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La ruleta de la vida

Tocaban a muerto las campanas de la iglesia de San Pedro. Tocaban a muerto las campanas, con esa música de antes, queda y rural, mientras el verano se estrenaba con un día radiante, con un diluvio de claridad que diría Baroja. La playa, en marea baja, parecía el atrio abarrotado de un templo, un templo cubierto por una bóveda pintada de añil y sustentada por columnas de arena y sal. Los fieles, atentos al rito de la marea, se movían como insectos multicolores guiados por un instinto ancestral, ajenos por completo a aquella melodía de muerte que brotaba del campanario cercano. La ciudad tiene una música propia, excluyente, que impide que los sonidos ajenos a sus rutinas se puedan percibir. Sí, la ciudad es un ser egoísta que sólo atiende a sus propios intereses, pensó el viajero. En el campo de la iglesia, los dolientes deudos, ahogados en el mar de su pena, apenas si percibían el ligero nordeste que juguetón pasaba la mano despeinando las olas. El viajero presenciaba la escena con la curiosidad del entomólogo, como el turista que mira con fascinación el desenvolvimiento de los peces tras los cristales de uno de esos gigantescos estanques de los acuarios. Sin saber por qué se sintió culpable, culpable por estar allí, a la orilla del mar, disfrutando del primer día del verano, mientraDSC_0023s a unos metros aquellas personas no encontraban más consuelo a su pena que la sombra fresca de los viejos árboles del campo de la iglesia.

El frescor del mar que mojaba sus pies disipó su desasosiego, pero la música luctuosa de las campanas (qué lástima que casi nadie entienda ya su lenguaje) le recordó todas aquellas veces en las que, indiferente, formó corro y tertulia a la puerta de las iglesias o en los velatorios, mientras otros despedían transidos por el dolor a sus seres queridos. Llevados por los convencionalismos, por los usos sociales, nos olvidamos del dolor de los demás, nos hacemos inmunes a su desconsuelo, ocupados tan sólo en mantener las apariencias, pensó. Al viajero también le vinieron a la mente todas las veces que le tocó ocupar un lugar principal en ese teatrillo del dolor que es la vida, como cuando falleció su padre. Al recordar a su padre el corazón se le aceleró, como si de repente se hubiese puesto a subir una larga y empinada escalera. Pensó en lo penoso de su enfermedad, en todas aquellas cosas que por estupidez o por pudor no se atrevió a decirle, y en todas aquellas que dijo y se tenía que haber callado. Era consciente que en toda relación filial, aunque medie el amor, el entendimiento no siempre es fácil, pero no puede dejar de reprocharse el distanciamiento hacia aquel hombre sencillo y cercano que él sabía excepcional. De pronto cayó en la cuenta que el día que enterraron a su padre también fue un día luminoso de comienzos de verano, un día caluroso y playero. Un día penoso y triste para él y los suyos, pero festivo para otros muchos. Recuerda con claridad muchos de los detalles de aquel día pero no tiene en la mente la saeta desgarrada que seguramente entonaron las campanas de la iglesia. La vida es un ruleta absurda y cruel que unas veces te pone en el escaparate a la vista de todos y otras te oculta en la tranquila oscuridad de la trastienda; restos de un naufragio que se bambolean a merced del oleaje.

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Luz de mayo

El viajero se sentó frente al gran ventanal de la cocina y sintió fascinación por el modo en el que los primeros rayos de sol de la mañana le ganaban la partida a la noche, que todavía bostezaba envuelta en las últimas sombras. Confortablemente establecido, el humo del café que tenía entre las manos tiró del hilo de sus recuerdos, que viajaron en el tiempo como cometas izadas al aire, llevándole a otro mes de mayo muy lejano ya. Un mes de mayo que venía cargado de luz, de lluvia, de ilusión, de confianza en el futuro. El viajero sonríe levemente, con un gesto casi imperceptible, al recordar aquel tiempo en el que la felicidad parecía un tren que estaba a punto de detenerse en el andén de su vida. Cuando uno es joven piensa que la felicidad es una conquista permanente, una suerte de derecho inherente a la condición humana, pero el paso del tiempo se encargó de demostrarle, con la claridad y elocuencia con la que explican los buenos maestros, que la felicidad es una pretensión vana, un desiderátum, tan sólo una ilusión, apenas el reflejo en un espejo de agua. El viajero aprendió con el dolor de la experiencia, que la felicidad es un instante; es el café cargado y humeante de la mañana, el beso de la persona amada, el libro releído, la palabra reposada del amigo, la luz conciliadora de una tarde veraniega, la risa del niño que juega despreocupado.DSC_0064

En aquel mes de mayo, juvenil y arrogante, en el que la ilusión por comenzar una nueva vida lo pintaba todo con los colores de la felicidad, aprendió que la vida se asemejaba mucho a aquellas novelas de intriga que tanto le gustaban, en las que nada era lo que parecía y siempre había un giro inesperado en la trama. Dispuesto en el andén de la felicidad, (que en su bisoñez juvenil aquel creía ilimitada y duradera), con las maletas cargadas de amor e ilusión, el viajero conoció el dolor de la traición. Un cuchillo de fuego desgarró su alma cuando descubrió el engaño; el espejo de su corazón se hizo añicos y su entendimiento se encerró en un cuarto oscuro del que se negaba a salir. No era capaz de asimilar que la persona con la que había decido compartir el camino de la vida fuera capaz de aquella deslealtad. Su quemazón no tenía tanto que ver con el sexo, con la profanación de lo que él creía el santuario de su amor, sino de sentirse traicionado. La llaga de aquella herida nunca llegó a cicatrizar, pero el viajero aprendió a convivir con su dolor como el accidentado aprende a vivir con la falta de un miembro amputado, sintiendo, en ocasiones, que el miembro cercenado sigue ahí, formando parte del cuerpo. Durante mucho tiempo su resentimiento le hizo aborrecer el mes de mayo, hasta que entendió que la felicidad era solo un estado de ánimo pasajero, que la vida era un tiovivo en el que merece la pena disfrutar del viaje y no conviene apearse demasiado pronto. La entrada de ella en la cocina con el periódico del día bajo el brazo le sacó del pozo de los recuerdos y le devolvió a la realidad. Apuró el café, y juntos permanecieron todavía largo rato contemplando aquella luz que parecía recién hecha, aquella gloriosa luz de mayo, que como decía el poeta, derogaba a la calima.

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