Archivos para 28 septiembre 2012

La irrefrenable pulsión de lo desconocido.

A pesar de mi condición de geógrafo, nunca he sido un gran viajero, ni mucho menos una persona que guste de perderse por los caminos del mundo movido por un incontenible ansia de aventura. Quizás por ello, mis viajes siempre han estado muy mediatizados por los libros, o para ser más preciso, muchos de mis viajes han sido más literarios que reales, hasta el punto que podría afirmar que soy algo así como el perfecto viajero sedentario. Subido a lomos de los libros he recorrido territorios ignotos e inhóspitos sólo al alcance de unos pocos afortunados, he  ascendido cumbres cuya belleza hacía enmudecer, he perdido el sentido del tiempo entre las ruinas de antiguas civilizaciones, he disfrutado callejeando por viejas y nuevas ciudades, acaso más reales que las que físicamente me aguardan. La literatura de viajes es una puerta abierta a la imaginación, un tobogán por el que la ilusión se desliza movida por la avidez de conocer y comprender lo que nos rodea. Una invitación a la aventura para todos aquellos melindrosos que, como yo, no tenemos arrestos suficientes para recoger los pertrechos y echarnos a la calle. Esto mismo, hacer las maletas y poner rumbo a lo desconocido, fue lo que hizo Miguel Gutiérrez Garitano, un joven periodista e historiador vitoriano que partió para Guinea Ecuatorial siguiendo los pasos del afamado explorador vitoriano Manuel de Iradier, a quien unía, no sólo el solar de procedencia, sino una fascinación irrefrenable por la aventura y por África. Fruto de su experiencia ecuatorial es el libro La aventura del Muni, un relato fascinante de unos territorios poco conocidos y olvidados, que durante varias décadas estuvieron bajo soberanía española, gracias entre otros, al citado explorador Manuel Iradier. La calidad del libro le valió el premio de Literatura de Viajes Camino del Cid 2011.

Como señala en las páginas que sirven de prefacio a la publicación otro gran viajero que sabe como nadie llevar al papel las peripecias de sus viajes, el escritor Javier Reverte, el libro de Miguel Gutiérrez Garitano se estructura en tres planos que se van imbricando a medida que se desarrolla la trama, las vivencias personales del autor que realiza un viaje iniciático y de conocimiento “viajar es empaparse con la savia de las naciones, llegar a sus rincones más recónditos”, la historia y la etnografía del país, y la epopeya de Iradier, quien, a finales del siglo XIX, consiguió que los territorios de la actual Guinea Ecuatorial pasasen a formar parte de la única colonia española en el África tropical. Sin pretender ser un libro geográfico, las páginas de La aventura del Muni destilan buena literatura geográfica. Las descripciones de los paisajes selváticos, de los poblados indígenas, de las ciudades, de las gentes que habitan el país, son sumamente interesantes, propias de un observador atento y que conoce las claves que le ayudan a entender que lo ve y describe. Hablando de los edificios de Malabo, la malsana capital del país, “la vieja dama mulata”, apunta el autor: los edificios, construidos en madera al viejo estilo colonial, con sus dos alturas y sus tejados de chapa dispuestos a dos aguas, reclaman en sus paredes descamadas y polvorientas la realidad de una pasada belleza. Cabo San Juan, al noroeste del estuario del río Muni, la describe  como una suerte de cementerio espectral sobre el que brotan, como hongos selváticos, un puñado de cabañas dispersas.

El libro resulta también de especial interés para el lector por la ingente cantidad de información y documentación complementaria (en forma de notas aclaratorias a pie de página) que aporta, tanto de la etapa histórica como de la actual, lo cual es especialmente interesante, pues como señala Javier Reverte, cubre un vacío importante, por la escasez de textos históricos sobre Guinea. Pero además, la lectura de las más de 460 páginas del libro resulta muy amena. Por momentos parece que el lector tiene en sus manos una reedición de la gran novela de aventuras del África Negra, ya que por sus páginas desfilan exploradores, grandes cazadores (blancos y negros), piratas, negreros, feroces indígenas, pero las peripecias que relata el autor (los problemas con la corrupta policía, el peso de las creencias ancestrales en la vida cotidiana, las pésimas condiciones de vida de buena parte de los habitantes del país) son tan reales como el régimen dictatorial que con mano de hierro dirige el destino de los guineanos.

Como todo buen libro, la lectura de La aventura del Muni, anima al lector a tomar partido, a sentirse partícipe de la aventura, a asociar lo leído con otras lecturas, con otras vivencias. En mi caso, al adentrarme en el texto no podía dejar de recordar las historias que había oído hace años a un puñado de españoles que vivieron la experiencia guineana en la década de 1960, antes de la independencia del país. Su papel de colonos blancos en un mundo de negros (por más que se tratase de simple campesinos de una aldea perdida del suroccidente de Asturias), la difícil aclimatación al trópico, la quinina diaria, el trabajo en la plantación de cacao o en la factoría maderera, las ilusiones desvanecidas por el apresurado regreso a la patria.

Dicen que todo viaje empieza en los libros, quizás sea éste un buen punto de partida.

La Aventura del Muni, de Miguel Gutiérrez Garitano fue editado en 2011 por IKUSAGER EDICIONES.

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Historias de la Asturias rural

Se sentía reconfortado, allí, en un rincón de la cocina, al calor de la lumbre, sentado en un viejo taburete frente a su abuelo. Desde que era muy niño, la figura de su abuelo Manuel le provocaba sensaciones contradictorias, a medio camino entre la admiración y el temor, como esos fríos súbitos que a veces se sienten en el verano tras una prolongada exposición al sol. Su apariencia física le infundía un poco de miedo. La perenne oscuridad de sus ropas, la boina siempre calada hasta el entrecejo que parecía una extensión natural de su propio cuerpo. La cara, expresiva y breve como un suspiro, estaba tan erosionada que parecía un edificio cuyas grieteas aventurasen una ruina inminente. La dulzura de sus ojos límpidos, empequeñecidos de tanto mirar al terruño y siempre humedecidos como los bordes de una alberca a punto de rebosar, contradecían la severidad de su mirada, tan penetrante y turbadora que enseguida obligaba a su interlocutor a echar los ojos al suelo. Sus manos, temblorosas como el cuerpo de un niño febril, y repletas de venas gruesas y azuladas como ríos, parecían la concreción material de su carácter, recio en extremo. A los ojos del niño, la leve cojera del anciano que le obligaba a apoyar sus pasos en una vara de avellano le confería un cinematográfico que él, aficionado a las películas del oeste, asociaba al bueno de Walter Brennan en Río Bravo. Por el contrario, su voz era cálida y atrayente como el fuego que alimentaba la cocina. No recordaba los besos que su abuelo Manuel, poco entrenado en exteriorizar sus sentimientos, le dio a lo largo de su vida, pero si recordaba perfectamente todas y cada una de las historias que le había contado.

¿Ves las tierras que están junto al camino de la fuente de Fuexo, las  que ahora están plantadas de escanda?, le indicaba apuntando con la vara de avellano. Son las suertes, antiguos terrenos ganados al monte que fueron divididos en parcelas o suertes y cuya utilización se sorteaba entre los vecinos de la aldea. Con el paso del tiempo la costumbre de rotar o sortear el uso de las mismas cayó en desuso y los llevadores de las mismas terminaron por hacerse con su propiedad. Mi padre Manuel, tu bisabuelo, las llevaba en foro, un tipo de contrato de arrendamiento muy antiguo por el cual pagaba al propietario una parte de la cosecha  que obtenía en ellas. Hace ya algunos años, cuando nuestra casería fue creciendo, pude comprárselas al Marqués de la Vega a través de su apoderado, pues el titular hacía muchos años que residía en Madrid. Es curioso, del gran poder que tuvo el marqués en el concejo, de cuyas tierras y caserías era casi el único propietario, sólo queda un viejo caserón medio abandonado y algunas tierras que nadie quiso comprar cuando puso en almoneda la mayor parte de su patrimonio. El poderoso marqués no es más que un recuerdo, una sombra del pasado, rumió el anciano para sus adentros sin poder evitar que su pensamiento fuese verbalizado y escuchado por el niño.

Abuelo, ¿el viejo castañeo que rodea ese prado tan empinado que llamas el Bravo del Monte, tan bien es nuestro?. Si y no, dijo el abuelo preparando una explicación para tan ambigua respuesta que tardó unos segundos en llegar. El castañeo formaba parte de la dote que recibió tu abuela cuando nos casamos. El terreno donde están plantados esos viejos castaños era comunal, es decir, de uso público, pero los árboles pertenecían a la familia de la abuela que fue quien los plantó en virtud de un antiguo derecho transmitido de generación en generación denominado derecho de poznera, que distinguía entre la propiedad del suelo y del vuelo. Conforme a este uso ancestral, el que plantaba los castaños, que eran marcados con un símbolo que permitía identificar al propietario, tenía derecho a disponer de los árboles y de su fruto en el espacio albergado bajo la sombra del mismo. Por cierto abuelo, ¿cómo se llamaban aquellos agujeros que había en el castañeo en los que se almacenaban los erizos de las castañas tapados con hojas y helechos para que se conservasen más tiempo los frutos?. Sin poder evitar una mueca de complicidad y satisfacción por el interés del niño, el anciano respondió: la corra.

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La voz apagada

Con el final del verano, al recoger los trebejos playeros y hacer recuento de todas las cosas buenas que han acaecido, uno se da cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de lo fugaz que siempre nos parece la felicidad, ese estado de ánimo tan pasajero y caprichoso como los avatares de la meteorología. A comienzos del mes de junio, el verano parece un mar insondable, un baúl repleto de planes y proyectos por realizar. Cuando llega septiembre, al tiempo que nos instalamos en la comodidad de lo cotidiano y los días bonancibles van tocando a su fin, la promesa de felicidad se va desliendo como la letra manuscrita sobre papel mojado. En esa suerte de catarsis estacional que provoca pasar la página del calendario y comprobar que todas las ilusiones se han quedado prendidas a la página anterior (que hermoso sería que las hojas del calendario fueran marcescentes como las del quejigo o roble carrasqueño), me he acordado de mi padre y de mi abuelo y me han venido a la boca las palabras del poeta León Felipe, “qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano en el pecho y la otra en el puño de la espada”.

Qué lástima que yo no tenga un abuelo, un abuelo que me regalase no un retrato antiguo o una casa solariega y blasonada, sino su tiempo, su compañía, su cariño, sus palabras…El tiempo pasa rápido, demasiado rápido. Para los más viejos, el tiempo no tiene medida, o por decirlo mejor, no tiene demasiado sentido; ya no hay prisa, se saben en la prórroga del partido, no importa su duración, es tiempo añadido. Para los jóvenes el partido aún no ha empezado, el camino siempre parece muy largo y, en cambio, el tiempo parece no pasar nunca. Entre ambas percepciones media un abismo, un hiato que lleva a la incomunicación, a la soledad. Qué estúpidos somos, preocupados en la cuadratura de nuestro pequeño mundo, guiados por el egoísmo, nos enrocamos en nuestra alcazaba y nos volvemos opacos para nuestros mayores sin entender que cuando la voz de un abuelo se apaga no sólo nos quedamos huérfanos de cariño, sino en una penumbra similar a la que produce la ignorancia. Ellos son la experiencia, la sabiduría paciente que da haber vivido muchas vidas en una sola. Nuestros mayores son el hontanar del que brotan todas las historias, una suerte de patrimonio inmaterial que debemos cuidar, cultivar y transmitir.

Si yo tuviese un abuelo me sentaría frente a él en un rincón de la cocina, y, al amor de la lumbre, me dejaría llevar por los vericuetos de su memoria. Le miraría a sus ojillos color de miel, cansados y siempre húmedos como la arena bañada por la marea, y le preguntaría por los paisajes de su infancia, por las mujeres que amó, por las casas que habitó, por los trabajos que desempeñó. Le preguntaría por los nombres de los árboles, por el significado de la vieja toponimia rural, por su viaje a Santiago de Cuba en busca de fortuna y su retorno a la patria chica, pobre, enfermo y cansado. Le preguntaría por el hórreo que se yergue en la quintana, por su vida en la pequeña villa industrial de la cuenca del Caudal tan distinta de su aldea. Qué lástima que yo no tenga un abuelo…

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