Archivos para 20 septiembre 2013

La inocencia recuperada

Cuando era niño me gustaba subir al último rellano de la escalera del edificio en el que vivía, donde estaba el cuarto de mantenimiento del ascensor, tomar una escalera de mano que la comunidad de vecinos guardaba allí para casos de necesidad, y acceder con ella a una pequeña ventana desde la que se divisaban los tejados de los edificios cercanos. La vista que tenía desde aquella escondida atalaya me parecía fascinante: un mar de tejados rojizos dispuestos a distintas alturas como estratos de una montaña que hubiesen sido fracturados por las fuerzas internas de la tierra. Un paisaje común, hecho de retazos, fotogramas de una película en blanco y negro rotos por los casetones de los ascensores, por las incisiones de las antenas de televisión, pero que a mí me parecía muy sugerente, quizás por el hecho mismo de estar allí arriba, de poder observar lo que otros muchos no podían, sintiéndome señor de un coto vedado, de un territorio prohibido. Quizás, sin darme cuenta en aquellos momentos, comprendí que las cosas se ven de un modo distinto dependiendo del lugar desde el que las observamos. Tengo que confesar que alguna vez me sentí tentado a abrir la ventana y salir a explorar aquel mundo aéreo sobre el que planeaban, como blancas cometas al viento, algunas gaviotas extraviadas de su rutina habitual. Afortunadamente, mi afán aventurero siempre estuvo contrarrestado por una notable tendencia a la aprensión y a los miedos sobrevenidos, que me impedía emprender viajes que entrañasen cierto riesgo, y poner un pie en el tejado, no dejaba de ser una temeridad.

Dibujo_Juan (19-9-2013)

Cuando se es niño todo es distinto, todo tiene otro valor, o al menos se mide y se aprecia de otro modo. El entorno que nos rodea se ve con otros ojos. La mirada del niño es sincera, desinteresada, salada y fresca como el beso del mar en la boca. La inocencia derriba barreras que a los adultos nos parecen infranqueables, sometidos como estamos a las trabas y prejuicios que impone la memoria, los gustos o los códigos de conducta. Argumentos tan banales como la apariencia física, la conveniencia, la prudencia o el interés, no caben en la mirada de un niño. Lo malo de ir haciéndose mayor es que, sin ni siquiera darnos cuenta, nuestra mirada va perdiendo frescura y se va enturbiando, como se enturbia el agua de un charco recién formado por la lluvia cuando lo pisamos. Con la edad adulta, caminamos por la vida con los ojos cerrados, aferrados a nosotros mismos, sin prestar atención a lo que nos rodea. El paisaje cotidiano comienza a desaparecer porque simplemente está ahí y hemos dejado de observarlo con interés, de reparar en él. No se trata de un problema físico asociado al paso de los años, sino de actitud. Los adultos más que ver y sentir el paisaje que nos rodea nos dedicamos a adjetivarlo. Engreídos y soberbios, pagados por nuestra propia experiencia vital, nos negamos a escuchar lo que los lugares nos quieren contar. No hay nada más descorazonador que volver a los lugares de la infancia para advertir cómo ha cambiado nuestra percepción de los mismos, o lo que es lo mismo, cómo hemos cambiado nosotros con el paso del tiempo. Es cierto que los espacios urbanos cambian, que nada permanece inmutable (quizás solo en nuestra imaginación), y es bueno que esto suceda porque un espacio urbano fosilizado está condenado a desaparecer, pero en muchas ocasiones, lo que realmente vuelve diferentes determinados espacios es la intensidad y la claridad de nuestra mirada. Donde antes veíamos un terreno de juego ahora solo vemos un aparcamiento, el edificio en el que nos criamos, que parecía un árbol frondoso cargado de frutos, se nos antoja una colmena, vieja, huera y a punto de desmoronarse, y hasta la calle que estructura el barrio nos parece más estrecha, sinuosa y oscura, a pesar de que luce en sus aceras árboles que le dan un toque de color del que carecía. A veces quisiera recuperar la inocencia y la frescura de la mirada del niño que fui, encararme a la ventana del rellano superior de mi edificio y contemplar los tejados cercanos como si fuesen el paisaje más hermoso del mundo

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Las esquinas del tiempo

La tarde veraniega se demoraba envuelta en una cálida pesadez impropia de una ciudad norteña. Como un susurro húmedo procedente del mar, la niebla se había instalado en el oído de la ciudad desde hace unos días y contribuía a humedecer los cuerpos y a desfigurar la realidad, cuyos bordes se desvanecían como se desvanecen las sombras que enturbian nuestros sueños cuando despertamos. El paseo de Begoña era, en aquellas horas de la tarde, un río de vida que apenas se contenía en sus propios márgenes; niños jugando ruidosamente en el parque, gente que atravesaba el paseo apretando el paso como si llegasen tarde a una cita importante, turistas que se comían con la mirada el entorno mientras preparaban su cámara para sacar esa instantánea con la que dejar constancia de su paso por la ciudad, viejos sentados en los bancos más protegidos de las corrientes de aire poniéndose al día de la marcha de sus enfermedades, siempre más lastimosas y preocupantes que las de sus compañeros de asiento, niños pequeños correteando de la mano de sus orgullosos padres, jóvenes ebrios de amor que a duras penas podían contener unas bocas sedientas e insultantemente juveniles. En el tramo central del paseo, un músico callejero se afanaba en ambientar la escena, haciendo sonar una vieja gaita, sin que su esfuerzo se viese recompensado ni por la atención de los transeúntes ni por la calderilla de sus bolsillos. Tan sólo los árboles que alinean paseo, jóvenes tilos de hoja pequeña, parecían disfrutar de la voz ronca y un tanto lastimera de la gaita, dejando caer sobre los hombros del músico alguna hoja dorada por el sol, en señal de gratitud. músico callejero

Detrás los sudorosos cristales del café Dindurra, observaba aquel carrusel de vida con la curiosidad del entomólogo social y con la tranquilidad de quien se siente espectador privilegiado y no actor principal. Desde mi discreta atalaya, la realidad parecía otra. Me embargaba una extraña y placentera sensación, como si fuese el titiritero que tiene en sus manos los hilos del teatro del mundo. Todo lo que tenía ante los ojos se me aparecía como reflejado en un espejo deformante que lo volvía más sutil y hermoso. Los árboles del parque, envueltos en la delicada camisa de la calima, parecían gigantes sudorosos que levantaban los brazos al cielo, huestes de un ejército en retirada capitaneadas por la herrumbrosa figura de Francisco Carantoña, el gran guerrero del periodismo gijonés de feliz recuerdo. Entre los brazos enhiestos de los árboles, me pareció que me sonreía complacido desde su privilegiado asiento en la calle San Bernardo, el edificio que el arquitecto Juan Corominas vistió con el discreto y sensual ropaje del déco, a comienzos de los años cuarenta. Cuando lucía el resplandor de lo recién creado, muchos de los árboles que ahora lo ocultan de la vista de los paseantes, ya mostraban orgullosos sus robustos fustes, entre farolas de gusto modernista y parterres recortados con formas geométricas propios de otra época.

 Entregado a la contemplación, y aguardando a que llegase el café, reparé en una pareja de ancianos que caminaban cogidos de la mano. En realidad, más bien parecía que la mujer tiraba del hombre, que caminaba con dificultad arrastrando los pies, como si los llevase prendidos con pesados grilletes. Me impresionó la cara del anciano, que no reflejaba ningún rastro de emotividad, como la de un niño que hubiese envejecido de pronto. Su mujer, a la que miraba como a una desconocida, le trataba con una dulzura conmovedora. La mente del hombre parecía enredada en la niebla que jugaba con los árboles y con los edificios del paseo; ella era su bastón, su voz, sus ojos, su luz, su entendimiento. Sentí lástima de aquella mujer que, a pesar de los años, lucía con la coquetería de quien se supo en otro tiempo atractiva, un vestido azul marino, con zapatos y bolso a juego, y una chaqueta de punto sobre los hombros. Una mujer, que a pesar de todo, parecía feliz arrastrando por el último paseo de la vida a aquel niño de cara arrugada y mirada perdida en la niebla del tiempo.

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