la importancia de aprovechar el momento, de  atreverse a ser feliz aunque sea en pequeñas dosis, de tener ilusión por hacer aquellas cosas que a uno le satisfacen sin reparar en lo que piensen los demás, por lo común, personas acostumbradas a mirar lo que ocurre en la playa acodadas en la barandilla del muro, sin atreverse si quiera a sentir la caricia de la arena en los pies. Tener el coraje de aquella anciana con su viejo y anticuado bañador y su flotador de niña grande. Viendo su desinhibida felicidad no pude por menos que acordarme de mi madre (y de otras mujeres como ella), también octogenaria, enterrada en su playa de soledad, con la mirada siempre puesta en el pasado, sin ilusiones, sin apenas presente, a la que no recuerdo haber visto jamás en traje de baño.

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Antes de tomar el autobús de regreso a casa, mi hijo y yo decidimos despedir la tarde desde el cerro de Santa Catalina, uno de esos espacios propios de la ciudad de Gijón que te llenan con su luz. De camino a la atalaya, mientras los últimos rayos de sol doraba la fachada de la casa solar de Jovellanos y a la sonora multitud que se congregaba en la plaza que se abre a sus pies, nuevamente una imagen de una fuerza arrebatadora me sacudió la conciencia y desató el hilo de mis pensamientos, hasta ese momento centrados en atender a las interminables explicaciones de mi hijo acerca de no sé que personaje de su videojuego favorito. En un rincón de la plaza, ajenos a aquella marejada humana que se agitaba en la plazuela de Jovellanos, una joven pareja de habla inglesa jugaba despreocupadamente a la queda con dos niñas pequeñas, dos ángeles de ojos claros, simpáticas pecas repartidas por la cara y hermoso pelo largo que la luz estival volvía más trigueño. De nuevo la llama de la felicidad resplandecía frente a mí, reflejada en los ojos de los padres y en las risas plenas y frescas de las niñas. Miré a mi hijo, que no entendía por qué me había detenido tan repentinamente, y no pude por menos que sentir en la boca el desagradable sabor de la envidia. De repente sentí como una pérdida irreparable todas las sonrisas ahogadas en discusiones absurdas, todos los juegos truncados por un mal comportamiento, por una contestación inapropiada, por la imposición de unas normas de funcionamiento, a veces, poco flexibles. Decía Ruskin que educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía, quizás en el camino de la educación algunos estamos dejando muchos jirones de piel y muchas ilusiones, quizás demasiadas…

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