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Pasajero en Galicia

Daba a su término el mes de julio como quien apura con gusto una copa de vino del país, cuando el viajero llegó a Mondoñedo, la reposada villa natal de su admirado Álvaro Cunqueiro. El día se había despertado con pereza, y ofrecía al viajero una cara triste, pizarrosa, como los tejados que cubren las casas de la villa. El viajero sabe, porque lo ha leído al maestro Cunqueiro que, Mondoñedo, por su posición geográfica en el fondo de un valle avenado por varios cursos de agua (en la cunca que diría don Álvaro) es propenso a que la niebla se haga partícipe del paisaje, tal y como sucedía en aquella mañana estival en la que las fachadas de las casas y los tejados de lajas con sus característicos picos parecían mejillas surcadas por lágrimas de niebla. Estimulados por la belleza silente de aquellas calles desiertas y apretadas, el viajero y su joven acompañante se entregaron al placer de pasearlas con calma, pues no había otro objeto en aquel viaje que el de sentirse simplemente pasajeros en Galicia. Al recorrer aquellas rúas que se retorcían y corrían pDSC_0001ara desembocar en la plaza de la catedral, al admirar la sencilla belleza de aquellas arquitecturas (siempre conformes al estilo propio del país) que ponían digno coto a las rúas, comprendió las palabras del gran geógrafo gallego Otero Pedrayo cuando afirmaba que Mondoñedo, la vieja sede episcopal Dumiense, se franqueaba sin pompa de calles asoportaladas ni vastos espacios de plazas, rúas que terminaban por convertirse, más allá del núcleo urbano, en carreteras y caminos sin lujos de fachadas labradas.

Después de callejear sin otro rumbo que el que marcaba la brújula del sentimiento, el viajero se sintió feliz de volver a admirar la fonte Vella, la fachada barroca del monasterio de la Concepción, la irregular plaza de la Catedral, dispuesta en dos alturas, la propia de la plaza que sirve de pórtico al edificio basilical, con sus dos sobrias torres y su hermoso rosetón, y los Cantones, hermoseados con sus típicos soportales levantados sobre algunas de las casas más nobles y destacadas de la villa. A un costado de la plaza, protegido por un pequeño jardín, estaba Álvaro Cunqueiro en su asiento de piedra, como siempre atento a la vida de la plaza que, en aquella mañana desapacible de julio, acogía un pequeño mercado sin apenas movimiento mercantil, quizás por lo temprano de la hora, quizás porque la niebla se había convertido en una fina y continua cortina de agua que disipaba cualquier inquietud comercial. El viajero, siguiendo con la tradición de anteriores visitas a Mondoñedo, se hizo una foto con Álvaro Cunqueiro e instó a su joven acompañante a ingresar en el club de los devotos al maestro de las letras gallegas. El niño, inmerso en un viaje iniciático propio, en un camino de peregrinación que ha de llevarle de la infancia a la adolescencia, no entendió la broma pero se mostró conforme con la foto.

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En los Cantones, entraron en una taberna donde se sintieron reconfortados por el café y atraídos por el dulce canto de la lengua gallega, al que sus oídos todavía no estaban habituados. Al salir del local, repleto de peregrinos y de feriantes que buscaban el calor que la plaza de la Catedral les negaba, se encaminaron por la rúa del Progreso en dirección a la Alameda y campo de Los Remedios, dejando a un lado la recoleta plaza del Concello, presidida por el edificio consistorial. El viajero, quedó sorprendido por la belleza recogida de aquel paseo que parecía tendido como una alfombra a los pies de la fábrica barroca de Los Remedios, y cuya traza, a decir de los estudiosos locales, se remonta al siglo XVI. El viajero comenta con el niño que es una pena que la visita no coincidiese con la otoñal feria de San Lucas, que en este campo acoge un antiquísimo mercado de ganado montaraz, principalmente caballar. Sin tiempo para más, el viajero y su acompañante dejan atrás las páginas de la sosegada Mondoñedo (con cierto pesar por no haber hollado el antiguo arrabal de Los Molinos), pero mantienen abiertas las del Pasajero en Galicia, el libro de Cunqueiro que ilumina como un candil cualquier viaje por los siempre gozosos caminos de Galicia.

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Álvaro Cunqueiro. La personalidad geográfica de un gran fabulador

En este año en curso se cumple el centenario del nacimiento de uno de los autores más importantes y singulares de la literatura, tanto en gallego como en castellano, del siglo XX, Álvaro Cunqueiro. Natural de la villa lucense de Mondoñedo, un hermoso conjunto urbano que parece  dormido a la sombra de su sobria catedral, donde a decir de otro reconocido gallego, el geógrafo Otero Pedrayo, su espléndido rosetón gótico brilla siempre con luz de sosegada tarde. Está fuera de toda duda que los ojos de Cunqueiro se llenaron de luz contemplando el verde valle que envuelve su solar natal y que su intrincada historia, tan enmarañada como su callejero sombreado por tejados de pizarra, alimentó su alma de fabulador. No parece descabellado pensar tampoco que el olor de las ollas de su niñez, le prepararon los sentidos para disfrutar de otra de sus pasiones, la buena mesa.

El autor de las Crónicas de Sochantre y de las Mocedades de Ulises, el viajero incansable por los graníticos caminos de su querida tierra, prestó siempre mucha atención al paisaje de Galicia, no como un mero recurso estético o un alarde de prosista virtuoso (arte el de la prosa que dominó con  elegancia y maestría) “sobre la oscura violeta de las cumbres rompe sus oros el tejal, y en las hirsutas carballeiras el aire canta ronco”, sino con una clara resonancia geográfica. Para Cunqueiro, como para otros muchos ilustres galleguistas nacionalistas como Vicente Risco, el citado Otero Pedrayo o Castelao, el paisaje era la expresión misma de la historia y de la identidad gallega. Los hombres del campo y del mar, que representaban la esencia de la cultura gallega, están tan presentes en su obra como los muros de piedra que alindan los viejos caminos de Galicia. Unos caminos que el novelista y dramaturgo recorrió a paso lento, sin prisa, con los ojos abiertos para llenarse con la luz de sus paisajes y convivir con sus gentes. Sólo así,  evitando viajar como viajan los baúles, se puede llegar a conocer y amar con tanta intensidad la tierra propia.

El poeta y periodista, el contador de historias increíbles y seductoras que cultivó el realismo mágico antes de que el mismo término fuera creado, el humanista ilustrado que conocía de primera mano la geografía académica y física de su tierra, llevaba un geógrafo cosido a su alma. Un geógrafo intuitivo, que fue capaz de advertir que el paisaje era un sistema complejo y armónico integrado por elementos interrelacionados en los que la luz y los elementos naturales tenían un protagonismo especial, al igual que los personajes encargados de modelar el territorio. Cunqueiro, no siendo geógrafo de formación, supo anticipar las virtudes de las áreas metropolitanas o supramunicipales para la gestión territorial antes que muchos geógrafos profesionales “la concepción de Galicia como una única ciudad, es, a mi modo de ver, la sola posibilidad de solución de los más inquietantes problemas del futuro gallego”. Hablando de Pontevedra, luminosa y alegre, escribió: “está bien Pontevedra entre Santiago y Vigo, concebida para toda Galicia como una urbs”.

Álvaro Cunqueiro, hombre de vasta cultura, viajero atento, recorrió otras tierras peninsulares y extranjeras, unas veces físicamente y otras a lomos de sus libros, y en sus periplos reforzó su compromiso con su tierra de origen. Se podría decir que a través de los viajes, y siguiendo la máxima Oteriana, el narrador tomó conciencia de la propia identidad regional y así lo hizo explícito en sus textos. Al igual que los geógrafos académicos de su tiempo, el pasajero en Galicia siempre gustó de emplear en las descripciones de los paisajes gallegos los nombres vernáculos, aquellos enraizados en el modo de vida tradicional: “los topónimos, son sobre el rostro de la tierra gallega el testimonio de una antigua labrantía, surcos como versos…” y prosigue “un país del que yo ignoro los nombres de los montes y ríos, las villas y los lugares, queda, poco menos que inédito…en la significación del topónimo traigo el amado rostro a la luz”.

Álvaro Cunqueiro, el gran fabulador, el cronista de una Galicia que apenas hoy es reconocible, es un geógrafo por descubrir y con el que gozar paseando por villas y ciudades, entrando en figones y tabernas a dar cumplida cuenta de las delicias del país o recorrer montes y valles, siempre atento para reconocer en su paisaje las huellas de la historia y la cultura gallega. El estío puede ser una buena época para disfrutar de la prosa elegante y culta de este gallego internacional que pintó como nadie los cuadros del paisaje de su tierra, que no dista mucho, en distancia y belleza, de la nuestra.

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