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Ordenando la convivencia. Reglamento de Polícia Urbana de Gijón (1888)

Leyendo estos días en la prensa de Gijón la preocupación de los políticos locales (y de los ciudadanos) respecto del denominado botellón, y en general, sobre cómo organizar de un modo racional la convivencia en la ciudad, me ha venido a la mente la lectura del Reglamento de Policía Urbana editado en el último tercio del siglo XIX y que, paradójicamente perseguía objetivos similares a los actuales. En efecto, las primeras ordenanzas municipales del concejo de Gijón fueron redactadas y aprobadas en 1844 para dar cauce a las transformaciones urbanísticas que estaba experimentado la villa conforme se incorporaba al incipiente desarrollo industrial. Tanto éstas como las promulgadas después, tuvieron un marcado componente higienista, tanto en lo relativo al ornato y usos públicos, como en lo tocante a los consumos de la población. Los cambios operados en Gijón en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente a partir de 1868 con el derribo de los baluartes que la ceñía desde 1837, hacían inexcusable una revisión de las Ordenanzas, si bien, el Consistorio optó por desarrollar un Reglamento de Policía Urbana, a imitación de los que estaban en uso en las más “cultas” y prosperas poblaciones del país. Así, en junio de 1887se aprobó el nuevo reglamento que fue entregado a la imprenta al año siguiente.

Este Reglamento se estructuró en seis capítulos: la inspección y venta de artículos de consumo (los abastos), higiene y sanidad, salubridad y limpieza de la población, seguridad de las personas y propiedades, cafés y otros establecimientos públicos, y orden y buen gobierno. Asomarse a las páginas de este breviario de normas y disposiciones es como abrir una ventana al Gijón del último tercio del siglo XIX, el de los primeros tranvías de tracción de sangre, los coches de punto, los mercados cubiertos, los primeros balnearios, los distinguidos cafés del bulevar de Corrida, y las casas encaladas o pintadas de almagre. Detrás de este compendio de normas late la vida de una villa en ebullición, con sus riquezas y sus miserias. Así, por ejemplo, podemos saber que la limpieza pública se realizaba diariamente de cinco a seis de la mañana en verano y de siete a ocho en invierno, y que los carros de la limpieza anunciaban su paso haciendo sonar una campana, momento en el que los vecinos estaban obligados a bajar la basura al portal de sus casas utilizando para ello cajones o espuertas. También sabemos que estaba terminantemente prohibido arrojar aguas sucias o echar basuras por balcones y ventanas (debió ser práctica habitual durante años), lo mismo que tender ropas, sábanas o colchones en los balcones y ventanas con vistas a las calles principales (uso que se permitía en la parte trasera cuando ésta daba a las callejas). Igualmente era objeto de sanción el hacer aguas mayores o menores en los portales y vía pública. En el caso de que la infracción fuera cometida por menores, los padres o niñeras que lo permitieran serían los responsables del pago de la multa.

El Reglamento nos ilustra igualmente acerca de algunos usos y prácticas sociales novedosas, como los saludables baños de mar, para los cuales era imprescindible el uso de trajes enteros que no fueran de punto o de otras telas que pudieran ofender el pudor y el recato exigible en un lugar público. Así mismo, recoge la obligatoriedad de que los dueños de las casetas de baños señalaran con una cuerda o maroma los sitios donde debían bañarse los hombres y las mujeres, a fin de evitar la tan temida promiscuidad, así como el castigo para aquellas personas que en los sitios señalados para tomar baños profirieran expresiones soeces o malsonantes o que hicieran cualquier clase de demostraciones indecorosas.

Tiendas al aire y mercado de San Lorenzo o del Adobo (Muséu del Pueblu d´Asturies)

Para los curiosos de las cosas gijonesas la lectura del Reglamento de Policía Urbana resultará muy provechosa pues a través de ellos podemos entrever los usos y costumbres de los gijoneses que nos precedieron, y que, en muchos aspectos, apenas se diferencian de los nuestros.

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